Actualizado en  junio de 2017   

Resumen

Se recrea aquí una conversación socrática sobre las bondades y perjuicios de la cibercultura, con obvias evocaciones de la discusión sobre oralidad y escritura del mito de Teuth y Thamus hacia el final del Fedro de Platón. Así, primero, presenciamos el encuentro entre Sócrates y Fedro, un fan incondicional de la cibernética, en un locus amoenus situado en los Champs Elysées de París en época estival. Luego, asistimos a la rememoración de Sócrates de su charla con el catedrático en comunicaciones Yves, tras refugiarse en un café internet de evanescentes imágenes durante una neblinosa y fría jornada londinense.

Palabras clave: Platón | Oralidad | Escritura | Cibercultura | Fedro

Abstract English version

[pp 49-60]

Un diálogo apócrifo de Platón

Yves o Sobre la cibercultura
María Angélica Fierro

Recibido: 6/12/2016 – Aprobado: 1/2/2017

“Pensar es olvidar diferencias,
es generalizar, abstraer."
J. L. Borges, Funes el memorioso, de Ficciones.

Me dirigía yo de los Campos Elíseos hacia la Pirámide del Louvre cuando sentí que alguien, riéndose, corría detrás de mí y me llamaba [1] [2] [3]:

‒¡Che, Sócrates! ¡Hijo de Fenareta! ¿Por qué no me esperás?

Y yo, entonces, me detuve y lo esperé.

‒¿Qué hacés, Fedro, tan deportivo por aquí en este día de sol? –le dije

‒Salgo a correr por los jardines de las Tullerías. Estuve trabajando toda la mañana en mi computadora nueva y Acumeno, el padre de nuestro amigo Erixímaco, [4] dice que es muy estimulante el ejercicio físico al aire libre después de estar sentado por muchas horas.

‒¿Así que ya tenés otra computadora nueva, querido amigo? Pero ¿no fue hace seis meses cuando te encontré loco de alegría porque recién te habías comprado una de última generación?

‒Es que la tecnología avanza tanto que hay que actualizarse permanentemente si uno no quiere ser un ignorante.

‒¿Acaso pensás entonces que la posesión de los recursos electrónicos de última generación hace a alguien más sabio?

‒Por supuesto, Sócrates. ¿Es que no creés vos también que, si todo el mundo pudiera tener acceso a estas cosas, se acabaría el analfabetismo cultural y así se volverían los hombres mejores?

‒En absoluto, mi amigo. Justamente en el mes de diciembre estuve en Londres discutiendo esto con un amigo mío. Yves. ¿Te acordás?

‒Sí, el que tiene en la universidad una cátedra de ciencias de la información y la comunicación. ¿Y cómo fue la conversación?

‒Mirá, allá veo un plátano. Como hace calor ¿por qué no nos sentamos un rato a la sombra y te cuento?

‒¡Claro, vayamos…! La hierba está suave aquí, ¿no te parece?

‒Sí, la verdad, es como recostarse sobre una alfombra mullida, ¿no? Corre un vientito lindo, además, y es muy agradable escuchar las aguas cantarinas de las fuentes.

‒Y ahora que ya nos instalamos, decime, ¿de qué trató aquel día la charla con Yves?

‒Lo que dijimos aquel día fue, según creo recordar, más o menos así…

Estaba pasando mis vacaciones de Navidad en Londres, cuidando los gatos de unos amigos míos que se habían ido de viaje a Australia. Era “Boxing Day” [5] y, como sabés, no había por ello ningún tipo de transporte público. Yo, por otra parte, no manejo, así que me había ido nomás a pie desde Liverpool Station, donde vivía, hasta la altura del puente de Waterloo, bordeando el Támesis. Como es usual en esa época del año, hacía mucho frío y una llovizna helada me laceraba el rostro. Busqué en vano algún lugar para tomar algo caliente, hasta que al final, cerca de Trafalgar Square, encontré abierto un cibercafé. Estaba por introducir una libra en la máquina expendedora de bebidas cuando alguien me golpeó en el hombro y yo entonces me volví:

‒¡Pero, Sócrates! ¡Qué cosa tan rara encontrarte en un sitio como este! ¿Es que te has adherido finalmente a la cibercultura y preferís estar aquí a ponerte a dialogar con cualquiera?

‒No, excelente Yves, no estoy acá por las computadoras. Entré nomás por un capuchino.

‒¡Ah, ya me parecía! ¿Así que seguís igual? ¿No querés saber nada con estas nuevas tecnologías…? Pero ¿te interrumpo si me siento un rato así conversamos? ¿O ya te ibas?

‒Pero, Yves, si vos sabés que no hay nada que me guste más que sentarme a charlar en un café con un viejo amigo. ¿Y hace mucho que estás en Londres?

