Actualizado en  noviembre de 2016   

El banner de este número de la revista, "Copper Trees", fototransformación de Estelle Disch, representa aquí los nuevos "arboles genealógicos" a que dan lugar las neoparentalidades, con sus matices cromáticos y sus caprichosas ramificaciones. Agradecemos a la artista, cuya obra puede verse en http://estelledisch.com/

Editorial

Cuarenta años atrás: Foucault y la biopolítica

Juan Jorge Michel Fariña

Un atardecer de noviembre de 1974, un pequeño bimotor de color negro y plata aterrizó en una pista secundaria del aeropuerto de Congonhas, en Sao Paulo; disminuyó la marcha, viró y rodó en dirección a un hangar junto al cual esperaba un automóvil. Tres hombres, uno de ellos vestido de blanco, bajaron del avión para subir al coche que los conduciría a una reunión secreta en el centro de la ciudad.

La escena fue imaginada por Ira Levin para el electrizante inicio de su novela Los niños del Brasil, publicada en 1978. Allí se desarrolla una asombrosa ficción: escondido en la selva paraguayo-brasileña, el médico nazi Josef Mengele lleva adelante un experimento genético-social de enormes proporciones. A partir de la sangre y los tejidos cutáneos provistos en vida por el propio Adolf Hitler, ha generado clones del Führer en su laboratorio clandestino. Los embriones fueron transferidos a mujeres indígenas que oficiaron de madres portadoras, y luego de nacidos los niños –todas copias genéticamente idénticas de Hitler–, éstos fueron dados en adopción a familias de Europa y Estados Unidos. Todo formaba parte de un siniestro experimento destinado gestar un nuevo liderazgo para la raza aria. Estos 93 niños de probeta, emplazados en hogares ubicados estratégicamente alrededor del mundo, debían crecer y desarrollar la personalidad de Hitler. Pero para ello no bastaba con la garantía genética: se debían considerar también los factores medioambientales. Así, los hogares elegidos para estos niños debían reunir las características socioculturales de infancia de Hitler, incluido el evento de la muerte accidental de su padre, ocurrida cuando el pequeño Adolf tenía catorce años. El experimento contemplaba, naturalmente, el asesinato de esos hombres, todos funcionarios de sesenta y cinco años, como manera de garantizar las condiciones que llevaran a la réplica perfecta. [1]

¿Qué nos dice Ira Levin con esta ironía literaria? Que el médico de Auschwitz se ha aggiornado y treinta años después del final de la guerra recurre no solo a los genes, sino también a cierta psicología al momento de pergeñar su estrategia socio-procreativa. Pero la novela está allí justamente para poner en cuestión semejante conductismo. El sorprendente giro final que se reserva al espectador es un abierto cuestionamiento al pobre psicologismo nazi. Cuando en el desenlace de la trama Mengele recibe su propio mensaje en forma invertida, sabremos algo más sobre el pretendido mensaje de los genes. [2]

El film de Franklin Schaffner, que sigue al dedillo el desarrollo de la novela, tiene sin embargo dos aditamentos interesantes. El primero, la simulación de un proceso de clonación animal, reconstruido de manera absolutamente rigurosa casi veinte años antes de la primera clonación de un mamífero superior –la oveja Dolly–, en 1996. La escena, que ocupa diez minutos de la película, apeló a información de avanzada para la época y a efectos especiales para hacer verosímil un proceso todavía desconocido para la humanidad. El segundo, la compleja trama de adopciones fraudulentas implementado en diferentes países gracias a la complicidad de agentes nazis, que digitaba las asignaciones de niños a partir de información confidencial de las familias solicitantes. En síntesis, Los niños del Brasil reúne experimentación médica, clonación humana, maternidad subrogada, adopciones fraudulentas y adulteraciones filiatorias, en lo que hoy no dudaríamos en describir como una estrategia claramente biopolítica.

Por una curiosa coincidencia, ese mismo mes de 1974 en que se inicia la trama de Los niños del Brasil, Michel Foucault dictaba sus conferencias en la Universidad de Río de Janeiro en las cuales utilizó por primera vez el término “biopolítica”:

El control de la sociedad sobre los individuos no sólo se efectúa mediante la conciencia o por la ideología, sino también en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista es lo bio-político lo que importa ante todo, lo biológico, lo somático, lo corporal. El cuerpo es una entidad biopolítica, la medicina es una estrategia biopolítica [3].

Cuarenta años más tarde y a treinta de la muerte de Michel Foucault, el concepto está instalado en el campo de las ciencias sociales, especialmente a partir de su tratamiento por Giorgio Agamben a propósito de la nuda vida y los campos de concentración extendidos a toda la sociedad:

Sin embargo, no se podrían superar ciertos umbrales en el control y manipulación de los cuerpos sin penetrar en una nueva era biopolítica, sin franquear un paso más en lo que Michel Foucault llamaba una animalización progresiva del hombre realizada a través de las técnicas más sofisticadas. El fichaje electrónico de las huellas digitales y de la retina, el tatuaje sub-cutáneo, como otras prácticas del mismo género, son elementos que contribuyen a definir ese umbral. (…) Lo que está en juego es nada menos que la nueva relación biopolítica “normal” entre los ciudadanos y el Estado. Esta relación no tiene nada que ver con la participación libre y activa en la esfera pública, sino que concierne a la inscripción y fichaje del elemento más privado e incomunicable de la subjetividad: la vida biológica de los cuerpos. [4]

Así, el concepto de biopolítica se ha mostrado especialmente fecundo para pensar los límites éticos del desarrollo científico tecnológico, en particular para comprender la dirección que van tomando los avances en materia de reprogenética. Estamos hoy ante una serie de parentalidades y seudo parentalidades que podríamos nombrar como apropiación, adquisición, adopción, ovodonación. Con sus necesarias diferencias [5] , el ocultamiento al niño respecto de sus orígenes aparece como un común denominador. Este número de Aesthethika, continuación del de Junio 2014, aborda el problema a partir de las cuestiones ético-analíticas en juego.

