Actualizado en  noviembre de 2016   

Resumen

Este artículo duplica un relato de Borges que se cita casi completo. No es una glosa que supone que todo lo que se debería pensar ya está dicho en esa narración maravillosa. Ni pretende la intercalación de explicaciones que hagan inteligible esa escritura. La lotería en Babilonia no interesa como asunto que transporta oscuridades, secretos o claves a interpretar, aunque intertextualidades, sugerencias, ambigüedades, son pulsos de su arquitectura. La pasión y el gusto por el lugar del comentador forman parte de un ejercicio de espera: la obstinada demora en una voz ajena como ocasión para el desliz de una idea. A veces, pensamientos se emancipan por fricciones repentinas que se producen al pasar de un texto a otro.

Palabras clave: Borges – Azar – Deseo - Spinoza

Abstract English version

[pp. 17-36]

El Azar como figura de emancipación en La lotería en Babilonia de Borges

Marcelo Percia

“Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica”.

persevera, siendo otro

La lotería en Babilonia, que Borges escribe alrededor de 1940, comienza insinuando que en cada vida son posibles todas las vidas.

La expresión todas las vidas no interesa como vicio de multitud, sino como curación de la enfermedad de lo uno. El enunciado en cada vida son posibles todas las vidas objeta la inmovilidad y la fijeza.

Una ficción que cuestiona la idea de sujeto como sustancia. Ilusión de una esencia en la que uno es el que es, jugo íntimo y secreto, garantía del ser; existencia no accidental que permanece igual a sí misma mientras todo cambia. Un relato que ayuda a entrever cómo la supuesta identidad personal acontece como salto inesperado, contingencia, mudanza de sí. Una historia que imagina una civilización gobernada por el Azar.

respira en la flor de un naranjo

La lotería en Babilonia parece decir:

vida, una posibilidad en espera; deseo, potencia de esa espera [1].

Borges imagina un mundo sin dios en el que reina un caos preciso e imperfecto. Vislumbra la vida humana como existencia infusionada de azar. Caos no como confusión y desorden, sino como memoria de lo vasto e inabordable. Proyecta una civilización que inventa causas como si fueran fantasías desprendidas de lo infinito. Pero caos, en la literatura borgeana, es el disfraz de un orden secreto, una protesta que recuerda que toda representación de unidad debe su forzada adherencia a la prepotencia de la razón.

desencanto, irónico

El relato presenta la existencia individual como albur. La civilización como un conjugado irregular de acciones recíprocas, como entramado deficiente que escupe, a la vez, consecuencias queridas e indeseadas. La civilización -si no se piensa como generoso abrazo que abriga, protege, ama- desluce como amontonamiento de miedosos que se odian y necesitan.

La de Borges es una narrativa afligida por las sociedades humanas.

Si la figura de la ironía no se reduce a una burla encubierta que simula afirmar algo que, al mismo tiempo desmiente, se podría pensar que transporta un dolor: en la ironía se destruye una imagen querida para luego reconstruirla dejando a la vista las marcas de su anhelada perfección llena de rajaduras.

Borges presenta el Azar como ironía desencantada de la ilustración moderna en los tiempos de un mundo en guerra [2].

la Suerte ordena a la Esperanza: ¡Sé mi esclava! [3]

La lotería en Babilonia ofrece una versión de la historia humana como juego imperfecto.

No sabemos, no podemos saber, qué nos depara el destino: la vida -en el cuento de Borges- se vive arrojada (sin otra ley que la del Azar) a la dicha, al disgusto, a la nada.

Sin esperanzas en el paraíso después de la muerte, en el buen rey que represente a dios en la tierra, en el gobierno de la ley y razón para todos por igual, en la sociedad sin propietarios, patrones ni estados, los babilonios del relato se entregan a una cosmología utópica del Azar [4].

vida anónima

El relato comienza así: “Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles”.

Todo ocurre en la ciudad de los jardines colgantes ubicada en la orilla izquierda del río Eufrates, mencionada -veintitrés siglos antes de nuestra era- por su aglomeración, riquezas, murallas gigantescas. Un hombre narra vicisitudes de su vida, sus muchas existencias, las circunstancias de sus noches: han sido en su cuerpo las caricias de todas las manos y los interminables ultrajes.

Babilonia relata todas las ciudades, todas las lenguas, todas las experiencias. Babilonia cuenta la sociedad como anonimato: anonimato que recuerda que lo que persevera en vivir no pertenece a nadie.

sentidos embotados

En El placer del texto, Barthes (1977) hace otra lectura del mito bíblico de la Torre de Babel, sugiere que “la confusión de lenguas deja de ser un castigo”: saberse habitada por muchas y diferentes lenguas compone la felicidad de la literatura.

Esta sugerencia motiva diferentes versiones de la historia sagrada. La primera relata que los hombres proyectan construir una torre para alcanzar el cielo, Dios reacciona ante la irreverencia condenándolos a vivir dispersos, incomunicados, divididos en distintas lenguas. La segunda (barthesiana) dice que aquella empresa no fracasó: la desmesurada utopía colectiva tuvo éxito, la humanidad alcanzó la diversidad de lenguas. La tercera es igual a la segunda pero con una réplica: los hombres toman el cielo por asalto porque intuyen que en la multiplicidad de lenguas anida la secreta potencia divina; entonces el Creador desacredita la conquista humana: divulga que esa abundancia innecesaria debilita el interés común, difunde el miedo a lo extranjero, propaga el ideal de una lengua única como nostalgia de fuerza y unidad. La cuarta dice que Dios deja que las criaturas que hablan hagan y deshagan sus historias. El Creador conoce la condición paradojal de lo humano, piensa: “Desean emanciparse de una lengua única que reduce y limita sus vidas, pero no soportarán el infinito movimiento de lo disperso”.

En su relato, Borges imagina el Azar como astucia humana para habitar la multiplicidad: ese punto impensado en el que todas las lenguas hablan en una lengua, en el que todas las vidas viven en una vida, en el que la eternidad acontece en un instante.

nada personal

Borges presenta la idea de que en un hombre puede vivir muchas y diferentes vidas. Pero, ¿cómo desasirse de la reducida y compacta identidad personal? Vivimos en la tensión de estar apresados en una unidad o diseminados en la posibilidad. La proposición muchas y diferentes vidas no se traduce como ser muchos ni ser el otro, ocupar su lugar o ejercitar la empatía con el semejante, se trata de no impedir que lo desconocido nos traspase. No significa cambiar de vida, sino saberse afectado por las extrañezas de una mismidad porosa.