‒Vine a ver a los de Oxbridge [6] University Press para la traducción de uno de mis libros y me quedé a pasar las fiestas.

‒¿Y cómo te fue?

‒Excelente. Cerramos el trato y pronto mis ideas serán difundidas también en inglés. ¡Y ni te cuento cuando las versiones en ambos idiomas estén disponibles en Internet! Por eso ¿no te parece, Sócrates, que es como quedarse en la época prehistórica, donde no había registros escritos, querer prescindir hoy de la cibercultura? [7] ¿Por qué estás en contra de estos adelantos maravillosos?

‒No es que esté exactamente en contra. Para que me entiendas mejor te voy a contar una historia.

“Había en Manhattan, el famoso distrito de Nueva York, un hombre llamado Billy Pórticos [8] que era un gran creador. Un día fue a ver al presidente de los Estados Unidos y le mostró sus últimos inventos. El mandatario, a medida que Billy le explicaba la utilidad de cada uno, censuraba o alababa, según le parecía. Cuando le llegó el turno a las nuevas tecnologías de la información Billy le dijo:

‒Este estudio, señor presidente, hará a los hombres más sabios y memoriosos. Pues se descubrió con ello una poción ‒es decir lo que los antiguos griegos llamaban “phármakon”‒ para la memoria y la sabiduría.

Pero el mandatario le respondió:

‒Sos un hombre sumamente hábil, Billy. Pero uno es el que es capaz de engendrar lo que corresponde a una tecnología, otro el que puede juzgar qué cuota de daño y provecho conllevará para quienes se proponen utilizarla. Y ahora vos, padre de las nuevas tecnologías de la información, te expresás, por ser benevolente, al revés de cómo son las capacidades de este arte. Pues esto producirá olvido en las almas de los que lo aprendan dada la falta de práctica de la memoria. En efecto, debido a confiar en que pueden acceder a todo tipo de información a través de los adelantos cibernéticos, recordarán, desde afuera, a través de caracteres extraños, y no desde adentro, en sí mismos y por sí mismos. Así que encontraste una poción no para la memoria sino para la rememoración. Apariencia de sabiduría, no verdad, proporcionás a tus discípulos. Pues, al pasarte que ellos han de escuchar muchas cosas sin instrucción, creerán ser muy sagaces a pesar de ser mayormente ignorantes. Y serán difíciles en el trato por haberse convertido en sabios solo en apariencia en lugar de en reales sabios.”

‒¡Sócrates, sos un maestro para componer historias norteamericanas o de cualquier otro sitio que quieras! Pero, para decirte la verdad, me pasa como con algunos chistes: cambiando los personajes, las épocas y lugares, tu cuento me suena familiar.

‒Bueno, es posible que hayas escuchado un relato por el estilo tiempo atrás. [9] Pero, volviendo a nuestro asunto, ¿qué te parece que quiere decir esta historia? [10]

‒Y, aparentemente, que hay dos formas contrapuestas de entender el saber: por un lado, según el presidente, como una inscripción en el alma o la interioridad; por el otro, según Billy, como una inscripción material, que remite a una exterioridad.

‒¿Y por qué sería que, a juicio del presidente, las nuevas tecnologías de la información no constituyen un verdadero saber?

‒Porque, como pasa con los textos escritos, la mera posesión de estos no hace a nadie inteligente sino que ello ocurre cuando alguien es capaz de generar él mismo ideas, ya se sirva o no para tal fin de un soporte material.

‒Y ello, mi querido Yves, ¿afecta solo a cada individuo? ¿O también a la sociedad?

‒Bueno, si acordamos en que el valor de esta nueva tecnología depende de que sea utilizada por un individuo inteligente, conlleva consecuencias a nivel social, tal como tu mito muestra. Ya que, en oposición a la difusión masiva de estas, recomendada por su inventor, el mandatario supone que, puesto que solo los esclarecidos podrían utilizarla de modo provechoso, deberían tomarse precauciones y no realizar una propagación indiscriminada. [11]

‒Te expresás muy bien, excelente Yves. Y decime una cosa más ¿no te parece también que los dos personajes del relato disienten en cuanto a si este invento ayudará o debilitará a la memoria?

‒Por supuesto que sí, Sócrates. Mientras que Billy piensa que será un “phármakon” en el sentido de un “remedio” para esta porque cualquiera podrá guardar y preservar toda la información que quiera a través de ellas, el mandatario sostiene que, por el contrario, es más bien un “veneno”, [12] puesto que, confiados en ellas, ya no harán esfuerzos para mantener entrenada su memoria y recordar.

