Actualizado en  junio de 2017   

Volumen 3 / Número 2
Septiembre 2007
El Arte ante la Catástrofe
ISSN 1553-5053


Resumen

La obra teatral “Antígona Guaraní” es una producción colectiva, sobre un guión original de Victor Sosa, con la colaboración de Regina Bachero, Gladys Torres y Juan Jorge Michel Fariña. Fue representada por única vez el 26 de diciembre de 2004 en Asunción del Paraguay, como parte de las actividades de integración social de las familias afectadas por el incendio del supermercado Ycuá Bolaños. La puesta estuvo a cargo de actores que provenían de distintos elencos y que se sumaron espontáneamente a partir de una convocatoria realizada en la Universidad Columbia del Paraguay con el auspicio de Fundar (Fundación Rivarola Queirolo). La puesta de la obra representó un acontecimiento comunitario para los habitantes de los barrios afectados. Se dispone del libreto preparado para la oportunidad (la función fue con teatro leído), fotografías realizadas por Gabriela Zuccolillo y una filmación casera en la que aparecen agregados al texto, fruto de la improvisación de los actores. El presente trabajo da cuenta del contexto histórico (el incendio, que causó casi 400 víctimas fatales), y de los emergentes clínico-institucionales que fueron nutriendo la obra teatral, haciendo de su gestación y puesta en escena un acontecimiento estético y de resistencia y memoria colectivos.

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Antígona Guaraní: el teatro como vía de elaboración de las catástrofes sociales

Juan Jorge Michel Fariña

Con la colaboración de Gladys Torres, Sandra Gargiulo, Yolanda Cubells y Beatriz Rivarola

Entre alrededor de 1790 y 1905 poetas, filósofos e intelectuales europeos sustentaban la difundida opinión de que la Antígona de Sófocles era no sólo la más excelente de las tragedias griegas sino una obra de arte más cercana la perfección que cualquier otra producida por el espíritu humano. Con esta frase, deliberadamente épica, George Steiner inicia su clásico tratado sobre las versiones modernas y contemporáneas de esta maravillosa tragedia griega.

Ambientada inmediatamente después de la batalla de Tebas, uno de los temas centrales de la “Antígona” es el conflicto entre los intereses del Estado y el necesario proceso de duelo que transita quien pierde a un ser querido. Desde su estreno en el siglo V A.deC. la tragedia ha sido considerada un referente de los principios éticos que rigen a las sociedades, instalando el derecho a la sepultura y al duelo como valores que trascienden el paso del tiempo.

Esa es seguramente una de las razones por las cuales desde entonces se han escrito un centenar de versiones, cada una de ellas ambientada en situaciones particulares en las que el ritual funerario se ha visto impedido o interrumpido. En su célebre recopilación, George Steiner recorre las versiones europeas, entre las que se encuentran las de Jean Anuhil y Bertold Bretch [1]. Además de las versiones relevadas por Steiner en la obra citada, existen recreaciones de Antígona en otros países de América Latina. En Argentina, por ejemplo, la “Antígona Vélez” de Leopoldo Marechal y la “Antígona Furiosa”, de Griselda Gambaro, escritas en relación a sendas catástrofes de la historia del país.

Respecto de la función social y comunitaria del teatro, ya Aristóteles definió a la tragedia como “la mimesis de una praxis para producir una catarsis”, es decir, la representación a través de los mimos (actores) de una experiencia práctica humana sustancial (praxis), para generar en los espectadores un proceso de purificación o elaboración de sus conflictos (catarsis).

Sobre esta base, es importante destacar la importancia cultural de la versión de la “Antígona Guaraní”. Ante todo, es la primera en la historia literaria del Paraguay y una de las pocas concebida de manera contemporánea con el horror del que busca dar cuenta. La versión de Víctor Sosa recrea el tema de Sófocles conjugando distintos escenarios trágicos de la historia del Paraguay, entre ellos el sometimiento de la lengua Guaraní (parte de la obra está hablada en castellano y parte en guaraní) y el tratamiento de los cuerpos en la tragedia del Ycuá Bolaños.

