Actualizado en  noviembre de 2016   

Sobre "El baile", de Irène Némirovsky

El sabor de las lágrimas: de lo real de la pubertad a la responsabilidad del acto

Adriana Alfano

La escritora Irène Némirovsky, nacida en Kiev en 1903, emigró a París llevada por sus padres tras la revolución rusa y obtuvo luego la licenciatura en Letras en la Sorbona, iniciando una exitosa carrera literaria. En julio de 1942 fue deportada a Auschwitz, donde murió poco después. Su marido tuvo el mismo destino algunos meses más tarde.

Hasta ese trágico momento, mantuvo una mirada implacable sobre la sociedad francesa durante la ocupación nazi, y en especial sobre el estilo de vida de las familias burguesas. Ese escenario quedó reflejado en una última, extensa e inconclusa novela, titulada Suite francesa [1] , cuyo manuscrito fue rescatado por sus dos hijas, quienes sobrevivieron al exterminio gracias al refugio que les dio la familia de la niñera.

El baile [2] es una novela corta de la autora, publicada por primera vez en 1930 y llevada al cine un año después por el director Wilhelm Thiele. Como detalle singular de esta obra, podemos señalar que la escena crucial está situada en el hermoso puente parisino que lleva el nombre del zar Alejandro III de Rusia. La construcción de este puente, en el corazón mismo de la ciudad a la que la autora llega siendo una adolescente, se concreta precisamente como celebración de la alianza franco-rusa suscripta a fines del siglo XIX.

De esta novela tomaremos prestadas algunas palabras, intentando transmitir cuánto puede un texto literario enseñar al psicoanálisis, y esperando asimismo que tal tarea no apague la belleza del relato, cuya lectura íntegra del original es en todo sentido insustituible.

La protagonista de la historia es Antoinette Kampf, una niña de 14 años que vive junto a sus padres en un lujoso piso de París. Empleados bancarios, sus padres habían vivido desde que se casaron en un pequeño departamento, hasta que súbitamente lograron tener una gran fortuna gracias a un golpe en la Bolsa que rindió un enorme beneficio al señor Kampf. Tras la mudanza, el matrimonio comenzó a ocultar su pasado y a hacer ostentaciones de nuevos ricos. Entre otras cosas, contrataron a una institutriz inglesa, Miss Betty, para la educación de Antoinette, a quien su madre pretendía inculcarle modales artificiales y forzados.

Los Kampf tenían todo lo que el dinero puede comprar pero querían algo más: el reconocimiento de la alta sociedad francesa. Con ese propósito, entonces, comienzan a organizar un gran baile para doscientos distinguidos invitados, entre los que se contará a la señorita Isabelle, profesora de piano de Antoinette.

No obstante sus súplicas para estar presente en el baile, la señora Kampf decide que su hija no participará y además deberá dormir en un sector de servicio de la casa, ya que su cuarto será destinado como bar durante el evento. En medio de una discusión entre ambas, su madre le dice: “Apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo”.

Esa noche Antoinette llora hasta el ahogo, sintiéndose miserable y sola, y queriendo morir. Sin embargo, en un momento se detiene, saborea las lágrimas que se le cuelan por las comisuras de la boca y bruscamente se siente invadida por un placer extraño. Descubre que por primera vez en la vida llora de ese modo, sin muecas ni hipos, sino en silencio, como una mujer… De pronto recuerda que su madre le había sentenciado “quiero vivir yo, yo…”, y siente que tal vez eso le produce más daño aún que todo lo demás, pues nunca antes había visto en los ojos de su madre esa fría mirada de mujer. Pero luego se relaja, toca con suavidad su cuerpo, y se le revela como un buen cuerpo preparado para el amor.

Es indudable que aquellas palabras producen en Antoinette una mutación inesperada: su propia madre se vuelve una mujer en posición de rivalidad. La prohibición de estar presente en el baile adquiere ahora una nueva significación: no se trata ya de que no debe participar por ser aún una niña, sino por haber dejado de serlo.

Un llanto inédito en la soledad de su cuarto es el correlato de un cuerpo que repentinamente descubre preparado para otra cosa. Un llanto que ya no es de niña, en un cuerpo que, tocándolo, tampoco lo es. De este modo, el desarreglo de este cuerpo cobra un nuevo estatuto de goce. El sabor de esas lágrimas es un encuentro con lo real de la pubertad.

Se trata de una transformación que conlleva una nueva meta sexual, a la que Freud (1905) llamó “metamorfosis” [3] para darle un énfasis especial a su vicisitud pulsional, y que Lacan (1974) nombró como “despertar de la primavera” [4], tomando la conocida referencia a la pieza teatral escrita por el dramaturgo alemán Frank Wedekind, donde se plasma de manera descarnada eso nuevo que acontece en la pubertad en relación con la sexualidad y la muerte.

