Actualizado en  noviembre de 2016   

Resumen

A 50 años de su primera realización en 1963, las manifestaciones del experimento de Stanley Milgram en la cultura popular dan cuenta de su vigencia a la vez que introducen, con su narrativa, la interpelación ética. Desde la recreación teatralizada en el film "l.. como lcaro", hasta la reciente y espectacular réplica de "El juego de la muerte" realizada por la televisión francesa en 2009, la experiencia aparece desprovista de su rigurosidad de laboratorio para desplegarse en el plano social. ¿Podremos hallar en esta suerte de multiplicación dramático-audiovisual nuevas claves para desentrañar el misterio de la obediencia?

Abstract English version

[pp. 76-85]

Stanley Milgram y Le Jeu de la Mort. Obediencia y lógica mediática

Irene Cambra Badii
Juan Jorge Michel Fariña

El experimento de Stanley Milgram fue realizado por primera vez en la Universidad de Yale en 1963. Desde entonces se ha transformado en una referencia teórica obligada para pensar la cuestión de la obediencia a la autoridad. Hoy no existe programa académico que prescinda de su enseñanza. Ha influenciado no sólo el campo profesional sino también la cultura, apareciendo en textos literarios, filmes y hasta canciones populares.

Medio siglo después se siguen llevando adelante en Europa y Estados Unidos nuevas versiones que buscan explorar la vigencia de los hallazgos originales. En 2010 el canal público de la televisión francesa emitió fragmentos de una de las más recientes e inquietantes réplicas. Se trata de la investigación plasmada en el documental “El juego de la muerte”, realizado por Christophe Nick, destinada en este caso a ponderar el grado de sometimiento de un sujeto no a la autoridad de la ciencia, sino al influjo de los medios de comunicación. Así como Milgram montó su dispositivo en una universidad en el marco de una supuesta investigación sobre la memoria, los investigadores franceses lo hicieron en un set televisivo, en el contexto de un supuesto programa de preguntas y respuestas.

La experiencia francesa se suma a una serie de eventos científicos y mediáticos que muestran la actualidad de los planteos y discusiones abiertos hace ya cincuenta años por el juicio a Eichmann en Jerusalén y el propio experimento de Stanley Milgram como una de sus secuelas más conmocionantes. Entre ellos se encuentran las réplicas de Jerry Burger en 2005, llevada a cabo en la Universidad de Santa Clara, California y el programa de Derren Brown, realizado en 2006 para la televisión inglesa (Salomone & Michel Fariña, 2009), a los que debería sumarse el fenómeno que significó en Alemania el estreno de la remake del film La Ola en 2008, basada en otro célebre experimento social de los años 70, y que batió récords de audiencia.

La matriz de Stanley Milgram

Para comprender el alcance de la investigación francesa es necesario recordar el núcleo metodológico-conceptual de la experiencia original de Milgram.

Stanley Milgram desarrolló distintas versiones de su célebre experimento introduciendo en cada una de ellas variantes que permitieran aislar los factores que explicaban la obediencia. La versión más difundida es la que se conoce como el “experimento número 5” (Milgram, 1974), en el que el alumno era sujetado en una silla y sus manos colocadas conectadas electrodos que supuestamente transmitían descargas eléctricas. Luego de que el alumno fuera amarrado, el maestro era colocado en otra habitación y recibía las respuestas a través de un parlante. Ante cualquier error, el maestro era instruido para castigar al alumno con una descarga eléctrica: para ello era puesto frente a una gran consola con treinta manivelas que anunciaban descargas eléctricas acumulativas que comenzaban en 15 voltios y se incrementaban hasta terminar en 450 voltios. El participante debía comenzar con el interruptor más bajo, cuya descarga real era probada sobre él mismo, e ir subiendo sucesivamente las descargas luego de cada respuesta incorrecta. Las respuestas, previamente grabadas, transmitían las palabras del alumno y también los gritos de dolor frente a las supuestas descargas recibidas cuando éstas ya tenían una intensidad elevada.

