Actualizado en  mayo de 2017   

Volumen 4 / Número 1
Junio 2008
La Filiación
ISSN 1553-5053


Ensayos Especiales

¿Vos sabés quién sos?

La gesta de las Abuelas de Plaza de Mayo
Rita Arditti

En marzo de 1976, una junta militar tomó el poder en la Argentina. Este no fue un golpe de Estado más, como los muchos que se produjeron en mi país. El golpe abrió la puerta al régimen más sangriento que la Argentina ha llegado a conocer. Los militares consideraban cualquier crítica al régimen como un signo de anti-argentinidad, como un comportamiento subversivo que necesitaba ser destruido para proteger al país.

Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y asesinadas. Alrededor de 30.000 personas, la mayoría jóvenes entre 16 y 35 años, fueron desaparecidos. Llevados a centros clandestinos de detención, nunca más se volvió a saber de ellos. La sociedad Argentina quedó paralizada por el miedo.

Hubieron, sin embargo, quienes se negaron a ser silenciados. Entre los familiares de los desaparecidos emergió un grupo de madres que resistió. El 30 de abril de 1977, estas madres llevaron a cabo su primera protesta en la Plaza de Mayo, centro de la vida cívica del país. Calificadas despectivamente como “Las Locas de la Plaza de Mayo”, encontraron la forma de canalizar su desesperación y frustración por medio de la acción. Ni ellas ni la Argentina volverían a ser las mismas.

Algunas de estas madres estaban envueltas en la búsqueda de dos generaciones de desaparecidos –sus hijos y sus nietos, que fueron o bien secuestrados junto a sus padres o bien nacidos en cautiverio en los centros clandestinos de detención. Hace aproximadamente 30 años, en Octubre de 1977, doce de estas madres fundaron la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Se comprometieron a encontrar a sus familiares desaparecidos y a devolver los niños, secuestrados o nacidos en cautiverio, a sus legítimas familias.

La profunda crisis económica y la derrota de Argentina frente a Gran Bretaña en la guerra por las Islas Malvinas, en 1982, trajo como consecuencia el fin del régimen militar.

Bajo el gobierno democráticamente electo de Raúl Alfonsín, los miembros de la junta fueron juzgados, y en 1985, cinco generales fueron declarados culpables, y sentenciados a penas de prisión que iban desde los cuatro años y medio hasta cadena perpetua. Otros cuatro fueron declarados inocentes. Cientos de miembros de la policía y de las fuerzas armadas deberían haber sido enjuiciados, pero las amenazas al gobierno escalaron considerablemente. En un esfuerzo por pacificar a los militares, el presidente Alfonsín promovió las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que otorgaban de hecho amnistía a un gran número de acusados. Grupos de derechos humanos rápidamente solicitaron que esas leyes fueran declaradas inconstitucionales, pero sus reclamos fueron sumariamente rechazados por la autoridad judicial en complicidad con la junta. Para empeorar las cosas, en 1989, el nuevo presidente, Saúl Menem, otorgó un indulto presidencial a los generales condenados en 1985. Las leyes de amnistía y el indulto presidencial marcan el inicio de una cultura de impunidad que tuvo graves consecuencias en los años siguientes para el desarrollo y afianzamiento de la democracia en Argentina.

Separar a los niños de sus familias legítimas ha sido una de las estrategias del régimen militar. Muchos de los niños secuestrados y robados han sido entregados, como objetos, a altos funcionarios o a miembros de las fuerzas armadas y a la policía. Otros fueron abandonados en las calles o en orfanatos, sin ninguna información acerca de sus orígenes. ¿Cuál fue la concepción que animó semejante accionar? Los miembros de la junta temían que si los hijos de los desaparecidos crecían con sus familias, acabarían odiando a los militares. La incorporación de los niños a “la gran familia Argentina” requería la destrucción de sus identidades. Esta fue también una manera de castigar a las familias de los “subversivos” robándoles a sus nietos.

