Actualizado en  junio de 2017   

Volumen 7 / Número 2
Abril 2012
Ética y Música
ISSN 1553-5053


Besieged (Cautivos de amor)
Italia, Reino Unido - 2000
Bernardo Bertolucci

David Thewlis
Claudio Santamaria
Thandie Newton.

[pp. 68-75] Cautivos de amor / L´assedio

La diversidad y la música: nuevas variaciones para Mr. Kinsky y Shandurai

Silvina Luzzi

Prólogo: resignificación de un aria

En 1999, Bernardo Bertolucci estrenó su film "L´assedio", distribuido en Buenos Aires un año más tarde bajo el título de Cautivos del amor. Concebido originalmente para la televisión, el proyecto fue creciendo hasta transformarse en uno de los más bellos y enigmáticos largometrajes del realizador italiano. En su momento nos hemos ocupado de la obra, publicando un breve comentario en la serie de Etica y Cine [1] . En mi condición de músicoterapeuta y en homenaje al papel que el romanticismo europeo y la cultura étnica africana adquieren en el film, sugerí organizar el artículo a la manera de una composición musical: un aria y diez variaciones.

Comenzaremos introduciendo la historia de Mr. Kinsky, tal como la habíamos resumido en el aria:

El mutuo asedio entre dos aliens –extranjeros– en el interior de una casa romana de escalera caracol. Ella es Shandurai, una joven africana que debió huir de su país cuando la dictadura militar encarceló a su marido. Él es Mr. Kinsky, un inglés decadente, pianista de dudosas virtudes que vive enclaustrado en un departamento heredado, entre pinturas de Severini, esculturas renacentistas, alfombras caucásicas, y un gran piano de cola S&S .

Ella estudia medicina en la Universidad de Roma y trabaja como doméstica en la casa de Mr. Kinsky. Durante el día, repasa las obras de arte, plancha las camisas, friega las escaleras; por las noches, habita con creciente melancolía sus recuerdos africanos en las dependencias de servicio de la casa.

Mientras ensaya partituras románticas en su piano, Mr. Kinsky se descubre acechando la exótica belleza de la joven. Precipitada e irremediablemente, termina enamorándose de esa figura enigmática que se desliza con su franela entre el busto griego de un Mercurio alado y el contorno de los vasos art nouveau.

Finalmente, los dos seres se encuentran en el horizonte no calculado de sus mutuas renuncias. Mr Kinsky sorprendido en el desprendimiento de los emblemas de la impostura familiar. Deshaciéndose de los objetos muertos de una historia que ya no le pertenecía, se encuentra con una verdad largamente reprimida. Shandurai, resignando la doble alienación de los ideales y de la melancolía, encuentra su primer instante de genuina existencia. (pág. 85-86)

La doble alineación de Mr. Kinsky y Shandurai

El señor Kinsky ha vivido dentro de los márgenes anhelados por su tradición familiar. Hombre de buenas costumbres, culto e introvertido, heredó algo más que un palacete romano poblado de objetos preciosos y un delicado gusto por la música. Ha heredado una historia que lo sostiene cada vez más débilmente, porque en rigor ya no le pertenece.

Casi por inercia ofrece sus lecciones de piano en una casa que se muestra desde el comienzo del film deshabitada por su propia su presencia. Escenario de un pasar pero no de una existencia.

Él mismo es a su manera un alumno que intenta igualarse a sus maestros, cuyas partituras presuntuosamente ejecuta. No se ha atrevido aún a lanzarse al abismo, a abandonar la comodidad en la que todavía descansa en los signos del Otro. A exiliarse del camino pautado para construir el propio. (Como lo sugiere Graciela Frigerio, no hay sujeto sin la ilusión de un extranjero, ni pensamiento si la extranjeridad se vuelve insoportable.)

Eugene Enriquez incluiría a Mr. Kinsky en su serie de "muertos vivos", víctimas de una carencia que afecta la vida fantasmática y aleja al sujeto de sí mismo. (Enriquez,. 1989: 96).

El desgano puesto en esa casa da cuenta ya de un desencuentro con su propio ser, de un punto de alienación del personaje. No hay nada que evidencie su paso por el mundo por fuera de la herencia; todo y nada le pertenece, ya que su sello, único testigo de una existencia, permanece ausente. Vive de este modo sumido en la ignorancia acerca de su propio deseo.

