Actualizado en  noviembre de 2016   

Volumen 3 / Número 2
Septiembre 2007
El Arte ante la Catástrofe
ISSN 1553-5053


[pp 37/48]

El Mercader de Venecia

Eduardo Laso

Una libra de carne

“En ese libro
la línea escrita de
Una esperanza, hoy,
En la palabra
Venidera
De uno que piensa,
En el corazón.”
Paul Celan, Todtnauberg.

En el Seminario la Angustia, Lacan afirma que “... se pueden tomar todos los préstamos que se quiera para tapar los agujeros del deseo, como los de la melancolía –ahí está el judío que sabe un montón de cosas sobre el balance de las cuentas y que al final demanda la libra de carne, creo que ustedes saben lo que estoy citando.”  [1] Lacan está citando aquí, obviamente, a El mercader de Venecia de Shakespeare, a propósito del extraño contrato, hecho a modo de broma, entre el prestamista Shylock y el mercader veneciano Antonio, por el cual este último se compromete a saldar sus deudas de dinero con a pound of flesh, una libra de carne extraída de aquella parte del cuerpo que al acreedor le plazca. Los agujeros de la melancolía y del deseo, son los de Antonio, quien al comienzo de la obra ignora por qué está tan triste [2], y que por amor a su amigo Basanio, contraerá una deuda a favor de él.

De la libra de carne al objeto causa de deseo

Lacan sostiene que no es azaroso que Shakespeare haya atribuido a un personaje judío el tema de la libra de carne como pago por una deuda: [3] “Es que, en efecto, ninguna historia escrita, ningún libro sagrado, ninguna Biblia, para decirlo con todas las letras, más que la Biblia hebraica, sabe hacernos vivir la zona sagrada donde se evoca la hora de la verdad, que anuncia el encuentro con el lado implacable de la relación con Dios, con esa maldad divina que hace que siempre sea con nuestra carne con la que debemos saldar la deuda.” [4] El tema de la circuncisión en el judaísmo es un buen ejemplo de lo que Lacan afirma, ya que hace presente la relación esencial que hay entre el objeto a y la separación. Se trata del corte de una cierta parte del cuerpo, que se convierte en simbólica del objeto a como resto inasimilable de la operación de alienación del viviente en el Otro.

Dice Lacan: “en el cuerpo hay siempre, debido a este compromiso en la dialéctica significante, algo separado, algo inerte, algo sacrificado, que es la libra de carne.”  [5] La entrada de lo simbólico en lo real del cuerpo del infans pone en juego una pérdida corporal, algo no integrado ni integrable a la ecuación falo = niño. La identificación primaria al falo como objeto del deseo del Otro produce un resto real inasimilable a la misma operación simbólica que lo produce. Antes de esa entrada del lenguaje, no le falta nada al cuerpo, y sus orificios no son fuente de ninguna pulsión. La entrada de lo simbólico introduce el corte que funda los bordes del cuerpo y al objeto como falta. A partir de lo cual los agujeros corporales van a constituirse como bordes en los cuales la pulsión encontrará su fuente y hará su recorrido en torno de la falta de un objeto parcial. [6]

El antisemitismo y El mercader de Venecia

Un tópico recurrente en torno de la obra El mercader de Venecia es el debate acerca de su vínculo con el antisemitismo. Quienes condenan la obra sostienen posiciones que van desde las mas moderadas -que afirman que Shakespeare creó a Shylock como un ser inhumano y diabólico basándose en el imaginario popular antijudío de la época-, hasta las más radicales que sostienen que Shakespeare era directamente un antisemita. Los defensores de la obra sostienen en cambio que retrata caracteres y actitudes antisemitas para criticarlas y destacar el carácter humano –y por ende universal- de Shylock y de los judíos, subvirtiendo el antisemitismo que era parte de la cultura inglesa de la época.

Ambas posiciones argumentan citando partes del texto de la obra. Quienes acusan a la obra de antisemita, destacan que Shylock y los judíos son mostrados como usureros, en contraste con los cristianos, que consideran que el préstamo a interés es un pecado. El mercader Antonio aparece así como un caritativo cristiano que presta dinero sin interés y que ayuda a otros cristianos a salir de las deudas contraídas con judíos, en contraste con el miserable Shylock. Por otro lado, a lo largo de la obra, Shylock es llamado muy pocas veces por su nombre. Generalmente se refieren a él como el judío. Este despojamiento del nombre se complementa con una reducción a algo no humano: es llamado perro maldito e inexecrable, de deseos lobeznos, sangrientos, y voraces, adversario pétreo, horrible e inhumano, la encarnación del diablo o el diablo mismo. Shylock encarna finalmente la figura del judío como asesino inescrupuloso al revelarse sus intenciones asesinas detrás del contrato en la escena III del tercer acto: matando a Antonio se saca de encima un molesto rival en sus negocios.

