Actualizado en  octubre de 2017   

Editorial

A 70 años de los juicios de Nuremberg

Integridad y Singularidad
Juan Jorge Michel Fariña

La ignorancia, la indiferencia, la mirada que se desvía, explican tras qué velo sigue todavía oculto este misterio.
Jacques Lacan, a propósito del nazismo [1]

Este mes se cumplen 70 años de los juicios a los médicos nazis en Nuremberg, celebrados entre agosto y octubre de 1947. Como lo anticipa el epígrafe, una experiencia que permanece velada. Si bien los acusados fueron apenas una veintena, hoy sabemos que más de la mitad de los médicos alemanes estaban afiliados al partido Nazi, porcentaje muy superior al del resto de las profesiones. Como ya lo anticipó Bergman con su film “El huevo de la serpiente”, la medicina alemana entre 1918 y 1945 conforma una matriz que debe seguir siendo motivo de estudio y reflexión.

Este número de la revista Aesthethika está dedicado justamente a pensar nuestros métodos de investigación y en particular el concepto de Integridad en la Ciencia. Incluye como primicia el anticipo del libro “Bioética y Holocausto”, preparado por Tessa Chelouche, especialista israelí en Historia de la Medicina, y traducido por primera vez al español gracias a la tarea de un equipo del Programa de Ciencia y Técnica de la UBA. Los testimonios allí relevados son realmente conmovedores y colocan al consentimiento informado en el foco de las preocupaciones.

Al respecto, en su célebre investigación sobre los médicos nazis, Robert Lifton consigna un dato sumamente interesante. El protocolo ético de su estudio le exigió solicitar el consentimiento informado a sus entrevistados, muchos de ellos médicos, biólogos y dentistas que habían conducido experimentos en los campos de concentración. Se vio así en el trance de ofrecer con total naturalidad para su firma un formulario cuyos términos habían sido avasallados justamente por los mismos sujetos que ahora lo suscribían, también ellos con inquietante naturalidad. ¿Qué había cambiado desde entonces?

Si hoy los profesionales de la salud asumen espontáneamente el valor del consentimiento informado es, se dice, porque han extraído las lecciones de Nuremberg. Se supone que el consentimiento informado se asienta en el principio de autonomía y vela por el derecho de las personas de someterse a un tratamiento sólo bajo su aceptación libre y voluntaria. Pero basta repasar las actas del juicio a los médicos nazis para advertir que también antes de Nuremberg existían preceptos éticos, los cuales habían sido dudosamente respetados, incluso por quienes oficiaban allí como fiscales. En síntesis, el problema del consentimiento no se agota en la promulgación de principios, por más claros y documentados que éstos se presenten. [2]

El vocablo consentir (del latín sentire, “percibir con los sentidos”, “darse cuenta”) data de la segunda mitad del siglo X y significa “estar de acuerdo”, “decidir de común acuerdo”. Consentir supone, por lo tanto, un acto de decisión. Pero ¿qué es una decisión? Lo que habitualmente se llama “decisión”, debería en sentido estricto desglosarse en tres operaciones diferentes, que llamaremos, siguiendo a Ignacio Lewkowicz, “opción”, “elección”, y “decisión” propiamente tal.

“Opción” se aplica a los sistemas cuyos grados de libertad son limitados, como los que se desprenden de la lógica binaria. Su paradigma es el algoritmo computacional. “Elección”, supone sistemas abiertos, en los cuales existen diferentes caminos y el individuo debe, haciendo uso de su raciocinio y voluntad, sopesar la información disponible para obrar del mejor modo posible. Finalmente, “decisión”, en el sentido fuerte, debería reservarse para aquellos actos en los que el conocimiento disponible resulta insuficiente para dar cuenta de la complejidad del caso. Pero ante la emergencia, tanto para el paciente como para el médico se impone una intervención. Es esa iniciativa compartida en la singularidad de la situación la que funda a posteriori un nuevo conocimiento que organizará el destino del sujeto. [3]

Otro tanto podríamos decir del término “Integridad”, que viene del latin integer y cuya primera aparición data de1223. Integer, significa “entero”, “intacto”, en el sentido de “restituir algo en su integridad” -la expresión es de 1495. El sustantivo “integridad”, que reconoce la misma raíz en la versión anglosajona “integrity”, atiende por lo tanto a la cualidad de aquello que se entrega, que debe ser/estar entero, completo. El derivado culto “íntegro”, usado como atributo de quien realiza la acción, es posterior: 1640. La etimología que nos ofrece Joan Corominas introduce ya el núcleo del problema: ¿puede el ser humano, fallado por naturaleza, ser completamente íntegro en sus conductas?