Visión que Borges (1956) reitera cuando cita este fragmento de Empédocles: “Ha sido un niño, una muchacha, una planta, un pájaro y un mudo pez que surge del mar”. Interesa devenir lo otro, pero no como reencarnación en otros cuerpos, sino como abandono en la ajenidad. Se trata de dejarse poseer por el sentido (por su desconcierto, su suavidad, su secreto) sin entregarse a una significación como pertenencia.

Idea que insinúa cuando sugiere (1941) que “Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre”. Momento fuera del tiempo, éxtasis pero no como misticismo de la mismidad, sino como fuga de sí. Serena intensidad más allá de los cuerpos, de la memoria, de los días. Ni el mismo hombre, ni la misma mujer, ni la mismidad andrógina. Lo mismo es una mueca rígida de la representación (sólo el amor, a veces, abraza esa soledad desrepresentada).

Pensamiento que vuelve con una pequeña variante (1944): “Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres…”. Evocación de lo plural como terapéutica del yo personal.

En Le regret d’Heraclite (1960) escribe: “Yo, que tantos hombre he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Sugiere lo singular evocando lo ausente entre infinitas ausencias. Singularidad que no se explica por lo que nunca seré o tendré, como vacancia o frustración. Lo singular no se explica, se vive como tendencia y misterio.

En La flor de Coleridge (1952) menciona a Angelus Silesius, a quien designa como panteísta del siglo XVII, quien afirma que “todos los bienaventurados son uno y que todo cristiano debe ser Cristo”. Borges transforma la proposición que dice “todos los bienaventurados son uno…” en “todos los autores son un autor”.

Entre Silesius, Leibniz, Spinoza, Schopenhauer, por momentos Borges vacila. Su indecisión narra el difícil tránsito desde la idea de unidad a la de multiplicidad.

Todos los hombres no son un mismo hombre, ni todos los autores un mismo autor, ni todos los libros un único libro [5]. Tampoco es la historia de un único soñante que sueña a un hombre que a su vez sueña a otro que sueña a otro que sueña a otro. Se trata de algo diferente: potencias impersonales que, a veces, acontecen como hombres, como autores, como libros, como sueños [6].

No es lo mismo decir que todos los hombres son uno que afirmar que en cada hombre habitan todos los hombres o que en cada autor escriben todos los autores. El primer caso desemboca en el uno; en el segundo, el uno es zona de pasaje de la multiplicidad. Multiplicidad no como partición de la unidad, sino como flujos de vida que nunca se completan. En el primer caso, el argumento lleva a la idea de un Dios único de cuya inspiración o división proviene toda dispersión viviente; en el segundo, late la idea de que cada vida puede alojar todas las potencias posibles.

Borges resuelve sus ambigüedades cuando piensa en la literatura. La figura que ocupa el lugar de sujeto en la escritura no es el autor ni la inspiración personal, sino la literatura. La literatura es potencia que busca decirse a través de escribas (copistas, intérpretes, médiums) que, a veces, le permiten brillar extraordinaria y bella o chisporrotear ridícula y olvidable. Sugiere una teoría impersonal de la escritura, escribe: “para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos”.

Una singularidad no personal se extiende a las fragancias, al movimiento de las nubes, a los modos de revolver el café.

consortes del Azar

Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel”.

Borges ostenta su rechazo al marxismo: desdeña la idea de lucha de clases tanto como los argumentos que objetan la injusticia y desigualdad de la civilización fundados en el imperio de la razón. Presenta, en Babilonia, las relaciones de poder entre los hombres como un juego de subordinaciones recíprocas de grupos que se rigen por la combinación de tres letras y la presencia o no de la luna llena [7].

Explica: “Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de un modo imperfecto y secreto: la lotería”.

La caprichosa variación de sí puede vivirse como crueldad y como liberación: como crueldad porque la no permanencia y continuo desarraigo no permitirían que nadie supiera quién es y liberación porque no sería necesario dedicar la vida a una única y reducida historia

Si el alma se pensara como lo invariante de un cuerpo, la vida de un sólo hombre estaría atravesada por diferentes estados del alma dictados por la suerte.

Persuade el Azar: ¡Elígeme, lealtad o traición, riqueza o pobreza, vida o muerte: para todos por igual!

perduran pasajeras

Identidades que mudan en cada jugada. La imagen propia (la conciencia de una persona de ser ella misma y diferente a las demás) como gracia o desgracia de lo accidental. Cada ser vivo una presencia condenada a la alteración programada.

En La lotería en Babilonia, la experiencia de sí (esa ficción de la mismidad confiada a la memoria) se revela como flujo laberíntico de ajenidades y extrañezas. Acontece la humanidad como defecto calculado del azar.

Afirma el Azar: ¡Ninguna imperfección más justa que la de la Suerte!

las cosas perduran, las potencias perseveran

En Borges y yo (1960), se lee “Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre”.

En La lotería en Babilonia la perseverancia es confiada al Azar antes que a la identidad: perseverar en su ser no significa mantenerse uno constante tal como es, proseguir con su identidad, sino perseverar en existir. Entre conservar una identidad (permanecer idénticos a sí mismos) o perseverar en sus existencias sin identidades fijas, los babilonios eligen lo último.

La potencia desea perseverar en su contento. No es la persona la que persevera en su ser, sino la potencia. La figura que habita el lugar de sujeto en la ética de Spinoza es la potencia. No somos, habitamos potencias. La potencia no es exterior ni interior al cuerpo. No nos habita, la habitamos en el modo del deseo, el amor, la alegría.

El mar persevera en su ser, pero no lo hace como ejercicio de una voluntad de las aguas oceánicas, sino como plenitud que obra porque sí.

no se posee la vida, se vive sin tenerla

Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón”.

La expresión “conducta de los dioses indescifrables” evoca una idea de los griegos según la cual los dioses desatan sus pasiones en el corazón de los hombres. La lotería golpea en lo destinado a permanecer [8]. Babilonia, un territorio en el que sus habitantes conocen la incertidumbre no sólo como angustia dudosa por lo que vendrá, sino como experiencia de desposesión de sí, como exceso de otredad. Lo otro en lo mismo es una de las proposiciones que el psicoanálisis hereda de la descomposición de la cultura moderna. ¿Por qué la demasía de la otredad parece más terrible que la demasía de la mismidad? Sólo falta una cosa en la soledad: la copula; sólo falta una cosa en la cópula: la soledad.

“cambiando, reposa; descansa, transformándose” [9]

En La lotería en Babilonia asistimos a la metamorfosis incesante de la civilización del Azar.