Ataúdes: una introducción a la Antígona Guaraní

En apenas minutos, el pavoroso incendio del Ycuá Bolaños, ocurrido el 1 de octubre de 2004, cobró casi 400 vidas. Fueron pocas las personas que lograron escapar de la trampa mortal en la que se convirtió de pronto el patio de comidas del supermercado. Frente al Ycuá Bolaños, hay un club cuya cancha de básquet se utilizaba también durante las noches como pista de baile. Esa explanada y más tarde el patio de un regimiento militar se convirtió en la improvisada morgue en la que los cadáveres fueron depositados a la espera de su reconocimiento. La escena no podía ser más terrible. En su desesperación, los familiares y amigos debieron recorrer los cuerpos, muchos de ellos irreconocibles por la explosión y las quemaduras. Intentaban buscar una señal, un anillo, un objeto que entre sus pertenencias confirmara el infierno tan temido de la amarga confirmación.

Al poco tiempo, el gobierno llevó ataúdes para depositar los cuerpos. 400 ataúdes, del tamaño más grande posible para alojar los cadáveres y dar lugar a velatorios y sepulturas. Pero algunas víctimas eran niños pequeños, otras mujeres de baja estatura. Al ser depositados en los cajones, muchos cuerpos quedaban desproporcionados. Para la mitología popular de Paraguay, resulta inadmisible colocar el cuerpo en un cajón demasiado grande, porque el espacio sobrante puede hacer que el muerto arrastre consigo a un familiar. Fue así que para evitar la desgracia, muchas personas de condición humilde pidieron dinero prestado para encargar un ataúd “a la medida de su muerto”, y darle así sepultura con la dignidad que corresponde.

Otro testimonio relata que en la urgencia, los funcionarios introducían al descuido los cuerpos en los cajones, y lo hacían en las condiciones en las que éstos se encontraban: mutilados, encogidos, sucios. Los familiares les reclamaban que había que colocarlos de otra manera, y la respuesta era: “después los arreglamos, ahora los ponemos así para que vayan ocupando un lugar…”.

Un relato de un estudiante de psicología, voluntario en la tragedia:

Acompañamos a un hombre que estaba buscando el cuerpo de su hijo. Cuando lo encontramos, entre el médico y yo le colocamos un hule negro por debajo e intentamos alzarlo para introducirlo en el cajón, pero yo sostenía la parte más pesada y el cuerpo resbaló volcando una sustancia acuosa sobre mi pierna. Allí me di cuenta de que estaba superado por la situación y que quería irme. Pero me quedé y finalmente logramos subirlo hasta el cajón. Pero el cadáver tenía los brazos y las piernas tiesas, extendidas y no entraba. Entonces el médico se puso a conversar con el padre del chico, para distraerlo, y me hizo una seña para que yo quebrara los antebrazos y las piernas del cuerpo. Así lo hice y efectivamente se quebraron los miembros y lo pudimos hacer entrar…

Otro voluntario:

Estaba colaborando en la búsqueda de un señor de 50 años, y su familia me dio como señal para identificarlo, que este hombre era carnicero y que tenía cortado, segmentado, el meñique de la mano izquierda debido a un accidente en su trabajo. Yo iba mirando los cadáveres prestando atención a los dedos de las manos de cada uno de ellos. Finalmente di con un grupo de personas, una familia que estaba llorando a un muerto. Me acerqué disimuladamente (todo era un caos) y me aproximé para verle la mano. Estaba llena de hollín y con el extremo de una lapicera rasqué hasta descubrir los dedos. Advertí entonces que le faltaba el meñique. Llamé al médico, que estaba muy ocupado con otros casos y me dijo que si tal era el caso, la verificación era segura y que le informara a esa familia que “ese no era su muerto”.

Una historia más:

De acuerdo al relato de una señora de la capilla Virgen de Fátima, en el Ycuá Bolaños trabajaban dos panaderos, uno de ellos vecino de la capilla. Por el sector del supermercado en que se encontraban al momento del incendio, a ninguno de los dos se los suponía con vida. Los hijos del panadero de Virgen de Fátima fueron al Tropi Club y trajeron un cadáver totalmente quemado, con el rostro desfigurado, que les parecía tenia la ropa del padre; la esposa no quedo muy convencida porque lo único reconocible del hombre era la ropa interior, pero la misma no era del modelo que usaba el marido sino de un estilo mas “recargado”, diríamos, (con estrellitas y otros adornos); sin embargo, dijo con dolor que tal vez su marido se iba a otro lugar donde usaba ese modelo de interiores y como ademas querian enterrar a su muerto, lo llevaron al cementerio. Al día siguiente, una de las hijas del ya enterrado conversa casualmente con la esposa del otro panadero muerto y le comenta el detalle de la ropa interior; allí esta última, a cuyo marido todavía no lo estaban identificado entre los demás cadáveres, le dijo que su marido solía usar esa clase de ropa. Entonces, la esposa del que ya había sido enterrado sintió un alivio enorme porque indicaba que su marido no tenía “otra vida”, y rápidamente devolvieron el cuerpo a la otra familia para que entierren a su padre.