Como es sabido, el alumno no recibía descarga alguna, ya que todos los aparatos eran ficticios y formaban parte de una cuidada puesta en escena para condicionar al sujeto de la experimentación.
Podemos describir sintéticamente la matriz de Milgram en tres tercios de diez descargas cada una, con intensidad creciente, desde los 15 voltios (que coinciden con la descarga de prueba que experimentó el sujeto en el rol de maestro) hasta los 450 voltios.

Se confrontaba a los sujetos del experimento con el siguiente desafío. Durante las primeras descargas, el alumno emitía quejidos. A partir de la administración de los 150 voltios, el participante ya podía escuchar los gritos de protesta del alumno quien pedía que se detuviera el experimento; decía que tenía problemas cardíacos, que estaba con palpitaciones y que sentía demasiado dolor. A medida que la prueba avanzaba, los gritos eran acompañados con súplicas del alumno para que se detuviera el experimento. Los parlantes transmitían incluso el silencio que se producía a partir de los 330 voltios: el alumno ya no gritaba ni protestaba al recibir las descargas, sugiriendo de este modo que carecía de capacidad para responder. Entonces, se le indicaba al maestro que debía considerar la ausencia de respuesta como un error y continuar con la descarga correspondiente.

La hipótesis de Stanley Milgram radica en que en algún momento todos los sujetos entran en conflicto: por un lado la orden emanada de la autoridad, por otro su propio sistema moral que se opone a continuar enviando descargas eléctricas. La variable dependiente más relevante era evidentemente el momento en el cual el participante, en el rol de maestro, se negaba a continuar.

El experimentador, vestido con su guardapolvo blanco y sentado a algunos metros de distancia del participante, lo animaba a continuar frente a cualquier signo de resistencia verbal o no-verbal. El estudio continuaba hasta que el participante oponía resistencia a cada uno de los cuatro estímulos verbales de exigencia creciente dados por el experimentador (“Continúe, por favor”, “El experimento requiere que usted continúe”, “Es absolutamente esencial que usted continúe”, “Usted no tiene opción alguna. Debe continuar”), o hasta que el participante hubiera pulsado el interruptor del rango más alto del generador de electricidad.

La conclusión más impactante del experimento fue descubrir que el 65% de los participantes continuaban administrando las descargas hasta el final de los rangos que ofrecía el generador. Es decir, casi dos tercios de los participantes consintieron en administrar las descargas hasta los 450 voltios. Seres humanos corrientes estaban dispuestos a enviar descargas eléctricas letales a una persona a la que nada los enfrentaba y ni siquiera conocían antes de la experiencia, si se generaban las condiciones para ello.

Milgram, Arendt, Bauman

¿Por qué obedecen los sujetos? La pregunta ha dado lugar a múltiples estudios y ensayos, los cuales exceden el marco de este artículo. Algunos de ellos, muy desarrollados, integran libros o capítulos completos, como los estudios de Kelman & Hamilton (1989) o de Miguel Benasayag (1986). Interesa aquí retomar los aportes clásicos aplicados al experimento francés, para mostrar su actualidad y enfatizar el interés por su relectura.

En la versión francesa, el 80 % de los candidatos que participaron del programa, llegaron a aplicar las máximas descargas que permitía la consola. Estas cifras superan las obtenidas por Milgram en 1963 (65 %) y por Burger en 2005 (60 %). Las condiciones del experimento francés difieren en varios puntos del original. Nos detendremos en uno de ellos.

Se trata de la presencia del público en el estudio, destinado a alentar al candidato para que incremente las descargas. Este público, reclutado de acuerdo a estrictos criterios de casting televisivo (extras que habitualmente participan de este tipo de programas), desconocía la verdadera naturaleza de la experiencia, cumpliendo estrictamente con la consigna recibida por la producción. El dato es interesante porque imprevistamente “extiende” el experimento a las gradas: si bien estas personas cobran por su trabajo (están incluso sindicalizadas), no va de suyo que deban obedecer cualquier directiva. La producción les indicaba corear la palabra “¡castigue!” cuando el candidato estaba frente al dilema de si aplicar o no la supuesta descarga –las filmaciones toman fragmentariamente al público y el audio es claro al respecto. Alentar a una persona a que envíe descargas peligrosas, coloca al sujeto en un grado de complicidad con la acción, abriendo así un nuevo frente de reflexión sobre el consenso pasivo a los regímenes autoritarios.