Los defensores de la obra plantean en cambio que Shakespeare humaniza a los judíos, elevándose por sobre los prejuicios de su época. Cabe destacar que la obra fue escrita en 1596, trescientos años después de la expulsión de los judíos del territorio inglés en 1290. Shakespeare nunca conoció personalmente a un judío, pero unos años antes Christopher Marlowe había estrenado con éxito la obra teatral El judío de Malta, en el que el personaje Barrabás reunía todos los clisés del prejuicio antisemita. Shakespeare construye entonces a Shylock con profundidad humana como respuesta directa al Barrabás de Marlowe. Así, en el tercer acto, cuando Shylock explica los motivos de su saña contra Antonio, dice:

“Me ha arruinado... se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?” [7]

Los cristianos son mostrados como oportunistas, holgazanes, soberbios, e hipócritas. A Shylock se le reprocha su codicia y le reclaman misericordia, pero terminan engañándolo, apropiándose de todos sus bienes, de su hija, y finalmente lo despojan hasta de su identidad.

Una consideración especial merece el comentario de Harold Bloom acerca de la obra. Profundo conocedor y admirador de Shakespeare, afirma sin embargo: “Tendría uno que ser ciego, sordo y tonto para no reconocer que la grandiosa y equívoca comedia de Shakespeare El mercader de Venecia es sin embargo una obra profundamente antisemita.... El mercader de Venecia ha sido posiblemente una incitación al antisemitismo más importante que los Protocolos de los sabios de Sión, aunque menos que el Evangelio de Juan... Shylock no puede decirse que encarne la historia judía, excepto en cuanto a la desdichada verdad de que el poder de Shakespeare ha convertido en Shylock gran parte de la historia ulterior de los judíos. Hubiera sido mejor para los judíos, si es que no para la mayoría de los públicos de El mercader de Venecia; si Shylock hubiera sido un personaje menos visiblemente vivo” [8]

Bloom destaca que se trata de una obra irónica: Antonio, el buen cristiano, manifiesta su piedad maldiciendo y escupiendo a Shylock. Porcia, desde su exaltación del valor de la misericordia y el perdón, estafa a Shylock toda su fortuna para dársela a sus amigos, y todo esto hecho ante la corte de justicia de Venecia. Shylock es un ser humano reducido en la obra al ansia de una libra de carne de Antonio. Pero Bloom pone en duda que esto que para el público actual resulta irónico, lo hubiese sido para el público de Shakespeare. [9] Al final de la obra, los cristianos triunfan contra la maldad judía. Se llega así a un final feliz, aunque persiste en la obra un resto que insiste y trasciende más allá de ella. “Todo está a pedir de boca, si tan sólo la voz y la presencia de Shylock dejaran de reverberar, como no han dejado ni dejarán nunca de reverberar, cuatro siglos después de que Shakespeare lo compusiera y en los siglos por venir.” [10]

Los argumentos en pro y en contra de la obra olvidan que la experiencia teatral no es reductible a un texto. El mercader de Venecia es una pieza teatral, y su texto es sólo un soporte que demanda que se le dé vida a través de una puesta en escena y unos actores que le ofrezcan un cuerpo. Harold Bloom mismo señala: “Shakespeare pone en perspectiva sus dramas de tal manera que, medida por medida, somos juzgados nosotros mismos al intentar juzgar. Si el Falstaff de usted es un cobarde jactancioso, un confidente manirroto, un bufón no solicitado del príncipe Hal, bueno, entonces sabemos algo de usted, pero no sabemos más de Falstaff.” [11]Del mismo modo, considerar a Shylock un asesino sediento de sangre cristiana, habla del lector y no de Shylock. Por extensión, de cómo se interprete y se ponga en escena El mercader de Venecia tendremos una obra antisemita o no.

En un reciente artículo, Gustavo Perednik sostiene que la razón principal de que la obra sea considerada antisemita no reside en su texto sino en el modo en que fue representada a lo largo del tiempo. Hasta el siglo XVIII la obra era presentada en adaptaciones cómicas, especialmente la que protagonizaba George Granville. El actor Charles Macklin comenzó a representarlo desde una veta seria, haciendo a Shylock como un asesino sanguinario: aparecía en el escenario con una balanza y un cuchillo, reclamando ávidamente la libra de carne. La actuación de Macklin marcó al personaje, al punto que los términos judío y Shylock pasaron a ser sinónimos en el idioma inglés: [12] Es el actor Edmund Kean, quien interpretó a Shylock en 1814 el que por primera vez deja de lado la caricatura de Macklin. En 1879 el actor y director Henry Irving representó un Shylock humano y capaz de despertar simpatía, siendo el punto de partida de un nuevo modo de encarar la obra. En junio de 1996, Durante el Festival Israel, el Teatro Nacional Weimar Alemán realizó una puesta de El Mercader, en el que todos los actores actuaron vestidos como oficiales de las SS nazis, excepto Shylock y Jessica, los dos únicos judíos en la obra, los cuales vistieron uniformes de prisioneros de un campo de concentración.

Al Pacino, en la puesta cinematográfica de la obra, nos ofrece un Shylock de una dignidad impresionante. Considérese por ejemplo el modo en que actúa el “estoy contento” que dice Shylock cuando le condenan a perder su fortuna y hacerse cristiano a cambio de salvar su vida [13]: apenas lo musita, desde el suelo en el que ha caído como puro resto, entre insultos celebratorios de los venecianos. Pacino encarna en ese momento la figura del homo sacer que plantea el filósofo Giorgio Agamben: un ser humano reducido a vida desnuda, al que se puede sacrificar sin que constituya delito alguno hacerlo.

