Actualizado en  octubre de 2017   

Resumen

El famoso artículo de Jahr ‘Bio-Ethik. Eine Umschau über die ethischen Beziehungen des Menschen zu Tier und Pflanze’ se publicó como editorial en la prestigiosa revista científica alemana, Kosmos, ‘Handweise für Naturfreunde und Zentralblatt für das naturwissen-schaftliche Bildungs- und Sammelwesen’, Stuttgart 1927, 24: 2-4. En él, Jahr expone los últimos resultados de los estudios sobre las plantas y los animales y presenta la “Bio-Ética” como una nueva disciplina académica. Dice de esta última que es una nueva actitud moral en correspondencia con el término Bio-Psiquis que el filósofo y psicólogo Rudolf Eisler había descripto como la nueva ciencia del alma presente en todas las formas de vida. El origen del término y el concepto de Bioética están fuertemente relacionados con el progreso que conocieron en el siglo XIX las ciencias de la vida, especialmente la fisiología y la psicología experimentales.

[Abstract por Hans Martin Sass]

Abstract English Version

[pp. 18-23]

Bio-ética: una perspectiva de las relaciones éticas de los seres humanos con los animales y las plantas [1927]

Bio-Ethik: Eine Umschau über die ethischen Beziehungen des Menschen zu Tier und Pflanze
Fritz Jahr

La separación entre los animales y el hombre, que predominó desde el comienzo de nuestra cultura europea hasta fines del siglo XVIII, hoy en día no puede ser ya sostenida. El espíritu del hombre europeo luchó hasta la Revolución Francesa por la unidad del conocimiento del mundo religioso, filosófico y científico, pero a partir de ese momento nosotros debimos dejar de lado esta unidad para hacer frente a la abundancia del conocimiento.

Las ciencias naturales modernas tendrán siempre el mérito de haber hecho posible por primera vez la contemplación imparcial de los sucesos universales [Weltgeschehen]. Nosotros no podríamos presentarnos hoy en día como buscadores de la verdad si rechazáramos, entre otras cosas, los resultados de los experimentos con animales, los análisis de sangre y las investigaciones con suero.
Por otro lado, no debemos olvidarnos que justamente estos triunfos científicos del espíritu humano han terminado por arrebatarle al hombre su posición dominante en el universo. La filosofía, que anteriormente imponía a las ciencias naturales su pensamiento rector, debió entonces organizar sus sistemas en base a los conocimientos de las ciencias naturales, siendo solamente una formulación poético filosófica [dichterphilosophische] de los descubrimientos de Darwin, la definición que Nietsche hiciera del ser humano como un estadio de transición de escaso valor hacia un desarrollo más elevado, es decir como una “cuerda” tensada entre el animal y el superhombre [Ûbermensch].

¿Cuál fue el resultado de esta revolución?

En primer lugar, una nivelación fundamental entre el hombre y el animal como objeto de experimentación de la psicología. Actualmente, ella ya no se limita al ser humano, sino que trabaja con los mismos métodos en el ámbito animal, y como existe la misma investigación anatómica y zoológica, se establecen también similitudes de gran utilidad entre el alma del hombre y la de los animales. Podría hablarse incluso del surgimiento de una psicología de las plantas, cuyos representantes más conocidos son Fechner, en el pasado, y R. G. Francé, Ad. Wagner y el hindú Bose, en la actualidad. De forma tal que la psicología moderna lleva a todos los seres vivos al ámbito de sus investigaciones. Bajo estas circunstancias es totalmente lógico, que R. Eißler hable de una Biopsiquis, refiriéndose así al estudio del alma de todo ser viviente.

De la Biopsiquis a la bioética hay solamente un paso, paso que conduce a la aceptación de compromisos morales no solo frente al hombre sino frente a todo ser viviente. Objetivamente al hablar de bioética no hablamos de un descubrimiento del presente. Como un ejemplo muy interesante del pasado podemos mencionar justamente la figura de Francisco de Asís (1182-1226) quien desarrolló un gran cariño hacia los animales y un respeto por todos los seres vivos, adelantándose así por siglos a la pasión de Rousseau por la naturaleza.