Recién entre los resultados del primer ADN, en abril del 2005, llegaron los restos del que había sido enterrado erróneamente al principio, terminando de aliviar a su esposa.

De acuerdo a la reflexión de Beatriz Rivarola, “Lo que pensé después de esto es cómo queremos preservar la identidad física y moral de nuestros muertos, queremos recordarles así como eran o como nosotros creíamos que eran; creo que es muy importante ese recuerdo para valorar la perdida en su dimensión exacta y elaborar el duelo debidamente.”

Estas viñetas evidencian la desatención que se suele tener con los cuerpos durante una catástrofe, síntoma de la urgencia, pero también de la incomprensión respecto del valor del ritual funerario en el trabajo de duelo. Durante el terremoto de México en 1985, cientos de cadáveres no identificados depositados en el parque del Seguro Social, fueron enviados a la fosa común. Perviven los testimonios de sus deudos: “Cuántas almas no encontraron el camino de vuelta a casa”. A los familiares les preocupaba “el trato inhumano a los restos, trasladados en camiones de basura a la fosa común”. En ese momento se argumentó que era por razones de salud. Pero hoy sabemos cuánto de creencia hay en tales afirmaciones.

Volviendo al Ycuá Bolaños, los testimonios dan cuenta también del tratamiento de las muestras de ADN extraídas de los cuerpos para certificar la identidad de las víctimas. En palabras de los familiares, se habían llevado "pedazos" de los cuerpos y lo que volvía eran los “resultados de laboratorio”. En varios casos, la información decía que el cuerpo sepultado “no pertenecía” a esa familia.

Tal como ocurrió en distintas partes del mundo con la tarea de los antropólogos forenses, estamos nuevamente ante una tensión entre la lógica de la ciencia forense y los tiempo subjetivos del duelo.

El fragor del siniestro, lleva a siempre a un inmediatismo. La rápida y expeditiva desaparición de los cuerpos es un mecanismo defensivo. Sustraerlos de la vista es a veces un conjuro imaginario ante el dolor. Su retorno inesperado bajo el imperativo del real del ADN, resulta su reverso ominoso. De allí la importancia de recuperar el valor del rito funerario. De allí la importancia de Antígona.

El texto y la puesta en escena de la Antígona Guaraní

El proceso de gestación de la obra comenzó durante las mismas acciones de auxilio y solidaridad con los familiares de las víctimas. En una actividad organizada conjuntamente por la Universidad Columbia del Paraguay y Fundar, Juan Jorge Michel Fariña presentó el tema de la Antígona de Sófocles en el marco de un seminario sobre el duelo. Entre los asistentes se encontraba Victor Sosa, un joven actor y teatrista paraguayo, quien se acercó para comunicar que él era autor de una versión original de la obra de Sófocles, que ponía a disposición. Gladys Torres, vicepresidenta de Fundar, una de las principales ONGs que intervino en la atención clínica y comunitaria, se ocupó de reunir a Víctor con Regina Bachero, una experimentada actriz y directora de teatro. En forma compartida se fue trabajando sobre el texto original, operando cambios fruto de sesiones de improvisación e intercambios hasta llegar a la versión que finalmente subió a escena la noche del 26 de diciembre de 2004 con el siguiente elenco:

Ana Melo: Aramí (Antígona)
Natalí Valenzuela: Isabel (Ismene)
Jorge Báez: Rotela (Creonte)
Omar Mareco: Secretario - Relator (Corifeo)
Beto Ayala : Curandero (Tiresias)
Víctor Sosa : Oficial (Guardia)
Andy Fernandez: Emilio (Hemón)
Leticia Medina: Parte del coro

