Actualizado en  junio de 2017   

Resumen

El reconocido sociólogo polaco Zygmunt Bauman destaca un valor central en las investigaciones de Stanley Milgram: la demostración de que los actos crueles no los cometen individuos crueles, sino sujetos comunes que intentan alcanzar el éxito en sus tareas normales. La crueldad tiene escasa relación con las características psicológicas de quienes la llevan a cabo, y sí tiene una fuerte vinculación con la relación de autoridad y subordinación, vale decir, con nuestra normal y cotidiana estructura de poder y obediencia. Este artículo discute las coordenadas que explican tal sumisión a la autoridad: 1) la distancia social; 2) la paradoja de la acción secuencial; 3) la moralización de la tecnología; 4) la responsabilidad flotante; 5) la concentración del poder.

Abstract English version

[pp. 41-47]

Las coordenadas de la obediencia. Milgram a través de la lectura de Zygmunt Bauman

Eduardo Laso

“Estoy convencido de que gran parte de las críticas, lo sepa la gente o no, se deben a los resultados del experimento. Si todos se hubieran retirado tras la descarga breve o la moderada (esto es, antes de que las órdenes empezaran a significar provocar dolor y sufrimiento a las supuestas víctimas), el descubrimiento habría sido muy tranquilizador y, ¿quién habría protestado?”

Stanley Milgram

Zygmunt Bauman (1925) es un reconocido sociólogo polaco. Su obra se interesa centralmente en la modernidad, sus fundamentos y las consecuencias de su lógica para la vida social. En Modernidad y Holocausto sostiene que la Shoa fue la consecuencia del valor dado por la modernidad a la ingeniería social llevada a gran escala. El Holocausto prueba que el mal es el resultado de la imposición de un orden impecable.

En la obra colectiva La personalidad autoritaria, Theodor Adorno sostiene que la Shoa fue producto de una acumulación poco corriente de personalidades con tendencia a obedecer al más fuerte y a ejercer una arbitrariedad sin escrúpulos hacia el más débil. Bauman critica a Adorno, cuya tesis en el fondo se reduce a sostener que el nazismo fue cruel porque los nazis eran crueles; y eran crueles porque las personas crueles tenderían a ser nazis. Tal planteo elimina el hecho de que muchas personas pueden volverse crueles si tienen la oportunidad.

Uno de los valores que Bauman destaca de las investigaciones de Stanley Milgram es que cuestiona el planteo de Adorno: los actos crueles no los cometen individuos crueles, sino sujetos comunes que intentan alcanzar el éxito en sus tareas normales. La crueldad tiene escasa relación con las características psicológicas de los que la llevan a cabo, y sí tiene una fuerte vinculación con la relación de autoridad y subordinación, vale decir, con nuestra normal y cotidiana estructura de poder y obediencia. La inhumanidad es, en gran medida, un producto social: en la medida en que las relaciones sociales estén racionalizadas y técnicamente perfeccionadas, también lo estará la capacidad y eficiencia de la producción de inhumanidad.

Factores vinculantes de la obediencia

El experimento Milgram permite despejar una serie de cinco factores vinculantes que facilitan la obediencia de un sujeto común a órdenes aberrantes:

1) La distancia social
2) La paradoja de la acción secuencial
3) La moralización de la tecnología
4) La responsabilidad flotante
5) La concentración del poder

1) La distancia social

El experimento Milgram pone al sujeto lejos del partenaire a quien va a enviarle descargas eléctricas y, fundamentalmente, fuera de su vista. En esta situación, sólo escucha sus respuestas –y gritos– desde una habitación aislada. La separación de la víctima le ahorra al sujeto el presenciar el resultado de sus actos y por ende su responsabilidad por el dolor. Tomando una referencia central del pensamiento de Emmanuel Lévinas: se le ahorra al perpetrador tener que ver el rostro de la víctima.

El experimento confirma de esta manera la relación inversamente proporcional que existe entre la disposición a la crueldad y la proximidad al semejante: a más proximidad al otro menos disposición a la crueldad, y a menos proximidad, más facilitación para la comisión de actos crueles. “Cualquier fuerza o acontecimiento que se sitúe entre el sujeto y las consecuencias de hacer daño a la víctima produce una reducción de esfuerzo en el participante y, por lo tanto, reduce el nivel de desobediencia. En la sociedad moderna, hay a menudo otras personas situadas entre nosotros y el acto destructor final al que contribuimos”. (Milgram, 1974).

Ahora bien, Bauman nos recuerda que la sociedad moderna funciona desde una eficiencia racional que divide la acción en fases separadas por la jerarquía de la autoridad y fragmentada mediante la especialización funcional. Tal división hace más fácil la realización de comportamientos inhumanos: cuanto más racional sea la organización de la acción, más fácil será causar sufrimientos y quedar en paz con uno mismo.