Al quebrarse la unidad de la concepción europea del mundo hacia fines del Barroco, la vida intelectual europea estuvo por primera vez en una posición capaz de aceptar sin prejuicios otros mundos de pensamiento [Gedankenwelten] diferentes. Incluso Herder, quien tenía en aquel entonces quizás la mayor percepción sobre las cosas por venir, esperaba del hombre, que de acuerdo al modelo del todo, pudiese ver con sus sentimientos la divinidad sutil en cada criatura y que pudiera experimentar la unidad con ella, en la medida en que la criatura lo necesitara.

Este pensamiento nos recuerda al mundo espiritual de la India, que justamente en aquel entonces había sido descubierto por Inglaterra. Pero fue recién durante el Romanticismo cuando la India realmente fecundó la vida espiritual de Europa y especialmente Alemania, su provincia más importante.

Las enseñanzas acerca de la transmigración de las almas, provenientes de la India, también influyeron en el pensamiento de las escuelas filosóficas de ese país, especialmente en la Escuela de Samkhya. Es de esta escuela de donde surgió el pensamiento del Yoga, el cual refleja los profundos resultados de esta asociación de ideas. El penitente Yoga de ninguna manera puede vivir a costa de sus semejantes. Por principio no puede matar animales, y puede comer vegetales solamente bajo determinadas circunstancias. Debe llevar un barbijo sobre su boca a fin de que al inspirar no destruya a ningún ser viviente por más pequeño que éste sea; asimismo y por el mismo motivo, debe filtrar el agua para beber y no le es permitido bañarse. El afán de no dañar a ningún ser viviente para preservarse a si mismo, lleva también actualmente a determinados penitentes de la India a alimentarse de bosta de caballo.

Cuando en este contexto se menciona a Buda, se debe destacar sin embargo que justamente este guía religioso rechazó totalmente la autoflagelación fanática de la Escuela del Yoga. Buda prohibió los alimentos de origen animal, instaurando en gran medida la alimentación vegetariana. La colección de fábulas atribuidas a Buda, en las cuales él relata historias de su juventud, nos muestra claramente a nosotros los europeos como Buda y su pensamiento de la creencia de la transmigración del alma han podido perdurar. Buda no sólo vivió como hombre, sino que supo comunicarnos formas existenciales en las cuales él podría ser un elefante, una gacela, un cangrejo, etc. El pensamiento de que el hombre está íntimamente emparentado con todas las criaturas está mejor expresado en esos relatos budistas que en la obra de San Francisco de Asís.

Esta línea de pensamiento dio lugar a la génesis de similares en la vida espiritual europea a partir del Romanticismo, si bien naturalmente no en una forma tan pormenorizada. El teólogo Schleiermacher (1768–1834) consideraba inmoral que la vida y la creación, en cualquiera lugar en que se encontrara, por lo tanto también en los animales y en los vegetales, pudieran ser destruidas sin que ello estuviese relacionado con un objetivo razonable.

Asimismo el filósofo Krause, contemporáneo de Schleiermacher, sostenía que cada ser viviente debía ser respetado como tal y por lo tanto no debía ser destruido sin motivo, dado que todos ellos, los vegetales y los animales al igual que el hombre, tenían los mismos derechos, si bien no a lo mismo, sí a aquéllo que cada uno necesitase para alcanzar su destino.

Habitualmente el filósofo Schopenhauer se refería al mundo del pensamiento [Gedankenwelt] hindú, al cual consideraba un precedente esencial de su ética, en especial el sentimiento de compasión, también exigido para los animales.

A través de Richard Wagner, influenciado en gran medida por Schopenhauer, quien fuera un fervoroso amigo y protector de los animales, estos pensamientos se fueron difundiendo a sectores más amplios, transformándose entonces la exigencia moral respecto a los animales en una obviedad, al menos bajo la forma que prescribe no maltratarlos inútilmente.