La puesta se inicia con la entrada ceremonial de los actores, entre los que se destaca la figura femenina que esparcirá la fina capa de polvo anticipando el ritual funerario pendiente. La escena resulta especialmente conmovedora, porque lo que la mujer esparce al viento de la noche son cenizas del incendio del Ycuá Bolaños. La condensación de los escenarios vale toda la puesta y prepara al auditorio para la primera escena, una moderna recreación del diálogo entre Antígona e Ismene –que en la versión paraguaya se nombran respectivamente Aramí e Isabel:

Aramí: Hacé lo que quieras Isabel, pero yo a mi hermano le voy a dar sepultura.
Isabel: Aramí, nuestro tío es el que manda acá y ordenó un castigo a quien se atreva a violar su ley.
Aramí: ¿Violar su ley? Acaso no prohibió que entremos…
Coro: Pero las puertas igual se abrieron solas.
Aramí: ¡Qué me importa su ley! Todos somos iguales y merecemos la misma sepultura... No te preocupes por mí.
Isabel: ¿Cómo no me voy a preocupar? Ya se murieron nuestros padres y ahora nuestros dos hermanos... No quiero perderte a vos también... si vas a hacer, que sea ke na en secreto.
Aramí: Contale a todos, que me vas a hacer un favor.
Isabel: ¡No vayas a ser estúpida! Yo sufro igual que vos por lo que le hicieron a nuestro hermano, pero nada ko le va a devolver la vida.
Aramí: Por ser mi hermano no voy a permitir que su cuerpo se pudra delante de todos, ya está muerto y su alma debe descansar en paz.
Isabel: Como vos quieras...
Coro: pero que sea pronto.

El pasaje permite apreciar el estilo de la adaptación. Hay una permanente condensación de escenarios: una parte del diálogo recrea las coordenadas clásicas de la obra de Sófocles, mientras que en otros parlamentos se hace referencia al incendio del Ycuá Bolaños.

Algo similar ocurre en el célebre enfrentamiento entre Creonte (Rotela en la versión paraguaya) y Aramí:

Rotela: (a Aramí): ¿Es cierto lo que dicen de vos?
Aramí: Lo hice, y no lo niego
Rotela: (al oficial): Retírese. (A Aramí) Y vos, ¿Cómo te atreves a desobedecerme?
Aramí: ¿Qué esperabas? Es mi hermano.
Rotela: el otro también era tu hermano ¿Por qué le preferis al comunista?
Aramí: Ya le quitaron la vida, dejále descansar a los muertos.
Rotela: No vayas a creer que por ser tu tío te voy a perdonar.
Aramí: No quiero que me perdones, ruego para que Dios se apiade de ti por el sacrilegio que cometiste: a los muertos sólo Dios los juzga.
Rotela: ¡A los vivos y a los muertos, aquí yo los juzgo! ¿Crees acaso que Dios le va a perdonar a ese miserable que ni siquiera creía en Él?
Aramí: Eso es asunto de Dios y no de los hombres.

La misma idea reaparece en el parlamento del Curandero (el adivino ciego de la versión original), quien confronta al auditorio y al propio Rotela con su destino:

Curandero: El inocente, sacrificado repetidas veces, tal será en los tiempos venideros la máxima tragedia de la historia paraguaya. Personajes como Rotela, soberbios y enceguecidos por el poder, perseguirán, encarcelarán, matarán y quemarán a cambio de la vida fácil y cómoda. Y por cada Rotela habrá una Aramí.

Nótese en la imagen el sermón admonitorio del Curandero y la oportuna toma del fotógrafo, que captura a un perro alineado junto a los actores que integran el coro. La afrenta de Creonte alcanza así imprevistamente a hombres y a bestias.

Es conocido el axioma que dice "el artista se adelanta al analista", significando con ello que cuando el pensamiento todavía no ha podido dar cuenta de un fenómeno, su esencia es anticipada a través de la obra de arte. Las tomas fotográficas de Sandra Garigiulo y Gaby Zuccolillo, como el texto provisto por Victor Sosa y multiplicado en la voz coral de los actores, son un conmovedor ejemplo de ello. En las sutilezas de la trama, en la mixtura del español y el guaraní, en la crudeza del escenario, la puesta singular de la Antígona Guaraní encuentra su inusitado valor de acontecimiento.