Pero el experimento Milgram hace algo más: une al sujeto con el experimentador, y los separa de la víctima, convertida en objeto. Hay aquí una complementariedad entre la soledad de la víctima y la unión de los verdugos. La soledad de la víctima es tanto física como social, ya que es función de la unión de los verdugos y su exclusión de esa unión. “Situar a la víctima en otra habitación no sólo la aleja del sujeto sino que acerca al sujeto y al experimentador. Existe una incipiente función de grupo entre el experimentador y el sujeto, de la que se excluye a la víctima. En su condición remota, la víctima es realmente un extraño que está, física y psicológicamente, solo”. (Milgram, ob. cit.) O sea: tenemos aquí la estructura mínima de masa: un sujeto que ubica a un líder en el lugar de Ideal –líder con el cual se identifica–, y un tercero excluido sobre el que se ejerce acciones en tanto objeto segregado de esa unión.

La cooperación entre sujeto y experimentador facilita la sensación de grupo, de pertenencia a una empresa común, con las obligaciones mutuas y la solidaridad que esto conlleva: la idea de esfuerzo compartido, de tarea común en pos de un fin. Se configura así una acción lesiva de naturaleza colectiva.

2) La paradoja de la acción secuencial

La acción secuencial resulta ser un factor importante para obtener un efecto de obediencia a una orden aberrante El sujeto en el experimento debe realizar acciones en las que sucesivamente va aplicando descargas eléctricas cada vez mayores, a partir de 15 voltios. Tal secuencia repetitiva produce en el propio sujeto un efecto acumulativo de las acciones pasadas sobre la decisión de seguir o no. “Si el sujeto decide que no es aceptable aplica la siguiente descarga, entonces como ésta es (en todos los casos) sólo ligeramente más intensa que la anterior, ¿cuál es su justificación por haber aplicado la última? Negar la corrección del paso que está a punto de dar implica que el paso anterior tampoco era correcto y esto debilita la posición moral del sujeto. El sujeto se va quedando atrapado en su creciente compromiso con el experimento.”  [1]

El paso suave de una etapa a la otra hace que el sujeto quede atrapado en la imposibilidad de abandonar sin revisar y rechazar la evaluación de los propios actos como correctos o inocentes. La acción secuencial introduce así una paradoja que facilita la resistencia a volver a evaluar y condenar la propia conducta anterior y estimula seguir avanzando, mucho después de que el compromiso original con “los fines” del experimento haya desaparecido.

3) La moralización de la tecnología

Bauman señala que es propio del sistema burocrático de autoridad de nuestra sociedad actual moralizar la tecnología y al mismo tiempo negar valor moral de aquellas cuestiones no técnicas. La preocupación moral se centra así en la tarea en sí misma y en su perfeccionamiento (rapidez, eficiencia, etc.), dejando de lado la reflexión sobre la situación de los objetos a los que se dirige la acción. El lenguaje de la moralidad destaca las categorías de lealtad, deber y disciplina, dejando de lado las cuestiones éticas ajenas a las preocupaciones de la autoridad de turno. Como consecuencia de esto, la persona subordinada siente orgullo o vergüenza, según lo bien que haya desempeñado las acciones exigidas por la autoridad. Se pasa así de una evaluación de la bondad o maldad de los actos, a una valoración de lo bien o mal que uno funciona dentro del sistema de autoridad.

El experimento Milgram se apoya en este desplazamiento, al conformar una conciencia moral sustitutiva –basada en argumentos técnicos sobre “los intereses de la experimentación” y “las necesidades del experimento”– que mantiene a raya la conciencia moral del sujeto, allí donde empieza a vacilar de seguir o no con el mismo. El experimento prueba además la dependencia entre la efectividad de la sustitución de la moralidad subjetiva por la moralidad tecnológica, y la lejanía del sujeto de los efectos finales de sus acciones. Resulta fácil cerrar los ojos ante la responsabilidad cuando se es sólo un eslabón intermedio en una cadena y se encuentra alejado de las consecuencias finales de la acción: al sujeto le parecerá que su intervención es exclusivamente técnica.

4) La responsabilidad flotante

En el experimento resulta clave el consentimiento dado por el sujeto al experimentador. En virtud del consentimiento dado por el sujeto al derecho del superior a mandar, traslada el lugar de la responsabilidad al Otro, y se sitúa en un estado de agente, vale decir, alguien que pone en práctica los deseos de otra persona. “Estos estudios confirman un hecho esencial: el factor decisivo es la respuesta a la autoridad y no la respuesta a la orden concreta de administrar una descarga eléctrica. Las órdenes que no proceden de la autoridad pierden toda su fuerza… Lo que cuentan no es lo que hagan los sujetos sino por quién lo hacen” [2].