Uno de los objetivos primordiales de la agenda de las Abuelas fue encontrar la forma de demostrar al sistema judicial el verdadero origen de cada uno de los niños encontrados. Las abuelas trabajaron con científicos para desarrollar un test genético. Presentaron el "Índice de Abuelidad", el cual prueba la identidad con un 99.95% de exactitud. Este desarrollo les posibilitó crear el Banco Nacional de Datos Genéticos, el primero en su tipo en el mundo, el cual almacena una muestra de sangre de miles de familiares de desaparecidos, de manera que incluso después de sus muertes, los niños sean aún capaces de descubrir sus orígenes. Las Abuelas también trabajaron con antropólogos forenses, quienes fueron capaces de demostrar mediante el examen de restos óseos encontrados, que las mujeres embarazadas secuestradas por los militares dieron a luz a sus bebes antes de ser asesinadas.

La labor de las Abuelas condujo a la conceptualización de un nuevo derecho humano: el derecho a la identidad. Este derecho fue incorporado a la legislación internacional de derechos humanos bajo el artículo número 8 de la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, la cual exige a los Estados miembros el respeto del derecho de los niños a preservar sus identidades y la obligación de adoptar medidas para restituirla en los casos en los que haya sido sustraída.

Tuve la suerte de conocer y entrevistar a muchas Abuelas y a sus colaboradores para mi libro publicado en el año 1999, Searching for Life: The Grandmothers of the Plaza de Mayo and the Disappeared Children of Argentina (De por vida: Las Abuelas de Plaza de Mayo y los Niños Desaparecidos). Desde entonces, continúo maravillándome ante su fortaleza y la capacidad para adaptarse al cambiante clima histórico-político de la Argentina. Por ejemplo, durante los primeros años, los niños identificados eran jóvenes. Algunos incluso recordaban haber sido secuestrados y tenían imágenes de haber sido separados de sus padres. Cuando volvieron a sus familias de origen, se adaptaron con bastante facilidad a la vida con ellos. Luego, la situación comenzó a ser más complicada. Los niños habían vivido durante muchos años con las familias que los habían apropiado, y habían creado vínculos emocionales con ellos.

Mientras que las Abuelas continuaron investigando y recopilando información sobre cada caso, también desarrollaron nuevos programas y actividades para educar a los argentinos sobre del derecho a la identidad, en un esfuerzo por impedir que la violación de los derechos humanos vuelva a ocurrir alguna vez. Las Abuelas explicaron la diferencia entre la apropiación y la adopción, destacando la importancia de la verdad histórica en el desarrollo de una sana identidad.

Ellas también llegaron directamente a los jóvenes utilizando la cultura popular. Las Abuelas formularon la pregunta “¿Vos sabés quien sos?” en radio, televisión y en innumerables eventos públicos. Proyectos como Tango por la Identidad, Artes Gráficas por la Identidad, Música por la Identidad y Arquitectura por la Identidad hicieron correr la voz sobre las identidades robadas entre los jóvenes de la Argentina. En el Teatro por la Identidad los jóvenes escribieron y representaron obras dramatizando las cuestiones del conflicto y de poder, en torno al tema de la identidad. En el 2000, más de 40.000 personas asistieron a funciones gratuitas de más de cuarenta obras producidas por el Teatro por la Identidad.

Luego, 72 jóvenes que tenían dudas acerca de sus orígenes, se acercaron a las Abuelas para que los ayudaran a descubrir quienes eran. Dos volúmenes de estas obras de teatro fueron publicados y leídos en innumerables sesiones y eventos comunitarios, no sólo en Buenos Aires sino también en todo el país. El Teatro por la Identidad continúa hasta nuestros días y ha sido difundido recientemente en Europa, donde algunas de las obras fueron representadas en España y traducidas al inglés y al francés.

La unión de los jóvenes y las Abuelas condujo a otro proyecto, el Archivo Biográfico Familiar. Los jóvenes notaron con tristeza que los abuelos/abuelas estaban muriendo sin haber encontrado a sus nietos, y que las historias de esas familias se estaban perdiendo. Así propusieron recabar las historias de vida de los desaparecidos por medio de sus familias y allegados, para que los niños encontrados pudieran saber acerca de sus familias, incluso después de que sus familiares hayan muerto. Hasta el momento, los encargados del archivo han entrevistado a más de 300 familias. El archivo cuenta con una colección de fotos, películas, archivos de audio, diarios personales, objetos significativos e historias de vida que serán entregadas a los hijos de los desaparecidos cuando éstos sean encontrados.