Perseverancia no se confunde con conservación. La fijeza de una identidad no es perseverancia, sino continuidad y firmeza de una privación. Las criaturas vivas mueren, las potencias que habitan no. La inmensidad que se trata de capturar con un nombre, perseverará más allá de que el poder que la nombra haya cesado. Perseverancia: existencia desentendida del temor a la muerte.

Si repetición no se reduce a la reproducción de lo mismo o al reiterado intento de alcanzar lo que no se tiene o al retorno de lo que se rehúsa al olvido, si se piensa repetición como apertura ante lo que estalla (cada vez) como diferencia inesperada; entonces: repetir dice lo que dice perseverar. La potencia persevera mientras cambia, mientras cambia persevera [10].

el Azar dice al Deseo: amamos la inminencia

Una nave está por zarpar, el relator tiene prisa, su padre refería que, en los comienzos, “los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o pergaminos adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes. Naturalmente, esas loterías fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza”.

Al principio vivían confiados a la suerte de dos lugares fijos: la fortuna como decisión elemental de algo que se afirma o se niega. Un mecanismo sencillo regido según dos consecuencias básicas: ganar o perder monedas. La decepción de lo simple. El entusiasmo derrotado por las alternativas previsibles. El azar como consumación de una opción restringida no hace zozobrar. El acaso pierde su fuerza hipotética, su visión no intencionada de lo inesperado. La anticipación reductora de los posibles disuelve el estado de ventura: la indecisión de las cosas que han de venir. El deseo languidece sin contrariedad.

El acaso late en la inminencia, el ocaso en la suerte echada, en la meta prevista.

desear desenfocado

Ante la indiferencia pública, los mercaderes que fundaron esas loterías venales, comenzaron a perder dinero. Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público.”

Una lotería no puede perder dinero. Hay que renovar el interés. La adversidad es un artificio que doblega la indiferencia de la gente. A la desdicha de comprar un número sin ganar nada, se agrega la pena de tener que pagar. El deseo, sofocado, sin más riesgo que la no correspondencia, ¿se enciende con el revés, la tensión, el infortunio? El leve peligro ¿arranca la costra de tedio que envuelve al alma? La probabilidad de una desgracia anima a la pasión. La desventura es una fuente existencial. Pero ¿cuánta borrasca soporta un cuerpo? ¿Qué peso el de la levedad? ¿Qué brisa de inminencia la del deseo?

Lo que nos libera de la correspondencia no es su fracaso (la no correspondencia) sino lo contingente.

Azar, desafío al coraje

Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo ese desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todopoder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico”.

Se abandonan, otra vez, a las suertes. Muchos juegan porque tienen ganas, otros bajo presión, sospechados de un espíritu encogido, cobarde, poco emprendedor. El desaire colectivo se impone sobre el deseo. El sometimiento, a veces, es preferible al rechazo, la humillación, la vergüenza. Esa presión intangible impone conductas no esperadas. Sabemos de ciertos escándalos humanos: los desvíos de las conveniencias sociales, las travesuras que amenazan el estado de las cosas, la arrogancia de los que desconocen lo pactado. Entonces, emerge una Autoridad que asegure el cumplimiento de los compromisos, circunstancia que hace necesario un poder total, sagrado, sutil.

Muchos siglos de cultura rodearon al deseo de imprudencia y de miedo. El psicoanálisis aloja a ese cobarde.

encanto, sin dios

Asistimos a la naturalización irónica de la Compañía. El comienzo de un nombre mayúsculo que vela por los ganadores. A través de la evolución de ese fetiche de acatamiento colectivo, Borges esboza el destino probable de un todopoder: el control que cuanto más extendido más evanescente, el absoluto que cuanto más abarca más se descompleta, la devoción que, cuanto más reverencia exige, más se ridiculiza. Conjetura desenlaces para ese fundamento que proclama la necesidad de perfección. El fracaso como una de las cualidades de ese orden imperioso. La imposibilidad de Dios no sólo como reticencia o defecto de la razón, sino como entonación de la tragedia humana.

Foucault observó que, desde un comienzo, el deseo es convicto del poder. El poder viene a gobernar sus potencias descontroladas. Dice el Azar al Deseo: ¡Sé mi sirviente, mi poder no tiene preferencias morales! El Azar persuade a la Metafísica: Aliados, somos el trazo concebible de lo ilimitado.

dicha efímera

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera aparición en la lotería de elementos no pecuniarios”.

La costumbre se compone de olvidos, distracciones, descuidos. Una pequeña inclinación a la brevedad modifica la historia. Irrumpe una circunstancia inesperada: se establece un sistema de cambio no regido sólo por piezas de plata. La previsibilidad calculada en monedas queda contaminada por un castigo que no se mide en dinero: ausentar una vida, encadenar un cuerpo, encerrar un movimiento, recluir una mirada.

El juego se desliza hacia un sistema de correspondencias que escapa de la exclusiva regulación de la moneda. Cuestiona, sin buscarlo, la función de ese significante como equivalente universal. El dinero deja de ser la única referencia de intercambio, se inicia -diría Marx- la disolución de un mundo hasta el momento sometido a ese nivelador radical que ahorra el vértigo de las diferencias: desvío que esparce combinaciones caprichosas.

Si el sistema económico se rige por la escasez y el sistema de la lengua por la significación, el Azar no rehúsa la abundancia de lo que prolifera sin sentido.

no hace la felicidad, pero la representa

Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas”.

El dinero subordina la multiplicidad de la existencia, impone una gramática para las diferencias, tutela la ficción de un beneficio justo para el conjunto: se ofrece como medida de dicha y desdicha. El Dinero profetiza: Sólo Yo podré tutelar las vidas humanas. Si el dinero es una forma indirecta de felicidad susceptible de intercambio, entonces ¿qué curso posible para una alegría igual para todos, sin ese ordenador mayor, sin ese rodeo purificador, sin esa brújula universal?

La moneda es un símbolo de contención y restricción metafísica. Si la cosa escapa de esas fauces estrechas, la vida estalla como infinito posible de un mundo imprevisible. Amantes de las correspondencias exactas, las simetrías de los espejos, las proporciones justas, en Babilonia se inventa (más allá del dinero) la cosmología existencial del Azar.

No se podría vivir sin un patrón, medida, calle principal: algo que indique el norte, pero Borges intuye que ningún orden sobrevive si no conquista para sí el encanto de un laberinto.