En el contexto de la investigación, refuerza el primer factor identificado por Milgram y retomado por Bauman (Laso, 2009) respecto del “efecto de masa” a que da lugar el diseño de la experiencia.

Tomando esta cuestión de la relación entre el concursante y el aliento del público, recordemos que el experimento de Milgram, al tiempo que separa al sujeto de su víctima lo une con el experimentador. Se genera así una complementariedad entre la soledad de la víctima y la unión de los verdugos. En términos de Milgram:

"Situar a la víctima en otra habitación no sólo la aleja del sujeto sino que acerca al sujeto y al experimentador. Existe una incipiente función de grupo entre el experimentador y el sujeto, de la que se excluye a la víctima. En su condición remota, la víctima es realmente un extraño que está, física y psicológicamente, solo". (S. Milgram, citado por Bauman, op.cit.)

La presencia de público en el estudio potencia sin duda este efecto de masa, constituyéndose en uno de los factores que explica el incremento de la obediencia. Pero es imprescindible señalar que no se trata de la masa en su sentido de muchedumbre o multitud, sino algo bien diferente. Ya en 1921Sigmund Freud había descubierto que el efecto de masa podía producirse en pequeños grupos y que requiere apenas de tres términos: un líder, o persona de la que emane alguna autoridad; un seguidor de ese líder, que esté dispuesto a obedecerlo en nombre de un ideal compartido; una víctima, que sea depositaria de la agresión que emana de la situación. Discutiendo con su antecesor, Gustav Le Bon, que había publicado una obra sobre psicología de las multitudes, Freud escribe su “Psicología de las masas y análisis del yo” ([1921] 1999) justamente para despejar esta cuestión nuclear de su pensamiento. Como se puede ver, esta matriz de la masa ha sido excelentemente recreada por Stanley Milgram en su experimento.

Otros factores identificados por Bauman, como el incremento secuencial de las órdenes y la moralización de la tecnología (Laso, 2009) también están presentes en la versión francesa, aunque los más significativos, junto con el efecto de masa, son seguramente los de la “responsabilidad flotante” y el de la “concentración del poder”. Respecto del primero, incorporando un Otro diferente al de la ciencia, pero curiosamente más poderoso: la televisión; respecto del segundo, arrojando luz sobre su carácter monolítico y totalizador.

Pero la tesis que más claramente se confirma es sin duda la de Hanna Arendt (1999) respecto de la banalidad del mal. Son estos sujetos grises y abatidos, franceses de una clase media consumidora de televisión, los que acudieron voluntariamente al programa televisivo. Lo hicieron sin incentivo económico alguno, por el solo reconocimiento de aparecer en cámara. Insospechables de toda maldad, no tenían hacia Jean Paul, su supuesta víctima, animosidad alguna. Simplemente, la condición para permanecer en el programa era la de someterse a sus reglas. Y éstas exigían enviar las descargas. Todos lo hacían, el público acompañaba, y finalmente estaban en la televisión, de cuya entidad nadie duda…

La expresión “banalidad del mal”, fue acuñada por Hanna Arendt en 1963 en contraposición a la idea kantiana de "mal radical", que había empleado antes en su obra sobre el totalitarismo. Analizando el proceso a Adolf Eichmann, Arendt retoma el concepto para describir cierta posición del sujeto, que habiendo cometido actos atroces, no se asimila sin embargo a las formas esperables del sadismo o la psicopatía. Recordemos las declaraciones de Eichmann ante el tribunal:

"(…) para mi gran pesar, al estar ligado, por mi juramento de lealtad, en mi sector debía ocuparme de la cuestión de la organización de los transportes. Y no fui relevado de ese juramento... Por lo tanto, no me siento responsable en mi fuero interno. Me sentía liberado de toda responsabilidad. Estaba muy aliviado de no tener nada que ver con la realidad del exterminio físico. Estaba bastante ocupado con el trabajo que me habían ordenado que hiciera. Estaba adaptado a ese trabajo de oficina en la sección, e hice mi deber, según las órdenes. Y nunca me reprocharon haber faltado a mi deber. Todavía hoy, debo decirlo." (Brauman, R. & Sivan, E., citado por Gutiérrez, 2009, p. 9).