‒Y a vos, ¿quién te parece que tiene razón? ¿Billy o el presidente?

‒Cuando recién te encontré, hubiera dicho que Billy estaba en lo correcto. Pero ahora, después de hablar un rato con vos, Sócrates, no estoy seguro. Pero podríamos, creo, sin embargo, a pesar de no ser capaces de decidirnos a este respecto, acordar al menos algunas cosas.

‒¿A qué te referís, Yves?

‒Quiero decir lo siguiente: que estas nuevas tecnologías de la información, al modo a cuando apareció la escritura, imponen un nuevo modo de producir saber ya que implican una forma innovadora para trabajar, evaluar y generar ideas.

‒Podría ser como vos decís, amigo mío. ¿Y qué otra cosa te parece que podemos convenir?

‒Que la aparición de ellas implica un cambio en el marco social y la dimensión práctica de los intercambios intelectuales, ya sea ello beneficioso o no. Ello a su vez modifica los modos de recibir, valorar y criticar los objetos culturales. [13]

‒Muy bien, Yves, aceptemos por el momento todo esto que manifestás. [14] No obstante, me gustaría todavía preguntarte algo más. Decíamos que estas nuevas formas de inscripción material no son en sí mismas inteligentes sino que, según el presidente, solo puede serlo aquel que se sirve de ellas para la producción de ideas ¿o decíamos otra cosa?

‒No, nos expresábamos así.

‒Pero ¿no hemos declarado en otras ocasiones que pensar y ser inteligente es ser capaz de establecer relaciones, de modo tal que juntemos apropiadamente lo semejante y separemos lo que es distinto, en cualquier ámbito que sea? [15]

‒Sí, me acuerdo de haberte escuchado expresarte así en otras oportunidades.

‒Estarás también al tanto y, quizá, vos mismo lo has experimentado haciendo una simple búsqueda en internet, que las nuevas tecnologías de la información no solo tienen una extraordinaria capacidad para acumular datos sino que además realizan operaciones por las que pueden relacionarlos, compararlos y ordenarlos en una cantidad y un modo que muchas veces nos sería imposible a los seres humanos, ¿o no es esto así?

‒Hablás con verdad, Sócrates.

‒¿Estaríamos entonces en lo correcto al decir que las nuevas tecnologías de la información son inteligentes?

‒Así parece. [16]

‒Pero entonces es al revés de como decía el mandatario de Estados Unidos y Billy tenía razón.

‒Sí.

‒Incluso, sugieren algunos, ¡por el perro!, [17] que gracias a ellas podríamos evolucionar a una forma superior de seres humanos: el homo ciberneticus, quien, gracias a la “aleación” entre hombre y máquina, alcanzaría un nivel superior de inteligencia, agilidad e invulnerabilidad. [18]

‒Sí, he escuchado algunas especulaciones extraordinarias al respecto.

‒Y son asombrosas, en verdad, amigo mío. Pero yo, por mi parte, no sé si, de existir un ser de este tipo, sería una suerte de “superhombre” o más bien un engendro diabólico. Hay todavía, sin embargo, algo más que me gustaría considerar con vos.

‒¿De qué se trata, Sócrates?

‒Si sos un general y contás con soldados inteligentes en tu ejército, ¿te asegura esto que realizarán las acciones apropiadas en relación con el enemigo?

‒No te comprendo, Sócrates.

‒Te lo diré de otro modo ¿sabrá el soldado, por ser inteligente, cuándo atacar al enemigo, cuándo replegarse, cuándo estar en guardia y cuándo distraerse? ¿O será el general, quien conoce la situación en su conjunto, el que mejor podrá decidir cuándo y cómo debe intervenir el soldado?

‒El general, que tiene una visión de la situación en su conjunto, será quien mejor lo determinará.

‒¿Y no es lo mismo con estas nuevas tecnologías de la información? ¿No es necesario conocer correctamente qué objetivo es bueno en cada caso para poder utilizar eficazmente su inteligencia o podrán estas tecnologías mismas determinarlo?

‒No, es necesario que alguien determine este objetivo para usarlas apropiadamente.

‒Y ¿quién es el verdaderamente inteligente? ¿El que conoce lo bueno o el que no lo conoce?

‒El que lo conoce.

‒Entonces ya sea lo bueno, en último término, el orden divino del universo, como pensaron muchos en la antigua Grecia, [19] o el “reino de los fines” de los que hablaba el famoso filósofo de Könisberg, [20] o lo que emerge del acuerdo intersubjetivo como sugirieron otros posteriormente, [21] estas nuevas formas de inscripción material no son nunca realmente “inteligentes” sino que dependen, como decía el mandatario de la historia, de si son bien utilizadas o no, puesto que ellas mismas no son capaces de determinar lo que es bueno. ¿O se te ocurre otra cosa?