Bauman amplía este efecto cuando ocurre no ya en una situación reducida como el experimento Milgram, sino en el seno de organizaciones institucionales. Cuando todos los miembros de una organización delegan su responsabilidad en una autoridad, el efecto global del traslado de responsabilidad configura una “responsabilidad flotante” en la que todos están convencidos de estar sometidos a la voluntad de Otro. Tal responsabilidad flotante no es meramente la excusa dada a posteriori para los actos crueles, sino la condición primera de los mismos cuando tienen lugar con la participación de sujetos normalmente incapaces de romper las reglas morales convencionales. En este caso todos los sujetos están convencidos de que la responsabilidad reside en una “autoridad competente superior”.

Cabe agregar que, por lo mismo, no puede tal “responsabilidad flotante” ser el justificativo de la obediencia a órdenes crueles, cuando son juzgadas. Antes bien, constituye un agravante, en tanto ya de antemano la organización en su conjunto –es decir, cada uno de sus miembros– se ha configurado de modo de borrar toda responsabilidad.

5) La concentración del poder

La situación artificial planteada por el experimento Milgram difiere de la vida real en dos factores:

a) el vínculo de los sujetos con la “organización” es fugaz y ad hoc.

b) el sujeto trata con un único superior que actúa con coherencia, firmeza y seguridad en cuanto a los objetivos de la acción.

Respecto del punto a), en la vida real el sujeto tiene vínculos más permanentes con las organizaciones en las que desarrolla sus actividades. Pero entonces se estima que en esa situación, el impacto de la autoridad sería mucho más profundo que en el experimento, debido a la solidaridad y sentimiento de obligación mutua propios de los grupos humanos que trabajan juntos mucho tiempo, la difusa reciprocidad que se suele desarrollar entre miembros de grupo, y la rutina, que vuelve habitual –y “normal”– una secuencia de comportamiento.

Respecto del segundo punto, Milgram se interesó por saber qué sucedería con la obediencia en el caso de que hubiera más de una fuente de autoridad. Para ello introdujo una variante a su experimento: poner a dos experimentadores que en determinado momento discrepen. Los resultados de esta variación fueron sorprendentes. De los 20 sujetos de este experimento adicional, uno abandonó antes de que los dos experimentadores escenificaran su desacuerdo, dieciocho se negaron a cooperar ante la primera señal de desacuerdo, y el último decidió no participar en la etapa siguiente.

De donde se concluye que la disposición a actuar en contra del propio parecer y desoyendo la voz de la conciencia no sólo está en función de una orden autoritaria, sino que es, sobre todo, el resultado del contacto con una fuente de autoridad inequívoca, monopolista y firme. Milgram descubre que la respuesta de obediencia más pura sólo se obtiene cuando se da una autoridad única que opera en un campo libre, sin otras presiones compensatorias que las protestas de las víctimas. Ahora bien, en la vida real se suelen combinar una gran cantidad de presiones compensatorias que se anulan unas a otras. De ahí que no se observe tan comúnmente el fenómeno de obediencia a órdenes contrarias a la ética.

Esto explica de paso el fenómeno del nazismo, que se deriva de un sistema de poder basado en una autoridad jerárquica rígida con un líder único al que se le rinde culto a su imagen, y en donde se consagra un discurso único y oficial. Las dictaduras, los estados totalitarios, las sectas, y las instituciones dogmáticas y fundamentalistas religiosas o políticas son en este sentido un buen ejemplo de organizaciones que fomentan el culto a la obediencia. De ahí que para Milgram el pluralismo dentro de la sociedad resulte ser la mejor medicina preventiva para evitar que personas moralmente normales participen en acciones anormales.

Referencias

Bauman, Z. (1997) Modernidad y holocausto. Ediciones Sequitur, Madrid, 2006.

Milgram, S. (1974). Obedience to authority: An experimental view. New York: Harper & Row.


[1John Sabini y Maury Silver, “Destroying the innocent with a clear conscience: a sociopsychology of the Holocaust” en Survivors, victims and perpetrators: essays on the nazi holocaust, ed. Joel E. Dinsdale, Hemisphere Publishing Corporation, Washington, 1980, p. 342, citado por Z. Bauman en Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid, 2006, pag.188.

[2Stanley Milgram: Obedience to authority: An experimental view. New York: Harper & Row, p. 104, citado por Z. Bauman ob. cit., p. 192.


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