Actualizado en  octubre de 2017   

Volumen 1 / Número 1 // Septiembre 2004
El lugar de la incertidumbre
ISSN 1553-5053


Este trabajo analiza la relación entre el Psicoanálisis y la Ética, partiendo de la idea de que éste como construcción teórica y clínica, merece una reflexión aparte en relación al problema de lo ético ya que es, en sí mismo, una teoría sobre el sujeto con una ética que le es propia. Desde la concepción foucaultiana de poder se analiza la relación terapéutica que se da en la práctica psicoanalítica teniendo en cuenta que para el autor la forma de entender al mismo es pensarlo a partir de relaciones, entendiendo por éstas, algo distinto a los estados de dominación. Así, se realiza un breve recorrido freudiano y lacaniano para concluir que si bien el analista debe observar la regla analítica de la neutralidad, porque hay el deseo del analista, no existe una posición éticamente neutral y esto implica tomar partido, yendo mas allá de la neutralidad.

Práctica del Psicoanálisis y Posición Ética

Mariana Gomez

Más allá de la neutralidad analítica, la ética del psicoanálisis supone tomar partido dentro y fuera del consultorio... Tomar partido a favor del sujeto; de su goce singular y de su síntoma, que todavía puede poner un límite a lo peor... La historia del psicoanálisis se hizo gracias a la osadía de algunos. Se trata de ocupar un lugar digno en esa historia y de escribir, con otros, un nuevo capítulo. (Brodsky, 2003, p. 4)

El objetivo de este trabajo es analizar algunas cuestiones en torno a la relación entre el Psicoanálisis y la Ética, partiendo de la idea de que éste, como construcción teórica y clínica, merece una reflexión aparte en relación al problema de lo ético ya que es, en sí mismo, una teoría sobre el sujeto con una ética que le es propia. De este modo, y considerando que esta relación no significa la reducción de un campo al otro, sino el reconocimiento de una interdependencia entre ambos, la pregunta que guiará este trabajo es: ¿cómo pensar este modo particular de abordar al sujeto, planteado por la teoría psicoanalítica en relación a la posición ética del profesional que lo practica?

Algunas Consideraciones sobre la Ética, el Poder y el Saber

Un autor que nos ayudará a pensar este tema es Michel Foucault, quien se caracteriza por haber puesto en tela de juicio el orden teórico de la ética tradicional. Pero antes, definamos brevemente el significado de esta palabra.

Etimológicamente, la palabra "ética" deriva del griego éthos, y quiere decir costumbre. Éthos hace referencia a la actitud de la persona hacia la vida. En un principio, significó una morada o lugar de habitación, más tarde, con Aristóteles, el término se personalizó para señalar el lugar íntimo, el sitio donde se refugia la persona, como también, lo que hay allí dentro, la actitud interior. De esta manera, éthos es la raíz o la fuente de todos los actos particulares. Posteriormente, este sentido griego original se perdió al pasar al latín, pues se trocó por mos/moris, significando mos -casi sinónimo de habitus- una práctica, un comportamiento, una conducta. De este modo, la forma plural mores quería significar lo externo, las costumbres o los usos (Macintyre, 1991). Actualmente, la mayor parte de los diccionarios establecen una diferencia entre ética y moral y ésta estaría dada en que la moral tiende a ser particular, por la concreción de sus objetos, mientras que la ética tiende a ser universal, por la abstracción de sus principios.

Con respecto a los orígenes de la ética, vemos que los historiadores parten desde la época de los sofistas en la Grecia clásica, donde la virtud para ellos consistía en ser un buen ciudadano, en tener éxito como tal y en adaptarse a las conveniencias locales. Sócrates fue el primero en plantear los problemas filosóficos capitales de la ética y quien puso la filosofía al servicio de las costumbres, aceptando que se llega a la sabiduría suprema cuando se es capaz de distinguir los bienes de los males. Posteriormente, Aristóteles profundizará y desarrollará sus ideas en relación a una ética de la virtud.

Avanzando en la historia, para Kant, la ética significó ética del deber. Según Kant, el individuo posee obligaciones, que no son otra cosa que constricciones o coacciones. Las obligaciones cuyas motivaciones son subjetivas o internas son obligaciones éticas, obligaciones del deber, en tanto que aquellas cuyas motivaciones son objetivas o externas, son obligaciones de la coacción o estrictamente jurídicas. Deduce por eso, este pensador, que la conciencia no es otra cosa que el sentido del deber (Macintyre, 1991).