Es en este escenario que el azar cruzará la vida de Mr. Kinsky con la de Shandurai. Una extranjera, cuyo acento, cuya erótica le es básicamente ajena. Africana, de piel negra hija de una cultura que la rancia tradición europea no llega a comprender. Recién llegada de un continente tan próximo como desconocido, la presencia de esta mujer lo interrogará a Mr. Kinsky en aristas que él ni siquiera sospecha de sí mismo.

Pero Shandurai también arrastra una herencia. Ha dejado en Sudáfrica a un marido encarcelado por el régimen del Apartheid. Testigo del momento en que éste fue capturado, debió exiliarse para salvar su vida al amargo precio de la impotencia.

También ella era a su manera una militante, compromiso que evoca entre sueños arrancado por las calles los carteles del dictador. Pero las imágenes se alternan con los cantos de un trovador cuyos instrumentos étnicos y lengua nativa dejan entrever algo más que una causa política. Personaje sabio y de mirada irónica, interroga con su silencio las acciones tan desesperadas como esperables de Shandurai. Se va delineando allí otra alineación: al ideal del líder temerario. El exceso de las veleidades que subyace a todo voluntarismo.

El desenlace de la situación parece confirmarlo cuando el marido de Shandurai se expone hasta el exceso y es capturado frente a sus propios alumnos en la escuela en la que enseña. Pero también cuando desnuda sus ideales partidarios, transformando al aula en una tribuna de concientización.

Los ideales, se sabe, fascinan por su simplicidad. Ella permanece alienada a esa imagen. Como mujer, no ha logrado todavía sustraerse de la causa de ese hombre. Al igual que Mr. Kinsky, no ha logrado aún olvidar lo dado para escribir la propia historia.

Las instituciones son justamente aquello que el hombre construye con el fin de elaborar lo inexorable de su propia muerte. Aquello que le permite sobreponerse a la finitud de la vida (Frigerio, 2003). Son a la vez un punto de afianzamiento y de alineación.

En los personajes de nuestra historia habría entonces demasiado atontamiento, para usar la expresión de Ranciere. "Existe atontamiento allí donde una inteligencia está subordinada a la otra" [2] -Ranciere opone al atontamiento la emancipación. Esta última introduce un plus, ya que implica libertad en lugar de sumisión a otro poseedor de la verdad. El hombre emancipado será capaz de explorar todas sus posibilidades en un marco de igualdad a sus pares, se juzgará y juzgará a otro como aquel que sabe que tiene una infinidad de caminos para ser andados. Que no tiene razón para seguir el rumbo al que pretenden arrastrarlo. (Ranciere, s/f: 80).

En esta misma línea de pensamiento Enriquez afirma que para un sujeto la vida debe consistir ante todo en el acto de desprenderse y autonomizarse, lo cual implicará consecuentemente, compromiso. (Enriquez, 1989: 102).

Shandurai se emplea como doméstica en la casa de Mr. Kinsky y comienza sus estudios de medicina en la Universidad de Roma. Con sus pies descalzos y su vestimenta étnica realiza los quehaceres de la casa al ritmo de música africana. Es una perfecta extraña, y es justamente eso lo que inquieta a Mr. Kinsky. Lo que lo atrae al tiempo que lo asusta. Ante ella, oscilará entre el atrevimiento del que espía y la negación del que padece.

Bertolucci logra una estética brillante para transmitir esta sensación. El idioma inglés -memoria de la dominación- cae por momentos ante la lengua italiana. Será en esa fragilidad en la que ambos verán trastabillar sus mutuas imposturas. Territorio desconocido, los obliga a un ejercicio inédito en las trampas del lenguaje y al recurso de un inventado escenario neutral. Así lo hemos formulado en la primera variación:

I. Del idioma extranjero al encuentro en clave musical. Comunicándose en una lengua ajena, la torpeza de sus palabras siempre dice menos y más de lo que se propone decir. Por ello, el verdadero malentendido, es decir, el encuentro, está en la música. Entre el ritmo desaforado de un continente caliente –Africa- y el romanticismo tardío de una Europa que ya fue. (Aria y diez variaciones, op.cit., p. 86)

Una vez más, las instituciones resultan de una elaboración que expresa el modo que tiene el hombre de tramitar la soledad del cachorro humano. Desde aquí es posible pensarlas como una topología, como una teoría de los lugares. (Frigerio, Graciela. 2003)

Esta idea topológica permite pensar la lengua (materno/paterno, de adopción) como arquitectos que trabajan el aparato psíquico del sujeto. Son omnipresentes. Por momentos diferenciadas y por otros indiferenciadas al modo de una banda de Moebius. Implica un trabajo permanente entre la institución y el sujeto, el cual determina espacios de deslizamiento de lo exterior a lo interior, de lo subjetivo a lo objetivable. Una sinonimia del sistema de pensamiento. Una manera de anudar algo del orden del saber con permanencia. Una cartografía de lazos entre el sujeto con la ley, con los lugares, con su intimidad, con los saberes. Una teoría acerca de los lazos con lo conocido, con lo a conocer, con lo incognoscible (Frigerio, 2003).