Abre el artículo de Mariana Gómez y su equipo de investigación en la Universidad Nacional de Córdoba, presentando la actualidad teórica del concepto de biopolítica y su relación con el psicoanálisis, tomando como caso de estudio las recientes leyes de matrimonio igualitario y muerte digna en la Argentina. Continúa el texto de Natacha Lima, que ratifica la vigencia del film Los niños del Brasil y el pensamiento de Foucault como escenario para pensar los temas contemporáneos en materia de reproducción asistida. Haydée Montesano, por su parte, profundiza las cuestiones psicoanalíticas en juego y François Ansermet, (Université de Genève) establece, también desde el psicoanálisis, los límites estructurales que enfrentan hoy los comités de ética. En un segundo bloque tenemos los textos de Natalia Perrotti, que aborda el problema desde los clásicos aportando un interesante giro sobre la mitología griega, y Sergio Zabalza, autor de un libro de referencia insoslayable sobre parentalidades, quien aporta el sesgo de la narrativa contemporánea. Finalmente, el comentario de Álvaro Lemos, una relectura de la maternidad sustituta a partir del film The Subrogacy Trapp y el de Juan Carlos Tesone, quien desde su doble inscripción académica en Buenos Aires y Paris, aporta una versión actualizada de su capítulo sobre la cuestión del nombre propio en la restitución de niños.

Una mención aparte merece el artículo de Nancy Blake, profesora de Literatura Comparada en la Universidad de Illinois y organizadora en 2004 del evento que motivó el texto de Agamben antes mencionado. Su análisis sobre el film de Almodóvar Todo sobre mi madre, que abrió las ediciones de Aesthethika hace diez años, es retomado manteniendo todo su encanto y profundidad teórica.

Finalmente, un aniversario especialmente doloroso: este número de la revista aparece cuando se están por cumplir los veinticinco años del asesinato de Ignacio Martín Baró, ocurrido en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Colega, amigo y compañero de militancia en el campo de la ética y los Derechos Humanos, supo denunciar en un lenguaje claro y emotivo las estrategias biopolíticas en la región. Víctima de esas mismas estrategias de exterminio, su compromiso en acto permanece como horizonte de nuestra praxis. A su memoria están dedicadas estas páginas.


[1Ver el análisis contenido en Michel Fariña, J. (1988). Les médecins tortionnaires et les problèmes éthiques liés à l’expérimentation psychologique des personnes. En Comités d’éthique a travers le monde. INSERM. Paris: Editions Tierce. Una versión ampliada, en inglés, apareció en Lykes, M. B. & Michel Fariña, J. (1989). Can the unofficial Story have a happy ending? LINKS, 6, (1). New York.

[2Para utilizar la expresión de Jaques Lacan, citada por Gabriela Mercadal en su artículo “La ética frente al pretendido mensaje de los genes”, Aesthethika, Revista internacional de estudio e investigación interdisciplina-ria sobre subjetividad, política y arte, Volumen 10 (1), Junio 2014, pp. 103-115.

[3Michel Foucault. Conferencia El nacimiento de la medicina social, Revista centroamericana de Ciencias de la Salud (1977); conferencia en la Universidad del Estado de Rio de Janeiro, octubre de 1974. Dits et Écrits, II, p. 210.

[4Giorgio Agamben: “No al tatuaje biopolítico”, Febrero 2004, declaración ante la condición impuesta por el gobierno de los Estados Unidos de tomar un registro electrónico de las huellas dactilares de todo ingresante a su territorio. Ver al respecto nuestra ponencia presentada en el evento académico al cual debía asistir Agamben y del cual desistió justamente ante semejante exigencia: “Biopolitics of Danger: Agamben’s and Zizek’s perspectives about the biopolitical tattooing”, Juan Jorge Michel Fariña, con la colaboración de Ignacio Lewkowicz y Carlos Gutiérrez. En Political Theory and Popular Culture in an Age of Global Insecurity, University of Illinois at Urbana Champaign, Abril 23-24, 2004.

[5Ver al respecto la distinción establecida por Eduardo Laso en Del espermatozoide a la función paterna. Delivery man, de Ken Scott, publicado en Aesthethika, Revista internacional de estudio e investigación interdisciplinaria sobre subjetividad, política y arte, Volumen 10, (1), Junio 2014, pp. 16-24


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Elizabet Ormart 
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¿Tatuajes en la escuela primaria?
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Ética, moral y deontología profesional
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Políticamente incorrectos
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"Soy especial" Ética y diversidad
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Qué es un maestro: un contrapunto posible al imperativo de: ¡A gozar!
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“Más allá del Dinero”
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Obligaciones del docente con la comunidad.
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El ADD en la escuela, ¿síntoma de desadaptación infantil o recurso farmacológico para el control disciplinario?
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Conflicto de intereses
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Las competencias docentes en el uso de las TICs
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