Actualizado en  octubre de 2017   

Resumen

Las circunstancias que rodearon la muerte de Lady Di, ocurrida en 1987, son la oportunidad para tratar temas políticos, trágicos y filosóficos. El trabajo toma como escenario El film “La reina” (Stephen Frears, 2006), articulándolo con la obra de Maquiavelo “El Príncipe” y con la tragedia “Antígona” de Sófocles. El enfoque es periodístico literario y toma la forma de un ensayo con base en el psicoanálisis y la narrativa, ofreciendo así distintas vías para el pensamiento y la reflexión.

Palabras clave: Lady Di, ritual funerario, política, ética

Abstract English version

[pp 33-48]

La reina, el amor y el miedo en los tiempos de Antígona y Maquiavelo

Gisele Vitória

Introducción: Una fábula de actualidad, para comenzar…

Este trabajo busca comprender las relaciones de poder asociadas a los sentimientos de afecto y de temor presentes en la pieza de Sófocles, escrita alrededor del 442 a.C., y en el capítulo 17 del libro El Príncipe, de Nicolau Maquiavelo, escrito en 1513. Los mitos, las tesis y los argumentos narrados en las dos obras se utilizaron en la comparación con la crisis del reinado de Elizabeth II generada a partir de la conducta que tuvo la reina luego de la muerte de Diana, en 1997, según la versión del film La Reina (2006), de Stephen Frears.

Visto por dos billones de personas, el 29 de abril de 2011, el casamiento del Príncipe William con la plebeya Kate Middleton, hoy Duquesa de Cambridge, quizá nunca hubiese existido como símbolo de una nueva era o con el significado que adquirió: una celebración de la monarquía británica a un año de la conmemoración de los 60 años del reinado de Elizabeth II. La suposición puede parecer exagerada, pero tal vez, en la actualidad, una monarquía como la de Inglaterra ya no existiría.

Es posible que la nación británica tuviese hoy otra configuración de poder, si no hubiera sido por el rápido cambio de conducta de la reina en un conocido episodio que contrarió al pueblo inglés hace ya dos décadas: el frío comportamiento de la familia real frente a la muerte de la Princesa Diana en 1997. Así lo sugiere el film de Stephen Frears.

El largometraje, que le permitió a Helen Mirren ganar el Oscar a la mejor actriz en 2007, describe la reacción de la reina ante la trágica muerte de Lady Di, en un controvertido y trágico accidente automovilístico en París, el 31 de agosto de 1997. La ficción narra cómo la reina, bajo la influencia del recientemente elegido primer ministro Tony Blair y por la presión popular y de la prensa, se vio obligada a abandonar su estilo reservado y su aparente indiferencia para recobrar el respeto de los ingleses y, consecuentemente, su popularidad. Elizabeth II necesitó utilizar más de un gesto de emoción: aparecer en público para solidarizarse con el luto de la gente y hacer una declaración en la televisión para reconquistar la opinión pública británica, indignada con su frialdad tras la tragedia. La monarca no pudo sino autorizar un gran funeral en la Abadía de Westminster, el 6 de septiembre de 1997, precedido por el cortejo fúnebre con el Príncipe Charles y los hijos William y Harry, con honores de reina para Diana –madre del heredero al trono inglés, segundo en la línea de sucesión. Lady Di tuvo el funeral que había sido preparado para la reina madre.

Propongo en este trabajo un ejercicio ficcional: comparar la crisis del trono inglés, que va del 31 de agosto al 6 de septiembre de 1997, con partes de la obra Antígona de Sófocles. Propongo además un segundo nivel de comparación: analizar el impacto sufrido por la monarquía inglesa en 1997 a partir de los errores de Creonte (el tirano rey de Tebas, en Antígona) y a la luz del capítulo 17 de la obra El Príncipe, de Maquiavelo (“De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser amado que temido, o mejor ser temido que amado”).

La idea es entender cómo, después de un error de conducta política, la Reina Elizabeth II pudo escapar al odio del pueblo y evitar la que significó la mayor crisis reciente del trono inglés.

Parte I: La noche en que la Reina Elizabeth II soñó con Creonte

Inventemos una fábula: dos noches después de la muerte de Diana, el 31 de agosto de 1997, la Reina Elizabeth II soñó con Creonte, Rey de Tebas. En la obra Antígona, de Sófocles, el tirano, que era hermano de Yocasta, prohíbe el entierro de Polinices, hijo de Edipo, lo que enoja a su pueblo. La heroína Antígona, sobrina del rey, desobedece a Creonte y sepulta a su hermano. Condenada a ser enterrada viva, se ahorca. El hijo del rey, Hemón, intenta aconsejarlo para que dé marcha atrás en su condena, pero Creonte no lo escucha.

Al ser abandonado por su hijo –que era novio de Antígona– y desestabilizado por la desaprobación popular, el rey intenta dar marcha atrás, pero demasiado tarde. Creonte se pierde en su poder y asiste desesperado a las muertes de su hijo Hemón y luego de su esposa Eurídice quienes se suicidan por el disgusto y el dolor. La sociedad de Tebas, que aprueba lo hecho por Antígona al enterrar a su hermano y se conmueve con la tragedia de la heroína, pasa del temor al odio intolerable al monarca que también decide poner fin a su vida.

En el sueño de la Reina Elizabeth II, Creonte vociferaba en el Palacio de Buckingham: “¡La princesa Diana no será enterrada!”. La orden del tirano de Tebas expone, durante la pesadilla de la reina, un acto fallido. Elizabeth II no quería enterrar a Diana con los honores de un monarca.

Para el pueblo inglés, sin embargo, no sepultarla como princesa, con todos los honores de Estado que ella merecía, significaba lo mismo que no enterrarla. En el film de Frears, la primera reacción, contada con mucho tacto, del abuelo del príncipe William ante la propuesta de que Diana tuviera un funeral de reina, significó casi eso. Por voluntad propia, Diana no podía ser enterrada como una princesa, ni recibir honores como tal. Ella ya no era más un miembro de la familia real pues había perdido el título de “Alteza real” desde su separación del príncipe Charles, en 1992 y con el divorcio declarado en 1996. La princesa de Gales no podía recibir pues los honores de un funeral de Estado.

Elizabeth propuso un funeral íntimo, organizado por la familia de Diana, los Spencer. La reina estaba decidida a mantener la tradición. La bandera no izada en el Palacio de Buckingham indicaba que la reina no estaba en su residencia. Ella y la familia real se aislaron en Balmoral, en Escocia, creyendo resguardar así a los príncipes William y Harris, hijos de Diana y Charles. Pero el país y el mundo reaccionaron de otra manera. La familia real fue acusada de despreciar a Diana y eso despertó el enojo de los británicos.