La libra de carne, el resto, la falta, el antisemitismo

Repasemos brevemente la obra: Basanio, un noble sin recursos, le pide a su amigo Antonio, un acomodado mercader veneciano, que le preste 3.000 ducados para poder cortejar a la rica heredera Porcia. Antonio, que tiene todo su dinero empeñado en varios emprendimientos comerciales, decide pedir prestada la suma a Shylock, un judío prestamista.

Basanio visita a Shylock para solicitarle el préstamo. Este último, enterado de que es Antonio quien va a salir de fiador, desea hablar personalmente con él. Entra entonces Antonio, el buen mercader cristiano, que desprecia a los judíos bajo el argumento de que prestan a interés. Y este desprecio lo hace explícito en el Rialto, lugar en el que se reunían los mercaderes venecianos, mediante insultos y escupitajos a Shylock. Sorpresivamente aparece ahora pidiendo dinero a aquel que hasta ese momento llamaba “perro malhechor y descreído”, “alma perversa” y “hermosa manzana de corazón podrido”.

Si Antonio quiere contraer una deuda con Shylock, es Shylock quien le va a hacer notar que ya está de antemano en deuda con él. Pero se trata de una deuda que no es de dinero sino una más radical: una deuda de reconocimiento en el campo de lo humano. Antonio hace alarde de que él no presta a interés, pero que por amor a su amigo va a salir de sus hábitos cristianos para aceptar las condiciones de préstamo de un judío. Shylock le argumenta defendiendo su práctica comercial, mientras Antonio se muestra fastidiado de tener que tratar con alguien que califica de “demonio” y lo apura para cerrar el trato de una vez. Shylock en cambio está más interesado en las cuentas no saldadas previas a esta demanda de dinero. Le recuerda que en el pasado lo ha maltratado y escupido públicamente por su condición de prestamista: “... pero parece ser que ahora tenéis necesidad de mi ayuda; venís a mí y me decís: “Shylock, tendríamos necesidad de dinero”. Y me lo decís vos, vos, que habéis expelido vuestra saliva sobre mi barba y me habéis echado a puntapiés, como echaríais de vuestro umbral a un perro vagabundo. Pedís dinero ¿qué debo contestaros? ¿No debería responderos “¿es que un perro tiene dinero? ¿Es posible que un mastín os preste 3000 ducados?”. O bien, inclinándome servilmente, y, en el tono de un esclavo, con el aliento retenido y una humildad de susurro, deciros así: “Arrogante señor, habéis escupido sobre mí el miércoles último; me habéis arrojado con el pie tal día; en otra ocasión me llamasteis dogo, y por todas esas cortesías, ¿voy a prestaros tanto dinero?”.  [14] La interpelación a Antonio a que salde esta cuenta con él –que no es ni más ni menos que la cuenta no saldada de Occidente con los judíos: a saber, el derecho de los judíos a existir, a ser reconocidos como humanos y a sostener su diferencia en tanto judíos- interpelación justa y condición de posibilidad para poder realizar cualquier pacto, deuda o don, encuentra en Antonio como respuesta un renovado rechazo. Hay en Antonio –como en todo el Cristianismo occidental- un repudio al reconocimiento de una deuda no saldada con ese otro íntimo, ese extranjero que es al mismo tiempo lo más próximo, lo más prójimo, que es el pueblo judío. Antonio responde como un fascista: “Me dan ganas de llamarte otra vez lo mismo, de escupirte de nuevo y darte también de puntapiés. Si quieres prestar ese dinero, préstalo, no como a tus amigos, pues ¿se ha visto alguna vez que la amistad haya exigido de un amigo sacrificio de un estéril pedazo de metal?, sino préstalo como a tus enemigos, de quienes podrás obtener mas fácilmente castigo si faltan a su palabra”. [15]

Este rechazo a aceptar a Shylock como prójimo y persistir en considerarlo un perro despreciable, proponiéndose Antonio mismo como un enemigo a quien eventualmente castigar si no llega a pagar su deuda, sella el destino de ambos en torno de una relación especular de odio y venganza.

Shylock le dice: “¡Vaya, mirad cómo os amostazáis! Quisiera hacer pacto de amistad, ganar vuestro afecto, olvidar los ultrajes con que me habéis mancillado, subvenir a vuestras necesidades presentes, sin tomar algún interés por mi dinero, y no queréis escucharme; mi ofrecimiento es generoso”. Shylock se las va a arreglar para que el acuerdo comercial sea de tal modo que al mismo tiempo ponga en juego la otra deuda que persiste en no ser saldada. Ya que se trata de una deuda de vida y de reconocimiento de lo humano en el otro, propone que si no paga a los tres meses la deuda de dinero -dinero que le presta sin interés- tendrá que pagar con “una libra exacta de vuestra hermosa carne, que podrá ser escogida y cortada de no importa qué parte de vuestro cuerpo que me plazca”. Dicho lacanianamente, se trata de que pague con la castración.