A manera de epílogo: domingo en el Ycuá

¿Qué es el duelo? ¿Cómo hace una familia para elaborar la pérdida de un ser querido cuando las circunstancias de su muerte siguen dolorosamente abiertas? Con estos pensamientos doblamos la esquina de la Iglesia de la Trinidad y nos dirigimos una vez más a los restos del supermercado Ycuá Bolaños. Allí, cada domingo desde aquél terrible 1 de Agosto, se realiza el homenaje a las víctimas del incendio más pavoroso en la historia del Paraguay.

Se trata de una de las ceremonias más conmovedoras que me ha tocado vivir. Un acto ético en el que, respetuosamente, todas las semanas se recuerda a una familia. A veces coincidiendo con el cumpleaños de quién ya no está, o simplemente cuando lo permiten los tiempos del dolor y del duelo. Al principio, los recordatorios se realizaban en la vereda y poco a poco los familiares y amigos fueron ganando un amplio espacio en el antiguo estacionamiento del supermercado. Allí funciona hoy un museo de la memoria. Con nombres, evocaciones, fotografías y sobre todo prodigiosas esculturas conmemorativas. Construidas con los restos del incendio, los carritos de hierros retorcidos por el fuego se apilan y elevan como torres o esqueletos mudos del horror.

Al mediodía, el Ycuá se llena de gente que evoca a su ser querido. Lo hace con canciones, cartas, poesías. Sorprenden la mesura y el cuidado del homenaje, siempre íntimo a pesar del acto público en el que se enmarca. Aunque se trata de un evento memorable, nadie osa filmar lo que allí sucede. Los testimonios de ese 17 de abril de 2005 conmovieron especialmente.
El primero de ellos fue el homenaje que se le brindó a Lili, una cajera que perdió su vida en el incendio. A pesar de estar ubicada cerca de las puertas, debió permanecer hasta último momento en la caja debido a una medida que sancionaba duramente a quienes ante una emergencia abandonaban su puesto de trabajo. Una compañera de colegio evocó su alegría de vivir y contó que a los 24 años, Lili quería seguir estudiando. Había hecho varios intentos, pero todo resultaba imposible debido a la cantidad de horas que cumplía como cajera por un sueldo que apenas llegaba a los cien dólares. Pocos días antes del incendio había muerto su padre y la familia organizó una misa de recordatorio. Estuvieron presentes todos menos Lili, a quién el dueño del Ycuá Bolaños negó el permiso de salida.

Por eso, como bien lo dijo su madre en un testimonio que helaba la sangre, los empresarios paraguayos pretenden haber aprendido la lección del Ycuá mejorando las medidas de seguridad en sus establecimientos, pero manteniendo en ellos las condiciones de explotación y brutalidad que siguen siendo causa de los mayores padecimientos.

El otro testimonio fue el de la familia Urbieta, pionera de la educación en el Paraguay. Fundadores de la Universidad Columbia, el incendio los golpeó duramente. Perdieron la vida Rubén Urbieta, presidente de la universidad, su esposa y dos de sus hijas. Ese mediodía se hicieron presentes las hermanas de Don Rubén y finalmente una de ellas, con la voz quebrada por el llanto tomó el micrófono y ofreció un valiente testimonio. Era la primera vez que la familia volvía al Ycuá Bolaños. No sólo al edificio, sino al barrio de la tragedia, a cuyas calles el dolor no les había permitido regresar. Ocho meses más tarde estaban allí. Para evocar ellos también a sus seres queridos y agradecer a quienes cada domingo mantienen la memoria viva.
Las familias devastadas de una anónima cajera y de un rector universitario, hermanadas en el dolor sin límites bajo el cemento del Ycuá. Una joven que ya no podrá estudiar y un educador que ya nunca más podrá volver a enseñar. Sus vidas se hubieran cruzado en la trivialidad y el sinsentido de la caja registradora. En el más atroz de los silencios.

Curiosamente, a la hora de la muerte, sus existencias cobran un nuevo sentido. Truncadas por el horror, la vocación universitaria de Lili y la pasión educadora de Don Rubén Urbieta son un símbolo del desencuentro social y de la deuda más grande que nos deja el Ycuá Bolaños. Ojalá podamos hacer todos nosotros algo para remediar semejante injusticia y frustración.


[1Ver George Steiner: “Antígonas”, Ed. Gedisa, Buenos Aires



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