Actualizado en  junio de 2017   

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Los comités de ética y las preguntas imposibles

Francois Ansermet

«El Comité consultatif national d’éthique, depositario de preguntas imposibles»

Es el único extranjero designado miembro del Comité consultatif national d’éthique de Francia (CCNE). François Ansermet, profesor de la Université de Genève, psiquiatra, psicoanalista, jefe del servicio de psiquiatría de niños y adolescentes del HUG (Hôpitaux Universitaires de Genève), aborda el tema de su nueva función y evoca los desafíos éticos que sacuden a nuestra sociedad.

Usted fue elegido para ser miembro del Comité consultatif national d’éthique français. Cuéntenos cómo sucedió esto.

Desde hace varios años dirijo una línea de investigación en temas de reproducción médicamente asistida (RMA). El hecho de haber disertado en 2013 sobre los aspectos sociales de las RMA ha seguramente contribuido a dar a conocer mi punto de vista. Anteriormente, fui designado profesor invitado en Paris VII, en el Centre Georges Canguilhem y en el Centre d’études du vivant, donde di una serie de conferencias y de seminarios a los cuales asistieron algunos miembros del Comité national d’éthique. Tuve la oportunidad de hablar con ellos sobre temas de biotecnologías de la reproducción, de la elección del sexo en los intersexuales y los transexuales, y de las consecuencias de los avances de la predicción ante las nuevas posibilidades de secuenciación del genoma humano.

¿En qué consiste su trabajo?

Participo en sesiones plenarias dedicadas a debatir las opiniones que el comité debe brindar al legislador. El objetivo es, en primer lugar, desplegar el abanico de la complejidad que está en juego. Se trata de abrir una problemática en lugar de cerrarla con respuestas.

¿Cuál es la utilidad de una instancia como ésta, hoy en día?

En sus orígenes, la ciencia permitía avanzar en el conocimiento y utilizarlo para la creación de nuevas tecnologías. Hoy es capaz de intervenir en la realidad, sin saber siempre qué va a resultar de ello y, por otra parte, sin medir las consecuencias subjetivas de lo que produce. Con las biotecnologías, se crea un mundo inventado, que no conocemos. Son una suerte de observatorio de la perplejidad, un observatorio de las angustias contemporáneas generadas por la ciencia. Las tecnologías biomédicas nos sumergen, efectivamente, en una serie de preguntas vertiginosas sobre el origen, la diferencia de los sexos, el devenir y la muerte: obligan a reconsiderar todo a partir de un nuevo punto de vista surgido de las posibilidades que abren. Es así como los comités de ética se transforman en los depositarios de las preguntas imposibles generadas por los avances de la ciencia y las tecnologías.

Por ejemplo, las reproducciones médicamente asistidas permiten aislar la procreación, separarla de la sexualidad y de la gestación, separar el origen [biológico] de la filiación. Pero también permiten unir reproducción y predicción. Podemos imaginar que a medida que la reproducción tenga más infraestructura médica, las perspectivas predictivas serán más necesarias. Esto también puede suceder con las indicaciones sociales de la reproducción, como la reproducción en las parejas homosexuales, que implican un procedimiento médico en el cual podría agregarse un procedimiento de predicción: ¡podríamos terminar por considerar marginales a los heterosexuales que se encuentren y procreen según sus deseos, escapando a toda evaluación médica y predictiva!

¿Cuáles son los temas éticos que se debaten actualmente?

Existen varias temáticas sobre las cuales debemos dar una opinión global. Entre ellas, la utilización de las técnicas biomédicas en vista del neuro-mejoramiento, el hecho del «mejoramiento humano». Asimismo, debemos dar una opinión al Consejo de estado sobre el final de la vida, a partir de las preguntas formuladas por una situación conflictiva alrededor de un caso particular puesto en el centro de un debate social.

Soy además uno de los tres redactores del grupo de trabajo sobre la asistencia médica en la reproducción, que tiene como temas la reproducción en los homosexuales hombres o mujeres, y en los transexuales. También se trata el tema de la conservación de ovocitos.

