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Número Especial
Setiembre 2018
Black Mirror: A través del espejo negro
ISSN 1553-5053


[marron]Resumen[/marron]

El presente escrito propone una reflexión acerca del uso del saber-hacer tecnológico y su función en la subjetividad, situándolo como uno de los modos de respuesta al malestar que la cultura impone al vivente. El escenario distópico que ofrece la serie británica Black Mirror en su episodio “USS Callister” (E1 T4) es tomado como pretexto para considerar la problemática desde algunas nociones que nos entregan el psicoanálisis y la filosofía.

[marron]Palabras clave:[/marron] Tecnología | ciencia | subjetividad | malestar

Abstract English version

USS Callister: Saber hacer tecnológico y malestar. La solución falla... aún

Viviana Carew

Universidad de Buenos Aires

La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. (…) Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas. Algo de este tipo es indispensable. A las distracciones apunta Voltaire cuando, en su Cándido, deja resonando el consejo de cultivar cada cual su jardín; una tal distracción es también la actividad científica.
S. Freud, “El malestar en la cultura” año 1929.

Corre el año 2078 y nos encontramos con Robert Daly, director técnico y cofundador de Callister Inc., una compañía que produce el juego multijugador masivo en línea “Infinity” soportado en una realidad simulada a través de interfaces neuronales. La actividad científica parece haber avanzado exitosamente, y ofrecer impensados instrumentos tecnológicos capaces de generar poderosas distracciones enmarcadas en un mundo virtual.

¿Habrá alcanzado el viviente la solución final para mitigar el malestar que la cultura le impone? ¿Un nuevo modo de lazo en una realidad virtual habrá logrado sustraerse de la limitación pulsional que regula el orden social? ¿Se habrá llegado a elidir la división del Sujeto transformándola en duplicación/duplicidad del Yo?

No está en los planes de la creación que el hombre sea feliz y el talentoso programador Daly no escapa a esta premisa freudiana. Su talento no cuenta a la hora de lograr respeto y reconocimiento de su posición en la Compañía por parte de los empleados y menos aún de su socio cofundador.

Daly responde al malestar que su vida cotidiana le genera apelando a su saber-hacer tecnológico: diseña un juego íntimo y secreto, una copia privada de Infinity en la que, al modo de un Dios todopoderoso, toma las riendas de una realidad virtual trazada a su capricho y empujada por sus venas más sádicas. Usando el ADN de sus compañeros de trabajo crea sus clones digitales y actúa como el capitán de la nave espacial USS Callister, logrando allí dar órdenes y someter a maltratos y crueles castigos a quien intente desobedecerlo. La tripulación de la nave vive con miedo, dado que se trata de clones sensibles al trato que reciben de su capitán omnipotente quien se les impone sin mediación.

La realidad diseñada por Daly en su juego parece dar cumplimiento a sus deseos más íntimos y ocultos, ofreciendo superficie virtual a una “orgía de crueles fantasías”. Esta expresión hace un guiño a lo enunciado por Freud en 1925 al interrogar “La Responsabilidad moral por el contenido de los sueños”. Allí refiere que el contenido desenfrenado de los sueños es la expresión de mociones inmorales, incestuosas y perversas, o de apetencias asesinas y sádicas. Y a la pregunta: ¿Debemos asumir la responsabilidad por el contenido de nuestros sueños? Responde sin dudar: “Desde luego, uno debe considerarse responsable por sus mociones oníricas malas.”

¿Podríamos interpelar a Daly en el terreno de la responsabilidad por el contenido de su juego? La duplicación en una realidad virtual y la distancia que ella introduce parece ser propicia para que el sadismo de Daly se exhiba sin disfraz. Allí y para él, la limitación de la pulsión y de la agresividad respecto del semejante -pilares de la cultura humana- no parece operar. Solo se exhibe la pura deshumanización del otro suprimiendo el cuerpo subjetivado y condenándolo a ser un mero objeto de goce. Yoes virtuales convertidos en esclavos eternos bajo una condena que opera sobre el espacio y sobre el tiempo. Allí no se sueña. En su nave Daly descarga su rencor y pone en juego la crueldad que lo habita sin inhibición. Amo absoluto de su nave, en la que instituye un universo totalitario, en apariencia, sin fisuras y sin falla…