‒No, me parece muy bien lo que estás diciendo.

‒Pero entonces llegamos a lo opuesto a lo que decíamos hace un momento.

‒Así parece.

‒No obstante, querido Yves, ¿no has observado que las nuevas tecnologías de la información permean toda nuestra vida cotidiana, no solo en nuestro creciente apego y dependencia de aparatos como las computadoras o los celulares, sino por estar presente incluso en los eventos nimios de nuestra existencia, como cuando nos hacen la cuenta en el supermercado o compramos un pasaje de autobús?

‒Es muy cierto lo que decís, Sócrates.

‒¿No opinás, entonces, que la cibercultura constituye algo más que un mero instrumento al servicio de un fin ‒cualquiera sea la naturaleza de este‒ sino que conforman en realidad una forma nueva de relacionarnos con el mundo y comprenderlo?

‒Tenés razón.

‒¿Y entonces qué? ¿No será más apropiado poner al descubierto cuanto se pueda este modo de existencia “cibernético” a fin de liberarnos de él, al dejar de ver las cosas desde una perspectiva exclusivamente “técnica”, en lugar de, infructuosamente, negar esto y quedar así, en nuestra ceguera, prisioneros de ello? [22]

‒Pareciera ser el mejor modo de proceder, Sócrates. Pero, antes de continuar, ¿no querés que tomemos algo? Es fascinante hablar con vos pero me siento algo aturdido. [23]

‒Con gusto, Yves.

‒Yo te invito ¿té o café?

‒¿Qué hora es?

‒Las cinco.

‒Entonces, ya que estamos en Inglaterra, que sea té. Aunque yo he visto que lo del “Five o´clock tea” es un mito y los británicos toman en realidad té a toda hora del día, como si fuera un brebaje milagroso. [24]

Yves trajo entonces de la máquina del cibercafé dos vasitos de té y continuó hablando así:

‒Todo lo que conversamos, Sócrates, me deja ciertamente perplejo. No obstante, hay algo respecto a este asunto que me ha despertado todavía más asombro.

‒¿A qué te referís, Yves?

‒Hay algunos en mi tierra que manifiestan que es equivocado algo como lo que propone tu historia. Me refiero a esto de pensar que ya los textos escritos, ya las inscripciones materiales de las nuevas tecnologías son una imitación deficiente y artificiosa del diálogo en vivo, y que, por eso, sirven nada más que como un recordatorio pero no para mantener entrenada nuestra memoria, y mucho menos para provocar la reminiscencia o captación de las Formas o esencias fundamentales, de la que a menudo te he escuchado hablar, querido Sócrates. [25]

‒¿Y por qué consideran que esta es una aproximación errónea a esta cuestión?

‒Es que dicen que sin la creación de recursos de inscripción, como fue en su momento la escritura y actualmente las nuevas tecnologías de la información, no podrían haberse desarrollado las diversas disciplinas que hoy en día constituyen nuestro acervo cultural, ya que, incluso los conceptos con que pensamos, son deudores de que se hayan inventado estos soportes materiales. [26]

‒¿Y vos, qué? ¿Considerás que están en lo correcto al pensar de este modo o disentís con ellos?

‒A decir verdad, Sócrates, por un lado, creo que planteos como estos tienen algo de razón al criticar lo que podríamos llamar un “logocentrismo” por el que no se reconoce la importancia de estos medios de inscripción material para que sea y haya sido posible la diseminación de la cultura. Pero, por otra parte, como decíamos de algún modo antes, la posesión de estas nuevas tecnologías de la información no implica que sepamos para qué fin es conveniente utilizarlas y es peligroso caer en lo que, yo llamaría, un “tecnocentrismo”. [27]

‒Te expresás con gran sensatez, excelente Yves. Pero además creo que esos conciudadanos tuyos simplifican un poco la cuestión.

‒¿Por qué decís esto, Sócrates?

‒Como sabés, desde que recibí el oráculo a través de mi amigo Querofonte, [28] soy consciente de que yo apenas poseo alguna sabiduría y en realidad soy ignorante puesto que el único sabio es el dios. Así que esos lógoi o argumentos que culminan en la captación de las Formas serían accesibles en forma plena solo a los dioses [29] o, en todo caso, a alguien que haya logrado una condición semejante a la divina, en la medida en que esto es posible al hombre. [30] De modo que la palabra hablada es, como la escrita, también siempre deficiente respecto a estos lógoi divinos, aunque, es cierto que, si utilizada por alguien que sea conocedor, puede adaptarse mejor a quién está dirigida así como considerar cuándo y dónde puede desplegarse y el modo conveniente de hacerlo. [31]

‒Tenés toda la razón, Sócrates. Aún así, creo que hay algo que ni vos ni estos críticos franceses han tenido suficientemente en cuenta. [32]

‒¿A qué te referís?