Cito a Lacan: “No podemos sino sorprendernos una vez más, en este punto, ante el increíble genio que guió a aquel que llamamos Shakespeare, cuando fijó en la figura del mercader de Venecia la temática de la libra de carne. Viene muy bien para recordarnos que la ley de la deuda y del don ... no le debe su importancia a ningún elemento que podamos considerar como tercero, en el sentido de un tercero exterior –intercambio de mujeres o de bienes, como lo recuerda Levi-Strauss en sus Estructuras elementales- sino que lo que está en juego en el pacto no puede ser y no es más que la libra de carne, que debe ser tomada como dice el texto de El mercader, de muy cerca del corazón.” [16] Donarle a alguien, intercambiar con alguien, estar en deuda con alguien. Las tres figuras requieren de la puesta en juego de la falta y su circulación. Lo cual supone otorgarle al otro la dignidad de prójimo: es porque atribuimos valor al otro y lo reconocemos en su existencia y en su valor como un semejante, que donamos al otro un lugar fálico e ingresamos en el circuito de intercambio de palabras y de bienes. Por eso lo que está en juego en el pacto con el otro es siempre la libra de carne que se paga para acceder el campo del deseo.

Antonio acepta de buen grado el acuerdo, porque cree que es una ganga, lo empieza a tratar de “amable judío” y termina diciendo una frase que al final probará ser proféticamente siniestra: “Este hebreo acabará por hacerse cristiano; ya va siendo obsequioso”. Shylock aclara la naturaleza de este acuerdo hecho “en broma”: “¿qué ganaría yo al exigir el cumplimiento de la condición? Una libra de carne humana no tiene tanto precio ni puede aprovechar tanto como la carne de carnero, de buey o de cabra. Os lo repito: para conquistar su afecto os hago esta oferta amistosa. Si quiere aceptarla, bien; sin no, adiós. Y en reciprocidad de mi afecto, no me injuriéis, os lo ruego”. [17] No se trata de la libra de carne real como valor comercial. Lo que Shylock le demanda a Antonio no es un objeto que entre en los circuitos de intercambio comerciales, ni algo que pueda satisfacer alguna necesidad: demanda un objeto que por ser un resto real en el campo de lo simbólico (no puede circular en los intercambios ni cotiza en valor fálico) simboliza aquello que se pierde como caído en la entrada en el lenguaje y que es condición de posibilidad de todo pacto o acuerdo humano. En este punto, se puede hacer de esta obra un panegírico antisemita o lo contrario, según cómo se interprete la demanda de Shylock: Shylock como cínico y bribón, calculando el modo en que logrará matar a Antonio, o como un judío que reclama ser reconocido en su humanidad, pero que si se la niega, entonces se vengará devolviéndole sus palabras al cristiano que lo trata como perro: mordiéndolo en la carne. De ahí que el pacto que se firma sólo tendrá connotaciones sadianas en la medida en que Antonio persista en su posición antisemita hasta dejarse matar, que es el límite al que Shylock lo quiere confrontar. O Antonio dona su falta, y reconoce en Shylock un prójimo, o la libra de carne se torna concreta por persistir en su rechazo al judío.

Lacan sostiene que el resto que encarna la libra de carne es correlativo del sentimiento antisemita, cuyas fuentes “deben buscarse en esa zona sagrada, casi prohibida, articulada y siempre presente en la vida de ese pueblo (el judío) en la medida en que subsiste por sí mismo en la función que, a propósito del objeto a, he articulado con el nombre del resto.” [18] El resto es una función irreductible que sobrevive a la prueba de la división del campo del Otro por la presencia del sujeto. Si hay un pueblo que encarna esa función, es el pueblo judío: a 5000 años de existencia, ha sobrevivido y subsistido como resto inasimilable a ese Otro que constituye Occidente. Ha sido irreducible a las deportaciones, a la asimilación a un pensamiento que le es ajeno, incluso a la eliminación genocida. El judaísmo es resto en tanto algo que se resta a la alienación del Otro cultural que encarna Occidente, y desde ese lugar de diferencia opera como causa. Desde el antisemitismo, en cambio, es lo que resta y habría que restar para consumar un Otro cultural completo.

Mientras Basanio logra conquistar finalmente a Porcia, Antonio se enfrenta con un desastre financiero debido al naufragio de sus barcos, por lo que no puede pagar su deuda de dinero. Shylock tampoco la pasa mejor: su hija Jessica se fuga con un cristiano amigo de Basanio, robándole todo el dinero y joyas que encuentra en la casa. Doble traición de Jessica: a su padre y a su fe, que lo hunde en un estado de dolor y odio, mientras los mercaderes Salanio y Salarino se mofan de su sufrimiento. Es en este contexto en que Shylock pronuncia su monólogo “Si nos pinchan, ¿no sangramos?”, reivindicando su derecho a la venganza. Las noticias de la frivolidad de su hija con las alhajas robadas lo enfurece y sólo aspira a descargar su odio contra Antonio, que se vuelve ahora la encarnación de lo peor del cristianismo.