Pero el juego todavía no ha acabado y la reversión siempre es posible. Se puede encontrar no sólo en la revuelta vírica de nuestras células sino también en la enorme tarea que nosotros, seres vivos, emprendemos: un proyecto para reconstruir un universo homogéneo y uniformemente coherente —un continuum artificial esta vez— que se despliega dentro de un medio tecnológico y mecánico, extendiéndose sobre nuestra vasta red de información, donde nos encontramos en proceso de construir un clon perfecto, una copia idéntica de nuestro mundo, un artefacto virtual que abre las perspectivas de una reproducción incesante.(…) Después de la gran revolución en el proceso evolutivo (la llegada del sexo y de la muerte) aparece la gran involución: su objetivo es, a través de la clonación y de muchas otras técnicas, liberarnos del sexo y de la muerte. Donde una vez las criaturas vivas se esforzaban, a lo largo de millones de años, por liberarse de esta clase de incesto y de entropía primitiva, ahora nosotros nos encontramos, a través de los avances científicos mismos, en el proceso de recrear precisamente esas condiciones.” J. Baudrillard “La solución final: la clonación más allá de lo humano e inhumano” año 2002.

Orientados por esta referencia y regresando a la nave, podremos considerar una declamación de Daly en la que define su Flota Espacial como un “sistema de creencias basado en lo mejor de la naturaleza humana. Es un objetivo por el que nos esforzamos todos, por la prosperidad del universo y de la vida misma que lo habita.” Pareciera que allí, como es común en los contextos en los que impera una pretensión totalitaria, la “idea del bien” es el velo moral privilegiado. Y como fiel reflejo de ese universo clonado dentro de un medio tecnológico que anticipa J. Baudrillard, en su juego privado Daly ha programado la liberación de las ataduras del sexo y ha logrado el control absoluto de la vida y de la muerte. Sus tripulantes son seres sin sexo y sin posibilidad de morir, excepto que a su capitán le apetezca. “No hay genitales en la flota espacial, cero placer, ni el más básico de cagar!”

En la clonación se prescinde de lo sexuado de la reproducción y, en consecuencia, se prescinde de ese lugar por donde la muerte se presenta al viviente limitando su omnipotencia. La posibilidad de una clonación incesante por el poder de conservar el ADN de los tripulantes convierte a esta copia privada de “Infinity”, parafraseando a Borges, en la puesta en juego de la intuición de infinito como una verdadera maldición:

Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del Mal cuyo limitado imperio es la ética: hablo del infinito.” J. L. Borges “Avatares de la tortuga”, en “Discusión” año 1932.

Pero, como ya sabemos: Infinito no es todo, no es universal…entonces, la pretendida solución, falla.

Volvemos a USS Callister y vemos a Daly clonando e incorporando a su juego a Nanette Cole, una nueva empleada que lo admira por su genialidad y a la que no sabe cómo seducir. Cuando Cole despierta a bordo de la nave, turbada por el asombro y el desconcierto, encuentra a sus tripulantes y los reconoce como empleados de Callister Inc.. Serán ellos quienes le explican la situación: “Tú no eres tú, eres una copia de ti, una versión digital. Estamos atrapados en el juego de Daly, una eterna pesadilla de la que no hay manera de escapar. Infinito Flota Espacial fue diseñado como una versión cerrada fuera de línea, un universo burbuja gobernado por un Dios sádico. No hay salida.”

Así definida, la situación se muestra como un universo que se pretende universal y en tanto tal, sin salida. La búsqueda de lo universal es el principio rector de la ética kantiana, y es en este punto en el que Lacan homologa a Kant con Sade. El imperativo categórico es sádico y cruel, y en tanto exigencia universalizante y paradójica anula al sujeto taponando la falla de saber del Otro.

Aquello que rige el “universo burbuja” creado por Daly, nada tiene que ver con lo que podría formularse como regla o ley. Las opciones para quienes lo habitan se reducen al imperativo de obedecer al capitán o “para los infelices que no aceptan sus reglas, transformarse en cosa” según el código de la flota. Para los habitantes de la situación, aquello excluido que posibilita la consistencia de la misma, simplemente -o trágicamente- no existe.