En Antígona, el acto de Creonte de prohibir el entierro de Polinices hiere la ética y la moral del pueblo griego, cuya tradición era la devoción a los dioses y el cumplimiento del mandato divino de que sus muertos debían ser enterrados tradicionalmente.

En el film La Reina, la renuencia y la demora de Elizabeth II en conferir a Diana los honores de la princesa amada por sus súbditos lesionaron la ética y la moral del pueblo británico, que deseaba llorar la muerte de la princesa de Gales, ex esposa del Príncipe Charles. Los ingleses querían llorar a la “Princesa del Pueblo”, término acuñado por el entonces primer ministro Tony Blair. Como consecuencia de la supuesta indiferencia, una ola de hostilidad se desencadenó contra la familia real.

La pérdida de popularidad de Elizabeth frente a Diana ya era notoria hacía años. En 1992, cuando celebró los 40 años de su reinado, la reina llamó a ese período “Annus Horribilis”: las aventuras extraconyugales de Charles y Diana se hicieron visibles. Otros dos de sus hijos se separaron. Y, además de todos los enredos de la vida privada de sus miembros, la realeza seguía sin pagar impuestos. En 1997, consternado por la tragedia de la muerte de la princesa, el contribuyente británico dividía su decepción entre una familia real poco admirada y la irritación de tener que pagar una cuenta mensual equivalente a unos 3 millones de dólares para mantener a la monarquía más cara de Europa.

Regresemos al sueño de Elizabeth II:

El inconsciente de la reina de Inglaterra mezclaba las imágenes y la figura de Creonte se fusionaba con la suya. Y Diana muerta, a la espera de un funeral a su altura, no era comparable con el cadáver del traidor Polinices que no merecía ser sepultado. Había en la figura de Diana una semejanza con la propia heroína Antígona, hija de Edipo y Yocasta, y sobrina de Creonte, que vivía en el palacio del rey antes de que se desencadenara la tragedia. (Fue el propio rey quien, sintiéndose desautorizado por su desobediencia, se convertiría en su verdugo). ¿La comparación entre Antígona y Diana puede tener sentido? Tal vez. Luego de vivir una vida palaciega, Diana había sido la que, años antes de su muerte, desafiara a la realeza británica. No tenía miedo de enfurecer a su majestad, la reina. No temía exponer sus irritaciones, sus resentimientos. No le importaba seguir desmoralizando a Charles, el futuro rey de Inglaterra. Sabía de su poder y no temía ser castigada.

Así como la muerte de Antígona conmovió a Tebas, la muerte de Diana golpeó fuerte en los corazones de los ingleses. Así como Tebas comenzó a odiar a Creonte, el Reino Unido se volcó contra la reina y la odió durante siete días.

La muerte de Diana conmovió al mundo, especialmente a los ingleses. Eso cambiaba todo. A continuación, un fragmento del reportaje firmado por Vilma Gryzinski, en la revista Veja, publicada en septiembre de 1997 [1], acerca del impacto de la tragedia sobre el pueblo inglés:


Diana fue amada, intensamente amada, en Inglaterra y en el resto de un mundo carente de figuras notables. En vida, su gracia, su encanto, sus crisis, sus flaquezas, sus dramas, su toque humano y su preocupación por los desvalidos hicieron de ella la más querida de las princesas, la más famosa de las mujeres. Muerta, alcanzó la cúspide de un proceso desencadenado involuntariamente, por osar mostrar sus sentimientos en público y quebrar las reglas de la monarquía. Cuando su ex suegra, la reina de Inglaterra, apareció en la televisión ese viernes, un día antes del entierro, para dirigir un poco confortable discurso en homenaje a aquella “persona excepcional”, nadie tuvo dudas. La princesa muerta era más poderosa que la reina viva.

Para recuperar la influencia de la monarquía en el momento en que el pueblo vivía el luto y se sentía insultado por la supuesta frialdad de la familia real, era preciso que la reina mostrara su lado sensible. Sólo así escaparía al odio. Eso le habría aconsejado Tony Blair, según el film La Reina.

¿Sería Tony Blair el Maquiavelo de nuestros tiempos?

La fábula del sueño de la reina Elizabeth prosigue y, al desarrollarla, incluye una referencia histórica más:

Poco después de escuchar los gritos de Creonte en el Palacio de Buckingham, también resonaban en los oídos de la reina estas palabras de Nicolau Maquiavelo, escritas en 1513 en El Príncipe: “Si no se puede conquistar el amor, hay que escapar al menos del odio. Es posible ser temido y no ser odiado”. El consejo remite al capítulo 17 del libro del filósofo italiano. El punto en cuestión en las palabras de Maquiavelo es la mesura y el equilibrio entre ser amado y ser temido. Pero escapar al odio es determinante, como consejo supremo, para mantener el poder (éste para Maquiavelo era el principal objetivo del monarca). Para evitar el odio de los súbditos, la reina debería usar su virtú [2]. La pérdida de popularidad frente a la princesa Diana en los últimos años y la trágica muerte de la princesa de Gales significaban la fortuna [3] en el reinado de Elizabeth.

En el film La Reina, el entonces primer ministro laborista, Tony Blair, habría jugado finalmente el rol de consejero de Elizabeth II o, por lo menos el de un líder político dedicado a convencerla de que diera marcha atrás en su comportamiento para no poner en riesgo el sistema de gobierno del país. En el inicio de su mandato, cuando acababa de ser nombrado, Tony Blair definió a Diana como “La Princesa del Pueblo”, lo que aumentó su carisma al interpretar el sentimiento de la nación.

Sigue otro fragmento del mismo reportaje de la revista Veja:

“Gustaba a todos, la amaban, la consideraban como alguien del pueblo”, resumió el primer ministro Tony Blair. “Ella era la princesa del pueblo y es así como permanecerá en nuestros corazones y en nuestro recuerdo para siempre”. La emoción era sincera, a pesar de que las palabras fueron atribuidas al talento lingüístico de su secretario de prensa, Alastair Campbell. ¿Pero qué importa? El breve discurso de Blair resumió el sentimiento colectivo que se apoderó de Inglaterra y se esparció por otras latitudes.

El largometraje de Stephen Frears relata detalladamente la pulseada entre Elizabeth II y Blair quien no conseguía que admitiera el deseo de sus súbditos de verla compartir el luto de la nación. Al mismo tiempo, el film muestra cómo los diarios británicos la masacraban en progresión geométrica:

The Sun: “Muestren que la Casa de Windsor tiene corazón”.
The Mirror: “Esto prueba que la realeza no es como nosotros”.
Express: “Es hora de cambiar la guardia en el Palacio”.
The Mail: “Dejen la bandera a media asta”.