¿Son sencillas las relaciones entre clínica, ética, política y marco jurídico?

No, para nada, son incluso muy complejas. Veo pacientes, personas, que deben enfrentar una esterilidad o una intersexualidad por ejemplo. Cada uno debe encontrar una solución en función de las posibilidades que se le ofrecen. Frente a ellos, tengo una reflexión de clínico; es la particularidad de cada uno lo que cuenta. Cuando uno debe colocarse en la otra posición, la de una voluntad de universalización propia del posicionamiento ético, el problema es completamente diferente. Es otro desafío, ya no el de uno por uno sino para todos. Este desplazamiento es vertiginoso. A tal punto que podemos preguntarnos si la libertad del clínico, que se enseña con el caso por caso, puede conducir hacia un exceso de relativismo. La responsabilidad colectiva y la libertad clínica son difíciles de conciliar. A veces me siento en una situación incómoda.

¿Existen diferencias culturales entre Suiza y Francia en el modo de entender a estos individuos?

Aparentemente, los fundamentos culturales y sociales de los dos países son los mismos, pero en la realidad concreta, son muy diferentes. Lo constatamos con sorpresa en lo que se refiere a las fronteras entre las prácticas y el derecho. En Suiza, por ejemplo, todo ciudadano tiene derecho a conocer sus orígenes. El niño nacido de la donación de esperma puede conocer la identidad del donante al llegar a su mayoría de edad. La garantía del derecho al origen está establecida como un principio fundamental, mientras que en Francia, el anonimato del donante es preservado. ¿De dónde surge esto? ¿Francia da más importancia a lo simbólico que a la realidad biológica? Asimismo, Francia abre el debate de la posibilidad de la donación de óvulos y de la conservación de ovocitos para uno mismo, mientras que en Suiza la donación de ovocitos está prohibida. Ahora bien, podemos preguntarnos cuál es la diferencia entre la donación de esperma (autorizada en Suiza) y la de ovocitos (prohibida). ¿La donación de ovocitos, con la idea de una madre incierta, corre el riesgo de conmocionar completamente los datos de la genealogía? ¿La posibilidad de separar el huevo de la madre hace vacilar a la madre como origen? Estas diferencias son preocupantes y ponen de manifiesto la distancia entre la ley de los humanos y la ley simbólica.

De todos modos, los pacientes atraviesan las fronteras. Observamos la confrontación concreta de estas diferencias de puntos de vista en la práctica. Si una mujer va a España para una donación de óvulos y queda embarazada, cuando vuelve a Suiza, para la ley suiza ese niño es suyo. Mientras que una pareja que recurre a un vientre subrogado en California deberá adoptar al niño, aunque provenga de sus propios gametos.

¿No vamos demasiado lejos?

El mundo cambia, hay que seguir sus movimientos. Hay que desconfiar de una tentación conservadora. Frente a las biotecnologías, podemos decir que el posicionamiento se divide entre los tecnoprofetas y los biocatastrofistas. De todos modos, la ciencia permite que un fantasma fuerce la realidad. Procrear a todo precio, cambiar de sexo, forjar nuevas alianzas sobre la base de la decodificación genética son una ilusión de control del futuro. Con relación al deseo de hijo, podemos preguntarnos qué significa este deseo: ¿es un deseo de ser madre como consumación de la feminidad? ¿O un deseo de estar embarazada? Vemos que no es forzosamente sólo el deseo de tener un hijo. Todos estos deseos provienen de escenarios imaginarios y de fantasmas inconscientes.

Por otra parte, podemos preguntarnos si existe un derecho al hijo para todo ser humano. Vivimos en una sociedad en la que los deseos se transforman en derechos, incluso en obligaciones.