Frente a esta lógica binaria que se le presenta, Cole se posiciona en un comienzo, del lado de la desobediencia y alienta a las otras copias a rebelarse contra Daly: “Será molesto pero no es un Dios, es un programador y es falible.” Así, Cole introduce una perspectiva que lo destrona del lugar de Dios sin falla, de Otro absoluto. Su mirada y sus gestos restan consistencia al Amo cruel, poniendo a la vista lo “ridículo” de su flota y refiriéndose a él como a un “imbécil” al que se niega a besar.

Dar entrada a otra lectura de la situación comienza a hacer tambalear las certezas que hasta el momento la sostenían y a poner así en quiebra el horizonte constituido por la moral de la flota, una moral sadiana en este caso, pero no por ello menos moral.

Invadida por la angustia (luego de presenciar y sufrir en su propio cuerpo los crueles castigos de Daly) frente a una ventana de la nave Cole descubre por azar un agujero de gusano en el universo, que representa un parche de actualización retrasado. Se le ocurre un plan, convencer a la tripulación para intentar escapar por ese agujero, lo que resultará en una muerte segura para ellos, un destino que consideran preferible a permanecer bajo el control de Daly. Finalmente, la tripulación logra escapar por el agujero de gusano y el modo Flota Espacial es eliminado por el firewall. Ya no están en el juego de Daly sino en línea, en la versión actualizada de Infinity.

La ubicación del agujero en la estructura de la situación puso en escena la dimensión del no-todo abriendo así un espacio suplementario situado más allá de la lógica binaria del sin salida, de la obediencia o la desobediencia al cruel capitán. Hizo entrada al punto de falla, a la imposibilidad estructural.

En el mundo virtual Flota Espacial se ha borrado a sí misma con su creador dentro y sin poder salir. En el mundo real, el cuerpo de Daly se desploma flácido e inmóvil en su sillón frente a la computadora. Brooker -creador de la serie- refiere que Daly muere de inanición debido al cartel de “No molestar” que había colocado previamente en su puerta…

La respuesta desde el saber-hacer tecnológico frente a la angustia del viviente ha mostrado aquí su fracaso. La maldición de Infinito cayó sobre su Dios creador atrapándolo en su propio juego. La solución al malestar falló… aún.

El malestar en la cultura nos advierte de la ineludible desilusión que tienen como destino las quimeras con las que el hombre intenta suturar la falla, transformando la realidad en busca de la anhelada felicidad…

Más enérgica y radical es la acción de otro procedimiento: el que ve en la realidad al único enemigo, fuente de todo sufrimiento, que nos torna intolerable la existencia y con quien, por consiguiente, es preciso romper toda relación si se pretende ser feliz en algún sentido. El ermitaño vuelve la espalda a este mundo y nada quiere tener que hacer con él. Pero también se puede ir más lejos, empeñándose en transformarlo, construyendo en su lugar un nuevo mundo en el cual queden eliminados los rasgos más intolerables, sustituidos por otros adecuados a los propios deseos. Quien en desesperada rebeldía adopte este camino hacia la felicidad, generalmente no llegará muy lejos, pues la realidad es la más fuerte. Sin embargo, se pretende que todos nos conducimos, en uno u otro punto, igual que el paranoico, enmendando algún cariz intolerable del mundo mediante una creación desiderativa e incluyendo esta quimera en la realidad. Particular importancia adquiere el caso en que numerosos individuos emprenden juntos la tentativa de procurarse un seguro de felicidad y una protección contra el dolor por medio de una transformación delirante de la realidad. Desde luego, ninguno de los que comparten el delirio puede reconocerlo jamás como tal.” S. Freud, “El malestar en la cultura”, año 1929

Frente a la quimera creada por Daly en la realidad virtual, un enunciado de Cole hizo entrar otra realidad, la del inconsciente: “No es un Dios, es un programador y es falible.”

Causar con el no-todo la irrupción del acto. Anteponer a los delirios colectivos de la época, una política que haga entrar la imposibilidad. Distraer el camino de los sueños de progreso, destinados tal vez a devenir pesadilla que pondrá en cuestión el porvenir de la civilización y del campo mismo de lo humano…Realizar la idea freudiana de inconsciente es una orientación y una responsabilidad.




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