La presión de la prensa reflejaba la indignación popular. A continuación, la reproducción de declaraciones de británicos acampando frente al Palacio de Buckingham y exhibidas en el film, revela la desaprobación del comportamiento de la familia real:

“Cometieron un grave error. Deberían haber regresado al Palacio de Buckingham el domingo por la tarde. Dejaron a Diana sola y está todo vacío”.

“Es indignante que no hayan aparecido o dicho una palabra”.

“No tener una bandera en el asta es una vergüenza para la familia real”.

Hasta que llega un momento en el que la reina se da cuenta de la crisis. En el film, Blair le muestra resultados de una encuesta de opinión. En un trecho de la larga conversación, la convence de la siguiente manera: “Una encuesta sugiere que el 70% de las personas creen que su actitud perjudicó al sistema de gobierno. Una de cuatro personas está a favor de la abolición de la monarquía. Como su primer ministro, creo que es mi responsabilidad constitucional aconsejarle tomar las siguientes medidas”:

  1. “Izar la bandera a media asta en el Palacio de Buckingham y en todas las residencias reales” (eso nunca había sucedido en 400 años).
  2. “Dejar Balmoral y volver a Londres”.
  3. “Ir personalmente a visitar el féretro de Diana”.
  4. “Hacer en vivo para la televisión una declaración dirigida a todos sus súbditos y al mundo”.

Prosigamos con nuestra fábula:

El sueño con Creonte impresionó a la reina. Ella sabía, aunque sea por su propio inconsciente, y a la luz de un autoanálisis, que ser comparada con el monarca de la obra de Sófocles era como certificar la ruina de su reinado. Más grave que la comparación con un tirano enloquecido era la constatación de que seguir con esa conducta significaba un tiro en el pie: no escuchar la furia del pueblo, especialmente en una democracia, era una estrategia equivocada para mantener el poder. Las palabras de Maquiavelo pronunciadas en la secuencia del sueño, después de que el personaje de Sófocles rugiera por los corredores del Palacio de Buckingham, también la atormentaban.

Era como si algún tipo de voz de la sabiduría la convenciera de que había llegado el momento de dar un paso atrás. Si bien en El Príncipe, Maquiavelo da sus consejos a los monarcas nuevos, la reina Elizabeth (en el momento de la muerte de Diana, llevaba ya más de 40 años de reinado) había oído las palabras del filósofo y aceptaría los consejos de Tony Blair.

La reina acordaría acatar los consejos, para que “tal vez” eso evitara el “desastre”. Y así se hizo. Un día antes del funeral de Diana, el Times publicaría el titular: “El palacio se inclina ante Blair”. Sí, hubo tiempo (menos de una semana) para evitar el llamado “desastre” – y hasta una posible caída de la monarquía. Cuando la reina se acerca al público a observar las flores dejadas enfrente del Palacio de Buckingham, un comentarista de la televisión británica señala que la última vez que Elizabeth II llegó tan cerca del público, al descender de su auto, había sido al final de la Segunda Guerra Mundial. A continuación, comentarios de la gente sobre el retroceso de la reina, mostrados en el film:

“Es claro que la reina cambió de idea. Responde a las necesidades de la familia real de comprometerse de alguna manera”.

“La agresividad tal vez haya sido el canal que necesitaban las personas entristecidas para volcar la rabia sobre alguien. Y el protocolo real puede haber sido un obstáculo mayor”.

“Es realmente como si el pueblo y la familia real, la monarquía, se hubiesen peleado esta semana y ahora estuviesen haciendo las paces. Como una pelea de familia”.

En una de las escenas finales del largometraje, aparece la figura de Tony Blair aliviado con el cambio de Elizabeth II. Al final del discurso de la reina, transmitido por la televisión, el personaje de Blair dice: “Eso sí que es sobrevivir”. Bajo la óptica del mantenimiento del poder, la reina supo sobrevivir.

¿En qué medida esa historia reciente recrea a Creonte en Elizabeth II y a Maquiavelo en Tony Blair? Es preciso señalar que este ejercicio ficcional que entrelaza los tiempos expone éticas muy distintas. La ética griega era naturalista, aristocrática. Los griegos creían que las personas ocupaban en la sociedad los lugares que les estaban reservados. Por lo tanto, era natural que al rey Creonte se le tuviera miedo. Mientras que, al escapar del odio en 1997, Elizabeth se apoyó en la alternativa de ser una monarca amada. Entre ser temida o ser amada, ella optó por ser amada, o, por lo menos, por rescatar la empatía, el carisma, el amor de su pueblo. En ese aspecto, ella siguió el consejo de Maquiavelo descrito en el capítulo 17 de El Principe (“… es mejor ser amado que temido…”).

Si bien insistía en la importancia de escapar al odio, el florentino, que vivió la ética del siglo XVI, aconsejaba que era mejor ser temido, aunque levemente. Maquiavelo recomienda: “¿Es mejor ser amado que temido o la inversa? La respuesta es que ambas cosas serían deseables, pero como es difícil combinarlas, es mucho más seguro ser temido que amado, si se tiene que desistir de una de las dos”. [4] El filósofo sigue aconsejando: “Los hombres tienen menos problemas en ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer. Pues el amor se mantiene por un vínculo de obligación, que por ser los hombres malos, lo rompen en toda ocasión que les sea útil, mientras que el temor se mantiene por el miedo al castigo que nunca te abandona”. [5]

Tony Blair, ejerciendo el papel de un Maquiavelo de nuestros tiempos, guió el mantenimiento del poder de la reina como un maestro inclinado a la sensibilidad de la razón. En aquel momento, el respeto del luto del pueblo por la muerte de Diana pedía la flexibilización de los protocolos.

Maquiavelo dijo que el monarca no tiene que buscar el amor del súbdito. “Es perfectamente posible ser temido y no ser odiado, al mismo tiempo”, escribió el filósofo en El Príncipe. [6] “Como los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe, debe el príncipe sabio establecer sus fundamentos sobre lo que es suyo y no sobre lo que es de los otros, empeñándose apenas en escapar al odio”. [7] Pero lo que el Maquiavelo de nuestros tiempos recomendaría en ese momento, pues, sería más amor y menos miedo para mantener el poder.

Parte 2: ¿Si hubiese leído El Príncipe, qué hubiera hecho Creonte para no perder el poder?