“el amor que mueve al Sol y las demás estrellas”

Dante, antes de la posición moderna, presentía que el amor participaba de la fuente todo movimiento. El último verso de la Divina Comedia dice: “L ’Amor che move il Sole e l’altre stele”.

el Azar promete: ¡Te haré creer que no todo es accidental!

El relato de Borges anticipa un problema que desvela a psicoanalistas: sin un significante regulador ¿qué vale la felicidad o el infortunio para cada cual? Lacan sabe leer en Marx que la espesa potencia del deseo vive confinada en los engaños y virtudes del dinero. Entiende que esa condición fetiche afecta a todos los objetos que cautivan a los vivientes que hablan.

La lotería en Babilonia permite pensar el exceso de sentido que se libera cuando se rompen los muros de la equivalencia monetaria. La heterogeneidad desprendida de ese objeto unificador. Los babilonios advierten que las pasiones de las suertes se mueven por algo que (mucho después) los psicoanalistas llamarán objeto de la pequeña a: la inminencia de lo otro que ninguna jugada cancela.

delicias del jardín

Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza; los pobres (con envidia razonable e inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén, notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria (...) Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre: pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer término logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones). En segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio”.

La lotería no sería posible sin La Compañía [11] .

El poder del Azar se extiende, respira en el espacio, se propaga en las conciencias, sortea las fronteras sociales. La intensa vida no disimulada de los tocados por la lotería provoca envidia en los excluidos, justificado enojo por la desigualdad, inevitable agitación de los condenados a una fatalidad sin azar. Comienza la revuelta de los que se saben fuera del juego: el grito de los exceptuados de ese delicioso vaivén, los desaparecidos de las sacudidas de la suerte, los privados de ese punto en que cada cuerpo se sabe razón de peso de una oscilación incierta. Llega, entonces, la abolición de la suerte mercenaria. La igualdad de todos ante la ley del Azar como plenitud posible de la frágil existencia humana. Como conquista civilizadora sobre las guerras de clases. El nuevo orden del Azar como una historia sin identidades seguras, sin posiciones definitivas. La existencia como repentina desposesión que iguala a todas las criaturas vivientes [12].

te deseo

El deseo está enredado con la posesión, en ese sentido: el deseo es gozado por el capitalismo.

La potencia del deseo (el deseo desea desear) queda embrollada con el tener o el poseer. El deseo desea poseer al otro, desea poseer lo que el otro tiene, desea poseer lo que el otro no tiene pero desea poseer. Cuando desea poseer lo que tiene el otro, desea poseer el contento que imagina en el otro: desea poseer su alegría, su placer, su satisfacción. Desea poseer la potencia que imagina en el otro. No anhela una propiedad sino una potencia. Pero las potencias no se pueden poseer, se habitan o no. ¿Cómo se habitan potencias si no se está disponible? Los babilonios comprenden que sólo la igualdad de las suertes vuelve a todos los hablantes igualmente disponibles para las potencias de la vida.

Moby Dick, lo incapturable

La triste carga de querer adueñarse de una potencia: el capitán Ahab, en la novela de Melville, delira por dominar a la caprichosa ballena blanca. En esa locura de poder reside su impotencia. Si pudiera protegerse del ansia de conquista que lo goza, si pudiera abandonarse sereno en su impoder, el cuerpo mutilado en el que vive se alegraría de sentir la irreductible potencia que habita en la maravillosa bestia de sal.

quiero más, otra cosa, ya no quiero nada

Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces, un sólo hecho -el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar, hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había una grieta en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad”.

¿Cómo calcular consecuencias de una jugada feliz o una suerte adversa sin la ilusión de equivalencia que ofrece la moneda? ¿Cómo medir las íntimas esperanzas o los terrores secretos de cada cual, sin el soporte unificador del dinero o la uniformidad que ofrece un mercado? La felicidad desbarata, con sus caprichos, cualquier orden. La dicha es para unos reconocimiento o confirmación de superioridad, para otros una competencia mínima con el vecino, para el resto un amor en los comienzos, para los de más allá el guiño secreto de dios. O la infelicidad es el desprecio de un semejante, la enfermedad, la ausencia, la muerte.

Lo único no se alcanza como propiedad ni como originalidad, sino como relación de intimidad con lo que nos toca. Lo singular trama intimidad con lo impropio, lo ajeno, lo insignificante, lo mínimo, lo que queda fuera del orden general y común. La intimidad narra amoríos del deseo más allá de la ineludible intimidación de las instituciones y discursos que siempre entran en juego.

encanto, sin cautiverio

Estar no es lo mismo que estar disponible: receptor de potencias. Las potencias nos tocan o no. Nos tocan como asignadas o destinadas por la sociedad, la moral, el deseo del Otro o nos tocan como contacto o intimidad nunca del todo libre de lo anterior. Tocado nombra lo que Deleuze llamaría -citando a Spinoza- afectado. Necesitamos distinguir entre estar afectado por potencias que potencian la vida y estar cautivos de imperativos que se apropian de la vida que vivimos.

A propósito, el psicoanálisis trata de decir algo del imperativo del goce. El Psicoanálisis dice: el Goce es la invención de un lado narcisista del Deseo, su claudicación neurótica.

el Goce dice a la libertad: ¡Sin mí no tendría gracia!

Borges no olvida que la vida acontece como caída: gravitación de potencias que atraen, conjugación de lo innumerable. Sabe que un mundo no podría existir sin refinados poderes o sin astucias maestras. Advierte que la dicha como simple fábrica del azar o emprendimiento solitario de la voluntad es inconveniente para la felicidad.

La felicidad no quiere mirarse sólo en el espejo del azar o en el de la voluntad. Con el puro azar ocurre lo mismo que con la pura voluntad: el deseo se aburre. El abuso de lo imponderable debilita al deseo que necesita creer, también, en la influencia de un espíritu propio. Sin cierta omnipotencia de la identidad no se agrandarían nunca los pequeños e inútiles actos humanos. Una reserva mágica de la que se nutre el amor, pero también el odio.

La obra del Azar se completa con actos de sugestión y de magia, con predicciones de los astros y trabajo de espías. Se practica la delación de intimidades, pero no como cacería de existencias acusadas de delitos, sino como chisme necesario de una vida asediada por las muchas formas que adquiere la falta de sentido.

el Goce dice al Deseo: ¡Gozo en tus astucias!