Efectivamente, Eichmann no tenía especial animosidad hacia los judíos y su participación en el extermino estaba alejada de todo ensañamiento con las víctimas. Encarnaba así otra versión del mal, la que anida en todo neurótico cuando para hallar consistencia en su ser se aliena a Otro que lo ordene (Calligaris, 1987). Para Eichmann este Otro no eran en sentido estricto las órdenes, sino la instancia de las que éstas emanaban. El calificativo de “banal”, que tantas críticas le significaron inicialmente a Arendt, buscaba poner en evidencia que los actos más aberrantes pueden ser realizados por los sujetos más inofensivos, cuando se generan condiciones tanto históricas como de la neurosis de cada quien.

No se trata de un mecanismo inexorable, sino de una elección. Como lo ha señalado Gutiérrez, desde el punto de vista subjetivo Eichmann es culpable no tanto de las órdenes llevadas a cabo, como de la posición de obediencia en la que se amparó para realizarlas –“culpable de obedecer”. En la misma línea Calligaris considera a la Obediencia Debida no como atenuante, sino como agravante: el sujeto se refugia en Otro para torturar.

Entendiendo que se trata de una analogía conceptual, ese es también el lugar en que se instalan los participantes del programa televisivo. Se someten a la lógica mediática porque en ella encuentran el rudimento de consistencia de que carecen en sus vidas. Alienados a esta instancia, deja de tener importancia para ellos la naturaleza de las conductas que se les exige cumplir. El dispositivo y su funcionamiento eficaz opacan completamente el sentido final de sus acciones, y los “quince minutos de fama” terminan consagrando el éxito de su elección.

La perspectiva de Zizek

Finalmente, interesa incluir una perspectiva teórica que no tuvo como foco el caso Milgram, pero que aporta una tesis original para su comprensión. Como ya lo hemos adelantamos a propósito de fenómenos de humillación en el ámbito laboral (Michel Fariña, 2004), la obediencia a órdenes aberrantes no supone la ignorancia de las normativas morales, sino una manifestación de lo que Slavoj Zizek llama la suspensión política de la ética.

Es interesante que el concepto haya sido desarrollado por el pensador esloveno en el contexto de su análisis de la ética y los Derechos Humanos y luego de haber analizado en detalle la matriz de Guantánamo y de Abu Ghraib (Zizek, 2003). Frente al desconcierto de la sociedad norteamericana por las fotografías de prisioneros sometidos a humillaciones, aparecen dos explicaciones posibles: o bien los marines recibieron órdenes de sus superiores, en cuyo caso hay responsables jerárquicos que deben ser sancionados por haber ignorado las leyes vigentes, o bien actuaron por su cuenta, y en consecuencia deben ser juzgados como traidores o desertores. Zizek propone otra hipótesis: las torturas de Abu Ghraib no fueron ninguna de esas dos opciones: aunque no puede reducírselas a simples actos malvados de soldados individuales, por supuesto tampoco fueron algo directamente ordenado, sino que fueron legitimadas por una versión específica de las reglas del obsceno “Código Rojo” –la referencia es al conocido film protagonizado por Tom Cruise y Demi Moore.

Para Zizek, son las condiciones en las que ingresan estos prisioneros –verdaderos “muertos vivos”, o “musulmanes”, en términos de Agamben– lo que legitima el trato que se hace de ellos. La suspensión de todo principio humanitario queda legitimada por el contexto de exclusión en que se encuentran. Lo interesante es que para el autor, el escándalo del estadounidense medio respecto de las fotografías no es contradictorio con los hechos acaecidos, sino que representa su contraparte necesaria. La obscenidad de la tortura fotografiada por los propios perpetradores sonriendo en escena, que recuerda ciertos rituales de iniciación propios de los más exclusivos campus universitarios, es la contracara de su condena pública.

El programa televisivo genera una dinámica similar. Así como en el ámbito de las organizaciones muchas veces se somete a los postulantes a humillaciones para acceder al puesto anhelado, y una vez alcanzado el cargo se multiplican las exigencias desmedidas del empleador, también el concurso ingresa al sujeto en una lógica progresiva de alienación. Lo interesante de la experiencia francesa es que pone al desnudo el factor subjetivo, porque claramente no es el dinero lo que alienta a los participantes, sino la aprobación de un Otro, en este caso representado en la locutora, el público de la sala, pero sobre todo la supuesta audiencia, abstracta y universal.