Dos mil años separan la pieza de Sófocles del libro de Nicolau Maquiavelo. Más que la distancia entre los tiempos, lo que es más difícil de comparar son las diferentes éticas de las civilizaciones. La noción de poder, el significado de la muerte, la religión, el nivel del poder monárquico y, por qué no decirlo, el nivel de tiranía, se diferencian en esa larga línea del tiempo.

¿En el caso de que hubiera estudiado el capítulo 17 de El Príncipe, Creonte hubiera sabido cómo mantener el poder? Allí, Maquiavelo es claro al decir que la respuesta es combinar los dos sentimientos, pero, si es difícil combinarlos, es más seguro ser temido que amado.

Creonte prefería ser temido. No parecía preocupado por producir en su gobierno ciertos actos piadosos que pudieran hacer que lo amaran un poco. Ciertamente su opción de castigar a Polinices, el traidor, garantizaría el ejemplo para evitar nuevos traidores. Tal vez esperara que tal acto le significara la aprobación de los más nacionalistas.

El rey de Tebas, que en la pieza acababa de asumir el trono –y era por lo tanto un príncipe nuevo– subrayaría posiblemente los siguientes temas del autor del siglo 16:

  1. El amor se mantiene por un vínculo de obligación. Se lo puede romper cuando sea útil hacerlo. El temor se mantiene por miedo al castigo, más difícil de romper.
  2. Los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe. Establecer fundamentos sobre lo que es de uno y no sobre lo que es de los otros. Y escapar al odio.
  3. Los hombres tienen menos miedo de ofender a quien aman y más miedo de ofender a quien temen.
  4. Un príncipe, por consiguiente, no deberá preocuparse por la infamia de ser cruel para mantener a sus súbditos unidos y fieles (…) al príncipe nuevo le es imposible escapar a la reputación de ser cruel.

Al ser contrariado, Creonte castigó a la heroína Antígona, su sobrina e hija de Edipo y Yocasta. Por amor al hermano Polinices, muerto y con la prohibición de sepultarlo, Antígona se despojó del miedo, osó desafiar la orden de Creonte y enterró el cuerpo de su hermano.

El castigo de la heroína, con tortura (presa dentro de una caverna) y muerta, agrandó la fama de tirano de Creonte, pero transformó el temor del pueblo en odio al rey y provocó el suicidio de su propio hijo, Hemón –que amaba a Antígona. La tragedia termina con la consiguiente caída del rey.

Hemón, hijo de Creonte, en el rol de Maquiavelo

Otro ejercicio hipotético: ¿Y si Hemón hubiera sido el equivalente de Maquiavelo como consejero de su padre Creonte? Hubiera intentado convencer al padre de que no escaparía al odio intolerable del pueblo de Tebas. De que pondría en juego su poder si seguía insistiendo en la pena de muerte para Antígona, que tenía el apoyo de la población. En ese diálogo entre padre e hijo en la tragedia de Sófocles que reproducimos a continuación, son claras las frases de Hemón en defensa de la moderación entre ser amado y ser temido para escapar al odio de los gobernados, con el objetivo mayor de conservar el poder. Aunque Maquiavelo escoja el miedo como opción más segura para el monarca, subraya la importancia de escapar al odio. En ese punto, Hemón podría ser comparado con el autor y consejero florentino. Los argumentos hasta le confieren un tono republicano y democrático. En el diálogo, las palabras de Creonte van en sentido contrario. El rey de Tebas cree que se conserva el poder a través del miedo y desconoce la habilidad política para prevenir el odio popular al tirano:

Hemón:
“Padre, tuyo soy, y tú me conduces por el recto camino con buenos consejos que seguiré. Ningún casamiento será a mis ojos más digno de mi aprecio que tú si me guías bien.”

Creonte:
“Me llena de felicidad que pienses así. Para eso tenemos y criamos hijos (…). Porque si alimento el desorden entre los de mi sangre, esto constituye una pauta para los extraños. ¿Pues si no logro gobernar mi propia casa, cómo podré conservar mi autoridad en el área más amplia del Estado? (…) Sólo sabe mandar quien aprende desde temprano a obedecer. La peor peste que puede atacar a una ciudad es la anarquía.”

Hemón:
“Padre, la mayor virtud del hombre es el raciocinio. No tengo la capacidad y mucho menos la audacia de dudar de la sensatez de lo que dices. Sin embargo, puedo admitir que haya otra opinión igualmente sensata. Espero que no te ofendas si te cuento que trato, para mi propia información, y para la tuya, de escuchar lo que se dice contra el trono.”

Creonte:
“¿Piensas que debo gobernar con la opinión ajena?”

Hemón:
“No hay ciudad que sea de un solo hombre.”

Creonte:
“¿No se estima que la ciudad es de quien tiene el poder?”

Hemón:
“Si piensas así, serías un buen gobernador pero en el desierto (…) Más que como hijo, digo la verdad. Repito: toda la ciudad aprueba la acción de Antígona, aun los que condenaron a Polinices.

Creonte:
“No basta con destruir al traidor. Es preciso exponerlo a la execración para que se entienda el principio: los que se dejan corromper son abatidos. Si mi mano temblara, estoy perdido. Si mi voz vacilara, caería sobre mí. Y tú (…) pides que escuche la voz del pueblo. Esa voz que balbucea frases sin sentido. Para fertilizar la tierra es precisa la fuerza. No se le pregunta a la tierra si desea la hoja del arado.”

Hemón:
“Una orden generosa produce muchos más frutos. Para los que gobiernan, saber olvidar es sano. (…) La muerte de Antígona no terminará sólo con ella.” [8]

¿Si Creonte hubiese leído las palabras de Maquiavelo, habría actuado de manera diferente y, en consecuencia, preservado su poder en Tebas? ¿Cuál fue el error allí? ¿Creonte no habría considerado la fuerza fraterna del amor de Antígona por su hermano (en el sentido del latin dilectio –querer bien) como un sentimiento genuino y poderoso para fortalecer y capacitar a alguien para enfrentar el miedo? ¿El rey sobrestimó el valor de ser temido y no se dio cuenta de que su abuso de poder llevaría al pueblo al odio? ¿Creonte ignoró la importancia de ser amado por el pueblo o al menos respetado por un cierto sentido de piedad? ¿Ignoró la moderación de sus gestos para mantener al reino unido en su favor y conservar el poder?

O, pensado desde otro ángulo, ¿Creonte se creía tan amado por su pueblo que eso le confería el poder de un padre severo al punto de ejercer su tiranía ilimitadamente?