La omisión del dinero como meta exclusiva del juego, pone a la vista las fantasías de placer entre los babilonios. La variedad de lo que gusta o disgusta en esa aglomeración. Se advierte un nudo que discuten psicoanalistas: que los afectos, emociones, sentimientos, que componen formas de dicha y desdicha, no son sin la afectación de eso que Lacan llama goce. La promesa de felicidad como consecuencia pura del azar ofende al deseo, igual que lo ofusca la idea de satisfacción como voluntad de descarga o disminución de tensiones. La Compañía comprende que el deseo clama por un enredo de sentido.

Cada vez que una criatura que habla declara que le gusta algo, el universo estalla en carcajadas: ríe de ese protagonismo de las preferencias. No hay dicha humana sin fantasía dichosa. Melanie Klein acierta cuando piensa que la fantasía, es por momentos, más fuerte que la ausencia y la muerte. Fantasía que también hace posible el lenguaje y la locura.

las caras de lo dado

¿La Compañía como memoria social acumulada? ¿Catálogo imposible de un archivo de sueños y pesadillas? ¿Burocracia de la felicidad y el horror? ¿Manual estadístico personalizado de dichas, desvíos, malestares?

La magnitud de la idea hizo necesarias piezas doctrinarias, multitud de reglas, una teoría de los juegos. Veamos una de las conjeturas: “Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no entienden sino algunos especialistas pero intentaré resumir, siquiera de modo simbólico.

¿Aumentar el azar? Decisión de alterar todos los ritmos de las cosas. ¿Despedida obligada tras cada intervalo regular en una vida? Llamado de lo incidental. ¿Clamor de ocurrencias? Más desarreglo líquido en el mundo. ¿Agregado de fluido accidental en su mecánica tediosa? Caos, no como desorden o confusión, sino como renovado impulso hacia lo otro, deseo no acontecido. ¿Crimen de lo establecido? Lapsus del universo.

Azar estremecido en todas partes. Avance de su contravención intencionada no sólo como beneficio o percance de una jugada, sino como presencia insidiosa en detalles, en movimientos mínimos, en suspiros inadvertidos. La suerte abarcando cada acto. Potencia plena y minuciosa de sus trabajos invisibles.

dice El Azar: ¡Estoy en todas partes, incluso en los detalles!

La suerte abarcando cada acto anuncia que se inicia una lotería del instante. Una lotería que se adelanta a la apuesta, que anticipa al deseo, que se apresura a los hechos, que llega antes que las causas. Uno de los misterios más hermosos de la vida seguirá siendo el del instante. Los psicoanalistas saben que el goce hace todo lo posible por entronarse allí. El Goce dice al Deseo: Gozo de lo que es, de lo que será, nada existe que no pueda gozar.

a veces dice el Deseo: ¡Basta!

Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras”.

Se comienza con una primera jugada, azarosa, cuyas consecuencias se descomponen tras el movimiento inicial: numerosos fallos se disputan una acción. Una sentencia de muerte, para obrar de acuerdo a la inspiración total de la suerte, realiza nuevos llamados que desencadenan, a su vez, diferentes posibilidades: cada acción vive dislocada en un precipitado de otras muchas soluciones alternativas.

La vida como interludio que desplaza infinitamente el momento en que se cumple la sentencia inicial. La idea de infinito sirve a Borges para inyectar flujos posibles en las vacilantes líneas de la determinación y la causalidad: estallido de estados, maneras, modos, formas; desacato de la acción única, frenesí de elecciones probables, audacia que desborda la opción.

En esa sociedad pacificada por el Azar, los otros advienen como conexiones disyuntivas, pluralidad contaminante de muchas conductas, concurrencia de lo incompatible, variaciones llamadoras de diferencias. Los otros como desvíos, torceduras, exageraciones, negativas; cómplices de un esquema regulador de reacciones, avatares, circunstancias, que gobiernan el desquicio humano. Diversidad que nada ni nadie completa o domina. El sorteo como fuga del cálculo previsto, habilidad que posterga lo definitivo, final que no se suspende sino que se extiende ilimitado, deriva, rumbo de viento, sentido de agua. Abatimiento del acto solitario. Soledad visitada por innumerables acciones ajenas.

el Azar delira, indivisible

La Compañía decide añadir inteligencia al Azar: su intervención en detalles mínimos, su dedicada atención a lo que parece insignificante. La vida entera como mónada de la suerte: en una mínima jugada acontece todo el universo. En Leibniz, Dios elige entre el infinito de posibilidades la mejor o la más conveniente: el mejor orden posible (entre las posibilidades infinitas) es el orden composible. En la cosmología del Azar lo posible acontece en simultaneidad: desde la opción más conveniente hasta la más dislocada. En La lotería de Babilonia, La Compañía parece proclamar: El del Azar, el mejor de los mundos posibles [13] .

en lo mínimo late lo infinito

Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga”.

Este párrafo cautiva a Deleuze (1969), en la décima serie Del juego ideal escribe: “La pregunta fundamental que nos propone este texto es: ¿Cuál es este tiempo que no precisa ser infinito, sino solamente infinitamente subdivisible’?”.

Borges (1934), que alguna vez imagina enhebrar una biografía del infinito, se refiere en diferentes ocasiones a la paradoja de la perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, inventada por Zenón de Elea, discípulo de Parménides. Tras menciona reiteradas visitas al argumento y sus muchas refutaciones, recuerda la historia así: “Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro; Aquiles Piesligeros el milímetro, la tortuga un décimo de milímetro y así infinitamente, sin alcanzarla...”. La idea de que un ilimitado número de subdivisiones, cada vez más minúsculas le interesa como disolución metódica. Borges elogia el infinito como concepto corruptor, inquietante, desatinador.

Lo mínimo guarda el secreto de lo extensivo: en lo mínimo se refugia el instante, es decir la intensidad.

la Representación dice: ¡Transformo el infinito en algo!

En Vindicación de Bouvard et Pécuchet, Borges (1932) anota: “La ciencia es una esfera finita que crece en el espacio infinito, cada nueva expansión le hace comprender una zona mayor de lo desconocido, pero lo desconocido es inagotable”. En una conferencia sobre Spinoza, Borges explica que, para él, infinito no quiere decir indefinido ni innumerable, sino flujo que no tiene principio ni fin.

dice la Probabilidad: ¡Volveré y seré cuántica!

Pero ¿qué dice este infinito de azar? ¿Tiempo sin límites? ¿Golpeteo del reloj eterno? ¿Signo matemático que tiene la forma de un ocho acostado? Infinito, también, como dominio de lo infinitivo. Potencia impersonal que expresa todas las acciones. El presente, instante ilimitado, por venir que no cesa, pasado que retorna. La muerte no como meta que se alcanza sino como borde que nos arroja a las suertes del tiempo.