Por momentos melancólica de su tierra natal y por otros totalmente involucrada con el mundo occidental, la figura de Shandurai sorprende al espectador. Pero el personaje parece sobrellevar con total naturalidad esta dicotomía de las lenguas.

Cuando la extranjeridad se le vuelve insoportable recurre a un lugar seguro. Allí donde se encuentran los que han corrido su misma suerte, los que comparten su cultura, su imagen.

Rara vez sale a divertirse, pero al mismo tiempo el mundo occidental le calza demasiado a medida. Su avidez de conocimiento, dedicación, y la elección de sus estudios profesionales evidencian que no se trata sólo de una relación costo beneficio. No se trata únicamente de sacar provecho de lo forzado de la situación.

A pesar de la aparente distancia entre ambos personajes, éstos comparten lo que Kaes llama "defecto en la transmisión". Un sujeto se encuentra en una cadena como un eslabón de la misma. Es heredero de una cadena intersubjetiva sobre la cual se anuda materia psíquica de la que el es parte constituyente y a la vez constituida. El sujeto del inconsciente será así sujeto de la herencia y de modo más general sujeto de grupo. Es en tal condición que le son transmitidas referencias identificatorias, enunciados míticos e ideológicos. La "falta de transmisión" destaca el papel de la falta oculta, del secreto, de la no simbolización, que evidencia, en el inconsciente de un sujeto, la presencia de otro que lo habita como un fantasma afectando su singularidad psíquica (Kaes, 1993: 18, 27).

En el exilio, el encuentro

Mr. Kinsky, tan europeo, se descubre enamorado de Shandurai, tan africana. Comienza entonces el cortejo, que en la metáfora lingüística de Bertolucci deberá sustraerse al la figura del asedio. Porque un obsequio galante no es tal si la destinataria no puede significar los pretenciosos regalos que se le dirigen. Así lo hemos enunciado en la variación II:

II. De la certeza dirigida y encarrilada del elevador a la incertidumbre en el vano de la escalera. El calculado itinerario del ascensor se agota en el desencuentro: una orquídea que no puede ser significada, un anillo destinado al rechazo. En el vacío de la escalera, en cambio, el coqueteo de un pañuelo se desliza como primera declaración de un amor aún no declarado. (Aria y variaciones, op. cit., p. 86)

En una oportunidad, habiendo ella completado sus quehaceres domésticos del día, él precipita su confesión amorosa. Previsiblemente, la escena deviene un desencuentro absoluto. Él jamás contempló la posibilidad de que ella estuviera casada, y ella jamás imaginó semejante declaración de amor. Mr. Kinsky se disculpa, y es allí que la interroga por el destino de su marido. Se abre entonces otra historia.

Él cambia de actitud. Espiándola por momentos, mostrándose misterioso en otros, delatando siempre una trama secreta que se va gestando.

Y es en ese novedoso desinterés suyo que ella comienza a interesarse. Al brutal desencuentro de una declaración amorosa frustrada se le opone un primer atisbo de seducción: un pañuelo que en su silencio cae por el vano de la escalera expresando más que todo lo dicho. Espontáneo, inocente y genuino declara aquello no expresable por las palabras.

La música y el gesto sutil comienzan a ganar la escena. Cuando la expresión verbal ha fracasado en ese torpe intento de explicar lo inexplicable, se hace evidente que lo foráneo del lenguaje es lo que hace territorio y frontera la vez. (Frigerio, 2003)

Inmerso en su misterioso silencio, Mr. Kinsky realiza el primer giro en la escritura de su historia, del tránsito hacia inscribir su existencia, de emanciparse. (Ranciere)

Comienza a componer una obra. A diferencia de aquél que interpretaba estudios pretenciosos que ella nunca comprendió, éste se lanza al abismo de la incertidumbre creadora. De la seguridad de lo ya dado a la inédito. De la certeza de lo consensuado a la interrogación del juego.