Para distinguir la opinión de Maquiavelo en las acciones de Creonte, reproducimos los siguientes fragmentos de la obra presentada por el filósofo florentino en 1513 al monarca Lorenzo de Médicis:

  1. “El príncipe debe pensar y actuar con gravedad. No tener miedo de sí mismo y, moderando la prudencia y la humanidad, proceder de modo que la excesiva confianza no lo vuelva incauto ni la desconfianza exagerada lo haga intolerable·” [9]
  2. “Sin embargo, cuando el príncipe está al frente del ejército, conduciendo una multitud de soldados, no tiene ninguna necesidad de preocuparse por la fama de ser cruel porque sin esa fama, jamás se mantiene a un ejército unido y dispuesto a la acción.” [10]
  3. “Pero el príncipe debe hacerse temer, de modo que si no conquista el amor, por lo menos que escape al odio, pues es perfectamente posible ser temido y no ser odiado. [11]

¿Qué opciones tendría el rey Creonte si siguiese los consejos descritos en El príncipe?

Del acto de prohibir el entierro de Polinices

Creonte acababa de tomar el poder, luego de la muerte de los hermanos Eteocles y Polinices. La guerra comenzó cuando Eteocles se opuso a cumplir el acuerdo de alternar el reinado de Tebas con Polinices. Polinices vivía en Argos, casado con la hija de Afratos. Ambos murieron y Creonte, que asumió el poder, enterró a Eteocles con honras de héroe y dejó el cuerpo de Polinice expuesto a los buitres.

Como un rey nuevo, Creonte sería coherente haciéndose temer, según recomienda Maquiavelo. Es posible que el autor de El príncipe hubiera rechazado el acto del tirano de impedir el entierro de uno de los hijos de Edipo, aunque fuese considerado traidor a la patria. Las costumbres griegas, valorizadas por la “voluntad de los dioses”, fueron ignoradas. [12]

Era el momento de unir prudencia y humanidad para no provocar el odio. Recordemos: “Es posible ser temido y no odiado”, escribió Maquiavelo. En su análisis de la tragedia griega, el psicoanalista francés Jacques Lacan observa en su Libro 7 La ética del psicoanálisis: “Goethe muestra que Creonte, empujado por su deseo, se desvía manifiestamente de su camino y busca romper la barrera, apuntando a su enemigo Polinices más allá de los límites permitidos – él quiere precisamente golpearlo con esa segunda muerte que no tiene derecho alguno a infringirle.” [13]

Del acto de castigar la desobediencia de Antígona con la muerte

De acuerdo a la ética de los tiranos griegos, Creonte actuó como sus pares, sin sorpresas. Jamás retrocedería. De haber seguido los consejos de El Príncipe, es posible que Creonte hubiera escuchado a su hijo, Hemón, y se hubiera enterado de que el pueblo aprobaba lo hecho por Antígona, inclusive aquellos que consideraban traidor a Polinices. Mientras que, por el simple hecho de ser un príncipe nuevo, el riesgo de no castigar a Antígona podría haberlo desestabilizado en el poder. Era una circunstancia delicada. Sin embargo, lo más sensato hubiera sido que Creonte escuchara lo que decía su hijo.

En el intento por escapar al odio intolerable, el rey temido podría haber ofrecido clemencia a la sobrina Antígona, alegando que era hermana del traidor y cerrar el caso. ¿Maquiavelo lo habría aconsejado así? Él escribió: “Es perfectamente posible ser temido y no ser odiado al mismo tiempo, esto se conseguirá siempre que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y sus súbditos. De ser necesario proceder contra alguien, deberá hacerlo cuando haya justificación conveniente y causa manifiesta”. [14]

Creonte tardó en percibir sus errores. Le faltó el concepto de prudencia: ser capaz de distinguir cuándo usar la cautela y cuándo la audacia, o una postura más flexible como lo hace el líder que tiene sabiduría. En el papel de Creonte no hay espacio para la flexibilidad. Así como no hubo, en la trayectoria de Hitler, la capacidad de ser maleable.

Es preciso recordar que Creonte vivía en el contexto de la inseguridad. Tebas estaba en guerra, como señala el propio rey en el párrafo siguiente:

Coro: “Ella (Antígona) tenía derecho a tratar como trató a Polinices. Era su hermano”.

Creonte: “El jefe de Estado tenía todo el derecho de tratar al traidor como lo trató”.

Coro: “El derecho de respetar a los muertos es más sagrado”.

Creonte: “La guerra creó un derecho nuevo”. [15]

Frente a su condena irreversible y preparada para ser llevada a la tumba, Antígona recordó a Creonte que además de Polinices los soldados de Tebas muertos en la guerra no habían sido enterrados: “Tú, Creonte, y todos los que te apoyan contra mí verán mi cadáver y el de mi hermano multiplicarse por millares en esta guerra sin fin. (...) Ya me llegó a los oídos que los campos están llenos de cadáveres nuestros, que como Polinices, no reciben ni bendición ni sepultura. Y ahora no es por determinación sino por tu incapacidad”. [16]

En el final de la obra, el rey tirano derrotado, reconoce la mala estrategia:

Creonte:
“No tenemos más comando ni voluntad. No sé para dónde mirar ni dónde buscar apoyo. Llévenme de aquí. Hacia donde pueda morir expuesto a la intemperie, para que mi cuerpo deshonrado calme, finalmente, la ira de los dioses y aplaque la furia del ejército enemigo. Para que Tebas no muera conmigo”.

Coro:
“La vida es corta y un error trae otro error. Desafiado el destino, después todo es destino. Sólo hay felicidad con sabiduría pero la sabiduría se aprende en el infortunio. Al final de la vida, los orgullosos tiemblan y aprenden también la humildad. Ya tarde Creonte se ofrece en holocausto. Tebas muere con él. El enemigo avanza”. [17]

El amor en los tiempos de Antígona

Identifiquemos el amor en Antígona, la obra de Sófocles, en algunos momentos: el amor de la heroína por su hermano muerto y sin permiso para ser sepultado; el amor motivando su coraje para enfrentar la tiranía del rey Creonte; el amor de Antígona se manifiesta incluso en el respeto por las costumbres de un pueblo regido por la creencia de que sus muertos deben ser enterrados; existe amor en la creencia en los dioses; hay amor en los argumentos del príncipe Hemón para disuadir al padre tirano en su decisión de condenar a Antígona a la muerte; hay amor (por la novia), oculto en su discurso político-estratégico de que aquella decisión del padre (condenarla a muerte) era un error, toda vez que se volvería contra él, el rey.