En la escena III del tercer acto, un Antonio que ha sido detenido por la justicia intenta hablar con Shylock para solicitarle clemencia. Este le responde que quiere que las condiciones del pagaré se cumplan. Y le devuelve a Antonio su propio mensaje en forma invertida: “Me has llamado perro cuando no tenías razón ninguna para hacerlo; pero puesto que soy un perro, ten cuidado con mis dientes.” O sea: “dado que no reconoces en mí a un ser humano sino a un perro, entonces responderé desde ese lugar, fuera de lo humano, y la libra de carne será real y no simbólica. Demando tu falta, pero como en tu empecinamiento en tu odio contra los judíos rechazas reconocerme, entonces te devolveré tu propio mensaje en forma invertida, y la castración devendrá mutilación en lo real. Y esto será a los ojos de toda Venecia y en nombre de la ley, ya que la ley está de mi lado”. Antonio solicita misericordia pero sin escuchar por qué Shylock se empeña en pedir la libra de carne. Se demanda piedad sin dar lo que habría que dar para obtenerla. De hecho, en toda la obra, ni Antonio ni ningún otro personaje reconocerá en lo que Shylock afirma la razón de su demanda y el modo en que sí se hubiese podido saldar: convocándolo al lugar de prójimo. En vez de eso, se lo califica de perro impenetrable a la piedad. Antonio dice: “no le fatigaré más con súplicas inútiles. Pretende mi vida, y sé por qué; a menudo he sacado de sus garras a los deudores que venían a gemir ante mí; por eso me odia”. Para el racista Antonio, Shylock lo que quiere es matarlo porque él es demasiado bueno y generoso y atenta contra los intereses usureros de los judíos. Nunca reconocerá que lo que Shylock le demanda es que pierda una parte de sí mismo, de su narcisismo, a favor del otro. Antes de aceptar a Shylock, se va a dejar cortar el cuerpo. En vez de donar una falta simbólica, va a perder una libra real del cuerpo. Este empecinamiento deja a ambos en una situación sin salida: Si Shylock le saca una libra de carne, no habrá obtenido nada, y Antonio habrá perdido su vida.

Para Antonio -y para el cristianismo- lo que está en juego es el modo en que, a diferencia del judaísmo, se soluciona la relación irreductible con el objeto del corte, solución que al decir de Lacan, hace que tengan la ilusión de creerse con más corazón que los demás: “por vía de la redención, el cristiano ha aprendido a identificarse idealmente con Aquel que se hizo idéntico a dicho objeto, al desecho dejado por la venganza divina. El fondo del masoquismo, que es la tentativa de provocar la angustia del Otro, aquí convertida en la angustia de Dios, se ha convertido para el cristiano en una segunda naturaleza. Lo que esta hipocresía tiene de lúdico y de ambiguo, podemos percibirlo en la experiencia analítica a propósito de la posición perversa.” [19]

De la encerrona en que los personajes se encuentran se sale finalmente en la forma de una intervención legal que es al mismo tiempo una estafa a Shylock. Se realiza un juicio a Antonio, presidido por el Dux de Venecia, en el que Porcia interviene haciéndose pasar por un doctor en leyes. Porcia compara la ley del antiguo testamento con el amor y la piedad cristianas, irónicamente representadas por Antonio y ella misma. Tras mucho discutir, le da la razón a Shylock y admite que éste puede cobrarse la libra de carne. Pero sólo puede ser carne y no se puede derramar ni una sola gota de sangre. Ante la imposibilidad práctica de obtener de ese modo la libra de carne, Shylock renuncia a su pretensión. Y es en ese contexto en que la demanda legal contra Antonio deviene en juicio contra Shylock, contra toda lógica jurídica. La corte se desvía del cargo que la convocó, para iniciar acusaciones contra el demandante, y finalmente concluye en un veredicto contra un Shylock que no contó con defensa alguna, en el que debe dejar su fortuna al hombre que raptó a su hija, y además debe abandonar su judaísmo para convertirse en cristiano. Sentencia que desnuda un sistema legal en el que un judío que reclame justicia recibirá un castigo ejemplar. Shylock entonces acepta la sentencia y pronuncia su “estoy contento”. Al final de la obra, las parejas cristianas tendrán su final feliz, pero Shylock ha desaparecido de la escena y no es más mencionado.

En un texto reciente, George-Henri Melenotte sostiene la tesis de que la pasión de Shylock debe ser leída a partir de su encuentro con Basanio. Dice “Es un cuerpo del que Shylock no sabía nada y que se encontró el día en que Antonio le vino a pedir un préstamo. Ciertamente era por el bello Basanio que Antonio daba muestras de generosidad… Y Porcia habría sido la que le habría mostrado, como Sócrates, que a quien él y Antonio amaban era a Basanio... Shylock no sabrá que es a Basanio a quien apunta para arrancarle el objeto de su pasión. Tampoco sabrá que Antonio no es más que la imagen extraña de ese deseo que lo decepciona en su espera, y donde él ya no se reconoce... La usura edificó su bien… pero el deseo, a partir del encuentro con Basanio, lo empujó irreductiblemente a sacrificarlo, en beneficio de otro objeto que estaba más allá y que lo destruyó. Al actuar así, se exiló de la sociedad veneciana a la cual ya no cesó, sin embargo, de pedirle cuentas”.  [20]

