Actualizado en  octubre de 2018   

Resumen

The Waldo Moment (Higgins, 2013) nos presenta como protagonista a un oso animado llamado Waldo, que posee un segmento en un programa televisivo en el cual ridiculiza a distintos personajes públicos. La voz y gestos de Waldo están a cargo de un desdichado cómico, James Salter y la trama se encarga de dejar en claro que su vida nada tiene que ver con la de su creación animada. Con el devenir de la historia, observamos que algo del poder y la potencia de Waldo, que por momentos se presentan como ilimitados, se torna intolerable para James.

Será a partir de una discusión con una candidata respecto de sus propias creencias, que se producirá un quiebre en su universo de sentido, universo que lo ubicaba respondiendo a través del personaje. La respuesta del sujeto frente a esa interpelación no será más que un intento fallido por revertir el fenómeno en el que se ha convertido.

Palabras clave: Espejo Negro | Narrativas transmedia | Época posmoderna | Lo político

Abstract English version

The Waldo Moment | El momento de Waldo: Lo digital como velo frente a lo real del sujeto

Paula Mastandrea

Amos del mundo, ¿acaso ustedes dominan su dominio?
O para decirlo más sencillamente, ¿saben qué es lo que están haciendo y todas las consecuencias que ello acarrea
?”
Bourdieu, P. Pensamiento y acción.

Introducción

El hecho de que Black Mirror (Brooker, 2011) sea una de las series del momento, probablemente tenga que ver con la identificación que promueve en los espectadores, en tanto usuarios de las nuevas tecnologías, al poner en jaque constantemente ese vínculo entre los límites propios de la humanidad, y lo ilimitado del mercado.

El episodio que pretendemos analizar en este caso no es la excepción. Escrito y dirigido por Bryn Higgins, The Waldo Moment (Temporada 2, Episodio 3) nos presenta como protagonista a un oso animado llamado Waldo, que posee un segmento en un programa televisivo en el cual ridiculiza a distintos personajes públicos. La voz y gestos de Waldo están a cargo de un desdichado cómico, James Salter y la trama se encarga de dejar en claro que la vida de James nada tiene que ver con su creación animada. Sin embargo, como en tantos otros ejemplos del cine y la televisión, lo digital funciona como velo frente a lo real del sujeto. Waldo es ocurrente, burlón y divertido, mientras que su creador se encuentra atravesando una situación de duelo, invadido por la tristeza y la imposibilidad de hacerse cargo de su deseo.

En el año 2003, Henry Jenkins planteó el inicio de una nueva era de convergencia de medios en la que se vuelve inevitable el flujo de contenidos a través de múltiples canales. Para nombrar este fenómeno, acuñó un nuevo concepto: narrativas transmedia. De lo que se trata en este tipo de narrativas, es de un tipo de relato en el que la historia se despliega a través de múltiples medios y plataformas de comunicación y en el cual una parte de los consumidores asumen un rol activo en ese proceso de expansión (Scolari, 2013). En este punto, The Waldo Moment representa la subjetividad de época de una forma clara y precisa, ya que en la cotidianidad de Waldo nada está librado al azar, sino que se articula directamente con la interacción del público, tal como el concepto transmedia propone. El equipo completo de producción y dirección del programa de televisión en el que participa sigue minuto a minuto las repercusiones que los distintos dichos y actitudes del oso animado van teniendo entre sus espectadores, a través de dichos de twitter, comentarios en la web, y distintas plataformas. En base a la información recabada, y a partir de una popularidad creciente del personaje, observamos que, a medida que el episodio avanza, se llevan a cabo nuevas apuestas que buscan mantener al televidente entusiasmado con la propuesta. Por este motivo, Waldo comienza a traspasar los límites del estudio de televisión, para interactuar con el público en la ciudad. ¿Hasta dónde puede llegar un oso animado?

El sujeto detrás del velo

Con el devenir de la historia, observamos que algo del poder y la potencia de Waldo, que por momentos se presentan como ilimitados, se torna intolerable para James. La popularidad y fama del oso animado avanza a grandes pasos, lo cual es directamente proporcional a la imposibilidad de su creador de llevar a cabo un proceso de duelo por la ruptura reciente de una relación amorosa, sumado a la desesperanza generalizada respecto de su vida que el éxito laboral no logra apaciguar.