Más allá de su intento por salvar a la mujer amada, los argumentos de Hemón también manifestaban afecto por el padre. Creonte no advertía su error estratégico. El gobernante era incapaz de notar que las costumbres y el sentido moral de su pueblo eran más fuertes que sus demostraciones de poder por medio del miedo; finalmente, identifiquemos el amor propio de Antígona, en el modo en que la heroína fue hasta el fin en la defensa de sus principios. Pero no había amor en Creonte. El deseo de ser amado como monarca no parecía una preocupación para el rey de Tebas.

El miedo en los tiempos de Antígona

A excepción de la heroína Antígona y del príncipe Hemón, el miedo es una constante en la obra: el miedo de Ismene, hermana de Antígona, a comprometerse. El miedo del soldado que avisa a Creonte que alguien le desobedeció. “El más asustado es el que siembra el miedo. La violencia es madre de la violencia”, [18] dice Antígona a Creonte, tal vez el más temeroso de todos los personajes. El miedo de Creonte es el miedo del nuevo gobernante de no ser respetado por los súbditos. La estrategia de atacar antes de ser atacado es la estrategia del cobarde.

El amor y el miedo en tiempos de Maquiavelo

En el capítulo 17 de El príncipe, Maquiavelo argumenta que los hombres tienen menos miedo de ofender a aquellos que aman que a aquellos a los que temen. El amor sería mantenido por el vínculo de la obligación, de la gratitud, que puede romperse según los intereses en juego.

O sea, el amor puede ser abandonado. El temor se perpetúa por miedo al castigo, que nunca abandona a los seres humanos. Entre la ética de los principios y la ética de los resultados, Maquiavelo se queda con la segunda, que es la de los hombres públicos y los políticos.

El amor que reprime versus el miedo que emancipa

La defensa del temor en las relaciones entre el nuevo monarca y sus súbditos tendría su inspiración republicana en Maquiavelo. La idea de que el gobernante debería ser amado era común entre los siglos 15 y 16. Se apoyaba en la noción de que los súbditos son eternos inmaduros y que es el rey quien detenta el saber, incluso a la hora de castigar. El castigo, en principio, sería siempre para el bien. La pasividad de los súbditos, basada en el amor filial al rey, perpetuaría la infantilización de la sociedad. Maquiavelo sostiene que el monarca no debe desear el amor del súbdito. Ahí se nutre una raíz democrática. El temor leve puede significar emancipación porque libera al pueblo de la infantilización y de la obligación de amar. Ese razonamiento libera al monarca de su sentido de reinar por amor filial. Este tipo de amor es represivo [19] y tiende al autoritarismo.

Sobre el amor, en el sentido del latin dilectio

En este trabajo, limitamos las definiciones de amor al latin dilectio: el amor como componente no carnal. Es querer el bien de la persona amada, sin sentido sexual. Diferente del latin amor, según el diccionario Aurélio: “Sentimiento que predispone a alguien a desear el bien de otro; sentimiento de dedicación absoluta de un ser al otro, o a una cosa. 3. Inclinación dictada por lazos de familia. 4. Inclinación sexual fuerte por otra persona. 5. Afección, amistad, simpatía. 6. Objeto de amor.”

A pesar de que se dedique a pormenorizar los sentimientos que componen el amor-pasión, el libro Del amor, de Stendhal, publicado en 1822 [20], propone un camino interesante para la cristalización del sentimiento más deseado por la humanidad. Camino compuesto de admiración, confianza y esperanza. Si intentásemos analizar la formación del amor con el sentido dilectio, posiblemente encontraríamos en su génesis esos mismos componentes. En la relación con los gobernantes, los gobernados crean vínculos muchas veces intransferibles de admiración, confianza y esperanza. Es también sobre esa base que el gobernante espera ser legitimado.

Comentarios de Lacan sobre Antígona

En El Seminario, obra escrita en 1960, Jacques Lacan dedica a Antígona tres capítulos de su Libro 7: La ética del psicoanálisis, (“El brillo de Antígona, capítulo 19”; “Las Articulaciones de la Obra”, capítulo 20; y “Antígona en el Entre-dos-muertes”, capítulo 21). Lo interesante en el análisis del psicoanalista y teórico francés es que contextualiza la condición de Antígona que sigue valientemente manteniendo sus principios, sin miedo de ir a la muerte. Antígona sabía que el riesgo de morir era mucho mayor que el de ser perdonada. Pero no tuvo miedo. Para Lacan, la heredera de la maldición de Edipo y Yocasta no soportaba vivir más. “Su vida no vale la pena de ser vivida. Ella vive en la memoria del drama intolerable a partir del cual surgió su linaje que acaba de extinguirse con sus dos hermanos.”

Antígona vive en el hogar de Creonte, sometida a su ley, cosa que no puede soportar. [21] Frente a eso, ella estaba dispuesta a cumplir con la suya más allá del límite que la vida humana puede imponer. Quiere romper los límites.

En el análisis del comportamiento de Creonte, Lacan menciona el diálogo entre el monarca y Hemón, reproducido más arriba, al comienzo de la parte 2 de este trabajo:

1. “Llega Hemón, hijo de Creonte y novio de Antígona, que se pone a dialogar con el padre. La única confrontación del padre con el hijo hace aparecer la dimensión que comencé a adelantarles respecto de las relaciones del hombre con su bien – una flexión, una oscilación. Ese punto es extremadamente importante para fijar la estatura de Creonte. Veremos enseguida lo que él es, o sea, lo que siempre son los torturadores y los tiranos – al final de cuentas, personajes humanos. Sólo los mártires no tienen ni piedad ni temor. Créanme, el día del triunfo de los mártires habrá un incendio universal. La obra está hecha justamente para demostrarnos eso”. [22]

2. “Creonte no perdió la compostura, lejos de eso, deja a su hijo emitir las peores amenazas. ¿Quién interviene en ese momento, nuevamente? El Coro, y ¿para decir qué? ‘Eros anikate Makham’, Eros invencible en el combate. (...) eso estalla en el momento en que Creonte decreta el suplicio que le destina a Antígona: entrar viva en una tumba”. [23]

3. “Luego de jurar que jamás cedería en ninguna de sus decisiones como gobernante, Creonte, ante el reclamo del anciano Tiresias, comienza a tener miedo. Pregunta entonces al coro: ¿‘Es necesario que yo ceda?’”. [24]

De regreso a la reina Elizabeth II

Volver atrás fue crucial para que la reina Elizabeth II recuperara el prestigio ante los ingleses en 1997, después de la muerte de Diana. Pero, por suerte, retrocedió a tiempo. ¿Creonte tardó demasiado en dar marcha atrás? A cierta altura, dar marcha atrás ya no es posible. Hacer ese movimiento a último momento significó el mayor error de Creonte, en la visión del psicoanalista Jacques Lacan. Dice Lacan:

Aparece Tiresias, el ciego. Lo que él formula no es apenas el anuncio del futuro, pues la misma revelación de su profecía desempeña un papel en el advenimiento del futuro. El anciano retiene lo que debe decir en su diálogo con Creonte hasta que éste, en su pensamiento formado por el personaje para quien todo es cuestión de política, esto es, de lucro, comete la imprudencia de decirle varias cosas injuriosas para que el otro revele finalmente su profecía. El valor dado a las palabras del iluminado es, como en toda dimensión tradicional, suficientemente decisivo para que Creonte ceda y se resigne a volver atrás en sus órdenes, lo que será una catástrofe. [25]

Parte 3: Para terminar, una fábula del futuro reino de William y Kate en los tiempos de la razón sensible...