Aunque excede el marco de este trabajo, es interesante en este sentido analizar el comportamiento de los psicólogos que formaron parte de la experiencia. Ellos conocen, o deberían razonablemente conocer, las objeciones éticas que pesan sobre la experiencia de Milgram. Estas objeciones (APA, 1992, 2002) prohíben su realización y son la razón de la ausencia de réplicas durante varias décadas. Pero como se puede apreciar, carece de todo sentido apelar aquí a cualquier deontología profesional, cuando lo que rige una vez más no es la ignorancia de este principio, sino más bien su suspensión. Suspensión que aparece en este caso legitimada por las condiciones mediáticas, los “quince minutos de fama” que los terminan alcanzando también a ellos.

Discusión

Resta una pregunta más: ¿Por qué los participantes aceptan luego que sus imágenes salgan al aire? Toda la etapa previa, en la medida en que estaban siendo objeto de consignas engañosa, puede entenderse en los términos arriba desarrollados. Eran parte de una maquinaria televisiva y se dejaban llevar por la corriente. Pero una vez que conocen la verdadera naturaleza del experimento, y que advierten haber obedecido hasta grados de deshumanización, ¿por qué no prima el pudor? Una vez más, no se trata de un orgullo por el sadismo que pueden haber destilado sus actos, sino de una fascinación por el sadismo exhibicionista de la televisión misma. Como lo demuestra el regodeo cotidiano de los reality show y otros programas en vivo, la pantalla genera una atracción total. Si bien esto era conocido y formaba parte de las hipótesis previas de Christophe Nick, su documental ingresa la discusión en un plano más profundo. La elección de la matriz de Milgram como modelo del experimento nos advierte que el fenómeno televisivo, en su variante de vulgarización, puede ingresar perfectamente dentro de las grandes formas totalitarias que nos ha legado el siglo XX.

Referencias

American Psychological Association (APA) (1992, 2002): Principios éticos de los psicólogos y código de conducta.

Arendt, H. ([1963] 1999) Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.

Beauvois, J. L. (2010): Jeu télévisé ("Zone Xtreme") : Faire obéir les "participants" avec Milgram. Pouvoir de la télévision : le jeu de la mort, l’expérience des chocs électriques. Obtenido el 20 de mayo de 2012 en http://liberalisme-democraties-debat-public.com/spip.php?article112

Benasayag, M. (1986): Los derechos humanos, ¿Una ideología? Buenos Aires: Eudeba.

Bauman, R. & Sivan, E. (1999) Elogio de la desobediencia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Freud, S. ([1921] 1999). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras Completas, tomo XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Gutiérrez, C. (2009) Eichmann y la responsabilidad. En Michel Fariña, J. J.; Salomone, G. Z.: Dossier de Ética y Cine: Ética y ciencia. De la eugenesia al tratamiento contemporáneo de las diferencias humanas. Proyecto IBIS / Aesthethika. Buenos Aires: Grupo Blanco Ediciones.

Kelman & Hamilton (1990): Crímenes de obediencia. Los límites de la autoridad y la responsabilidad. Buenos Aires: Planeta.

Laso, E. (2009) Las coordenadas de la obediencia. Milgram a través de la lectura de Zygmunt Bauman. En Michel Fariña, J. J.; Salomone, G. Z.: Dossier de Ética y Cine: Ética y ciencia. De la eugenesia al tratamiento contemporáneo de las diferencias humanas. Proyecto IBIS / Aesthethika. Buenos Aires: Grupo Blanco Ediciones.

Salomone, G. Z.; Michel Fariña, J: J.: (2009) Cuestiones ético-metodológicas frente a la réplica del experimento de Stanley Milgram, 45 años después. XVI Anuario de Investigaciones, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Tomo II, pp. 277-284. ISSN 0329-5885.

Zizek, S. (2003) La suspensión política de la ética. Buenos Aires: Nueva Visión.



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