El proceso de fama de Waldo se constituye, en principio, a partir de una discusión con el candidato a las elecciones por el Partido conservador, Liam Monroe, que comienza con una entrevista ridícula en el estudio de grabación en la que el político demuestra su extremo descontento ante ser tomado como objeto de burla. Posteriormente, esta provocación se traslada al plano de la vía pública donde, provisto de una camioneta con pantalla gigante, Waldo se encarga de asechar a Monroe por los distintos espacios en los que se presenta. Esta disputa entre ambos culmina con la propia campaña del personaje -Vote Waldo- a través de los distintos dispositivos de comunicación.

Sin embargo, a medida que Waldo adquiere poder y popularidad entre los miembros de la sociedad, James se ocupa de aclararle a sus empleadores que “no le interesa la política”, lo que hace necesario retomar la distinción entre la política y lo político. Para Echeverría (1996), la primera hace referencia al conjunto de actividades propias de la “clase política”, centradas en torno al estrato más alto de la institucionalidad social, el del Estado, mientras que el segundo, retomando a Aristóteles, refiere a la capacidad de decidir sobre los asuntos de la vida en la sociedad, de fundar y alterar la legalidad que rige la convivencia humana, de tener a la socialidad de la vida humana como una substancia a la que se le puede dar forma.

En este sentido, entendemos que James no desea involucrarse en política, es decir, formar parte de aquella clase de dirigentes a la que ridiculiza a través de Waldo. Sin embargo, hay en él un posicionamiento claramente político que se exterioriza mediante su personaje. Es James quien decide las preguntas incisivas que Waldo le hace a Liam Monroe y el modo en que el oso se dirige a la sociedad, con un aparente desinterés, pero como vocero de dudas y malestares que los ciudadanos poseen con este tipo de personajes públicos. En este sentido, su posicionamiento político podría deberse al malestar generalizado y la descreencia absoluta de un Otro como expresión de su momento de duelo y desilusión amorosa. Incluso en momentos críticos de James, podemos notar cómo “se sale del personaje” respondiendo a la discusión desde su propia subjetividad.

Sin embargo, este posicionamiento no genera ninguna contradicción en James hasta que se cruza con la candidata por el Partido Laborista, Gwendolyn Harris, con quien tiene un encuentro amoroso furtivo. Será a partir de una discusión con ella respecto de sus propias creencias, que se producirá un quiebre de su universo de sentido, universo que lo ubicaba respondiendo a través del personaje, negando su responsabilidad respecto de los dichos y acciones del mismo: “si predicaras revolución, eso sería algo. Pero no lo haces, porque eso requiere coraje y una postura. ¿Y tú qué tienes? ¿Quién eres? ¿En qué crees?”.

Tal como señala D’Amore (2006), “la interpelación subjetiva se pone en marcha cuando la Ley simbólica del deseo ob-liga a retornar sobre la acción” (p. 154), sin embargo, la respuesta de James frente a aquello que lo ob-liga a retornar sobre su posicionamiento subjetivo no será más que un intento fallido por revertir el fenómeno en el que se ha convertido. Es en este punto, niega la interpelación que recae sobre el sujeto para trasladarlo al personaje, ya que se dirige nuevamente a la camioneta y toma el control de Waldo para expresarse a través de ese velo imaginario. Lo que pretende desesperadamente es que la gente no vote por el oso animado en las elecciones, con el argumento de que “no es real”. Sin embargo, allí descubre que su personaje lo trasciende y puede perdurar más allá de él: mientras James se derrumba –al perder su empleo y deambular por la calle como un vagabundo-, Waldo crece a escala mundial. En una realidad donde predomina lo imaginario, lo real del sujeto parece diluirse.

El gran Otro del mercado

Por otro lado, el capítulo nos permite volver a pensar sobre la cuestión del poder de los medios de comunicación masivos. ¿Por qué Waldo se convierte en un éxito? El personaje no sólo logra captar la atención de los ciudadanos, sino que al final del proceso electoral logra obtener un alto porcentaje de votos. Incluso se observa que comienza a influenciar a las personas para que, por ejemplo, arrojen zapatos en el momento de su derrota al resto de los candidatos o ataquen al propio James cuando decide renunciar.