Ahora bien, para Michel Foucault, la ética tiene que ver con .el cuidado de sí., es la parte reflexiva de la libertad. Con esto, el autor nos dice que la ética implica el no ser esclavo de los propios apetitos, por eso, el gobernante ético es quien no cede a ellos, y en ese sentido, es aquel que posee poder sobre sí mismo (Foucault, 1984). Debemos recordar aquí, que para Foucault, la cuestión del poder no está vinculada a connotaciones negativas, por el contrario, para el autor, el poder es algo que permite construir (Foucault, 1979).

Desde este lugar, es imposible pensar la relación entre ética y psicoanálisis -en tanto tratamiento psíquico- sino no es bajo esta otra variable que es la del poder. Para ello, no tenemos más que acudir a textos como Historia de la Locura en la Época Clásica (Foucault, 1961), en donde Foucault plantea el problema de las relaciones poder-saber, a partir del análisis de prácticas como la internación del sujeto loco, desarrolladas desde comienzos del siglo XVII. De esta manera, lo que Foucault intenta demostrar es cómo en el interior de una determinada forma de conocimiento, el sujeto se constituye en loco o sano, delincuente o no delincuente, a través de un cierto número de prácticas que eran juegos de saber, verdad y poder.

En ese sentido, para Foucault, la forma de entender al poder es pensarlo a partir de relaciones, entendiendo por éstas algo distinto a los estados de dominación. De este modo, cuando un individuo o grupo social bloquea la relación y la convierte en algo inmóvil, estático, unilateral, estamos hablando de dominación y no de poder.

Para Foucault, las relaciones de poder, no sólo se dan en lo político gubernamental, sino también en las relaciones familiares, de pareja, educativas y terapéuticas (Foucault, 1976), y también en estos terrenos se dan las situaciones de dominación. Es desde esta posición que intentaremos entender la relación terapéutica que se da en la práctica psicoanalítica.

Podemos pensar los problemas éticos que convergen en la cura psicoanalítica desde dos lugares. Del lado del analizante donde, muchas veces, se ubica el problema de la culpa y los efectos angustiantes de la .moral civilizada. que lo hacen padecer y que llevó a Freud, desde sus primeros trabajos, a plantear un conflicto básico entre los requerimientos de la moral civilizada y las pulsiones del sujeto. Así, cuando en este conflicto prevalece la moral, pero las pulsiones son demasiado fuertes como para sublimarlas, aparecen los síntomas. Por ello, para Freud, la moral es la que lleva al hombre a la enfermedad, tal como lo planteará en La Moral Sexual Cultural y la Nerviosidad Moderna (Freud, 1908). Por otra parte, Freud también trabajará la naturaleza patógena de la moral a partir de su teoría sobre el sentimiento de culpa y el superyo, planteada en textos como El Yo y el Ello (1923), en donde el superyo aparece como una instancia moral interior que se vuelve cada vez más cruel a medida que el yo se somete a sus exigencias. Esto llevará al analizante a demandarle a su analista buscar el fin de un sufrimiento que, en algunos casos, se empecina en no ceder.

Del lado del analista, uno de los problemas consiste en cómo trabajar con esa moral patógena y la culpa inconsciente del analizante, y con todo el abanico de problemas éticos que puedan surgir en la cura. Sabiendo que su dirección debe estar orientada, entre otras cosas, a poner fin al sufrimiento de ese sujeto.

Entonces, planteada la relación terapéutica como una relación de poder, al decir de Foucault y formada por dos partes con problemas distintos, podemos retomar nuestra pregunta inicial, cerniéndola un poco más, para preguntarnos: ¿Cómo conducir una cura teniendo en cuenta factores como la moral, la culpa, el deseo, el saber, el poder y la ética del analista?

La Ética del Deseo

Lacan dedica todo un año a estas cuestiones en su Seminario VII, La Ética del Psicoanálisis (Lacan, 1959). Durante este seminario, dictado apenas catorce años después de culminada la Segunda Guerra Mundial, con una Europa convulsionada, Lacan intenta transmitir una diferencia entre lo que ha sido la ética desde Aristóteles en adelante, la ética en filosofía, en la que incluso se basan muchos juristas, y una ética del psicoanálisis, basada o pensada a partir de un sujeto deseante.