El trabajo en conjunto con los jóvenes asegura que la lucha contra la impunidad y la recuperación de los niños secuestrados seguirá adelante, incluso cuando las Abuelas, que actualmente tienen entre setenta y noventa años, ya no estén.

En julio de 2005, lo imposible sucedió. La recientemente nombrada Corte Suprema sostuvo la decisión del Congreso del año 2003, llevada a cabo bajo la conducción de Patricia Walsh, representante del partido Izquierda Unida e hija del escritor desaparecido Rodolfo Walsh, derogando las atroces leyes de amnistía promovidas por Alfonsín. El tribunal decretó la inconstitucionalidad de las leyes de amnistía, por considerarlas contrarías a las normas internacionales de los derechos humanos. Esto allanó el camino para renovar las acciones judiciales por las violaciones de los derechos humanos llevados a cabo durante la dictadura militar.

El trabajo perseverante de las Abuelas proporcionó evidencias para realizar cientos de juicios. Uno de ellos, el del oficial de policía Julio Simón, acusado por la desaparición de una joven pareja y su hijo de un año de edad, fue la base del fallo de la Corte Suprema. Simón recibió una sentencia de 25 años de prisión. Actualmente hay abiertas 959 causas penales y 211 personas con prisión preventiva. Un juicio que atrajo enorme atención fue el de Miguel Etchecolatz, director de investigaciones de la policía de la Provincia de Buenos Aires desde marzo de 1976 hasta fines de 1977, periodo en el cual se produjo el mayor número de las desapariciones. El 19 de Septiembre de 2006, luego de un juicio en el que declararon más de 100 testigos, Etchecolatz fue declarado culpable de una cantidad de atrocidades y sentenciado a reclusión perpetua. Dos días antes de que la sentencia fuera anunciada, Jorge Julio López, un trabajador de la construcción, jubilado de 77 años de edad, quien había declarado en el juicio, desapareció, sin que hasta el día de hoy se hayan tenido noticias suyas. Los tres magistrados que presidieron el juicio a Etchecolatz recibieron llamadas telefónicas intimidatorias. En Diciembre de 2006, Luís Gerez, un albañil que un año antes había testificado contra otro represor, también desapareció. En esta oportunidad el Presidente Néstor Kirchner acudió inmediatamente a la televisión y a la radio para denunciar la desaparición. Dentro de la hora siguiente al discurso de Kirchner, Gerez reapareció con claros signos de haber sido torturado.

Otro juicio que esta siendo observado de cerca es el de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada o ESMA. La ESMA fue uno de los centros clandestinos de detención más grande de la Argentina, miles de personas pasaron por allí. Jóvenes mujeres embarazadas fueron encarceladas en las salas de maternidad secretas de la ESMA hasta que dieran a luz a sus bebes. Luego fueron asesinadas, y los bebes fueron entregados a través de adopciones fraudulentas al personal de la armada o policías que se habían anotado en una lista para obtenerlos. En marzo de 2004, en el aniversario número 28 del golpe de 1976, el presidente Kirchner, en una ceremonia muy conmovedora, abrió la ESMA al público, disculpándose por el rol del Estado durante la represión, y anunció su intención de dedicar este espacio para la recuperación de la memoria histórica.

Recientemente, Victoria Donda, una nieta encontrada, nacida en la ESMA, se preparaba para testificar en el juicio contra uno de los represores; al regreso de sus vacaciones, encontró que habían entrado violentamente a su casa. Luego de su nacimiento, su madre le había colocado una cinta azul en el lóbulo de su oreja, con la esperanza de que esto ayudara a identificarla. Una cinta azul y un mensaje amenazador fueron dejados en su casa durante el allanamiento.