‒Ninguno de los dos ha reflexionado acerca de la escritura, sobre el valor epistemológico y expresivo que tiene en sí misma como sistema de símbolos, y no en comparación, para bien o para mal, con la palabra hablada.

‒¿Y a vos, Yves, qué es lo que se te ocurre al respecto?

‒Me parece que, por una parte, en ninguno de los dos casos se tiene en cuenta al lector que, con su subjetividad y pensamiento, es quien activa el circuito de lectura en relación con el soporte material de inscripción.

‒Creo que es sensato lo que objetás, Yves.

‒Por otra parte, tampoco en esos planteos se ha pensado que en esta inscripción en un soporte material surgen nuevos sentidos y reglas de ordenamiento debido a que ella tiene lugar en un espacio visual, a diferencia del discurso hablado, y que, además, se conservan algunos de los rasgos de la oralidad pero otros se pierden. Esto es todavía más evidente, por ejemplo, en escrituras como la egipcia o la china que no pretenden imitar la fonética de la palabra hablada sino que sus signos remiten a conceptos para quien puede leerlos, independientemente de que este conozca o no el lenguaje hablado para expresar esas ideas. En conclusión, que, en cualquier tipo de transcripción material, no se da una imitación del habla, como sugería tu historia, sino una transformación de la relación entre los signos y, por lo tanto, un cambio en el significado de los mismos.

‒Es muy interesante esto que decís, mi amigo, y, es más, he escuchado a algunos afirmar, en un sentido similar, que la aparición del alfabeto y la escritura implicó una reestructuración cognitiva que permitió el avance de la lógica, la ciencia y la filosofía, [33] y lo mismo podríamos decir de las nuevas tecnologías de la información. Pero me parece que cometés injusticia al afirmar que estos que en el pasado discurrieron sobre dichos temas no tomaron en cuenta los aspectos que vos mencionás.

‒¿Cómo es así?

‒Probablemente estás enterado de que muchos han tratado de representar en sus escritos mi pensamiento y modo de vida pero quizá nadie me ha hecho más famoso que ese muchacho aristócrata ateniense, de anchas espaldas, quien muchas veces me retrata diciendo cosas como algunas de las que conversamos hoy. [34]

‒¿Querés decir Platón?

‒El mismo. Pues bien, fijate que hace como veinticuatro siglos ya que circulan esos como veintipico de textos en los que yo soy muchas veces el protagonista de la historia. Supongo que alguna vez has leído alguno de estos diálogos, como los llaman, en su totalidad. ¿Te parece a vos que se habría tomado el trabajo de componer cada uno con tanto cuidado en todo sentido, y que habría logrado el efecto de que nos sigan interrogando todavía esas palabras inscriptas entonces por él y, según muchos, incluso haciéndonos pensar, sin darnos ni cuenta, como pensamos, [35] si no hubiera meditado y conocido muy bien las reglas y el poder de la palabra escrita como forma de inscripción material así como el modo de involucrar al lector en una interpretación activa del texto, en la medida de lo posible?

‒He leído con pasión muchas de sus obras y me parece poco probable que sea de otro modo del que vos decís, Sócrates.

‒¿Y no creés que, de manera similar, habría sido capaz de utilizar las nuevas formas de inscripción material que nos ofrece la cibercultura?

‒Probablemente.

‒No hemos llegado entonces a decidirnos sobre si las nuevas tecnologías nos hacen más sabios o no.

‒Así parece.

‒Deberíamos entonces examinar de nuevo la cuestión.

‒Me encantaría, Sócrates, pero, si no te molesta, lo dejamos mejor para otro día. Ahora estoy agotado. [36] ¿Por qué no me contás más bien algún otro cuento antes de irnos?

‒Gustosamente haré como me pedís, Yves. Imaginate a muchos hombres que han estado siempre encerrados en un garaje sin ventanas y lleno de computadoras, tal cual vemos aquí en el cibercafé. [37]

‒Me lo puedo imaginar perfectamente, Sócrates. Continuá, por favor.