La idea de Borges hace recordar la proposición 6.4311 de Wittgenstein dice: “La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte. Si por eternidad se entiende, no una duración temporal infinita, sino intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente...”.

Muerte como acontecimiento que funda temporalidad. El morir como límite de la representación que vuelve infinito el instante. Tiempo, signo desencadenado, trama de un lenguaje consistente. Azar como eternidad conjugada en el presente. La suerte echada es suerte arrojada, lanzada, en espera decidida de lo venidero. Pero también es suerte que retorna tras la expulsión de las capturas causales. Incluso suerte en posición horizontal tumbada en condiciones de soñarse como línea infinita [14].

En vilo ante lo inconcebible de cada sorteo, los babilónicos viven insomnes en el presente. No persiguen la inmortalidad: están embriagados de Azar, no embargados por el temor a morir.

no se posee, el instante

El Azar comprende que su encanto reside en la soberanía del instante. Sólo así el deseo vive eso que, a veces, el goce le da: la vivencia de lo eterno.

Tal vez el error consista en pensar la eternidad como futuro interminable, como promesa de un porvenir perpetuo. El secreto de lo eterno está en el instante. No conviene pensar eternidad como posesión de tiempo. El precio del mañana (2011) de Andrew Niccol (una película olvidable) presenta la idea del tiempo acumulado como especie de inmortalidad. En el año 2161, la humanidad se encuentra genéticamente programada para detener el envejecimiento a los veinticinco años, a partir de ese momento todos tienen sólo un año más de vida. Inscripciones en el antebrazo (como los condenados de los campos) marcan, como en un reloj digital fosforescente los años, los meses, los días, los minutos, los segundos que le restan de vida. Así, se trabaja para ganar tiempo o se paga lo que se consume con tiempo. Pueden acumular o gastar tiempo como si fuera dinero. Un poderoso personaje guarda en el tesoro de un banco un millón de años.

“una cosa bella es una alegría para siempre” [15]

El maravilloso poder del Azar no se explica por la creciente complejidad de los sorteos, sino por su inventiva para resguardar la magia del instante: la perplejidad de su inminencia sin fin. La Compañía comprende que no se debe ultrajar ese misterio: no hay otra eternidad para la forma humana.

los dados todavía en el aire

También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro; otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles”.

Introducción de lo aleatorio, suertes diseminadas para nadie: acciones arrojadas sin destino. Disponibilidad de una causa, un efecto no evocado, una potencia sin meta. Aspiraciones que vagan indeterminadas: cristal de color azul, gorrión que se suelta, partícula que no puede ser mirada. El Azar tiende amarras en los aires del sentido. Tibieza y espanto de una erótica de lo inútil, innecesario, prescindible. Las potencias existen sin necesidad. La Compañía acentúa lo que acontece porque sí como afirmación incausada del Azar

la Compañía dice al Azar: Sin mí te volverías previsible

Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía...”.

La Compañía actúa como Estado Benefactor para los babilonios. Introduce en la historia el fluido bondadoso de la suerte. El movimiento de su marea protectora atiende todos los detalles: la segregación del bien como abrigo, amparo, condena, el llenado azaroso como establecido triunfante, la plena incertidumbre como rutina automática, el prodigio del asombro absorbido por los arraigos de la costumbre, la extrañeza aquerenciada como tradición viciosa. Hasta los notarios introducen datos adulterados.

La paradoja de esa vida completada por el Azar es que también incluye secretas zonas de monotonía causal, insondables dominios de la necesidad, primitivas suspensiones de lo aleatorio, místicos desprecios de la variación. La Compañía introduce incluso bromas del Azar, no trampas maliciosas, sino signos que simulan recuperar eso que enseña la vida: la sorpresa y perplejidad de lo que acontece sin ser visto. Lo que pasa fuera de toda conciencia,

erra y perdona, La Compañía

Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía...Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interponer, de variar. También se ejerce la mentira indirecta. La Compañía, con modestia divina elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía?”.

Pasaje de la lotería como un mínimo juego de azar localizado, confinado a una estrecha zona de la esperanza, a la vida como juego metafísico de combinaciones infinitas: el juego como metástasis ficcional [16].

El conjunto de los actos atribuidos a la Compañía infectados de versiones fantasiosas, los testimonios de su existencia certificados por fuentes arbitrarias, volúmenes sagrados adulterados. Una gramática histórica de mentiras, omisiones, intercalaciones absurdas, variaciones molestas, imposturas indemostrables. El engaño como secreto público.

Una existencia precipitada en el Azar vive indecisa. No puede concluir razones sobre la consistencia, la voluntad, la responsabilidad de cada conducta babilónica. El hombre que ahoga con sus manos a la mujer que duerme a su lado ¿ejecuta infinitos mandatos? ¿Ese acto personal es consecuencia de indeterminaciones y determinaciones tan propias como ajenas? Sus manos estrechan el paso del aire en otro cuerpo dormido. El que ahoga a la mujer que duerme a su lado no gobierna del todo en el conglomerado de su libertad. El asunto del sentido irrumpe cuando cunde la fatiga causal.

Fatiga que no evita la pregunta por la responsabilidad: la vida como utopía de una decisión. Decimos la decisión de mi vida fue irme o quedarme, decir no, decir sí o no decir nada. Decisiones de una vida son decisiones que cambian esa vida. Momentos únicos en los que la vida arrastra con sus potencias y nos hacemos responsables de estar o no estar. Las decisiones son de la vida antes que personales: estamos o no en la cita.

Se toma la decisión en medio de un griterío, se la toma entre muchas, sin saber del todo qué gobierna en ese acto: la decisión se decide sin ese saber.

Vivir, entre muchas otras cosas, supone que, llegado el momento, es necesario estar en la cita. Lo singular se podría pensar como esa citación con la vida: posibilidad que no demanda nada. Hay que hacer algo, sin embargo, para estar (a tiempo) en donde se está: ese algo que se hace o no se hace es la decisión.

la decisión inconsciente, ¿es esa decisión?

Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra, declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y que no existirá. Otra, menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

Al final, lo de siempre: no es el Azar lo que gobierna la civilización, sino la Compañía que goza a la civilización porque gobierna el Azar.

En La lotería en Babilonia asistimos al relato de muchas astucias humanas: el juego infinito del Azar como astucia humana para habitar una multiplicidad sin la garantía de Dios, perseverar en la intensidad del instante como astucia para escapar del espanto de la muerte, todas las vidas en cada vida como astucia para vivir sin la fatalidad de la posesión, la imperfecta justicia de la suerte que iguala a todos como astucia de la revolución social, la Compañía ficcional como astucia que vuelve tolerable el desamparo.