Otro tema son las plantas. Algunos podrían considerar absurdo que nosotros tengamos frente a las plantas ciertas obligaciones. Pero ya el apóstol Pablo guía nuestra compasión tanto hacia los animales como hacia las plantas. Una muestra de ello se puede encontrar en las expresivas declaraciones del tercer acto del Parsifal de Richard Wagner. Con piadosa resignación aparece allí el hombre en el Salmo del Viernes Santo y camina con paso delicado para evitar dañar los tallos y las flores.

Pero también encontramos pensamientos similares en las reflexiones éticas sobre las plantas de uno de los filósofos más reflexivos, G. von Hartmann, fallecido hace veinte años. En un artículo sobre el lujo de las flores, él escribe sobre unas flores arrancadas:

“Ella es un organismo conducido a la muerte, cuyos colores todavía no han sufrido daño, un ente todavía vivo y sonriente, el cual fue separado de su tallo. Pero cuando miro la rosa en un jarrón o unida con otras en un ramo entrelazado, entonces no puedo reprimir el pensamiento desagradable de que el hombre ha asesinado la vida de esas flores; su muerte le proporciona alegría a la vista, y su corazón permanece insensible, para no percibir esta muerte no natural bajo la apariencia de la vida”.

La mayoría de las personas no son tan sensibles como G. von Hartmann: si bien cada uno sabe que también las plantas son seres vivos, que al cortar las flores se lastima a la planta, la idea de que ellas puedan sentir nos resulta extraño. La idea de que las plantas tienen alma no ha sido hasta ahora tema de discusión. Asimismo nosotros sabemos que las flores se deterioran y se marchitan y por lo tanto no es objetable cortarlas de las plantas, especialmente cuando ellas pueden ser aprovechadas para algún fin.

Nosotros partimos de supuestos muy diferentes a los que sustentan los idealistas hindúes, quienes no quieren tocar ningún ser viviente. Asimismo nuestras normas policiales o legales sobre la protección de las plantas o las flores en una determinada región (por ejemplo, las plantas de los Alpes), se basan en otro concepto totalmente distinto: el Estado busca proteger las plantas típicas para que ellas no sean destruidas en la región a fin de que luego otras personas puedan disfrutar de las mismas. En los sitios en que hay una gran cantidad de plantas, el Estado no tiene en cuenta tal protección.

Además nuestra concepción sobre la protección de los animales se basa en un fundamento esencialmente diferente al de los hindúes. Cuando nosotros leemos en la novela de Richard Boß “Der heilige Haß” (El odio sagrado) cómo un niño, perteneciente a una casta menospreciada, no quiere matar a una víbora venenosa porque “también las víboras son nuestras hermanas”, no comprendemos esta manera de pensar el mundo y consideramos que es nuestro deber matar a los animales peligrosos. También permitimos que los carniceros sacrifiquen animales o que los cazadores maten animales salvajes inofensivos, porque queremos comer su carne, dado que muchas personas no creen poder prescindir de ella, mientras que en los países del trópico existe gran cantidad de vegetales como alimento.

Por lo tanto, nuestra protección de los animales tiene un aspecto utilitario que no es tenido en cuenta por los hindúes de quienes diferimos, en el sentido de que nos contentamos con evitar el maltrato inútil de los animales. Lamentablemente son insuficientes aún en todos los países civilizados [Kulturländern] las disposiciones legales para la prevención o la penalización de tales crueldades.

Pero estamos progresando y la protección de los animales gana terreno, disponiendo de un espacio cada vez más amplio. Del mismo modo, un hombre decente no tolera ya que se destruyan flores o que un niño travieso las arranque de un jardín para luego tirarlas negligentemente.

Nuestra autoeducación ha hecho muchos adelantos, pero debemos seguir desarrollándola de manera que adoptemos como pauta de exigencia bioética para nuestra conducta el siguiente principio:

¡Considera a cada ser viviente como un fin en si mismo y trátalo de ser posible como tal!



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