Actualizado en  octubre de 2018   

Resumen

Transmisión, control, ver, mirada, angustia, tecnología, neo-parentalidad, voracidad materna, ausencia de deseo, demanda. Ese es el mundo que Marie le ofrece a Sara pero. Mirar y ver no son lo mismo. Aprender a ver requiere de otro humano que sostenga esa mirada. La tecnología juega al límite entre lo humano y lo inhumano y Sara se revela ante estos nuevos ¿arcángeles?

Palabras clave: transmisión | control | tecnología | inhumano

Abstract English version

Arkangel | Arcángel: La opacidad: Del otro lado del espejo ¿Una mirada?

María Elena Domínguez

En el mundo de hoy lo humano es la excepción y lo inhumano la normalidad. Ese mundo debe ser cambiado sin que importe el precio a pagar. Ningún costo puede ser más alto que perder la condición humana. La opción ya no es capitalismo o socialismo; democracia o totalitarismo; Primer Mundo o Tercer Mundo. La opción es entre lo humano y lo inhumano. Antes decíamos: “Nuestros hijos serán…”. Ahora nos preguntamos ¿Qué será de nuestros hijos?
Grupo Escombros (2000) Tercer Manifiesto. La estética de lo humano

Introducción

Una mujer en un quirófano dando a luz por cesárea a su bebé. La demora de los médicos en presentarle a su retoño da lugar a los gritos desesperados que resuenan en los oídos del espectador: ¡quiero verla! ¡Quiero verla! Pareciera tratarse de la preocupación de una madre porque el nacimiento haya sido exitoso, porque ella lo haya logrado, porque todo esté bien. Pero ese grito descarnado ¿es sólo eso?

Estamos acostumbrados a esperar por el llanto del bebé, ese grito que anuncia su llegada al mundo, y el llanto materno por esa dicha, pero aquí esa ausencia incrementa la presencia de la voz materna. Ese grito colma la sala de partos y logra hacer vibrar el cuerpo del espectador que hace las veces de una caja de resonancia. ¿Será sólo esa voz la que inunde la escena del capítulo con su presencia?

Familia:

La concepción de familia que se nos presenta alude a una neo-parentalidad en donde se da a ver la ausencia de un padre y su deseo por una mujer y por tener un hijo con ella. De esa historia nada sabemos, nada se dice, nadie pregunta, ni la pequeña niña. No hay palabra allí.

Como figura masculina hallamos sólo al padre de la madre, aquél que transmite a la pequeña Sara su gusto por la pintura, su interés por los colores, su deseo de ver, de aprender a ver. Es él el que le permite ver el mundo a través de la pintura. He ahí una mirada. El ver significante privilegiado transmitido por un padre a una hija y a una nieta; pero ¿de qué mirada de trata se trata? o es ¿sólo ver?

Nuevamente la presencia-ausencia hace mella aquí, la ausencia de un padre suplida por la presencia de un abuelo que hace las veces de relevo y tope de a… ¿la presencia de la madre? Su función es la de ser como una prótesis que sirve de muleta para detener la ¿voracidad, miedo, incapacidad, o simplemente la ausencia de un padre y un no por amor que instaure la dimensión del amor…por un hombre? Es que tampoco se hace referencia nunca a la abuela, aquella que ha debido transmitir la voz del padre a la madre de Sara, la neo-parentalidad hace su presencia de manera descarnada ¿qué voz se hace oír?, ¿qué es lo que se transmite? Y el uso de la tecnología sobre el cuerpo intenta suplir ¿una falla?, ¿tapar la usencia?, ¿crear un postizo de la presencia?

¿Familiaridad?:

Una escena típicamente familiar acontece. Sara y su madre van a la plaza. Para llegar deben pasar frente a una casa en la que se encuentra Petey, un perro atado que sólo ladra de manera amenazante ante su paso en muestra de defensa de su acotado territorio. La madre se asusta y cruza para evitarlo. Ya en la plaza, Sara feliz juega entre los juegos bajo la mirada atenta de su madre. No hay nadie ahí más que ellas dos. Llega, entonces, una vecina, una charla de madres se da entre ellas, un bebé a mirar, un nuevo objeto ofrecido a la mirada y un nuevo objeto dado a ver para Sara: un gato. Ella lo persigue, lo sigue. Descubre su libertad y se pierde de la mirada de su madre. Presencia-ausencia y, de nuevo, el grito descarnado, desesperado de la madre que ahora la nombra ¡Sara! ¿Sara? Esta escena no será sin consecuencias. Será definitoria para lo que suceda. Segunda en el tiempo resignifica a la primera quiero verla y la instituye como tal. Se abre la pregunta por el deseo del otro y otra pregunta se recorta ¿qué quiere verla a Sara? y ¿en qué tipo de nominación se sustenta esa mirada?

Arkangel ¿paz interior?:

La madre recurre a las nanotecnologías un procedimiento experimental, aprobado en algunos países. Un chip es colocado en la cabeza de la niña que posibilita, a la madre, mediante una tablet poder observar todo lo que ella ve y así vigilarla y no perderla de vista. Pero no es sólo eso Arkangel, el programa ofrece la opción de agregar un filtro que se llama «control parental». Este servicio le permitirá decidir, a quién lo comanda, en este caso, la madre de Sara qué debe o no debe ver en función del Stress que eso le ocasionaría.

Así, se le presenta y ella se despliega como un “Arcángel”, aquel que todo lo ve aquel destinado a vernos a cuidarnos. Sus componentes léxicos “arc”, que puede traducirse como “jefe” o “líder” y “ángelos” por mensajero se presentan como sustituto materno que la libera de su angustia y vela por el bienestar de su hija al igual que éstos seres angelicales encargados de tareas importantes y que comandan las acciones de los ángeles guardianes de cada uno, pero con el fin de ensanchar el horizonte vital.