Entre otras muchas astucias presentes en el relato, sin embargo, falta la astucia política: deseo de una potencia no doblegada al goce del poder.

dice el Verbo: ¡Conjuga potencias!

La lotería, no se presenta como cualidad o complemento congelado de un juego, sino como acción que conjuga modos de existencia. Se podría, tras el relato de Borges, formar el verbo babiloniar, convirtiendo la idea misma de Babilonia en una acción. Babiloniar como infinitivo receptivo de multiplicidad. Babiloniar como movimiento ensamblador de sorpresas. Babiloniar como modo de descomprimir la diversidad de lo posible.

Las conjeturas borgeanas son formas de su ensayismo. Escritura hospitalaria con argumentos probables, horrorosos, audaces; irreverencia con lo que se considera sagrado: risa insinuada como asilo de la razón perpleja. La contextura conjetural no presenta sólo una opción por la literatura, sino, también, una forma de ficción metafísica, un combate contra la tentación dogmática. La lotería en Babilonia no invoca, otra vez, el pesimismo oscuro de un perverso poder como se narra en otras literaturas [17].

dice la Injusticia: Soy el mal menor

La lotería en Babilonia es una utopía lograda porque no esconde su máscara argumental. No se priva de decir que su relato no alcanza a capturar potencias que lo exceden. No presenta un proyecto institucional, pero no carece de la convicción aguerrida de argumentos que luchan. El cuento de Borges es, también, un relato sobre las políticas de poder.

La paradoja de una Corporación del Azar transporta un potencial crítico que se derrama fuera de toda premura conclusiva. La utopía de las suertes sugiere la idea de poder como aparato dudoso, irresuelto, tal vez inexistente. Poder como memoria de conflictividad, tensión, misterio.

El relato sugiere que si no fuéramos esclavos de mandatos morales, sirvientes de la posesión, criaturas insatisfechas adheridas a un goce, si una sociedad cuidara de que todos los cuerpos estuvieran por igual disponibles para las potencias del vivir, entonces las personas que hablan podrían apostar a la belleza de un instante.

Los explotados en sus trabajos, los expulsados de la potencias de la vida, los que no saben cómo defenderse, dicen: ¡No podemos más! Repite el Azar: ¡Mi mundo sería el mejor mundo posible! Dice el Goce: ¡No se librarán de mí! Agrega el Capitalismo: ¡De ninguno de los dos!

dice La lucha de Clases: ¡No te dejarán tomar la palabra!

La pregunta por la existencia de la Compañía, precipita una ficción que se anima a imaginar cómo sería el mundo sin un lenguaje que lo piense, cómo sería un colectivo sin ese infinitivo decir que provoca vidas innumerables. Especula con una omnipotencia que no se ejerce, confinada en lo mínimo, insignificante, inexpresable.

En La Lotería de Babilonia se omite la política porque la Compañía no cree en formas de representación posible para todos y cada uno de los vivientes. Piensa que las masas sin voz o las mayorías son abstracciones abusivas e inútiles a la hora de las suertes.

En El Congreso (1975) se cuenta la historia de un hombre de mucha riqueza que se propone organizar un Congreso del Mundo que represente a todos los hombres de todas las naciones, escribe Borges: “Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores”. En El otro (1975) se relata un encuentro entre Borges y él mismo; el otro, que no llega a los veinte años, prepara un libro de versos que titulará ‘Los himnos rojos’, poemas que cantarán a la fraternidad de todos los hombres. El Borges mayor pregunta si es verdad que se siente hermano de todos los seres vivos, dice “Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias”.

Borges emplea una ocurrente enumeración (arte que dice aprendió de Whitman) para narrar lo irrepresentable. Como no considera relevante los intereses de clase, prefiere mencionar individuos que considera reales, uno por uno.

Conviene deslizar una intención: sujetados a la lengua que nos habla, a veces pensamos o nos fugamos de la nada a través de las palabras (las pocas o únicas que alguna vez decidimos). Un sentido ético de la política es crear condiciones para el encuentro entre los cuerpos y las palabras que liberan [18].

dice la Política: ¡Soy la palabra todavía sin decir!

De todos los Amos concebidos por la imaginación del hombre, tal vez sea el Azar el más razonable: sólo la muerte y el azar son creíbles cuando dicen que no actúan por algo personal. Incluso el Azar suaviza la muerte: introduce la única vacilación posible en lo definitivamente cierto. Antes de nacer está decidido que habremos de morir, pero ¿cuándo?, esa precisión es accidental (el azar interviene hasta en los secretos cosmológicos y genéticos).

Borges parece pensar que estar a merced de la ficción de La Compañía es menos dañino que esperar algo del Estado Moderno, de las democracias burguesas o de las proletarias. Sospecha por igual de Dios, del Rey, del Patrón, de la Ley: sólo el Azar puede concentrar una vocación benefactora confiable, sólo el Azar esparce lo bueno y lo malo, la sumisión y la libertad, la dicha y la desdicha, sin otra condición que la de la suerte.

Dice el Azar al Deseo: ¡Cásate conmigo, seré tu mejor consorte, gozaré de ti sólo cada sesenta días!

“Eppur si muove”

El caminante que recorre arrogante extensiones terrestres, prefiere creer que deja sus huellas sobre una superficie quieta, sin embargo anda sobre un movimiento que sus sentidos no comprenden.

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[1En las proposiciones “la vida, una posibilidad en espera; deseo, potencia de esa espera”, la coma está en lugar del verbo copulativo que exigiría el cumplimiento de lo predicado o demandaría una obligación argumental (lo copulativo -no podría ser de otro modo- está destinado a ligar, atar, juntar, adherir, fusionar). En lugar del verbo ser, que tendería a clausurar, la coma (pausa, suspensión de la conclusión, separación de lo que puja por unirse) indica una mera posibilidad. Mera no por insignificante, sino como una posibilidad más, entre otras.

[2Si ironía es la figura retórica que da a entender lo contrario de lo que dice, en Borges expresa también la frontera artificial que separa ensayo de ficción. “La ironía no es gesto de superioridad, sino una forma de lucha”, gustaba decir a Musil.

[3No se trata de una estricta prosopopeya, no está en juego tanto el empleo de una figura retórica como la puesta en escena de figuras que hablan aposentándose en lugar de sujeto. La diferencia se acentúa con otra figura a la que suele referirse Borges (1982), la hipálage (“el oro ávido”, “estudiosas lámparas”, “árido camello”, “biblioteca ciega”).