Se trata de una lectura que hace de Shylock un personaje homosexual enamorado de un cristiano, y de Porcia una suerte de psicoanalista que revelaría las propiedades enmascaradas del objeto que Shylock demanda, al destituirlo de todo carácter concreto, mostrando el objeto de su pasión. Que al final Shylock pierda todo sería responsabilidad del personaje mismo y de su pasión por Basanio. Sobre el monólogo de Shylock “si nos pinchan ¿no sangramos?”, Melenotte afirma: “Todas estas preguntas buscan un sí aprobador, que, sin embargo, no tenemos prisa en proferir (sic). Porque estas preguntas dan testimonio de su angustia ante lo que escapa de esa comunidad reivindicada: su nueva imagen que no cesa de ser manchada de diferencia.” Melenotte no tiene prisa en dar un sí aprobador a que Shylock (¿y los judíos?) sean seres humanos, y si hay angustia en éste, es por su pasión homosexual emergente y no por las burlas de los cristianos. Melenotte atribuye así al mismo Shylock y no al racismo de los venecianos, la razón de la angustia y de que se le escape la mismidad. Por supuesto, evoco en este punto la cita de Bloom: con estos comentarios sabemos más de George-Henri Melenotte, pero no más de Shylock.

En todo caso, el encuentro con Antonio y Basanio le muestran a Shylock que Antonio es capaz, por amor, de ceder una parte de sí mismo. Contrariamente a la lectura que hace Melenotte, Porcia no destituye la libra de carne de todo carácter concreto. De haberlo hecho, sería otro el final de la obra. Por el contrario, Porcia concretiza la libra de carne, degrada el objeto de deseo al campo de la demanda, y al hacerlo vuelve a la libra de carne materialmente inalcanzable en su extracción. Su imposibilidad de extracción se vuelve práctica, y no lógica. Pero si Porcia, como dice Melenotte, le indica que el posible acceso al objeto de Shylock está cerca del corazón, es que ella está advertida de qué se trata lo que desea tras su demanda. ¿Cómo podría no estarlo, justamente ella, que ha sido el objeto de la prueba de los tres cofrecitos?

Cito aquí a Lacan: “Decimos “es tu corazón lo que quiero y nada mas”, con lo que se pretende designar la esencia de tu ser o tu amor. En esta fórmula, como cualquier otra metáfora de órgano, el corazón debe ser tomado al pie de la letra; funciona como parte del cuerpo... El uso metafórico, siempre vivo, de esa parte del cuerpo para expresar lo que, en el deseo, va más allá de la apariencia se explica porque la causa ya está alojada en la tripa y figurada en la falta. Hay una obsesión por la tripa causal… En el cuerpo hay siempre, debido a este compromiso en la dialéctica significante, algo separado, algo inerte, algo sacrificado, que es la libra de carne.” [21]

Si para expresar lo que en el deseo va más allá de la apariencia empleamos metáforas de partes del cuerpo como “quiero tu corazón” es porque la causa del deseo ya está alojada en la tripa y figurada en la falta. La entrada del lenguaje en el viviente implica el ingreso en esa máquina formal que es el lenguaje, que produce como resultado la perdida de una parte de sí, parte que al mismo tiempo está atrapada en la máquina significante pero es irrecuperable por ser resto insignificable. Tal objeto perdido opera como función de resto, siendo el vacío en torno del cual se realiza el circuito pulsional, y el soporte de la función de causa del deseo.

Porcia está advertida de la naturaleza del objeto, pero se valdrá de ese saber mismo para destruir a Shylock. Sabe que en tanto la falta no sea puesta en juego en lo simbólico, sólo queda un objeto deyecto, carroña inútil. Y al degradar el objeto causa a carne viva, hará que el objeto termine siendo Shylock mismo. Al final, Shylock pierde su hija, su fortuna, su profesión y su judaísmo. Es reducido a nada, deviene desecho social, un paria, al punto que afirma “no, tomad mi vida y todo. No excuséis eso más que lo restante. Os apoderáis de mi vida cuando me quitáis el apoyo que la sostiene; me quitáis mi vida cuando me priváis de los medios de vivir”. [22]

Pagarle la deuda a Shylock

Para advenir al lugar de sujeto, el viviente requiere que el primer Otro lo reconozca en su existencia, en su valor fálico y también en su diferencia con el falo. Este reconocimiento requiere del amor del Otro, amor que haga condescender el goce al deseo, donando la falta en ser y tolerando aquello del sujeto que no encaja con la ecuación fálica y que por lo tanto no lo completa. Este reconocimiento del ser del sujeto por el Otro tiene implicancias en la posibilidad posterior del sujeto de reconocer en el otro a un semejante, y no sólo a un extraño amenazante.

Lacan resume la tesis freudiana condenatoria del mandato “amarás a tu prójimo como a ti mismo” en que el otro como prójimo equivale a una inminencia intolerable de goce, tanto aquel que el otro puede ejercer sobre mí como el que yo puedo ejercer en él. Y señala que la concepción aristotélica de los bienes está demasiado presente en el horror que Freud siente ante las consecuencias del mandato de amor al prójimo. [23] Y al tomar Freud esa vía, elude el acceso al goce. Porque ¿no es acaso entrando en la relación con el otro semejante, a quien se lo convoca para que advenga prójimo, como algo del goce perdido es posible de recuperar?