‒Como han vivido siempre allí piensan que la única realidad es lo que ven en las pantallas, ya se trate de los textos o de las imágenes que allí aparecen. Creen así que conocen muchos sitios y personas; los que tienen tecnologías de tres dimensiones, incluso quizá que han estado allí o conversado con esa gente. Y, en caso de abandonar por un rato las máquinas, hablan unos con otros en el cibercafé sobre estas imágenes virtuales. Hazte una idea ahora de qué ocurriría si uno de estos hombres, sin advertirlo, diera un día con la puerta y saliera al mundo exterior. Al principio la luz del sol lo encandilaría pero, a medida que se acostumbraran sus ojos, empezaría a reconocer muchas de las cosas que veía antes solo en la pantalla. Primero lo angustiaría la imprevisibilidad de los objetos, los acontecimientos y las personas, a diferencia de lo que ocurría en la pantalla. Encontraría también, al comienzo, muy largos los recorridos para moverse de un sitio a otro. Pero, tras habituarse, se animaría a vivir de este modo y también a hablar y escuchar a las personas. Y se pondría feliz al sentirse más vivo que cuando habitaba en el cibercafé.

‒Yo creo también que sería así como vos decís.

‒Después de moverse por un tiempo en las ciudades construidas por los hombres se atrevería a abandonar incluso esos lugares, y visitaría las grandes maravillas de la naturaleza, como las bellas montañas y lagos; los mares furiosos y oscuros, y los azules y calmos; los glaciares que aún conservan la majestuosidad de sus hielos; los desiertos sin fin. Se acostaría en playas vacías en el día para sentir el calor del sol sobre su rostro; o en los campos lejanos durante la noche para no dejar de asombrarse de la estremecida palidez de la luna así como por el atiborramiento de estrellas, sugerentes de mundos lejanos y desconocidos. Y, aunque no terminara de explicarse cómo se habría originado y seguía existiendo todo esto, comprendería que esa es la verdadera realidad y no la de las sombras del cibercafé. Recordaría entonces a sus antiguos compañeros, sentiría una infinita pena por su condición y pensaría quizá en liberarlos.

‒Seguramente esa sería la reacción en un hombre como el que describís.

‒Pero ¿qué te parece que ocurriría, querido Yves, si efectivamente regresara y tratara de explicarles lo que ha visto en el mundo exterior? ¿No te parece muy probable que pensarían que está loco y desvaría, y tratarían de encerrarlo en un manicomio, o incluso en una cárcel, por constituir una amenaza para la sociedad y que, los más estrechos de mente, pensarían quizá en matarlo?

‒No sería extraño que ocurriera de este modo, Sócrates.

‒Bueno, dejemos por ahora aquí. Quizá otro día podamos seguir conversando al respecto.

‒Es siempre una experiencia estimulante hablar con vos, Sócrates. Y, cada vez que lo hago, a pesar de nunca sacar nada en limpio y sentirme más confundido que al comienzo, creo ser, sin embargo, un hombre más sabio. Me tomo un taxi ¿Querés que te acerque a algún lado?

‒No, gracias. Prefiero caminar y seguir dialogando conmigo mismo. Como dice el poeta

“quien habla solo espera
hablar a Dios un día.” [38]

‒¡Unime a tu plegaria, Sócrates!

‒Así lo haré, Yves. Chau, y hasta cualquier momento.

‒Chau, hasta pronto.

Referencias

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Whitehead, A. N. (1979). Process and Reality. Ed. por D.R. Griffin y D.W. Sherburne. Nueva York: Macmillan.


[1Hemos utilizado aquí elementos tomados de los auténticos diálogos platónicos con el propósito de jugar al "juego serio" que el propio Platón allí propone y evidenciar las virtudes de su singular método de exposición. Agradezco a todos los que, en distintos ámbitos y ocasiones, celebraron con su entusiasta recepción mi elección en el presente texto de este formato para el desarrollo de un debate filosófico. El empleo para su escritura del registro rioplatense se debe a que, dada mi procedencia cultural, es el que mejor refleja el tono coloquial que caracteriza al diálogo platónico. Al respecto puede verse en nuestro medio la traducción de C. Mársico del Banquete de Platón y la de P. Cavallero, D. Frenkel, C. Fernández, M.J. Coscolla & R. Buzón de Nubes de Aristófanes, en las cuales se han adoptado criterios similares. No hay dudas respecto al carácter apócrifo de este diálogo. Además de ser un planteo anacrónico, se utilizan, a menudo de modo rudimentario y obvio, elementos tomados de los auténticos diálogos platónicos. Esto no deberíamos atribuirlo, sin embargo, a una intención de plagio sino más bien al propósito de rendir con el texto un modesto homenaje al divino Platón, a través de la imitación de su método de exposición.

[2El siguiente escrito está inspirado en reflexiones sobre el texto de Jeanneret, Yves. (2000). “Chapittre 1: Quatre lectures d´un texte fondateur”, en Y a-t-il (vraiment) des Technologies de l´information?, P. U. du Septentrion, Villeneuve d´Asca, y remitimos en cada caso a las secciones pertinentes de este trabajo. El personaje de Yves es, no obstante, totalmente ficticio y no se pretende realizar un retrato histórico del autor o atribuirle con ello a él las afirmaciones que se ponen en su boca.