El casamiento del príncipe William con la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, cumplió el rol de cristalizar los nuevos tiempos de armonía y estabilidad de la monarquía británica con su pueblo. La celebración del amor verdadero entre el heredero de Diana y una mujer del pueblo era el triunfo que el reinado de Elizabeth II guardaba para conmemorar en paz sus 60 años de reinado. La ceremonia que detuvo al mundo cerró también 20 años de crisis de la monarquía inglesa asolada por escándalos. Los 60 años de la soberana como jefa de Estado fueron conmemorados formalmente el día 5 de junio de 2012, con un servicio religioso y un desfile de carruajes. Un gran concierto frente al palacio de Buckingham formó parte de los eventos programados para conmemorar el jubileo de diamante del reinado de Elizabeth II. Coronada el 2 de junio de 1952, Elizabeth II va hacia la superación del récord de su tatarabuela, la Reina Victoria, quien reinó durante 63 años y siete meses.

Si los pronósticos se convierten en realidad, el príncipe Charles deberá renunciar al trono en la línea sucesoria, y la reina pasará el cetro a su nieto William. Por lo menos eso es lo que desea el pueblo británico. William y Kate tendrán el desafío de perpetuar la nueva fase de la monarquía británica en el siglo XXI. Autor del libro Elogio de la razón sensible, el sociólogo Michel Maffesoli, profesor de la Universidad de la Sorbonne, sugiere que el mundo contemporáneo sea interpretado en base a una “razón sensible”. [26]

A lo largo de la historia de la humanidad, la sensibilidad fue separada de la razón, que vivió siglos soberanamente aséptica. En el siglo XXI, la lógica con subjetividad convendrá más a los líderes que la lógica explicada con frialdad y números. En los tiempos de la razón sensible, un líder ordena operaciones militares, pero baja del avión presidencial teniendo la mano de su hija, como practica Barack Obama, por ejemplo.

William y Kate serán monarcas nuevos, pero herederos de un reino establecido. Actualmente el mantenimiento de la monarquía británica como sistema de gobierno depende poco del concepto de “temor leve” que un monarca debe despertar, como lo defendió Nicolau Maquiavelo en El príncipe. Lo que sostiene a la monarquía inglesa en la actualidad y lo hará en el futuro es el carisma y la empatía de los monarcas frente a la sociedad. Imaginemos que el amor colectivo del pueblo británico por la figura de la princesa Diana ya se transfirió naturalmente para su hijo William, que un día será el rey. Los escándalos de 20 años atrás dieron lugar a un perfil jovial y moderno de una pareja que se unió por amor y no por conveniencia como lo fue por ejemplo el casamiento igualmente mediático de Charles y Diana. [27]

Poco se sabe, más allá de su luminosa sonrisa, sobre la preparación del príncipe William para reinar, defender los intereses del trono británico, o aconsejar al Parlamento cuando eventualmente la Casa estuviera en crisis. El príncipe amado, sin embargo, tiene muchas posibilidades de convertirse en un rey amado. En la esfera de la monarquía parlamentaria, es menor el riesgo de que el sentimiento de amor (dilectio) de los súbditos hacia el monarca se torne represivo o poco emancipatorio. Tomados al pie de la letra, los consejos “maquiavélicos” de Tony Blair a la reina Elizabeth II en 1997 iban dirigidos a reconquistar el amor y el respeto del pueblo.

El papel del monarca en el Reino Unido es constitucional y limitado a funciones no partidarias, como el otorgamiento de honores. Pero la autoridad ejecutiva máxima del gobierno del Reino Unido es sin embargo, una prerrogativa del monarca. Eso incluye la disolución del Parlamento, la elaboración de normas para el gobierno y la reglamentación del funcionamiento público y de las fuerzas armadas. Pero todo se hace de acuerdo con las políticas establecidas y por las leyes aprobadas en el Parlamento. La reina Elizabeth II posee residencias reales oficiales y privadas con activos por un valor superior a los 7 billones de libras esterlinas. La monarquía británica es uno de los mayores propietarios del mundo.

Siguiendo con el ejercicio ficcional propuesto, si Nicolau Maquiavelo pudiese regalarle al príncipe William su libro más famoso y controvertido en el día en que él asuma el trono inglés, el consejo del filósofo florentino defendido en el capítulo 17 de El príncipe merecería una revisión radical. Entre ser amado y temido en los tiempos de la razón sensible, que el príncipe prefiera ser amado. Así como Maquiavelo, en su época, aconsejaba al gobernante la preferencia por el temor leve en la relación con sus gobernados, califiquemos de “amor leve” al vínculo ideal para el príncipe del siglo XXI con una sociedad que ha dejado de ser súbdita. El “amor leve” sería el amor que no es ciego, que no aprisiona ni reprime. Y tal vez así diría nuestro Maquiavelo moderno: que la razón sensible establezca, con esos lazos afectivos, un vínculo de confianza y diálogo de los príncipes del futuro con las sociedades emancipadas. [28]

Traducción al español: Susana Martha Gurovich

Referencias

Ferreira, Aurélio Buarque de Holanda. Dicionário Aurélio da Língua Portuguesa. Curitiba: Positivo, 5ª edição, 2012.

Gryzinski, Vilma. “Nos braços do povo”, in Veja. São Paulo: Abril, ed. nº.1512, 10/09/1997, pp.34-35.

Janine Ribeiro, Renato. “A realeza mais perto do real”, in Valor Econômico, 29/04/2011.

Lacan, Jacques. O Seminário, livro 7: A ética da psicanálise. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 1988.

Maffesoli, Michel. Elogio da razão sensível. Petrópolis: Vozes, 1998.

Maquiavel, Nicolau. O príncipe. São Paulo: WMF Martins Fontes, 4ª edição, 2010.

Sófocles. Antígona. São Paulo: Paz e Terra, 7ª edição, 2007.