La época posmoderna se caracteriza, principalmente, por el agotamiento y la desaparición de los grandes relatos de legitimación, en especial los relatos religiosos y el relato político, por lo que el sujeto ya no se define en su relación de dependencia con Dios, el Rey o la República, sino que se ve obligado a definirse por sí mismo (Dufour, 2003). En esta misma línea, Lewkowicz (2004) plantea que la posmodernidad se caracteriza por la figura del consumidor que reemplaza a la del ciudadano: “la soberanía no emana ya del pueblo, sino de la gente. La gente ya no son los ciudadanos, sino los consumidores. Si el consumidor se inviste como soberano, la ley será la ley de consumo” (p.37). Si en la era de los Estados-nación la subjetividad se constituía sobre discursos estables, que contaban con lugares de emisión y recepción, en la era de la fluidez los discursos resultan fragmentados y fragmentarios y los sitios de constitución subjetiva no son estables sino contingentes. El Estado no tiene la capacidad de generar existencia que tuvo en los siglos de la modernidad política, por lo que es nuestra responsabilidad hacernos existir, configurar subjetividad, con éstos discursos fragmentarios.

En este contexto posmoderno, frente al posicionamiento de Waldo como objeto de consumo masivo, se le ofrece a su productora la posibilidad de modificar la esencia con la que fue creado, convirtiéndolo en “la figura política perfecta”. El argumento principal es que el oso animado estaría en condiciones de manejar cualquier contenido político sin el rechazo que la figura humana produce, generando de esta manera la ilusión de un poder simbólico que opere, a través de los medios de comunicación masiva, de manera ilimitada.

Si consideramos que en la actualidad el poder ha dejado de ser represor para convertirse en seductor (Carretero, 2003), el modo en que Waldo se incorpora a la sociedad -a través de una especie de complicidad con el ciudadano promedio- es lo que vuelve al producto tan valioso. La identificación que este personaje promueve entre sus seguidores, en tanto parecería ir en contra del status quo, es utilizada para luego constituirse como un instrumento del poder hegemónico del mercado. El costo político en este caso sería mínimo, ya que los ciudadanos convertidos en consumidores no lograrían identificar de manera directa la manipulación a la cual se someten, contribuyendo de esta manera a que el sistema de dominación prevalezca y se afiance.

Palabras finales

El poder del mercado, aparentemente ilimitado, se expresa a través del éxito que el oso animado adquiere a medida que el episodio avanza. Sin embargo, este fenómeno posee consecuencias sobre la subjetividad humana que, en algunos casos, pueden ser devastadoras.

A lo largo del escrito, nuestra intención ha sido llevar a cabo un análisis de la singularidad de James y los efectos subjetivos que Waldo ha tenido sobre él. En el medio de una situación de duelo, James parecería representar algo de esta omnipotencia del mercado sin poner el cuerpo, es decir, a través de su personaje. Detrás de ese velo, él se ubica en el lugar de quien puede sentenciar y vulnerar al Otro, disparando contra la política y expresando sus propias creencias y descreencias. Sin embargo, será a partir de un nuevo desencuentro amoroso, que surge la oportunidad para encontrarse. La interpelación subjetiva opera devolviéndole su mensaje de manera invertida y genera una deuda para responder que ob-liga al sujeto. Allí ya no hay lugar para Waldo.

Algo de la realidad subjetiva en la que James se alojaba se resquebraja, enfrentándolo con lo real, con su núcleo más íntimo. La respuesta que puede dar ante esta conmoción, no es más que un intento por eliminar su personaje, quitarse las máscaras. Lo que ocurre es que, al volver hacia Waldo, James nuevamente se desencuentra con su deseo. El resultado es un sujeto absolutamente arrasado, que observa desde la miseria como su creación lo ha excedido.

Referencias

Carretero, Ángel Enrique (2003). “Postmodernidad e imaginario. Una aproximación teórica”. Foro Interno, 3, 87-101.

D’Amore, O. (2006). Responsabilidad subjetiva y culpa. En Salomone, G. y Dominguez, M.E. (2006) La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Buenos Aires: Letra Viva.

Deleuze, G. (1990). Post-scriptum sobre las sociedades de control. En L’autre journal, n°1. París.

Dufour, D. (2003). El arte de reducir cabezas: sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo total. Buenos Aires: Paidós.

Echeverría, B. (1996). Lo político en la política. Exposición del autor en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Julio de 1996. Recuperado el 21/06/2018 de: http://ru.ffyl.unam.mx/bitstream/handle/10391/2319/01_Theoria_04_1997_Echeverria_11-21.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Jenkins, H. (2003). "Transmedia Storytelling". Technology Review. Consultado el 14/06/2018 (http://www.technologyreview.com/biomedicine/13052/)

Lewkowicz, I. (2004). Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Buenos Aires: Paidós.

Scolari, C. (2013). Narrativas Transmedia: cuando todos los medios cuentan. En Austral Comunicación, Vol. 2, n°2, pp. 247-249. Barcelona: Deusto.




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