Al principio el aparato parece maravilloso, la madre se divierte con él y pareciera instaurar un siniestro juego de presencia - ausencia, una suerte de fort- da que constituye –siguiendo a Freud- a la pequeña Sara como sujeto, a la vez que, por el uso que hace su madre, objeto de un experimento materno que le divierte a ella, que la pone en posición de niña con “juguete nuevo”: un juguete que es nada menos que su hija, con la que puede, a su antojo, hacer como si se tratara de una muñeca humana y ella jugar a la mamá. Sin embargo, este siniestro juego que le “daría paz interior” a esa madre no libra a Sara de la angustia de la ausencia, ni le permite saber lidiar con ella. Es sólo para la madre, para cuidar sus objetos ¿de deseo?... gracias a ese dispositivo Sara salva al abuelo ante el desencadenamiento de un infarto. Su madre es advertida por la Tablet y corre a la casa.

Después, sin abuelo a la vista, que la humanice, Sara se trasforma en un ser extraño para los demás niños. La madre ya no se conforma con verla sino que ahora no puede dejar de ver todo lo que ella ve. Y, por supuesto, elegir por ella qué es lo que debe ver: ausencia de experiencia, imposibilidad de acercarse a lo horroroso o vérselas con la frustración. Preguntémonos ¿problemática materna o de la niña?

¿Quiero verla?

La acción del implante no ha dado la paz interior anhelada por esa madre: resguardar a su hija como ¿sujeto u objeto de deseo?, ni apaciguar su angustia frente al deseo del otro. El espejo en su opacidad no deja ver a Sara, ni a ella le deja ver su entorno. La realidad le ha sido velada. Es considerada ante los otros, sus pares, como un fenómeno. Una promesa aparece como posible solución, “ya no verás nada pixelado”. Es Sara quien con sus quejas deja de consentir o asentir sobre lo conocido: el dispositivo comandado por su madre y ahora, acuerdo mediante, consiente otra vida para ella.

Así, un nuevo mundo se abre a la mirada de Sara qué no sabe qué hacer con eso, más allá de lo señalado previamente. Ahora ella pude “jugar con el mundo y en el mundo”.

La imagen, el deseo por ver y verse aparecen. Un espejo donde constituir su yo más allá de un aparato se vuelve necesario para la desorientada Sara que no está preparada para vivir en el mundo que la rodea. Es Trick quien ocupa ese lugar simbólico, el que le permite la identificación con la imagen del cuerpo propio y el del otro, él será el que le brindará la ilusión de completud y la proveerá de un yo, el cual es siempre otro.

Un nuevo espejo para Sara comienza a desplegarse, un espejo acorde a su edad, sus intereses y que no la confina al lugar de fenómeno. Él la ayuda para poder unir ese cuerpo fragmentado por la no interdicción materna. Una nueva nominación sobre ella basada en el amor y no en el control, en el destino predeterminado por la madre, que la nombra para evitar su angustia: nada fuera de su vista. Un experimento siniestro.

Pero lo nuevo dado a ver por la curiosidad de acceder a la mirada la conduce, al comienzo, a repetir conductas de los otros para cada situación. Así, ella intenta adaptarse a lo que supone los otros quieren de ella. Eso es lo que ha conocido, responder a la demanda del otro a rajatabla. ¿Podrá forjarse otro destino con las herramientas aportadas por su abuelo en la temprana infancia?, ¿podrá hallar una pasión en su vida como para él era la pintura?

Un nuevo espejo.

Trick en un segundo encuentro con Sara après-coup da lugar al sujeto. Se enamora de ella la cuida y le muestra el mundo, su mundo. Sin embargo Marie, una vez más se entromete, una vez más ve lo que ve Sara, pero no considera lo que ambos sienten: amor, deseo. Ese es un terreno prohibido que podría sustraerla de su lado. De este modo, lo amenaza y lo obliga a dejarla del peor modo como si se tratara de una relación peligrosa –en alusión al film y en función del desplazamiento materno-.

Una pastilla del día después enmascarada en el desayuno termina su trabajo y precipita el desenlace. Un cuerpo aparece, el propio. Su madre ha atravesado un límite infranqueable: el de la promesa y se ha metido –nuevamente- con su cuerpo no sólo con su mirada. Sara descubre a su madre y utiliza el mismo aparato para confrontarla con lo que ha creado en ella y cómo la ha creado a su antojo. Luego lo rompe y se sustrae de su mirada. Los gritos desgarradores de Marie surgen de nuevo ¿Sara? ¡Sara! Pero no hay nadie que la encuentre ahora, Sara ya no es esa niñita de tres años. Ni ella su siniestro ángel guardián que todo lo ve. Ahora sí la ha perdido.

Nuevos puentes, nuevos caminos deben ser tendidos ahora sin la opacidad, lo sombrío se ha develado del peor modo. Por primera vez Sara tiene el control de su vida, de su cuerpo, pero lo ha aprendido a un costo muy alto. Mientras Marie se preguntará ¿qué será de su hija? pero ¿podrá hacerlo en el sentido del epígrafe dando lugar a lo contingente?, ¿aceptando su propia castración? Sara por lo pronto va tras recortar y armar su propia mirada del mundo.

Bibliografía

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Miller, J. A. (1993). Cosas de familia en el inconciente. Lapsus, Revista de Psicoanálisis Nº 3, Valencia, 1993, 335-347.




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