Del goce intolerable del Otro encarnado en el semejante, es posible invocar a ese otro extraño para que advenga a la dignidad de prójimo, de hermano, estrategia para que, por la vía del amor, el goce condescienda al deseo. El término hermano (del latín frater germanus: hermano del mismo padre y la misma madre) nombra a quienes comparten las mismas marcas simbólicas. El frater es una filiación discursiva, y no biológica o “de sangre”. [24] Implica una filiación en torno de la falta, de la pérdida de goce, del pago de la libra de carne que al mismo tiempo cava la diferencia entre sujetos. Somos hermanos no por vínculo de sangre sino por parletres, atravesados por la castración, operación que al recortar el objeto a hace caer el sentido de lo que el racismo pretende hacer consistir: el goce del Otro. [25] El racismo supone un ataque a la filiación discursiva del otro, negándole estatuto de semejante para volverlo un des-semejante absoluto. El racista es potencialmente un genocida, pero no da ese paso en tanto crea que la diferencia con el otro es subsanable. Es lo que hace Antonio con Shylock y su conversión forzada. 300 años después, los nazis darán un paso más radical: no se tratará ya de reconocer la diferencia con el otro y subsanarla, sino de eliminar toda diferencia para hacer consistir un Otro absoluto.

¿Qué hubiese sido pagar la deuda que Shylock demanda, desde una lógica que anude los tres registros, en vez de la operación de Porcia, que al concretizar el objeto no hace lugar al más allá de la demanda? Se trataría de un pago que permita reanudar la relación al otro excluido y denegado hasta ese momento como humano: ni la devolución de dinero, ni tampoco perder una libra de carne lograrían eso. Sólo la donación de la falta, aquella que nos afilia a lo humano.

Una posible respuesta a esta cuestión la tomo de un comentario de Ph. Lacoue-Labarthe al poema Todtnauberg, escrito por Paul Celán como resultado de su (des)encuentro con Heidegger en 1967 -entre el poeta sobreviviente de los “campos de trabajo” de la Gestapo y el filósofo del Dasein que alguna vez fuera miembro del partido nazi-. Labarthe afirma que se trata del poema de la decepción de la poesía, por la falta de una palabra que Heidegger deja impronunciada: una palabra sobre el dolor. Palabra que de producirse haría posible nuevamente la existencia, la poesía, la lengua, la relación al otro. “Yo no sé qué palabra podía esperar Celan –dice Labarthé- No lo sé. Algo me dice, sin embargo, que es la palabra más humilde, y la más difícil de pronunciar, que justamente exige la “salida fuera de sí”, -esa palabra que todo el Occidente, en su pathos de redención, no ha podido pronunciar jamás, y que nos queda aprender a decir, sin la cual somos nosotros los que sucumbiremos: la palabra perdón”. [26]

Esa es la palabra que podría saldar la deuda de castración de Antonio con Shylock. El perdón compromete al culpable y a la víctima en un acto que opera por fuera del derecho (en ese sentido el perdón no es justo ni injusto). Si alguien está calificado de poder dar un perdón, es la víctima, y si hay alguien que esté en posición de demandarlo es aquel que siendo culpable, se hace responsable de lo que ha hecho y se reconoce en falta. La demanda de perdón supone entonces reconocer a quien se demanda la dignidad de un prójimo ante el cual el sujeto se presenta en falta.
400 años después, y la Shoa mediante, disiento con Labarthé: esa palabra ya no alcanza. [27]


[1Lacan, J.; Seminario X: La angustia; Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 138

[2“… cómo he adquirido esta tristeza, tropezado o encontrado con ella, de qué sustancia se compone, de dónde proviene, es lo que no acierto a explicarme. Y me he vuelto tan pobre de espíritu, que me cuesta gran trabajo reconocerme”, Shakespeare, W.; Obras completas, Aguilar, Madrid, 1951, pág. 1049.

[3La fuente literaria de donde sale el tema del contrato leonino, es El tonto de Giovanni Fiorentino. Allí, el acreedor despiadado que exige de su deudor una libra de su carne es el mercader cristiano Paolo Secchi, y el judío Samson Cesena es el deudor acosado.

[4Lacan, J.; ob. cit., pág. 238

[5Lacan, J.; ob. cit.

[6En alusión a San Juan -que coloca en el principio al Verbo, y emplea la figura “comer el libro”, que Lacan toma como metonimia- dice “Cuando comí el libro, no devine sin embargo el libro, como tampoco devino carne el libro. El libro me deviene si me permiten decirlo. Pero para que esta operación pueda producirse, y ella se produce todos los días, hace falta que yo pague algo…. Ese algo se llama goce. Esa operación mística la pago con una libra de carne. Ese es el objeto, el bien, que se paga con la satisfacción del deseo” (Seminario 7, clase XXIV)

[7Shakespeare, W.; ob. cit., pág. 1070

[8Bloom, H.; Shakespeare, la invención de lo humano, Norma, Bogotá, 2001, pág. 191 y siguientes

[9“Shylock sería por cierto muy mala cosa si no fuera chistoso; como a nosotros no nos hace reír, lo actuamos por el pathos, como lo han actuado desde el siglo XIX, excepto en Alemania y Austria bajo los nazis, y en Japón. Me temo que tendremos que hacer incoherente El mercader de Venecia al presentar un Shylock ampliamente simpático. Y sin embargo yo mismo me siento desconcertado en cuanto a lo que costaría (y no sólo éticamente) recobrar la coherencia de la obra.”(Bloom, op. cit.)

