Actualizado en  octubre de 2018   

Editorial. Black Mirror: el estadio del espejo negro

Eduardo Laso
Juan Jorge Michel Fariña

En su Historia de las series, Toni de la Torre califica a Black Mirror como la ficción más incómoda que se haya emitido en televisión durante la última década. [1] Posiblemente tenga razón: pocos programas logran proponer relatos de ciencia ficción que nos dejen en un estado de desasosiego y nos interpelen respecto de nuestra implicación en los goces de la sociedad tecno-mediática en la que vivimos. Los personajes que recorren los diferentes episodios nos resultan cercanos y reconocibles, y muchas de las tecnologías que emplean no son más que una prolongación de aquellas con las que contamos actualmente. Sólo que Black Mirror propone una proyección hiperbólica de sus alcances, para imaginar los peligros y consecuencias que encierra, en una distopía pesadillesca.

La serie es de origen inglés y fue creada por el guionista y crítico de televisión Charlie Brooker, quien comenzó realizando parodias como Brass Eye y ficciones cuestionadoras de la sociedad moderna (Dead Set, How TV ruined your life). Una de las originalidades de Black Mirror es retomar el formato de antología de relatos que había desaparecido de la televisión en los últimos años, lo que la vincula por estructura y temática futurista a The Twilight Zone, aquella serie de culto de los años sesenta creada por Rod Serling y difundida entre nosotros como “Dimensión Desconocida”.

Black Mirror se estrenó en 2011 en Channel 4 y rápidamente los norteamericanos se interesaron por hacer una remake. Finalmente, luego de la segunda temporada, Netflix compró la serie por 40 millones de dólares, siendo el primer caso en que una empresa de servicio de distribución digital de contenido multimedia se apropia de una ficción ya existente de un canal de televisión tradicional. Este cambio le permitió a Black Mirror asegurar una audiencia global y extender su popularidad como serie de culto.

Espejo blanco

Resulta de especial interés que una serie basada en relatos unitarios en torno de los peligros de los avances en tecnología informática sobre el campo humano y social se llame Black Mirror. Entre los psicoanalistas, el título evoca la referencia al estadio del espejo que introdujo Jacques Lacan tempranamente en su enseñanza para dar cuenta de la constitución de nuestro narcisismo mediante la identificación a una imagen que viene del Otro.

Lacan llama estadio del espejo al período del desarrollo del niño (entre los 6 y los 18 meses de edad) en el que se vuelve capaz de reconocer su imagen en el espejo. Al lograrlo, entra en un estado gozoso debido a la ilusión de completud que la imagen le ofrece, en contraste con su propia experiencia corporal, todavía limitada e incoordinada. El espejo vuelve posible una identificación que permite alcanzar una ilusión de unidad y mismidad. La cual es ficticia, dado que no hay equivalencia entre el cuerpo y su reflejo. Nuestro narcisismo se soporta en la apariencia de una imagen corporal externa que no es el cuerpo, pero ofrece un espejismo de unidad, completud y dominio.

Ocurre que el cuerpo propio sólo es captable indirectamente por medio de la ayuda de un espejo. O de un Otro que desde su mirada oficie de tal. La identificación a la imagen especular no se da per se, ya que para el niño no es obvio que ese reflejo ante el espejo sea “yo”. Para asumir esa imagen como propia necesita que la madre como primer Otro del niño, la sancione como siendo él. La madre es el primer espejo: cómo somos mirados por el primer Otro permite fundar una imagen de nosotros mismos como “yo”. Para lo cual se requiere que el Otro materno reconozca esa imagen en el doble sentido de ser del niño y de ser aceptada y amada. El Otro materno se vuelve el espejo del niño en la medida que aporte una mirada deseante que promueva la identificación con la imagen especular que configura el narcisismo del sujeto. Posibilita así la constitución de un yo ideal –ideal para el deseo del Otro materno-. El niño se reconoce en la imagen y aspira a coincidir con ella, por ser aquello que el Otro anhela. Queda así enajenado en la imagen de un objeto que se supone es el objeto del deseo del Otro. Al identificar esa imagen como siendo “yo”, el niño se reconoce así en una relación de exterioridad alienante y paranoica y sucumbe a una servidumbre imaginaria en tanto esa imagen lo cautiva. El sentimiento de sí queda alienado a una imagen tomada como objeto libidinal.