En este seminario, Lacan plantea también que el analista debe tomar en serio el sentimiento de culpa del analizante, pero no diciéndole que él no es realmente culpable, ni intentando suavizar, mitigar o atenuar su culpa porque, desde un punto de vista analítico, de lo único que el sujeto puede ser culpable es de haber cedido en su deseo (Lacan, 1959). Así, cuando un paciente se presenta con sentimientos de culpa, la tarea del analista no consiste en desculpabilizarlo, sino en descubrir en qué punto el paciente ha cedido algo del mismo.

La ética analítica, entonces, relaciona la acción con el deseo. Podemos resumirla en la siguiente pregunta: ¿has actuado conforme al deseo que te habita? Esta ética contrasta con la ética tradicional de Aristóteles, Kant y otros filósofos morales, que como dijimos, es una ética que gira en torno al Bien y que propone diferentes Bienes, que compiten entre sí por la posición del Bien Supremo. Frente a esto, la ética psicoanalítica ve al Bien como un obstáculo en la senda del deseo. Por lo tanto, el deseo del analista no puede ser “hacer el bien”.

Sin embargo, esto nos confronta con otra cuestión: ¿cómo debe responder el analista frente a la moral que actúa a través del superyo? ¿Qué ocurre cuando el deseo y el goce del paciente están reñidos con principios básicos y éticos fundamentales? ¿Debe propiciarlos el analista?

En ese sentido, pareciera que la posición freudiana de la moral como patógena implica que el analista debería ayudar a los pacientes a liberarse de sus coacciones morales. Sin embargo en El Malestar en la Cultura se muestra sumamente contrario en ese sentido, oponiéndose a lo que él llamó como “libertinaje” (Freud, 1930).

Es por ello, que en una entrevista realizada al autor, en ocasión de cumplir sus setenta años, afirmaba que comprenderlo todo, no es perdonarlo todo. Decía: “El psicoanálisis no sólo nos enseña qué podemos tolerar, sino también qué podemos rehuir. Tolerar el mal no es en absoluto, un corolario del conocimiento” (citado en Viereck, 1930, s/p).

Esto enfrenta al psicoanalista con un dilema ético. Por un lado, no puede alinearse con la moral civilizada, puesto que esta moral es generadora de síntomas en el paciente, pero por el otro, tampoco puede adoptar un enfoque opuesto que lo tolere todo, por ejemplo, la violación a los derechos humanos, los estados de dominación, de sometimiento y todo lo que atente contra la dignidad humana.

A partir de esto, podríamos pensar que la vía de la neutralidad podría ser un camino de resolución, sobre todo considerando que Freud, advertido de ciertos escollos contratransferenciales, propone sortearlos a través de ciertas reglas que prescriben principios de acción, que podríamos agrupar bajo este nombre de neutralidad y que Lacan tomará en su enseñanza y en su práctica.

Sin embargo, junto con Lacan -y coincidentemente con Foucault, como vimos más arriba- podemos decir que no existe una posición absoluta y éticamente neutral. En la enseñanza de Lacan no es posible la neutralidad permanente en un análisis, ya que lo que se pone en juego en una cura es también el deseo del analista. Y si aceptamos que hay deseo del analista, debemos aceptar que hay, además, un “más allá de la neutralidad”.
Siguiendo a Lacan encontramos que durante la cura debe existir una búsqueda de una neutralidad analítica, en tanto semblante que posibilita la clínica de lo contingente y de la orientación por lo real. Sin embargo, también sabemos que la neutralidad como desapego, como inacción, como forma de no tomar partido, es algo que iría en contra de los principios rigen el psicoanálisis.

La Ética del Supuesto

En este punto podemos complejizar un poco más el tema, tomando en cuenta otro elemento más y considerarlo a la luz del mismo. Este tiene que ver con el fenómeno que se genera en toda relación terapéutica y es la situación transferencial, descripta por Freud, como el proceso por el cual el deseo inconsciente se actualiza sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y, de un modo especial, dentro de la relación analítica (Freud, 1920). Lacan amplia este concepto como “Sujeto Supuesto al Saber” que consiste en la atribución de un saber al Otro, en la suposición de que el Otro es un sujeto que sabe (Lacan, 1964). Esta situación de saber, ligada al analista, es en sí misma, otorgadora de poder. Poder que puede devenir, peligrosamente, muchas veces, en dominación.

En este sentido, cuando el analista se ubica en una posición de amo, de dominación, se ubica en una posición anti-ética. Y esto no es difícil que ocurra, sobre todo, si tomamos en cuenta el estado con el que llega, muchas veces, el paciente, buscando alivio a la desesperanza, al dolor y al vacío y que pueden generar en el analista la sensación de ser el único capaz de detener su sufrimiento y obrar en consecuencia para lograrlo, bajo cualquier costo.