Para orientarse en este mundo en mutación, no sólo se trata de construir opiniones sino de apoyarse en investigaciones frente a los cambios clínicos y sociales que resultan de los avances de la ciencia. Por otra parte, es también el proyecto de la Fondation Agalma en Ginebra, de la cual soy uno de los fundadores: uno de los ejes de la investigación tiene como objetivo justamente articular la interfase entre ciencia, arte, cultura, sociedad y psicoanálisis para explorar la incidencia de fantasmas inconscientes en el mundo contemporáneo.

¿Cuál es la función de los psiquiatras en este sentido? ¿No es la de ayudar a cada uno a aceptar su realidad individual?

Como psicoanalistas, no conocemos de antemano lo que es bueno para el individuo. Nuestra función es en primer lugar no perjudicar al paciente y después ayudarlo a encontrar las coordenadas inconscientes de sus propios deseos. Lo que se pide, lo que se desea y lo que se necesita son tres cosas diferentes. Además, raramente hay respuestas unívocas pues el deseo en sí mismo es ambivalente. Tomemos el ejemplo del hijo deseado. ¿Por qué razones una pareja desea un hijo? ¿Para asegurarse de su fertilidad? ¿Por su edad? ¿Por miedo a la muerte? ¿Para justificar la pareja? Por el contrario, hay parejas que se convierten en padres «por accidente» después de un acto fallido en el marco de una anticoncepción, y resulta maravilloso para ellos.

La conclusión de todo esto es que el niño es un individuo que tiene su propia mirada, su propia sonrisa y su propia personalidad y que también se convertirá en el autor y el actor de su propio devenir, cualquiera sean las condiciones que hayan rodeado su concepción.

Justamente, ¿el lugar del niño está amenazado por todo esto?

Hay que preocuparse especialmente por darle un espacio para advenir, más allá del proyecto de los padres y no reducirlo a las condiciones de su concepción que transformaríamos en una razón para hacerlo todo, explicarlo todo. Todo niño tiene derecho a una infancia. Es uno de los primeros derechos incluido en los derechos del niño. El sufrimiento de los niños en el planeta es inconmensurable. Si miramos a los niños de la guerra, los que son violentados, maltratados, desnutridos, pensamos que los derechos de los niños están lejos de ser aceptados por nuestras sociedades. Todo esto es frágil. Son sometidos a una gran precariedad, lo cual contrasta con la idea del «hijo a todo precio» en la clínica de esterilidad. Entre la idea del derecho al hijo y el derecho de los niños hay todavía una brecha sorprendente.

¿La institución de la familia está en peligro por los progresos de las ciencias?

La familia es una institución móvil, plástica, cuya historia no deja de cambiar. Estamos indudablemente en el inicio de un nuevo capítulo. Sea cual sea la forma de la familia, lo importante es primeramente la estructura del parentesco, que pone en juego la diferencia de los sexos y de las generaciones. Las coordenadas de la pareja, del matrimonio, de la célula parental están en movimiento. Hoy se relaciona demasiado a la familia con la biología. Hay sociedades que, con respecto a esto, están organizadas de modo diferente. Los niños no imaginan a la pareja de sus padres como un hombre y una mujer. Están en una especie de negación de la sexualidad de los padres. Imaginan novelas familiares en las que piensan que provienen de otros padres que no son los suyos. Construyen teorías sexuales infantiles que evitan el sexo en la procreación, mucho más allá de los avances tecnológicos actuales. A tal punto que podríamos decir que, imaginariamente, todos provenimos de la procreación asistida. Y que, por el contrario, lo que más molesta de las RMA, es que estas técnicas, al evitar la sexualidad, muestran excesivamente su lugar en la reproducción. Esto toca un lugar muy reprimido. De todos modos, la posibilidad de hacer un corto-circuito en la naturaleza ofrece posibilidades que plantean cuestiones muy complejas, como por ejemplo la inseminación post mortem. El estatuto de los embriones supernumerarios también es muy difícil de pensar. Cuando yo proclamo el caso por caso con un paciente, para buscar soluciones, es cautivante. Pero cuando lo pensamos socialmente, para todos, puede llegar a ser muy angustiante.



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