Tuve la oportunidad de hablar con Donda a principios del año 2006. Ella es una mujer joven y vital que participa en políticas feministas y progresistas. Creció en una familia conservadora, y nunca tuvo dudas sobre su identidad hasta que fue contactada por un grupo de jóvenes activistas del movimiento de derechos humanos. Ellos le dijeron que habían recibido mensajes anónimos con información sobre sus orígenes. En el año 2004 descubrió que en realidad había nacido en la ESMA, lugar donde su madre había sido llevada con cinco meses de embarazo. Donda me dijo:

“En julio de 2003 las chicas de Hermanos y chicas que participan en Abuelas concluyeron una investigación que ellas venían haciendo, se acercaron a mí y me dijeron que había posibilidad que yo fuera hija de desaparecidos. Primero fue como si se me hubiera caído el mundo. A los dos, tres días, entendí que yo era parte de esta historia, la historia de mi país. Cuando las chicas me dieron la información me fui a un parque y me puse a llorar. Y después me fui a Abuelas pero yo todavía no me quería hacer la prueba de sangre. Dudé unos seis meses. Tardé, no dudé, siempre sabía que me la iba a hacer. Pero tenía miedo. Me fui a la biblioteca de Abuelas. Hojee un libro sobre desaparecidos donde estaban las fotos de papás desaparecidos y empecé a buscar alguien que se pareciera a mí. Eso hice.

Y después, el 24 de marzo de 2004, cuando Kirchner le devuelve la ESMA a la gente yo estaba en la puerta de la ESMA y me dí cuenta que me tenía que hacer el análisis. Y me hice el análisis y ahí me enteré que mi nombre era Victoria, y supe quienes habían sido mis padres.

Mi tío Adolfo Donda, diez años mayor que mi papá, era jefe de operaciones de la ESMA y está preso por torturas. Fue él quien la mandó secuestrar a mi mamá y me regaló a mí. Fue también él quien mandó a ejecutar a mi papá y el que crió a mi hermana, Eva Daniela.

Yo tenía mucho miedo de quedarme sola. Sin los compañeros de la organización en que milito (Barrios de Pie) nunca me hubiera hecho el análisis. En realidad, porque también sentía que les estaba fallando a ellos. Aparte, al conocer a las Abuelas, pensé que no era justo, si una de ellas era mi abuela que no supiera que era mi abuela. Encontré una de ellas, que vive en Canadá y pronto voy a ir a verla.

Lo más importante de todo esto es entender que lo que me pasó a mí, que lo que le pasó a mi mamá, a mi papá, a las Abuelas que perdieron sus hijos y están buscando a sus nietos, es que nosotros fuimos las víctimas directas de una política de Estado. Y al ver hoy en los barrios, chicos de mi edad, sin futuro, a chicos más chicos que yo sin futuro, al ver una cultura de trabajo totalmente destruida, al ver niños que están naciendo desnutridos, y también que nos robaron la identidad, porque la identidad es todo lo que hace al pueblo, entender que lo que nos pasó, nos pasó a todos. No es que me pasó a mí y a ellos no les pasó nada. Entender que esta historia, con lo dolorosa que es, es parte de la historia del pueblo argentino, del pueblo latinoamericano.

Lo más importante que yo aprendí es que en vez de compadecerme de mí misma, tengo que mira alrededor mío, donde hay mucho sufrimiento, y si yo quedé viva es para hacer algo para que las cosas cambien. Para mí el proyecto personal está en función del proyecto colectivo.”

Un joven nacido en la ESMA, Juan María Cabandié, también creció en una familia conservadora sin saber la verdad acerca de sus orígenes, aunque él siempre se sintió “diferente” a su familia. Su madre también tenía cinco meses de embarazo cuando fue llevada a la ESMA en 1977. Cuando le pregunté a Cabandié en el año 2006, qué fue especialmente útil para enfrentar su historia, él respondió:

“Yo creo, y no es por sacarle valor a los organismos que vienen luchando hace ya casi 30 años y lo van a seguir haciendo, pero para mí lo que fue realmente importante, fue que el Estado tenga una política en derechos humanos. Cuando el Estado se hace presente en ese sentido, el impacto que genera en la sociedad, en mi caso, fue como reparador. Saber que el mismo Presidente estaba apoyando a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Era el mismo Presidente que nos devolvía el lugar donde pasaron cinco mil compañeros, donde nací yo, donde desapareció mi mamá, la ESMA. Eso fue para mí lo más protector que he sentido, un Estado que se hace presente. Como que no había posibilidad de estar en la marginalidad. Como que estaba en el mundo con la cabeza bien alta y digo ‘Soy hijo de desaparecidos, me pasó esto.’ Que también lo hubiera hecho, pero sentir que el estado estaba presente en esto fue como un respaldo importantísimo.