Son las palabras de la señora Kampf las que interpelan la dimensión pulsional del cuerpo de Antoinette y la precipitan a una experiencia de verificación que conmueve viejas significaciones y despiertan el enigma de otras.

Al día siguiente, la señora Kampf ordena a su hija entregarle una invitación a su odiada profesora de piano, y a Miss Betty que deje todos los demás sobres en el correo. La institutriz dice que lo hará mientras Antoinette estuviese en clase.
Al llegar allí, Antoinette entrega la invitación a Isabelle y le pide retirarse de la clase cinco minutos antes que de costumbre. Tiene la sospecha de que Miss Betty se encontrará en ese lapso con un hombre, y quiere sorprenderla viéndola regresar a buscarla acompañada por él. En efecto así sucede, y luego de superar el nerviosismo inicial, los tres comienzan a caminar por una pequeña calle oscura y vacía, empujados por un viento frío y húmedo de lluvia.

De pronto, llegando al puente Alejandro III, Miss Betty recuerda que no había enviado las invitaciones y, sacándolas de su bolso, pide a Antoinette que se dirija a una calle a la izquierda y las eche en el buzón. Luego se aleja con su enamorado. Antoinette puede ver entonces dos sombras borrosas besándose, y a su alrededor el Sena, negro y lleno de reflejos.

Se retuerce como una mujer celosa y se le cae un sobre. Siente miedo y se apresura a recogerlo, pero en el mismo instante se avergüenza de sentirlo. Embargada en una especie de vértigo y desafío, rompe los sobres y los lanza al Sena con el pecho ensanchado, viendo cómo el viento los empuja.

El miedo sorprende a Antoinette al caérsele el sobre, pero se trata de un miedo que la avergüenza: no la hace digna de ser una mujer. Por eso allí mismo se precipita la decisión del acto en el que su madre quedará destituida. Los trozos de papel que el agua se lleva son los desechos en que ha quedado convertida esa madre-mujer envanecida por la riqueza, que ha encumbrado a su hija, inversamente a lo que pretendía, al lugar de una rival.

Negándose a legitimarle un nuevo lugar, impidiéndole acceder a un nuevo atuendo, pretendiendo cerrarle el camino que ha comenzado a transitar, presumiendo que esa ruta es aún de su exclusiva propiedad, la señora Kampf no ha hecho más que empujar a su hija a la experiencia de habilitarse a sí misma.

El puente y el río no son testigos del estallido de una cólera infantil ni de la venganza de una chiquilla desobediente. Luego de apaciguados, episodios de esa especie no habrían conmovido su lugar de niña. Por el contrario, destruir y arrojar los sobres al Sena constituye un acto donde Antoinette se juega un deseo propio, a partir del cual su lugar será diferente. Un acto en el que abandona su condición de niña y desiste de lo que el Otro ha instituido para ella. Una marca diferencial que instala un dejar de hacer aquello que al Otro satisface e inaugura una responsabilidad ligada a la nueva dimensión del goce que la habita. Aunque es importante advertir que no es sin haber tomado lo que su madre, aun sin quererlo, le ha donado a través de sus palabras, y a pesar del arrebato con el que las profiere.

La noche del baile, Antoinette se oculta bajo un gran sillón contiguo a la puerta del salón, como un asesino novato atraído hacia el lugar del crimen. Desde ese escondite presencia una escena patética: los cristales y la platería, el faisán, las ostras y el champagne, la orquesta y los criados, los brazaletes de diamantes de su madre… y a la señorita Isabelle como única invitada. Sin condes, ni marqueses, ni embajadores esperados.

Su profesora de piano, desolada, abandona la casa. Su padre, furioso, sale dando un portazo. Y allí quedan madre e hija, como posando para una fotografía del estrago que es esa relación, cerrando un episodio y abriendo otro de esa desarmonía incurable que las une.

Antoinette ve que por el rostro crispado y enrojecido de su madre resbalan unas lágrimas mezclándose con el maquillaje. Siente una indiferencia casi despreciativa. Sale de su escondite y se acerca a ella. Envueltas en un destello inaprensible, mientras se cruzan en el camino de la vida, Antoinette dice bajito: “Pobre mamá…”


[1Némirovsky, I. Suite francesa. Salamandra, 2005.

[2Némirovsky, I. El Baile. Salamandra, 2006.

[3Freud, S. “Tres ensayos de teoría sexual”, en O.C. Tomo VII. Amorrortu, 1986.

[4Lacan, J. “El despertar de la primavera”, en Intervenciones y Textos 2. Manantial, 1988.



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