Improvisando su obra, se sorprende en un primer arribo genuino al cuerpo de su amada, que danza a un ritmo desconocido. Es apenas un instante. La aceptación y la sorpresa son apenas testigos de esa invención musical. En palabras de Teodor Reich:

[…] en el lenguaje de la música escuchamos “la historia secreta de nuestra voluntad”, como dijo Schopenhauer; de nuestros impulsos, diríamos hoy en día. La afinidad de la música con las demás expresiones del inconsciente, el parentesco de este arte como el elemento vago e intangible, con el aspecto noctámbulo de nuestra vida emocional es de un tipo muy especial y difícil de definir, porque resulta imposible definir la misma música…

 [3]

El vértigo de este encuentro entre Mr. Kinsky y Shandurai se extiende hasta que el teléfono suena, disruptivo, poniendo fin a un clima que ni el ensordecedor sonido de la enceradora había logrado interrumpir. El contesta y sale rápidamente de la habitación. Ella queda intrigada por el llamado. Comienza a advertir entonces que algunos objetos de la casa van desapareciendo misteriosamente.

Pero es el pianista que se interpreta a sí mismo en esta nueva obra quién obra el milagro. Su postura frente al instrumento abre la invitación lúdica, y es allí que ella juega, baila. Como en todo acto creador, logró deshacerse de la herencia para simplemente entregarse a esa nada ausente de referentes.

Días después la invitará a un improvisado concierto ante sus alumnos. Pero allí Kinsky perderá una vez más la atención de los niños, que corren tras una pelota que cae en el jardín.

Como lo enuncia la variación V, un nuevo movimiento tendrá lugar allí:

V. Del pretendido -y de a ratos pretencioso- concertista que busca seducir con los acordes calculados de su arte, al improvisado malabarista de lo espontáneo que convoca a la mujer que ama allí donde nada espera de ella. (Aria y variaciones, op. cit., p. 86)

Ante la impotencia por sostener la atención de su auditorio, sale a compartir el juego de los niños. Es allí que Shandurai lo acompaña, trayendo refrescos y divirtiéndose junto a ellos.

La escena de los niños africanos sometidos al altruismo conscientizador se ve ahora permutada por la de un hombre que por un instante se abre al niño que lleva dentro. Se subvierte el lugar inútil y paralizante de la admiración, para dar entrada a una relación de iguales [4].

En una casa que se torna despojada de objetos comienza a habitarse un deseo novedoso.

Se develará entonces el misterio de la progresiva desaparición de objetos. Al volver de sus estudios Shandurai observa con desesperación como desalojan el piano S&S de la casa. La situación la desborda. No es un objeto más que desaparece y ella lo sabe. Trata de convencer a Mr. Kinsky para que desista de su acción y allí se encuentra con la verdad. A través de una misteriosa conexión con un sacerdote, Kinsky está reuniendo fondos para liberar al marido de Shandurai y obtener su salida de Sudáfrica.

Pero el gradual desprendimiento no es vivido por Mr. Kinsky con angustia. Mientras los objetos desaparecen, él emerge de ese sueño soñado por otros, de su reposo en signos prestados. [5]

En ese tránsito, Shandurai también realiza una permutación. Del trauma melancólico al trabajo de duelo. En ese movimiento no teme ante el anuncio de la llegada de su marido. A la manera del Rick de Casablanca, deberá elegir entre el cansancio y el estremecimiento. [6] Deberá decidir, pero respecto de algo sobre lo que ni siquiera sospecha.

Porque el momento que ella creía haber añorado durante tanto tiempo -el reencuentro con su marido- no le genera la alegría esperada. Llega un telegrama que sólo habla de fechas certeras pero que no se interroga acerca de su espera. De manera anestesiada, intenta organizar una fiesta de bienvenida, pero la noche la sorprende ensayando una carta para Mr. KInsky. Atribulada por su desconcierto y por el fracaso de toda escritura, bebe en soledad el vino reservado para la recepción. En otra escena, Kinsky padece también su brindis privado. Sin saberlo, realizan sus mutuas ceremonias en un encuentro de inconsciente a inconsciente.

Shandurai cae rendida por el alcohol. Las pesadillas que la arrastraban continuamente a su país natal se ven por primera vez permutadas por un sueño erótico. Se despierta y sin meditarlo siquiera, se dirige a la habitación de Mr. Kinsky, recostándose a su lado en total armonía. La extranjería comienza a ceder en el sitio menos calculado [7] .

Cuando por la mañana la despierte el sonido disruptivo del timbre, algo habrá cambiado para siempre.

Mr. Kinsky ha decretado en acto su renuncia. Se ha liberado de todo aquello que le impedía ser.