[4En el prólogo para la edición de Ficciones, Borges describe este relato como una pieza fantástica no del todo inocente de simbolismo. ¿Alude a la sociedad argentina? Se podrá decir que Borges exagera la circunstancia de la suerte para expresar su admiración por el cosmos europeo o que participa de la serie discepoliana que se dice en Cambalache (“Que el mundo fue y será una porquería (lotería)...”): esa protesta moral contra las mezclas, el desorden, las presencias irrespetuosas de las vidrieras. Puede leerse el texto como ficción utópica que vuelve risible el ideal de orden omnipotente, perfecto, completo; a la vez que evita el regodeo quejoso de la razón que se siente atropellada.

[5Escribe Borges (1951): “El mundo, según Mallarmé existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico; y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo”.

[6Utilizo la palabra potencias en plural, podría emplear energías, fuerzas, vibraciones, intensidades, movimientos, soplidos, ansias, deseos, inminencias, burbujeos, tensiones, inquietudes, corridas. Todos términos que sugieren algo que nunca se captura.

[7En Del culto de los libros (1951), en Otras Inquisiciones, Borges escribe que para los cabalistas Dios creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto, escribe “Que los números sean instrumentos o elementos de la Creación es dogma de Pitágoras y de Jámblico; que las letras lo sean es claro indicio del nuevo culto de la escritura. (…) ‘Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó, y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será.’ (…) Luego se revela qué letra tiene poder sobre el aire, y cuál sobre el agua, y cuál sobre el fuego, y cuál sobre la sabiduría, y cuál sobre la paz y cuál sobre la gracia, y cual sobre el sueño, y cuál sobre la cólera, y cómo (por ejemplo) la letra kaf, que tiene poder sobre la vida, sirvió para formar el sol en el mundo, el miércoles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo”.

[8En la historia de la palabra lotería laten en una misma voz herencia (lotes que les tocaban como legado a los familiares del muerto) y suerte.

[9Versión libre de uno de los fragmentos de Heráclito.

[10La idea de cambio desespera al poder. Alcanza con pensar las aprobaciones y sospechas que recibe la idea de metamorfosis que expande sentidos próximos de transformación, revolución, emancipación, corrupción, descomposición, perversión, mutación, deformidad.

[11Las derivas que llevan a la creación de La Compañía en la Lotería en Babilonia se encuentra en otros relatos de Borges. En Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius se conjetura la existencia de una sociedad secreta de artistas, científicos y notables. Supone un planeta no creado por Dios, sino inventado y diseñado por personas geniales (“una sociedad secreta y benévola”). Se trata de demostrar que los mortales son capaces de concebir un mundo como obra mayor: “Tlon será un laberinto, pero un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”. Borges explica que el orden de Tlon, su exquisita lógica, su pleno rigor “es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles”. Borges suaviza, así, la misma idea de una sociedad secreta que Arlt, en Los siete locos, emplea para denunciar manipulaciones que minorías poderosas hacen de las ilusiones de pobres y condenados.

[12El relato presenta una de las invenciones utópicas más logradas del pensamiento. Borges más inclinado por las perspectivas irónicas de Macedonio Fernández (El zapallo que se hizo cosmos) y de Xul Solar (el panjuego), proyecta un mundo que recuerda ideas de Fourier, Blanqui, Swift, Marx.

[13Dos relatos de Borges (1949) hacen referencia a la cuestión de la mónada de Leibniz sin mencionarla: uno, es El Zahir en el que atribuye a Tennyson la idea de que “si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo”: la otra, en El Aleph “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”.

[14Borges, en Avatares de la tortuga (1932) apunta que Nicolás de Cusa en “la circunferencia vio un polígono de un número infinito de ángulos y dejó escrito que una línea infinita sería una recta, sería un triángulo, sería un círculo, sería una esfera...”.

[15Así comienza el poema de Keats, Endymion.

[16Baudrillard (1982) encuentra en el relato de Borges lo que llama “la más formidable ironía del simulacro social”.

[17Pienso en 1984 de Orwell o en la novela del ruso Evgenij Zamyatin, Nosotros, escrita en 1920. En esta última, hombres y mujeres son identificados con números. El libro de las horas prescribe qué debe hacerse en cada circunstancia. Viven en casas de vidrio, se levantan simultáneamente, se lavan los dientes y comienzan a tomar el desayuno en el mismo momento. Hacen el amor cuando está indicado. La sociedad, por fin, alcanza un Estado Unificado. Un Benefactor protege a todos por igual. Los Guardianes se encargan de resolver cualquier problema. Un mundo casi perfecto.

[18Tal vez la idea de libertad sea una reserva de lo humano o de lo que queda tras el fracaso de los humanismos. Dicen los Dioses: ¡No somos libres, estamos atrapados en la inmortalidad!


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Número Actual
Volumen 12 / Número 2 Especial
[pp. 1-3]
Editorial: Los Simpson y la ética educacional
Elizabet Ormart 
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 5-11]
¿Tatuajes en la escuela primaria?
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 13-21]
Ética, moral y deontología profesional
Elizabeth Ormart 
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[pp. 23-25]
Políticamente incorrectos
Carlos Neri 
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 27-31]
"Soy especial" Ética y diversidad
Marta Sipes 
Silvia Di Falco 
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[pp. 33-40]
La ciencia y la tecnología entre el bien y el mal
Andrea S. Farré 
M. Gabriela Lorenzo 
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[pp. 41-47]
Qué es un maestro: un contrapunto posible al imperativo de: ¡A gozar!
Carolina Fernández 
Ezequiel Pereyra Zorraquin 
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[pp. 49-55]
Lisa’s Blues: La escuela frente al sufrimiento
Álvaro Lemos 
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[pp 57-62]
“Más allá del Dinero”
Pablo Esteva 
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[pp. 63-65]
Obligaciones del docente con la comunidad.
Elizabeth Ormart 
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[pp. 67-73]
El sexismo en la escuela
Carolina Pesino 
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[pp. 75-80]
El ADD en la escuela, ¿síntoma de desadaptación infantil o recurso farmacológico para el control disciplinario?
Flavia A. Navés 
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[pp. 81-84]
El problema de la objetividad en la evaluación
Elizabeth Ormart 
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[pp. 85-88]
Conflicto de intereses
Elizabeth Ormart 
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[pp. 89-98]
Las competencias docentes en el uso de las TICs
Flavia A. Navés 
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