Al igual que Donda, él también dijo:

A mí me gustaría que la gente que lea esto tenga conciencia de que mi caso no es mi caso personal, sino que es un elemento más de una problemática colectiva que vivimos lamentablemente en Sudamérica a consecuencia de dictaduras. Y que esas dictaduras tenían un plan bien pensado por ellos y que era la devastación de los sujetos, la desintegración de la persona, las ideas de la persona, desintegrar la participación, desintegrar lo colectivo. Tuvieron un plan neoliberal. Mi robo o mi apropiación, no es un hecho aislado, sino que tuvo que ver con aquella dictadura económica que vinieron a instalar y que no soy yo ni los 500 niños que buscan las Abuelas, ni los 30,000 desaparecidos, los únicos afectados por esto. Somos víctimas directas de esto, pero el pueblo y la ciudadanía en su conjunto son víctimas de ese terrorismo de estado que devastó los lazos sociales, la movilidad social ascendente, los recursos, el trabajo de los argentinos.

Así que me gustaría que el que lea esto pueda hacer ese atravesamiento histórico y además entender que esas dictaduras latinoamericanas fueron impulsadas por el gobierno de los Estados Unidos. Yo estaría satisfecho si el lector pudiese entender eso. Que la mía no es una historia de vida personal, que está en el marco de un plan macabro y siniestro.”

Cuando conocí a las Abuelas por primera vez en el año 1989, me enteré, para mi sorpresa, que no existía un cuerpo de leyes internacionales referente al tema de las desapariciones forzadas. Finalmente, en Diciembre de 2006, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó unánimemente la Convención contra las Desapariciones Forzadas.

Argentina y Francia desempeñaron un rol fundamental logrando que esta convención siga adelante; la labor de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ha sido ampliamente reconocida por haber allanado el terreno para que esto sucediera. Una vez que veinte países ratifiquen dicha Convención –lo cual no debería tardar demasiado, dado el consenso que existe al respecto- la convención se convertirá en el primer tratado obligatorio y universal que define a las desapariciones forzadas como una violación de los derechos humanos. Cuenta con cuatro aspectos principales: lucha contra la impunidad, prevención, reconocimiento de los derechos no sólo de los desaparecidos sino también de sus familiares, y generación de formas de compensación para los agravios infligidos.

Bajo el régimen de la dictadura, a pesar de las constantes amenazas e intimidaciones, las Abuelas perseveraron en su trabajo, identificando y recuperando algunos de los aproximadamente 500 niños desaparecidos. Incluso bajo la democracia las Abuelas fueron el blanco de nuevas intimidaciones, y desde los nuevos juicios las amenazas se han multiplicado. Una noche del año 2002, la casa de Estela Carlotto, presidente de la organización por los últimos dieciocho años, fue baleada. Afortunadamente ella no resultó herida. Carlotto lo dijo de esta manera:

“Los ladrones de los nietos no hablan, no confiesan, no nos ayudan, no nos allanan el camino. Es como que acá no pasó nada. Se mueren sin confesar. De manera que este camino va a ser largo. Entonces, esta lucha hay que seguirla, manteniendo viva la memoria. Aunque no quede una sola Abuelas esta lucha va a seguir, con un relevo, con la incorporación de los nietos encontrados, nuestros otros hijos, jóvenes simpatizantes, familiares, etc., que ya forman parte de los equipos de la institución.

Y espero que los que lean esto, los que se interesen por este tema, que sean reproductores en el lugar en que estén, no importa en que país. Por dos razones, primero porque la Argentina es parte de este globo terráqueo y segundo, porque el Nunca Más nos alcanza a todos.”

La labor de las Abuelas se puede resumir en una frase: “No a la impunidad frente a las atrocidades cometidas contra los derechos humanos”. Hasta ahora, han recuperado la identidad de 86 niños secuestrados. Su trabajo continúa –para más información, usted puede visitar la página Web: www.abuelas.org.ar.




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