Actualizado en  octubre de 2017   

Este libro contiene casos de estudio, preparados por Tessa Chelouche, Geoffrey Brahmer y Susan Benedict, bajo la supervisión general de Amnon Carmi, director de la cátedra UNESCO de Bioética en la Universidad de Haifa y del prestigioso International Center for Health, Law and Ethics. La obra fue traducida al español por Irene Cambra Badii y Ailen Provenza, investigadoras del Programa de Ciencia y Técnica de la UBA. y editado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación bajo el auspicio de la Red Iberoamericana de Ecobioética de UNESCO. Su publicación aparece al cumplirse 70 años del juicio a los médicos nazis y representa la oportunidad de que especialistas consagrados de distintas disciplinas y jóvenes profesionales se pongan en contacto a través de una problemática insoslayable abordada desde una renovada complejidad.

Adelanto de libro

Bioética y Holocausto

Tessa Chelouche

Introducción [1]

No existe deshonra más grande en los anales de la medicina del siglo XX que la del papel desempeñado por los médicos alemanes durante el nazismo. Cuando los nazis llegaron al poder, la medicina de Alemania se encontraba entre las más sofisticadas del mundo. Una medicina que había contribuido y dado forma a la práctica académica y clínica en distintas latitudes, y que, a pesar de su prestigio, se vio enredada en la ideología nazi y devino cómplice en la conceptualización y promoción de sus programas sociales y de exterminio racial. Esta vinculación entre la medicina alemana y el nazismo alcanzó enormes proporciones y fue llevada a cabo a través de la participación activa y el consentimiento de la Academia. Por cierto, la medicina no fue la única disciplina científica que apoyó la política del nacionalsocialismo, pero sí difería de otras profesiones en cuanto a su compromiso explícito a los principios éticos, a una postura humanitaria, y sobre todo al juramento hipocrático que data de hace 2.000 años, y que considera al sufriente como su mayor prioridad.

En los juicios de Nuremberg, solamente veinte médicos alemanes fueron juzgados por crímenes de lesa humanidad. A partir de entonces, a nivel mundial las instituciones médicas sostuvieron la teoría de que las violaciones que habían ocurrido dentro de la profesión fueron actos aislados de algunos profesionales que trabajaban en determinados lugares tristemente célebres, como los campos de concentración. Los juicios de Nuremberg y el código que se promulgó a partir de ellos, no recibieron demasiada atención hasta mediados de la década de 1960. Lo que la medicina había hecho durante el régimen nazi parecía no tener mayor relevancia para los médicos del resto del mundo.

Hoy hemos aprendido la lección. Sabemos que no fueron sólo algunos médicos quienes estuvieron implicados en las brutales ofensas que ocurrieron bajo el régimen nazi, sino la profesión en su totalidad. Durante la década de 1980, diversos historiadores publicaron estudios que mostraban el alcance que había tenido el nazismo al impregnar con su ideología toda la medicina alemana. Más de la mitad de los médicos alemanes eran miembros del partido nazi, porcentaje mucho mayor al de otras profesiones.

Este compromiso de los médicos alemanes con el nazismo es anterior a la Shoa, ya que habían comenzado a prestar sus servicios al Estado soslayando los principios éticos mucho antes del exterminio. Ya en los primeros años del siglo XX, los médicos promovieron en Alemania políticas de higiene racial y eugenesia, destinadas a limitar la reproducción de aquellas personas que supuestamente tenían trastornos hereditarios. Durante el nazismo se esterilizó a aproximadamente a 400.000 alemanes, los cuales padecían de trastornos físicos y psicológicos. Los médicos diseñaron e implementaron el infame programa T-4, mediante el cual asesinaron a pacientes discapacitados en nombre de la “eutanasia”. El objetivo de producir una raza aria pura adquirió prioridad por sobre los principios éticos más elementales de la medicina. Así, la medicina alemana se convirtió en un arma de las políticas de Estado. Los médicos nazis no se veían a sí mismos ante todo como profesionales de la salud, con una vocación y una ética dedicadas al bienestar de los seres humanos sino que se encontraban, en cambio, seducidos por la creencia de que el bienestar del Estado era superior al de los pacientes, y que el exterminio de millones de personas podía ser considerado una forma de “tratamiento”.

Durante la guerra, la política nazi -con el apoyo y cooperación de los médicos- caracterizaba a judíos, gitanos y otros grupos minoritarios como símbolos de la enfermedad, y así legitimaba y racionalizaba los horrores. Los médicos resultaban una parte crucial de la operación en los campos de concentración, en tanto decidían quiénes podían trabajar y quiénes debían morir en las cámaras de gas, además de promover los experimentos más atroces sobre los prisioneros.

