Actualizado en  noviembre de 2016   

[pp. 1-4] Editorial

Murals as Voice

Juan Jorge Michel Fariña

En noviembre de 2011, paseando con Lucas Pezzino por la rambla de Tel Aviv, sorprendimos en pleno trabajo a una artista urbana que estaba pintando un mural en una medianera abandonada, frente a la playa, bajo el sol del Mediterráneo. Nos fotografiamos junto a los rostros que iba apenas esbozando sobre la pared, una serie que homenajeaba a algunos de los judíos más influyentes de la historia –Karl Marx, Sigmund Freud, Golda Meir, Albert Einstein.

El plan era regresar para ver el trabajo terminado y conversar con la artista sobre sus motivos y elecciones. Volvimos a los dos días y ya no la encontramos. Pero tampoco estaba allí su obra. Otro artista había tapado el mural y estaba dibujando con esmero un colorido graffiti. Del mural inicial quedaron nuestras fotografías, una de ellas junto a la artista, y la memoria de ese breve pero persistente acontecimiento creador.

Los murales son por definición un arte de lo efímero. Una voz que da testimonio pero que está destinada a desaparecer. Un testimonio que cae bajo el de otras voces, en un eterno palimpsesto, conservando las huellas de una escritura anterior que, borrada, no deja de insistir. Como aquellas tablillas antiguas, antecesoras del block maravilloso que inspirara a Sigmund Freud para hacernos saber de la escritura del inconsciente.

Pero no todos los murales desaparecen. Algunos son conservados, cuidados, restaurados e incluso venerados. Este número de Aesthethika está consagrado a indagar esa tensión entre la permanencia y el cambio en el ejercicio ético/estético de la memoria colectiva.

El título Murals as Voice está a tomado de una de esas experiencias, el proyecto dirigido por Gayle Embrey, quien realiza un film rodado en Argentina, Estados Unidos, El Salvador, Irlanda del Norte, Palestina, Eslovenia, Liberia, Australia… Un refugio cinematográfico para la memoria de murales que son o han sido escenario de conflictos sociales. Murales que han contribuido, a través del arte, a hacer oír las voces que no encontraban otros canales de expresión.

La mayor parte de los murales retratados en el film ya no están a la vista. Han sido seguramente cubiertos por otros, como éstos lo serán a su vez por los que vendrán.

Dos antecedentes nos sirven para entender la potencia de este curioso proceso creador: el palimpsesto y el block maravilloso.

Se llama palimpsesto (del griego antiguo "παλίμψηστον", que significa "grabado nuevamente") al manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe. Originalmente fue una práctica destinada a economizar el escaso papiro disponible, pero se la utilizó luego para proteger, ocultándolos, obras de arte o manuscritos valiosos. Las técnicas desarrolladas a partir del siglo XIX permitieron recuperar la memoria de aquello que había quedado cubierto.

El block maravilloso, por su parte, es un conocido artificio utilizado como un juego por los niños. También llamado “pizarra mágica”, consiste en una tabla de cera cubierta por una doble hoja, que permite una escritura, una impresión nítida pero que puede ser fácilmente borrada con un movimiento de despegue. Esto hace posible un sistema que no se sature de información, dando siempre lugar a una nueva inscripción que reemplaza a la anterior. Freud sugiere que si desmontamos el dispositivo y examinamos la tabla de cera subyacente desde un ángulo y luz adecuados, podemos reconocer los trazos de todas las escrituras precedentes. Esa superficie, nos dirá, resulta una analogía del inconsciente.

Pero no existe qué inscribir si no hay dónde trazarlo. Y ambas figuras, la del palimpsesto y la del block maravilloso nos sugieren una dialéctica entre lo que está en la superficie y lo que ha sido suprimido. Define, por lo tanto, una función ética del mural: ser el testimonio, manifiesto y latente, de las voces que claman por expresarse.

Especialmente en estos tiempos, en que la publicidad y el inmediatismo del mercado ahogan todos los espacios vitales, los murales, graffiti, stencils y otras instalaciones artísticas van trazando una memoria urbana que resulta imprescindible rescatar.

Este número de Aesthethika, reúne artículos sobre distintas manifestaciones plásticas de sitios de la memoria ubicados en Buenos Aires y Rosario (María Elena Domínguez / Ashley Dowd / Irene Cambra Badii), sobre los bajo relieve y el espanto de la Gorgona (Louis Crocq), y sobre los murales como gesto de resistencia (Claudia Bernardi / Gayle Embrey / Iair Michel Attias).

El banner que encabeza el número, detalle de un mural en Palestina, está extractado de esta última experiencia. Recuperado por los cineastas del proyecto Murals as Voice, resume los horrores de la guerra y nos interpela a través de esos ojos que nos miran teñidos por el horror.

Imprevistamente, nos regresa al apacible mural de la rambla de Tel Aviv, recordándonos el diálogo entre dos de los personajes allí retratados. En 1932 Albert Einstein se dirige a Sigmund Freud para interrogarlo sobre uno de los grandes problemas con que se enfrenta la civilización: ¿Existe algún modo de liberar a la humanidad de la amenaza de la guerra?

La respuesta que recibe es la siguiente:

(...) Imposible saberlo y, sin embargo, quizás nuestras esperanzas de que esos dos factores –la disposición cultural del ser humano y un bien fundado terror ante las formas que las guerras futuras adoptarán– puedan servir para poner fin a la guerra en el porvenir próximo, no son quiméricas. Pero no podemos imaginar por qué caminos o atajos se conseguirá esto. Mientras tanto, podemos descansar en la seguridad de que todo aquello que contribuya al desarrollo cultural del ser humano opera también contra la guerra.



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