Shandurai se levanta para atender. Deja en la cama la carta inconclusa, que solo alcanza a decir "te amo". En la vereda se ve la figura de un hombre que insiste con el timbre. Para su desconcierto, la puerta no se abre.

Bibliografía

Ariel, Alejandro (1994). "El estilo y Acto". Editorial Manantial.

Ariel, A. (2000): Casablanca: Una noche. En Etica y Cine. Buenos Aires: Eudeba

Bernhard, Thomas (1997). El Origen. Ed. Anagrama, Barcelona.

Enriquez, Eugene (1989). El trabajo de la Muerte en las Instituciones. En La institución y las Instituciones. Kaes, R ed. at. Buenos Aires, Ed. Piados.

Frigerio, Graciela. (2003). Bosquejos conceptuales sobre las instituciones. En Prensa

Kaes, R. et al (1993). Transmisión de la Vida Psíquica de las Instituciones. Cap. III. Ed. Amorrortu, Buenos Aires

Luzzi, S. y Michel Fariña, J.(2000) : Aria y diez variaciones para Mr. Kinsky y Shandurai. En Etica y Cine. Buenos Aires: Eudeba.

Ranciere, Jacques. El maestro ignorante. Ed. Laertes

Theodor Reik. Psicoanálisis aplicado. ED .Horme. Buenos Aires. 1967


[1Luzzi, S. y Michel Fariña, J.: Aria y diez variaciones para Mr. Kinsky y Shandurai. En Etica y Cine. Eudeba, 2000.

[2Ranciere, Jacques. El maestro ignorante. Ed. Alertes Pág. 22.

[3Theodor Reik. Psicoanálisis aplicado. ED .Horme. Buenos Aires. 1967

[4Jacques Ranciere propone como esencial en un maestro emancipador la relación de iguales. Ver "El Maestro Ignorante".

[5Ver Ariel, Alejandro. "El estilo y Acto". Editorial Manantial.

[6Ver Ariel, A.: Casablanca: una noche. En Etica y Cine, op. cit.

[7Frigerio, Graciela (2003) Sin la necesidad del extranjero y un primer exilio, no hay sujeto. En este punto la noción de extranjero se encuentra con la noción de ley estructurante. El extranjero es lo extranjero en lo conocido. Implica reconocer nuestro estatuto de exiliados. El nacimiento nos instituye y por el hecho mismo de nacer, nos da el estatuto de exiliados. Otro debe desprenderse de nosotros y habilitarnos a distanciarnos de la lengua materna, inscripción en la lengua paterna para ser sujeto.


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[pp. 1-4] Editorial
Ética y música: la incertidumbre emotiva
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 5-6] Articulaciones entre ética y música
Armónico
Haydée Montesano 
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[pp. 7-8] Articulaciones entre ética y música
La otra llamada del río
Haydée Montesano 
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 9-16] "Cabaret", cuarenta años después
Un canto de sirenas
Eduardo Laso 
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[pp. 17-18] "Cabaret", cuarenta años después
Addenda: Tomorrow belongs to me
Adrián Tignanelli 
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[pp. 19-33] La teta asustada
El despertar de la sirena
Carla Musso 
Jimena Betervide 
Mónica García Llorens 
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[pp. 34-40] Brassed Off
Política y música. Tensiones entre el discurso y el acto
Irene Cambra Badii 
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[pp. 41-47] El concierto
El des-concierto de la identidad
Ignacio Trovato 
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[pp. 48-52] Musicoterapia
El niño dodecafónico. Contribuciones de la Musicoterapia a una clínica de la diversidad.
Silvina Luzzi 
y colaboración de Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 53-55] Shine
Figuras del padre en Claroscuro
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[pp. 56-60] Musicoterapia
La historia del camello que llora
Andrés Giorgi 
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María Belén D’Amelio 
María Paula Martín 
Patricia González 
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[pp. 64-67] Mr. Holland’s Opus
La educación como una obra de arte
Silvina Luzzi 
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[pp. 68-75] Cautivos de amor / L´assedio
La diversidad y la música: nuevas variaciones para Mr. Kinsky y Shandurai
Silvina Luzzi 
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[pp. 76-77] Nadie es perfecto / Flawless
Un musicoterapeuta Sui Generis
Juan Jorge Michel Fariña 
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[pp. 78-87] Maquillaje / Alas de tango
De mujeres y tangos
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[pp. 88-90] Tres miniaturas para piano
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Sinfonía de primavera
Carlos Faig 
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La elección del piano
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