Uno de los primeros juicios luego de finalizada la guerra fue justamente el que puso en el banquillo de los acusados a los médicos nazis. Por primera vez en la historia, se sometía a juicio a profesionales de la salud, por haber cometido delitos de lesa humanidad, al haber promovido y participado de los experimentos de tortura que se llevaron a cabo en los campos de concentración, muchos de los cuales condujeron a la muerte. En su sentencia, la Corte promulgó lo que se conoce como el “Código de Nuremberg”, el cual establecía los derechos de los sujetos sometidos a experimentación médica y condenaba los experimentos inhumanos realizados por la mayoría de los acusados. Si bien antes de la guerra ya existían códigos de ética en relación a la experimentación con seres humanos, entre los que se encontraba uno muy completo de origen alemán desarrollado en 1931, el Código de Nuremberg fue el primero que tuvo alcance internacional. A raíz de éste, se crearon numerosos documentos en materia de Derechos Humanos y experimentación con personas, incluyendo la Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial, la Declaración de Helsinki y más recientemente la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de UNESCO. Si bien dichos documentos sobre bioética y principios éticos con respecto a la experimentación con seres humanos tienen origen en el Código de Nuremberg, no hacen referencia a él. De hecho, se ha debatido si el surgimiento de la bioética tuvo lugar en Nuremberg y no, como generalmente se afirma, en Estados Unidos durante la década de 1960.

Lo cierto es que el mundo de la medicina guardó silencio durante muchas décadas luego de la Segunda Guerra Mundial. Nuremberg, si bien era considerado un hecho histórico importante, no había tenido impacto formal en la ética médica. La bioética moderna tenía poco que decir sobre el holocausto. Las únicas referencias al pasado de la práctica médica durante el nazismo eran invocando analogías con la medicina nazi, aunque tales analogías se realizaban muchas veces de forma inapropiada y sin fundamentos.

Posiblemente una de las razones del silencio haya sido el malestar que generaba la confrontación con el pasado. Resultaba más sencillo continuar con el mito de la ineptitud y coerción de la medicina nazi, y de ese modo distanciarse de sus médicos. También era más sencillo sostener la idea de que algo así nunca podría ocurrir con profesionales “como nosotros”. No nos resultaba agradable reconocer que nuestros colegas habían estado involucrados en la creación de las bases pseudocientíficas que sostenían los programas raciales del nazismo, los cuales condujeron al genocidio. La comunidad médica a nivel mundial no estaba preparada para admitir que muchos de nuestros pares habían apoyado y se habían visto favorecidos por el régimen nazi, durante el cual la medicina no sólo se había desviado de los valores tradicionales, sino que había contribuido a una ideología perversa de muerte y sufrimiento.

Decir que la medicina ha estado involucrada en el holocausto sería en vano si ello no generara cierto malestar, en tanto la incomodidad que surge puede ser considerada una de las premisas básicas de la bioética. La bioética es, después de todo, el examen reflexivo de cuestiones éticas que atañen al cuidado de la salud y las políticas de salud pública, con el objetivo de brindarnos a los profesionales algunos lineamientos morales que nos permitan abordar dicha sensación de incomodidad que se nos presenta en la práctica. Este malestar que nace a raíz del discurso de la ética médica puede considerarse, de algún modo, como integridad moral. Ha sido este “malestar” el que llevó a la confección de los diez apartados del Código de Nuremberg en relación a la experimentación con seres humanos. El primer y principal precepto del Código es la doctrina del consentimiento informado; y los subsiguientes principios de la bioética moderna consideran la autonomía como uno de los pilares básicos del cuidado de la salud en tanto un horizonte ético. Puede verse así a la autonomía como el empoderamiento de los pacientes en tanto tienen derecho a un consentimiento informado. Ambas cuestiones, así como también muchas otras en la bioética contemporánea, hunden sus raíces en los “malestares” de la antigua medicina, incluyendo lo ocurrido durante el Tercer Reich.

Si alguien sugiriera una analogía entre el comportamiento nazi y nuestro actual desempeño profesional, se consideraría que la comparación es absurda. Desde este punto de vista, lo ocurrido durante el holocausto fue algo único y por lo mismo no se repetiría en el campo de la bioética actual. Otros dirían que interrogar los argumentos y las acciones morales de los médicos nazis puede enseñarnos respecto de nuestras prácticas actuales y, sobre todo, prevenir el uso de analogías poco precisas en debates bioéticos.

Los editores del presente casebook acordamos con este último punto de vista. Tenemos la opinión de que los profesionales de la salud debemos estudiar y comprender estas atrocidades de la medicina para así poder sostener un diálogo viable e instructivo sobre cuestiones bioéticas. Sin embargo, queremos enfatizar que por analizar los argumentos morales que pueden conocerse a partir del estudio de las prácticas médicas del nazismo, no estamos sugiriendo en modo alguno que la moral o la ética vigentes en la actualidad sean equivalentes a la de los médicos nazis.