La operación por la cual el niño sale de esta identificación alienante que lo destina a colmar el deseo del Otro materno es lo que Freud tematiza como amenaza de castración y Lacan como Metáfora Paterna. Modo de introducir una falta en aquella ilusión de totalidad en la que el narcisismo está al servicio del Otro. El padre del Edipo lo saca de esta relación especular fascinante, al prohibir una imposibilidad estructural de colmar al Otro materno. La castración recae así sobre la identificación del niño al falo imaginario como Yo Ideal.

Este repaso por el estadio del espejo como conformador del narcisismo no es ocioso, dado que Black Mirror propone ya desde el título un vínculo entre la sociedad informatizada y el narcisismo como pasión alienante a la propia imagen, que es en el fondo una imagen que proviene del Otro y en la que el sujeto queda desapropiado como sujeto deseante.

Espejo negro

El “espejo negro” alude a las pantallas de los ordenadores, celulares y plasmas televisivos cada vez más presentes en nuestra vida. También remite a la propia serie, que se propone como un “espejo negro” que nos devuelve –a través de un relato futurista- una imagen de nosotros mismos inserta en nuestra sociedad capitalista hiper tecnologizada, para así interpelarnos. Una invitación a mirarnos a nosotros mismos desde relatos distópicos que imaginan las posibilidades más inquietantes de una sociedad afectada por el capitalismo, la sociedad del espectáculo y la informatización de los vínculos sociales. En ese sentido, la serie propone futuros en los que se terminan realizando los vaticinios más pesimistas de los críticos de la modernidad. [2]

Si Black Mirror nos habla de las pantallas de los ordenadores en tanto espejos, es porque hay una relación entre el uso extensivo de las nuevas tecnologías y el retorno a un narcisismo que reniega de la castración. La realidad virtual, la comunicación a través de avatares, la promoción del semblante en las redes sociales, la posibilidad de crear mundos en los que podamos realizar nuestras fantasías, van promoviendo formas de goce narcisista, formas sofisticadas de evitación del encuentro con lo real, que para el psicoanálisis tienen que ver con la diferencia sexual, la contingencia y la muerte.

¿Qué diferencia hay entre la realidad material y la virtual? Que la segunda nos ahorra el desencuentro, la diferencia, lo inesperado, lo incalculable. No es lo mismo conectarse a través de avatares, que encontrarse con otro en un café. Como tampoco es lo mismo una pareja, que su versión duplicada y programada tecnológicamente para acomodarse a nuestros gustos. Las nuevas tecnologías ofrecen la posibilidad de una hipóstasis del goce narcisista, en la ilusión de vencer los límites de la muerte, del azar y de la no relación sexual. Un mundo virtual en el que todo sería posible. Las nuevas tecnologías ofrecen una virtualización de la realidad y de los vínculos que le ahorran al sujeto los riesgos de confrontar con lo real: no meramente la realidad, sino lo real en el sentido lacaniano, que lo definía como lo imposible. En Black Mirror, las tecnologías parecen eliminar la categoría del no-todo y de lo imposible, abriendo a fuentes de goce narcisista que vuelven tecnoadictos a los sujetos. Goce sin límite que arrima a la pulsión de muerte. No a la muerte sino a un goce mortificante repetitivo e infinito, del que el sujeto no puede sustraerse, como queda magistralmente plasmado en capítulos como White Christmas, USS Callister y Black Museum.

“La imagen hace pesar sobre nosotros una demanda que no corresponde a los verdaderos deseos que tenemos” planteaba con lucidez Roland Barthes. [3] Black Mirror es un muestrario de las ilusiones del narcisismo y de cómo la demanda que vehiculiza el “espejo negro” apunta a saturar al sujeto de deseo. El canto de sirena de la realidad virtual facilita una vía autorreferencial que alimenta el narcisismo del consumidor. Permite proyectar dentro de los dispositivos técnicos la realización ilusoria de nuestros anhelos y temores, y así obtener un goce que se ahorre un acto. Goce narcisista y autoerótico que no quiere saber nada de lo real. Se trata de la promoción de nuevas formas de obtener lo que Lacan llamaba “goce del idiota” a propósito de la masturbación: un goce que le permite al sujeto sostener la ilusión de poder prescindir del Otro y evitar la castración, hipostasiando así un goce narcisístico. Ilusión de autonomía y singularización que cree oponerse a la alienación al Otro, ignorando el fantasma inconsciente en el que ese goce se soporta. Esta pretensión de un goce autosuficiente que permita evitar la castración, ofrece en Black Mirror formas de desanudamiento de los tres registros, mostrando de modos siniestros el carácter falso de la ilusión narcisista que las nuevas tecnologías pretenden vanamente sostener:

  • La fascinación por las pantallas lleva a la sociedad a su idiotización y a sólo poder acceder a la realidad a través de imágenes manipuladas (The National Anthem, Men Against Fire)
  • La ilusión del consumo conduce al sinsentido de la existencia y a la extenuación (Fifteen Million Merits)
  • La digitalización, en su ilusión de una memoria perfecta que recuerde todo, lleva a la mortificante imposibilidad de olvidar (The Entire History of You, Crocodile)
  • La transformación del castigo penal en espectáculo, lleva a que la pena devenga una fuente de goce sádico y voyeurista, coincidente con aquello que pretende castigar (White Bear, White Christmas, Black Museum)
  • La promoción del semblante como modo de juzgar a los otros, lleva a la reducción del otro a puro semblante (Nosedive)
  • La ilusión de recuperar a un ser querido muerto, lleva a la creación de sustitutos artificiales que ponen de manifiesto la imposibilidad de reemplazar lo perdido (Be Right Back)
  • La ilusión de vivir más allá de la muerte, lleva a un simulacro virtual y vano de la vida (San Junipero)
  • La ilusión de una conexión global virtual en las redes, a la manera de una gran colmena, lleva a que el odio social en las redes devenga una nueva forma de violencia sin medida legal (Shut Up and Dance, Hate in the Nation)
  • La ilusión de un control sobre la vida de nuestros hijos deviene un ejercicio de poder voyeurístico asfixiante (Arkangel)
  • La ilusión de un control sobre la tecnociencia deviene en una autonomización del androide que atenta contra la vida del hombre mismo (Metalhead)
  • La ilusión de ahorrarse el azar en el encuentro con el otro, a través de tecnologías que garanticen buenas relaciones de pareja, no ahorra el desencuentro entre los partenaires (Hang the DJ)

Una clasificación indecidible

Dada la riqueza estético-narrativa de la serie y la multiplicidad de cuestiones que aborda, cualquier clasificación resulta insuficiente. A fines estrictamente metodológicos, suplementamos el listado anterior con un segundo ordenamiento a partir de cuatro ejes conceptuales:

  • Crimen y castigo: si mediante la aplicación legal de una pena la justicia pretende reemplazar el circuito interminable de la venganza, Black Mirror nos ofrece la visión de un mundo donde el principio jurídico es afectado por el triunfo de la sociedad del espectáculo y en el que lo moral se infiltra en lo legal hasta desplazarlo. Cual una pesadilla de Kafka, los castigos por crímenes dejan de tener los límites que un orden legal impone, para devenir un espectáculo sádico y una eternización de la pena al servicio del goce sádico, “justificado” por la ley. El castigo deviene así un modo en el que los televidentes gozan de la crueldad ejercida sobre el castigado. Una justicia en la que los castigos terminan involucrando a los miembros de la sociedad en los mismos crímenes que pretende penalizar y en el que la pena pasa a ser un exceso indistinguible de lo que pretende condenar (Oso blanco, Himno Nacional, Blanca Navidad, Calla y baila, Odio Nacional, Black Museum).
  • Segregación y exterminio: las ilusiones de que las tecnologías digitales nos permiten alcanzar una conciencia global como humanidad, o la utopía de una sociedad conectada como una “colmena” virtual y virtuosa de colaboración, son en Black Mirror cuestionadas, al mostrar cómo las mismas taras sociales pueden perfectamente valerse en las novedades tecnológicas, y así extender a escala social el modelo del gueto, con niveles inéditos de segregación. Y cómo la psicología de masas y el exterminio del semejante pueden perfeccionarse mediante estos instrumentos. El progreso tecnológico no supone un correlativo progreso ético en el campo humano. Como planteaba Albert Einstein “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” (Men Against Fire, Nosedive, 15 millones de méritos y Metalhead).
  • Desmesura de la tecnología: los avances exponenciales de la tecnociencia ofrecen al hombre herramientas que le permiten suplementar o resolver problemas de todo tipo con más eficacia y menor esfuerzo. Sólo que al mismo tiempo le ofrece nuevos medios de goce que le permiten burlar ilusoriamente la castración. En la realidad virtual y la clonación se alientan las ilusiones de poder sortear los límites que plantea lo real en tanto imposible. “Imposible is nothing” pasa de ser un slogan que promueve las virtudes de la autosuperación, a ser un mandato superyoico al servicio del goce narcisista. Black Mirror nos propone diferentes formas de aproximarnos a un mundo donde fuera posible que la tecnología logre que los límites al goce estallen: esos que proponen el principio del placer, la diferencia sexual y la muerte. Verdadera realización ya no de la muerte del padre –tan mentada durante el siglo XX– sino su inexistencia como función de acotamiento del goce y articulador entre deseo y ley. Black Mirror puede ser vista como una verdadera galería de las variantes del goce cuando no se soporta en la lógica del no-todo, aplastando la dimensión del sujeto deseante (White Christmas, Black Museum)
  • ¿Qué modelo para la mente? Del esquema del peine a los experimentos de la cognición: de un tiempo a esta parte, y conforme el avance de las neurociencias, la psicofarmacología, la genética y la informática, se viene anunciando la muerte del psicoanálisis en favor de psicoterapias alternativas basadas en los avances de las ciencias duras (neurología, computación, genética, bioquímica, etc.). Todas estas disciplinas se entrecruzan para producir abordajes terapéuticos que combinan los saberes del ADN, los neurotransmisores, las conexiones cerebrales y una versión remozada del conductismo watsoniano traducido al modelo computacional. El hombre es así concebido como un sistema neuronal o como un almacén de informaciones recibidas cual programa de computadora. Black Mirror propone algunas historias futuristas en las que se lleva hasta las últimas consecuencias este modelo de mente humana. No para suscribir a ellas, sino para mostrar sus limitaciones. ¿La memoria es sólo información? ¿Es reductible el sujeto a los datos que ha recibido y que ha emitido a lo largo del tiempo? ¿Son equivalentes la memoria y el recuerdo? ¿Puede ser clonada la mente del mismo modo que se copia información en una computadora? Y si eso fuera posible, ¿perdería la “copia” del sujeto el estatuto de humano? Black Mirror nos muestra cómo tras estas formas de instrumentalización de la mente humana reducida a máquina informática, el sujeto de deseo insiste (The Entire History of You, Cocodrilo, Black Museum, Playtesting).

Deseo de neutro

Las distopías de Black Mirror hablan de una sociedad futura en la que la tecnociencia se torna amenazante y siniestra: control de la vida y la información, abandono de la realidad en favor de una realidad virtual, tecnoadicción, totalización de la sociedad del espectáculo y progresiva deshumanización. La tecnología deja de tener una función de suplencia o ayuda a la actividad humana, para sustituirla, dejando al hombre en una situación de pasividad y tecnodependencia. Se trata de una mirada apocalíptica sobre la tecnología y la digitalización, que se opone a la visión optimista de desarrolladores de estas tecnologías, de la que Steve Jobs encarna un ejemplo paradigmático. ¿Como leer el desarrollo científico-tecnológico más allá de la oposición binaria entre, como diría Umberto Eco, “apocalípticos” e “integrados”? ¿Cuándo una tecnología pasa de ser un suplemento en el campo humano para devenir una transformación del orden simbólico que afecta al núcleo real del sujeto?