[3La escena de apertura evoca el inicio del Banquete y, especialmente, del Fedro. Allí Sócrates se encuentra en las afueras de Atenas con Fedro, quien es un fanático de los discursos y ha ido a caminar por los campos para aprenderse de memoria uno escrito por el famoso orador Lisias. Ambos personajes se instalan en un escenario bucólico para leerlo.

[4Acumeno era médico, al igual que su hijo Erixímaco, uno de los personajes y oradores que disertan sobre éros en el Banquete de Platón. Fedro es presentado en ambos diálogos siempre presto a seguir los consejos de ambos.

[5“Boxing day” es el 26 de diciembre que es día feriado en el Reino Unido y otros países que pertenecieron al Commonwealth. El nombre proviene de que en ese día antiguamente se solían entregar regalos en cajas ‒“boxes”‒ a los menos favorecidos.

[6Término inglés utilizado para referirse combinadamente a Oxford y Cambridge y al prestigio de la producción intelectual que estos centros de estudio representan.

[7Así como la aparición de recursos de la información como la escritura representa usualmente el paso de la prehistoria a la historia, del mismo modo las nuevas tecnologías lo serían del tránsito de una era preinformática a una posinformática. Cf. Floridi (2009: 228).

[8Seguramente una versión irónica del nombre del líder de la cibernética Bill Gates.

[9La historia tiene evidentemente por base la de Platón en Fedro 274c-275b e intenta aplicar la crítica a la escritura a las nuevas tecnologías de la información, siguiendo el planteo de Jeanneret (2000). En el original los personajes son Teuth, un inventor y divinidad egipcia de Naucratis, y Thamus, a la sazón el rey de Egipto.

[10La sección que aquí se inicia refiere a lo que Jeanneret (2000: 17-25) manifiesta en la primera parte de su artículo en relación con la valoración de la escritura y, mutatis mutandis, de las nuevas tecnologías de la información.

[11El argumento del experto al que aquí alude Yves, aplicándolo al caso de las tecnologías de la información, se remonta también a los diálogos platónicos. Si bien, por una parte, solo quien está realmente calificado podría hacer buen uso del recurso en cuestión, se plantea el problema de si esto lo acredita también desde un punto de vista ético.

[12La palabra phármakon en griego antiguo oscila entre estos dos significados, lo cual es motivo central de las reflexiones de Derrida sobre este texto de Platón.

[13El desarrollo de la ciencia y tecnología en general implican un nuevo modo de “ser-en-el-mundo” que afecta no solo los modos de producción intelectual sino una reformulación de los vínculos sociales mismos.

[14Hasta aquí el texto refiere a lo que expresa Jeanneret (2000: 17-25). Comienzan ahora algunas formulaciones de la autora que pretenden incorporar algunas reflexiones “platónicas” en torno a la cuestión.

[15Esto refiere a lo que sería para Platón el arte de la dialéctica en general, tal como expresa e.g. en Fedro 266b, aunque, la entienda, particularmente, como la habilidad de unir y separar en relación con las Formas, especialmente en los llamados diálogos tardíos como el Sofista y el Político.

[16Esto es una alusión al complejo problema de la inteligencia artificial que va más allá del tema de la inscripción en un soporte material que implican las nuevas tecnologías de la información y que es lo discutido por Jeanneret (2000). Al respecto puede citarse como uno de los artículos fundacionales el de J.R. Searle “Is the Brain´s Mind a Computer Program?”

[17Juramento típico de Sócrates utilizado para dar énfasis a lo expresado y evitar al mismo tiempo jurar por los dioses.

[18Sobre el concepto de “cyborg”, i.e. una persona hipotética cuyas facultades se extenderían más allá de las limitaciones humanas a través de elementos mecánicos construidos en el cuerpo, Cf. Selinger (2009).

[19En el caso de Platón el sabio conoce lo bueno en la medida en que determina lo que es beneficioso en el individuo para cada aspecto del alma y su conjunto (República 4.442c) y en la ciudad para cada parte o estamento y su conjunto (República 4.428e-429a), en bases a lo que es lo Bueno para la realidad tomada como totalidad (República 6.505a), tal como sería la puesta en perspectiva del plano individual y político a la luz del ordenamiento cósmico, como ocurre en el Timeo. Esta idea es retomada de distinto modo por Aristóteles y los estoicos.

[20Alusión al imperativo categórico de Kant: “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.”