[10Bloom, H.; op. cit.

[11Bloom, H.; ob. cit.

[12El nombre de Shylock entró al lenguaje inglés como sinónimo de prestamista despiadado, y como el verbo to shylock (prestar dinero a intereses exorbitantes). “pound of flesh” también ha entrado al léxico y a la jerga popular inglesa como equivalente a venganza particularmente salvaje.

[13Lo que en última instancia le hace concluir a Bloom que la obra es antisemita, es el agregado de la conversión forzada al cristianismo, el cual no fue sacado de ninguna de las fuentes en las que Shakespeare se había nutrido para construir la obra. Lo que implica que es una invención del propio dramaturgo. Shylock, un judío que afirma su identidad de manera orgullosa, un polemista que desenmascara la hipocresía de los cristianos de Venecia, un ser inteligente y de apasionado rencor por la injusticia que padecen él y su pueblo... termina consintiendo en convertirse al cristianismo. Se trata para Bloom de un ultraje gratuito que rebasa todos los límites de la decencia. Y Bloom se pregunta si leemos de manera correcta el “estoy contento” que le hace decir Shakespeare a Shylock como una ironía. El que el autor no le haya dado al personaje la opción de declarar “no he de convertirme”, no sólo no resulta dramáticamente persuasivo (es inconcebible que alguien de la fuerza y voluntad de Shylock diga que está contento con que le despojen hasta de su fe y su pueblo) sino que destruye la congruencia del personaje, al aceptar el cristianismo antes que la muerte. Al hacer esto, es Shakespeare quien degrada así a Shylock, sumándose a Antonio y Basanio. Pero, agrega Bloom “¿quién puede creer el “estoy contento” de Shylock?” (ob. cit., pág. 209)

[14Shakespeare, W.; ob. cit., pág. 1056

[15Shakespeare, W.; ob. cit., pág. 1056

[16Lacan, J.; El Seminario. Libro X: La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 238

[17Shakespeare, W.; ob. cit., pág. 1057

[18Lacan, J.; El Seminario. Libro X: La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 238

[19Lacan, J.; Seminario X: La angustia, pág. 239

[20Melenotte, G-H.; “Revelación: locura de Shylock”, Sustancias del imaginario, Epeele, Buenos Aires, 2006, pág. 213 y siguientes

[21Lacan, J.; ob. cit., clase XVI (traducción de la Escuela Freudiana de Buenos Aires)

[22Shakespeare, W.; ob. cit. pág. 1086

[23“... cada vez que Freud se detiene, como horrorizado, ante la consecuencia del mandamiento del amor al prójimo, lo que surge es la presencia de esa maldad fundamental que habita en ese prójimo. Pero, por lo tanto, habita también en mí mismo. ¿Y qué me es más próximo que ese prójimo, que ese núcleo de mí mismo que es el del goce, al que no oso aproximarme? Pues una vez que me aproximo a él –éste es el sentido de “El malestar en la cultura”- surge esa insondable agresividad ante la que retrocedo, que vuelvo en contra mío, y que viene a dar su peso, en el lugar mismo de la Ley desvanecida, a lo que me impide franquear cierta frontera en el límite de la Cosa.” Lacan, J.; Seminario VII: La ética del psicoanalisis, Paidós, Buenos Aires, 1992, pág. 225

[24En Totem y tabú, la fratría era la reunión de hermanos ligados para el asesinato y hermanados en la culpa que los une bajo la misma ley.

[25La fraternidad implica una imparidad en la serie, lo contrario de la paridad homogénea a la que tiende el racismo, que opera segregando toda imparidad.

[26Lacoue-Labarthe, Ph.; La poesía como experiencia, Arena Libros, 2006

[27Hannah Arendt sostiene que el castigo tiene en común con el perdón que trata de poner término a algo que, sin intervención, podría continuar indefinidamente. Es entonces un elemento estructural que los hombres sean incapaces de perdonar lo que no pueden punir, y que sean incapaces de punir lo que se les devela imperdonable. La Shoa nos confronta justamente con lo imperdonable. Y lo imperdonable supone privar a la víctima del derecho a la palabra, impidiendo acceder a la posibilidad del testimonio y de poder eventualmente otorgar perdón. Sólo los asesinados en campos de concentración estarían en posibilidad de dar o no perdón a sus verdugos. Pero justamente el crimen absoluto es haber despojado a esas víctimas hasta de esa posibilidad, lo que lo vuelve un crimen imperdonable. (ver Arendt, H.; Responsabilidad y juicio, Paidós, Barcelona, 2007)


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