El tema no puede ser saldado, pero sí pensado a través de ficciones reconstructivas. Este número de Aesthethika propone una interlocución entre escritos que despliegan el problema en su dimensión histórico-social y otros que suplementan el escenario con la dimensión singular del lenguaje. Como lo expresa Carlos Gutiérrez en su escrito:

La ficción se torna así el artificio para poner a hablar lo que no es experiencia; es lo que se torna experiencia en ese modo de decirlo. El relato ficcional encuentra el modo de decir una verdad que sólo tiene lugar por esa vía. Esa palabra ficcional no traduce lo que antes estaba como inexpresable. La ficción no es vehículo sino creación de una experiencia donde ella no estaba. La experiencia no es anterior a la palabra que enuncia esa verdad a medias. Es sólo a partir del lenguaje que el real de esa experiencia puede tener lugar para un sujeto. [4]

Por eso en este número de Aesthethika ocupan un lugar protagónico las investigaciones rigurosas de Oliver Feeney, José Nun, Tessa Chelouche, Andrea Hellemeyer, Ailen Provenza, junto a la literatura de Jorge Semprún y Laura Alcoba, de la mano de Carlos Gutiérrez, o la pluma de Siri Hustvedt, reseñada por Delfina Martínez; y por cierto un episodio memorable de Black Mirror, a través de una mirada retrospectiva en la que su creador, Charlie Brooker, dialoga con el clásico “Dimensión desconocida” y con los relatos de “El hombre ilustrado”, de Ray Bradbury.

Ha sido justamente el cine quien ha dedicado especial atención a la personalidad y la conducta de los médicos nazis, revelando con su arte los aspectos más sutiles del horror tras los guardapolvos blancos. Con la fuerza incontenible de las imágenes, ha recreado facetas inéditas de esos oscuros personajes de la historia, descubriéndolas ante los espectadores. Es el oficial médico que confronta a Sophie con la trágica elección en el film de Alan Pakula Sophie´s Choice; o la lógica desquiciada del Dr. Lessing, en La vida es bella, con su delirio rumiante de acertijos en medio del exterminio; o la mórbida prolijidad del Dr. Ludwig Stumpfegger, cuando prepara las dosis de veneno para los niños de Goebbels en La caída. Filmes que nos abisman a los distintos rostros del espanto: el del sadismo y el desquicio, pero también el de la silenciosa banalidad del mal.

Pero ocurre que la medicina del futuro que nos presentan las distopías de Blade Runner y Black Mirror, no está lejos de ese horror. La fábrica de replicantes, la clonación humana, o los nichos de realidad virtual, muestran versiones asépticas del mismo experimento: el human enhancement y el anhelo de inmortalidad.

Frente a ese retorno de los fantasmas, nos queda la poesía. Expresada en el lema de los marinos del Báltico, es evocada por Sigmund Freud en sus escritos sobre la muerte y lo perecedero: “Navegar es necesario, vivir no lo es”. Se instala así la cuota de ficción que edifica una experiencia posible para la condición humana.


[1El Seminario, Libro 11: "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", Buenos Aires, Paidós, 1993, p. 282.

[2Respecto de esta complejidad, ver Michel Fariña, J., Benyakar, M., Salomone, G. et al (2003): La nueva normativa ética sobre consentimiento informado en psicoterapia: los aportes del Programa IBIS. Actas de las X Jornadas de Investigación. Facultad de Psicología, UBA. En Perspectivas Bioéticas, 2003.

[3De allí que se hayan acuñado otros conceptos, como el de “asentimiento subjetivo”, que da cuenta no del procedimiento deontológico del consentimiento, sino de las vicisitudes siempre singulares con las que un sujeto se posicione frente a él.

[4Gutiérrez, C. “Autor e intérprete. ¿Cómo leer las ficciones testimoniales?
Semprún y Alcoba en lengua extranjera”, en el presente número de Aesthethika.



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Número Actual
Volumen 13 / Número 2
Editorial
A 70 años de los juicios de Nuremberg
Juan Jorge Michel Fariña 

Integridad en la investigación en ciencias sociales
Ailen Provenza 
Andrea Hellemeyer 
Juan Jorge Michel Fariña 

A 50 años del Proyecto de Marginalidad: carta a los estudiantes de Sociología
José Nun 

Covert Research: El debate ético sobre la investigación encubierta en las ciencias sociales
Ailen Provenza 
Juan Jorge Michel Fariña 

Autor e intérprete. ¿Cómo leer las ficciones testimoniales?
Carlos Gutiérrez 

El igualitarismo según Derek Parfit: Una discusión
Oliver Feeney 

Adelanto de libro
Bioética y Holocausto
Tessa Chelouche 

Reseña de libros
La mujer intrépida
Delfina Martínez 

Reseña de serie: Black Mirror
La lejanía infinita de la muerte: una narrativa ética
Juan Jorge Michel Fariña 

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