[21Referencia a la propuesta de Habermas de una “acción racional comunicativa” que ubica la racionalidad en estructuras lingüísticas interpersonales. Los fundadores de la Escuela de Frankfurt, como Horkheimer, Adorno y Marcuse, ya habían apuntado a la diferencia entre una razón instrumental y una razón práctica a la manera kantiana en relación con la crítica que hacen de la tecnología como ideología en la sociedad contemporánea.

[22Esta idea aparece trabajada por Heidegger en textos como La pregunta por la técnica y Serenidad.

[23El efecto de embotamiento que acarrea someterse a un diálogo refutatorio con Sócrates es descripto por Platón en Menón 80a-b.

[24I.e. un phármakon, que era ya en Homero una poción medicinal y, a la vez, mágica.

[25La teoría de la anámnesis o reminiscencia, expuesta en el Fedón, el Menón y el mismo Fedro, refiere a un “recordar” activamente las Formas que habríamos contemplado en una existencia previa, no ligada al cuerpo mortal. Esto sería una representación mítica del método dialéctico a la manera en que se lo describe en el Banquete y en la República, el cual consiste en un ascenso que culmina en la captación de las Formas como primeros principios explicativos y ontológicos.

[26Esto refiere a la “deconstrucción” de la crítica a la escritura de Platón realizada por J. Derrida en “La farmacia de Platón” en La diseminación y comentado por Jeanneret (2000: 25-29).

[27Esta es la crítica formulada en Jeanneret (2000: 29-34) en relación con Platón, en primer término, y respecto de Derrida, en segundo término.

[28Alusión a la historia sobre la misión socrática que se relata en Apología 20e y ss. según la cual el oráculo de Delfos habría dicho a Querofonte que Sócrates era el hombre más sabio. Por resultarle a este último, supuestamente, una afirmación enigmática, es que procedió a interrogar a los hombres considerados sabios, como políticos, poetas y artesanos, y descubrió que estos, a diferencia suya, no sabían lo que creían saber.

[29Tal como se sugiere en Fedón 85c-d y Timeo 27c-d.

[30Que el hombre, incluso el más sabio, solo logra en parte una condición tal se subraya p.e. en Fedón 65e-66a.

[31Cf. Fedro 271e-272b.

[32Esto refiere a lo expuesto por Jeanneret (2000: 34-39).

[33Esta es la tesis fundamental de Havelock (1963) respecto al significado que tuvo en Grecia la invención del alfabeto y el pasaje de una cultura oral a una escrita.

[34La figura de Sócrates así como su pensamiento despertó las más diversas interpretaciones a lo largo de toda la historia de la filosofía. Entre las primeras fuentes antiguas se encuentran: diversos escritos de Jenofonte; Las Nubes del comediógrafo Aristófanes; citas dispersas en los textos de Aristóteles. Sin embargo, la más influyente es, sin duda, la obra de Platón quien hizo de Sócrates el personaje principal de la mayoría de sus diálogos.

[35A modo ejemplificador podemos recordar la famosa afirmación de Whitehead de que la filosofía occidental es una nota a pie de página a los diálogos de Platón.

[36Un estado similar de extenuación frente al incansable espíritu indagador de Sócrates al que manifiestan sus interlocutores al final de numerosos diálogos platónicos.

[37Empieza aquí una versión libre de la alegoría de la caverna relatada por Platón en República 7.514a y ss. La referencia al garaje se inspira en discursos biográficos que sitúan a Bill Gates en un sitio de estas características al momento de dar origen a las nuevas tecnologías.

[38Versos de la poesía “Retrato” de Antonio Machado en Campos de Castilla.


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Número Actual
Volumen 13 / Número 1 Especial
Editorial [pp 1-3]
Platón y el juego de crear
María Angélica Fierro 
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Introducción [pp 5-9]
Escritos que quedan para semilla
Cristian Emiliano Valenzuela Issac 
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[pp 11-16]
La verdad del delirio amoroso
Milena Azul Lozano Nembrot 
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[pp 17-22]
Una mentira que te haga feliz
Marcos Travaglia Gruber 
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[pp 23-28]
Una giornata particolare
Mariana Andujar 
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[pp 29-31]
El juego de la seducción:
Edgar Ezequiel Detez García 
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Interludio [pp 33-38]
Práxis platónica
Enzo Diolaiti 
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[pp 39-41]
Una conversación atípica
Fabio Amadeo Pereyra 
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[pp 43-46]
Éros según la perspectiva de los cocineros
Yun Sun 
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[pp 47-48]
Bajo la mirada de los dioses
Mariana Beatriz Noé 
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[pp 49-60]
Un diálogo apócrifo de Platón
María Angélica Fierro 
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Post-scriptum [pp 61-63]
Un beso de despedida
Cristian Emiliano Valenzuela Issac 
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