¿Por qué deberíamos entonces revisitar estos sucesos tantos años después? No porque pudiéramos anticiparnos a una nueva Shoa, sino porque la profesión médica debe estar siempre atenta a los desafíos que se presentan a la integridad de su ética. Los puntos de vista tradicionales con respecto a los valores de la medicina han sido profunda y violentamente afectados durante las décadas de 1930 y 1940, dado que la medicina en Alemania se prestó a la política del Tercer Reich. La historia de la biomedicina alemana en el régimen nazi nos convoca a examinar nuestros supuestos básicos, aquellas presuntas verdades sobre las que se asienta la medicina moderna.
No debemos olvidar que lo que los médicos nazis revelaron ha sido la capacidad de agresión y violencia inherente al ser humano. Numerosos experimentos, experiencias y estudios señalan que, dadas las circunstancias propicias, todos somos propensos a la crueldad y podemos seguir ciegamente a un poder malvado. Los médicos, así como cualquier ser humano, deben recordar esto, ya que son quienes tienen en sus manos decisiones que comprometen la vida y la muerte. La Shoa no fue una abstracción sino una sucesión de acciones diarias llevadas a cabo por seres humanos como nosotros. La maldad no se presentaba abiertamente, sino que ocurría a cada hora, minuto a minuto, con cada decisión por acción u omisión.
Lo mismo puede decirse de los actos morales. La lista de médicos que cometieron atrocidades puede contrastarse con la de los médicos prisioneros que intentaron mantenerse íntegros tanto en su humanidad como en su vocación profesional, aún bajo las condiciones más terribles. En los ghettos y campos de concentración, los médicos prisioneros se veían confrontados con dilemas profesionales y personales inconcebibles, a la vez que se las veían con el fatal destino de la destrucción humana. Estas difíciles circunstancias llevaron a variadas y muchas veces angustiosas respuestas. En 2005, Elie Wiesel, sobreviviente del holocausto y premio Nobel, escribió un artículo en el New England Journal of Medicine sobre los médicos que él conoció en los campos de concentración:
Dentro de los campos de concentración, entre los prisioneros la medicina continuaba siendo una profesión noble. Por doquier, médicos sin suficientes instrumentos ni medicinas intentaban desesperadamente aliviar el dolor y la desgracia de sus compañeros, algunas veces a costa de su propia salud o su propia vida. Conocí a varios de ellos. Para estos médicos, cada ser humano no representaba una idea abstracta sino un universo de secretos, tesoros y angustias. Y con escasas posibilidades de ganarle a la muerte, en un universo inhumano, estos médicos continuaban siendo humanos. Cuando pienso en los médicos y verdugos nazis pierdo la esperanza. Sólo la recobro al pensar en aquellos otros, los profesionales que eran a su vez víctimas, y veo nuevamente sus miradas ardientes, sus rostros de ceniza.¿Cómo alguien supo devolverle el honor a la humanidad en un contexto en que otros renunciaron a ella en nombre del odio?
El holocausto comenzó despersonalizando a sus víctimas y terminó despersonalizando a los perpetradores. La institución médica del nazismo deshumanizaba a sus pacientes y devino así en un genocidio. Uno de los objetivos de este libro es individualizar tanto a los perpetradores como a sus víctimas. Al darle un nombre al médico-perpetrador, a quien fue víctima de sus crueles procedimientos, o al profesional que fue prisionero en un ghetto o campo de concentración, nos damos cuenta de que ante todo somos seres humanos vulnerables, y luego profesionales de la salud. Al singularizar estos hechos históricos nos vemos llamados a mirarnos a nosotros mismos de otro modo, y a buscar dentro nuestro y en nuestras sociedades el peso y la responsabilidad que todos llevamos por la humanidad y por el bienestar de la medicina misma. El examen de la bioética en relación al holocausto y la complicidad de los médicos alemanes nos provee de una lente vital para poder ayudarnos en esta difícil pero imperiosa e imprescindible tarea.


[1A manera de adelanto del libro, se transcribe a continuación su Introducción, publicada con autorización de la autora y de Amnon Carmi, a cuyo cuidado estuvo la obra. Abogado de profesión, tratadista excepcional y distinguido Juez, Amnon Carmi baja del estrado para enseñar, manteniendo la sabiduría e imparcialidad por las que se lo reconoce en todo el mundo. Esta vocación por la transmisión lo ha llevado a dirigir una serie de publicaciones que no pone sólo el acento en la rigurosidad de los contenidos, sino también en la originalidad del método. La transmisión de la ética requiere no tanto de la erudición, como de la sensibilidad y la capacidad de establecer, en transferencia, la ocasión de un acto de pensamiento compartido. Otros tres casebook de esta colección se encuentran en preparación: "Bioética y Psiquiatría", del propio Carmi junto a Arboleda Flórez, preparado en español por Florencia González Pla y Paula Paragis (UBACyT); "Salud reproductiva", preparado por Alejandra Tomas Maier y Leila Giambó (UBACyT) y "Bioética para jueces", preparado por Armando Andruet y Virginia Cáceres (UCC).



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