Stendhal. Do amor. São Paulo: Martins Fontes, 1999.

Referencias online

Gryzinski, Vilma. “Nos braços do povo”. Disponível em http://veja.abril.com.br/acervodigital/. Consulta em 22/06/2015.

Janine Ribeiro, Renato. “A realeza mais perto do real”. Disponível em: http://www.valor.com.br/arquivo/884867/realeza-mais-perto-do-real. Consulta em 22/06/2015.

Film

Frears, Stephen. La reina. Granada y Pathê Productions. DVD, 1h39m, color. Título original: The Queen, 2006.


[1Vilma Gryzinski, “Nos braços do povo”. Revista Veja, São Paulo: Abril, ed. nº 1512, 10 set.1997, pp. 34-35.

[2Nicolau Maquiavelo, El príncipe, San Pablo: WMF Martins Fontes, 4ª edición, 2010, pp. 196-197. “Según Skinner, hay en Maquiavelo una negación del sentido de virtú en la tradición humanista, en la cual ésta es una cualidad que capacita al príncipe para realizar sus fines más nobles y la posesión de la virtú se identifica con la posesión del conjunto de las principales virtudes. Maquiavelo habría creado un concepto original: virtú sería todo el conjunto de cualidades, sean las que fueran, cuya adquisición el príncipe considera necesaria para ’mantener su estado’ y realizar ’grandes hechos’. “

[3Ibidem, pp. 187-188. “La fortuna puede ser entendida, en primer lugar, como el flujo de los acontecimientos, entendido como lo que perturba las acciones e impide el cálculo. Es recurrente en Maquiavelo la utilización de fortuna como contrapunto a las acciones políticas, personificando las alteraciones en el rumbo de los acontecimientos. La fortuna es una fuerza destructora de las construcciones humanas. Para Maquiavelo, es posible oponerse a esa destrucción causada por las alteraciones de las circunstancias por medio de la acción preventiva, que le pone barreras: la acción de la virtú. Eso lleva a que la fortuna sólo puede ser comprendida en conjunto con la virtú. La fortuna se manifiesta por la ausencia de virtú.“

[4Ibidem, p. 82

[5Idem

[6Ibidem, p. 83.

[7Ibidem, p. 84.

[8Sófocles, Antígona. San Pablo: Paz e Terra, 7ª edición, 2007, pp. 36-42.

[9Maquiavelo, op. cit., p. 82.

[10Ibidem, p. 83.

[11Idem.

[12Jacques Lacan, El Seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis – La esencia de la tragedia: un comentario de Antígona de Sófocles. Río de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 2008, p. 329. “El hecho de que fue el hombre el que inventó la sepultura es discretamente evocado. No se trata de acabar con quien fue un hombre como se hace con un perro. No se puede acabar con sus restos, olvidando que el registro de aquel que tuvo un nombre debe ser preservado por el acto de los funerales (…). A través de él (Polinices) entregado a los perros y a las aves y terminando su existencia en la impureza, sus miembros dispersos ofendiendo a la tierra y al cielo, se ve bien que Antígona representa por su posición ese límite radical que, más allá de los contenidos, de todo lo que Polinices pudo hace de bien o de mal, de todo lo que se le infligió, mantiene el valor del ser.”

[13Ibidem, p. 302.

[14Nicolau Maquiavel, op. cit., p. 83

[15Sófocles, op. cit., p. 58.

[16Ibidem, pp. 49-50.

[17Ibidem, p. 67.

[18Ibidem, p. 29.

[19Concepto trabajado en clase dictada por Renato Janine Ribeiro durante el curso de Ética en la prensa, en la Post graduación en Periodismo con énfasis en la Dirección Editorial, ESPM, 2011.

[20Stendhal, Do amor. São Paulo: Martins Fontes, 1999, p. 6.

[21Jacques Lacan, op. cit., p. 311.

[22Ibidem, p. 316.

[23Idem

[24Ibidem, p. 314.

[25Ibidem, p. 317

[26Michel Maffesoli, Elogio de la razón sensible. Petrópolis: Voces, 1998, p. 28. “Ese equilibrio [entre el intelecto y el afecto ] se encuentra y es vivido como tal, en el sentido común, que fue tan estigmatizado durante toda la modernidad; está igualmente presente en el pensamiento orgánico de las sociedades tradicionales; finalmente, es un elemento inevitable en la sociedad postmoderna. En particular en las jóvenes generaciones que empíricamente viven una innegable sinergia entre la razón y los sentidos. Por consiguiente, aquel que desea dar cuenta de la sensibilidad social que emerge en nuestros días estaría bien inspirado si integra esa globalidad en su análisis.”

[27Renato Janine Ribeiro, “La realeza más cerca de lo real”, in Valor Económico, 29/04/2011. Disponible en http://www.valor.com.br/arquivo/884867/realeza-mais-perto-do-real. Consulta en 22/06/2015. “La esperanza está en la nueva generación. Es verdad que el príncipe Charles, impopular después que su esposa Diana dijese que el matrimonio de ellos estaba a bit crowded (que había mucha gente en la relación, en alusión al amor de él por Camila Parker-Bowles), recuperó el respeto en los últimos años. Pero sobre todo, se espera mucho del príncipe William. Es el hijo de Diana, que fue una madre amorosa y que parece haberlo formado con una educación más moderna. Antes de casarse, William vivía con su novia hacía años, de modo que desapareció la mística de la virginidad de la novia. Parece que la idea de una familia real moralista y casta –que su padre y tíos no pudieron sostener, porque estaba fuera de lugar en nuestro mundo– está dando lugar a una pareja que se conoce y se ama. Y él puede ser el próximo rey. Elizabeth II, si fuera longeva como la madre, podría sobrevivir al hijo o Charles podría heredar el trono, pero por pocos años. El casamiento que se celebra ahora puede ser tan mediático como el de Charles y Diana, pero se hace sobre bases más sólidas, para los novios y para la monarquía.”

[28Una versión preliminar de este artículo fue publicado en "A Imprensa entre Antígona e Maquiavel", compilado por Renato Janine Ribeiro, ESPM, São Paulo, 2007. Gisele Vitória es periodista con 29 años de experiencia. Trabajó en O Globo, Jornal do Brasil, Rádio Globo y, durante más de 15 años fue directora de la Editora Três (revistas Planeta, IstoÉ Platinum y Menu), y directora de redacción de la revista IstoÉ Gente. Actualmente trabaja como consultora de comunicación en la agencia GBR Comunicação y colabora con distintos medios y con artículos especializados para IPLA (Instituto de Psicoanálisis Lacaniano). (Nota del Editor)


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