Entre 1977 y 1978, el lingüista y filósofo francés Roland Barthes dictó en el Collège du France el seminario Lo Neutro. Allí llama Neutro “a todo aquello que desbarata el paradigma”, entendiendo por paradigma a la oposición de dos términos virtuales de los cuales actualizamos uno de ellos al hablar, para producir sentido. El sentido se basa así en el conflicto; la elección de un término contra otro (como en nuestro caso la alternativa utopía/distopía en relación a la tecnociencia). Barthes observa que todo conflicto es generador de sentido: elegir uno y rechazar otro es siempre sacrificar algo al sentido para producir sentido y hacerlo circular. [4]

Es en esa alternativa que Barthes propone su Neutro: “Lo Neutro –mi Neutro- no remite a indiferencia o neutralidad, sino a una actividad ardiente, a un estado fuerte, intenso” [5] (así, por ejemplo, en el campo gramatical lo neutro no remite ni masculino ni femenino, ni verbo activo ni pasivo; en política lo neutro supone la no toma de partido entre dos contendientes).

Subraya que la retórica del balanceo ni-ni se basa en el mito de la balanza como símbolo de la justicia, pero que bajo ella hay finalmente una opción y un resto: el goce. La doxa goza en la oposición conflictiva que brinda el paradigma, y supone que la única manera de responder a un término es contestarlo. No imagina una respuesta que exceda el universo cerrado A-no A. Para la doxa, un tercer término es impensable porque no entra dentro de su universo. De ahí que toda respuesta que exceda la alternativa queda aplastada bajo el sentido de complicidad con una parte por no oponerse a ella.

Lo Neutro para Barthes es el pensamiento de una creación estructural que deshace, anula o contraría el binarismo implacable del paradigma, mediante el recurso a un tercer término, el tertium. Lo Neutro no es apropiado para persuadir de una posición, de una identidad, no tiene retórica, no sabe. Traspuesto al plano ético, se trata de la tentación de suprimir, desbaratar, esquivar el paradigma, sus conminaciones y arrogancias. “Nuestro objetivo no es desde luego disciplinar: buscamos la categoría de lo Neutro en la medida en que atraviesa la lengua, el discurso, el gesto, el acto, el cuerpo, etc. Sin embargo, dado que nuestro Neutro es buscado respecto del paradigma, del conflicto, de la elección, el campo general de nuestras reflexiones sería: la ética que es discurso de la “elección correcta” (Nota del traductor: Alusión al eslogan político de Valéry Giscard d’Estaing para las elecciones legislativas de 1977), o de la “no-elección”, o de la “elección-desplazada”: del más allá de la elección, el más allá del conflicto del paradigma” (Barthes, ob. cit., pág. 51).

Lo Neutro en Barthes se soporta en una ética que se podría llamar “deseo de neutro”: es deseo de suspensión de las órdenes, leyes, conminaciones, arrogancias, terrorismos, intimaciones, demandas. Es también suspensión del narcisismo: dejar de tenerle miedo a las imágenes y disolver la propia que nos devuelve el espejo. Proponemos una lectura de Black Mirror en esa posición tercera, que para el caso supone ni alienación al espejo negro, ni espanto frente a su reflejo ominoso, como modo de rescatar la singularidad del sujeto de deseo.


[1Toni de la Torre, Historia de las series (2016), Barcelona, Roca.

[2En una obra anterior propusimos la fórmula “el estadio del screen” para referirnos a esta relación entre el momento de la identificación especular y el auge de las pantallas. Ver Cueto, E. y Santiere, A. (Comp.) El estadio del screen. Letra Viva, 2015.

[3Barthes, R. (2018): Roland Barthes por Roland Barthes, Buenos Aires, Eterna Cadencia.

[4“Ejemplo: la oposición s/z, pues no es lo mismo comer poisson que poison. (Nota del traductor: Las palabras francesas “poisson” [pescado] y “poison” [veneno] se distinguen por un solo sonido, la sibilante sorda en la primera y la sonora en la segunda, [s] y [z].)
Esto es fonológico, pero hay oposiciones semánticas: blanco versus negro. Dicho de otro modo, según la perspectiva saussuriana, que sigo en este punto, el paradigma es el motor del sentido; allí donde hay sentido, hay paradigma, y allí donde hay paradigma (oposición) hay sentido dicho elípticamente: el sentido se basa en el conflicto (la elección de un término contra otro) y todo conflicto es generador de sentido: elegir uno y rechazar otro es siempre sacrificar algo al sentido, producir sentido, darlo para consumir” (Barthes, R. Ob. cit., pág. 51).

[5Barthes, ob. cit., pág. 51.



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