Frente a esto, Freud también nos orienta. El analista debe evitar caer en lo que se denomina el furor curandis, esa compulsión a la que puede llegar el profesional y que implica “curar” a como dé lugar, sin por ello, respetar la autonomía y autodeterminación del paciente.

La ética del psicoanálisis, nos recuerda Alain Badiou (1993), nos impide considerar la enfermedad, la locura, como lo que colocaría al ser humano fuera del
devenir-sujeto. Por ello, la ética psicoanalítica plantea pensar el sufrimiento psíquico como un proceso singular e individual que impide o exalta, según sea el caso, este devenir y no como algo que hay que “sacarle” al paciente. En ese sentido, hay un límite, un punto de clausura en toda cura y ese límite lo pone el mismo sujeto.

De este Sujeto Supuesto al Saber, lo más importante debe ser el “Supuesto”, ya que como nos lo señaló Lacan, el analista nada sabe. Si éste logra ubicarse desde un lugar así, podrá operar desde una ética de la escucha que lo ligue más a ser alojamiento del padecimiento del paciente y de su subversión subjetiva, que a su propio narcisismo.

Por último, y en función de lo anterior, es interesante señalar la visión de Foucault, quien a partir de la reestructuración lacaniana del psicoanálisis, lee la producción freudiana en términos de ruptura, reconociéndole al psicoanálisis un “honor político” por su capacidad de descubrir, a través de la duda y la subversión, los mecanismos de un poder dominante y de un pensamiento dogmático (Foucault, 1976).

A Modo de Conclusión

En primer lugar, sería importante recalcar que no hay ningún punto técnico en el psicoanálisis que no se vincule con la cuestión ética. Desde este lugar, para el psicoanálisis, las cuestiones técnicas, son siempre cuestiones éticas, y esto es por una razón muy precisa, porque se dirige a un sujeto y éste no puede ser colocado sino en una dimensión como esta. Por eso, Lacan en La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder (1958) no habla de patrones de tratamiento, habla de “principios”. Principios que se transmiten a través del propio análisis y de la supervisión. Esto quiere decir que la formación del analista es permanente y frente a lo cual, éste sabe que no hay ni interrupción ni retorno.

En segundo lugar, como vimos, el deseo del analista y lo imposible de la neutralidad se encuentran anudados, pero al mismo tiempo, deben estar entrelazados a la renuncia al poder amo que le otorga su supuesto saber. El deseo del analista es el instrumento que se necesita para que éste opere de manera correcta, y si hay algo que se aprende con Lacan, es la dignidad con la que debe ser usado ese instrumento.

En tercer lugar, lo que separa al psicoanálisis de las prácticas que se valen de la sugestión como herramienta terapéutica, es precisamente una posición ética, ya que el cimiento del psicoanálisis es un respeto básico por el derecho del paciente a resistirse a la dominación, mientras que la sugestión considera a esta resistencia como un obstáculo que hay que aplastar. El analista ayudará, entonces, a cada sujeto a “arreglárselas” con su real, haciendo un buen uso de los semblantes según el caso por caso.

El sufrimiento humano implica una situación particular en cada sujeto y la posición ética de un analista, decimos con Badiou, no debe renunciar jamás a buscar, en cada situación, una posibilidad hasta entonces, inadvertida. Y aunque esa posibilidad sea ínfima, lo ético es movilizar, para activarla, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Sólo hay ética si el profesional confrontado a las apariencias de los imposibles no deja de ser un creador de posibilidades (Badiou, A., 1984).

Sin embargo, el analista no debe olvidar que como profesional de la salud, es el portador de un axioma que le adjudica la humanidad y es el de ser depositario de un saber que le permite diferenciar entre locos y no locos, entre sanos y enfermos. Si evita hacer de este axioma algo propio, evitará también la tentación de posicionarse como un maestro o un curador.

Por último, y para concluir, si bien la neutralidad del analista forma parte de la deuda con Freud, y posteriormente con Lacan, Freud deja el camino abierto para la construcción de una nueva ética. Se puede ir más allá de la neutralidad a condición de consentir con ella. El psicoanálisis sugiere la renovación de una moral enmascarada y represiva por una moral más sincera y libre que contemple la verdadera condición humana, articulando deseo y principios, salud y posiciones éticas.

Referencias

Badiou, A. (1999). Reflexiones sobre Nuestro Tiempo. Buenos Aires, Argentina: Ediciones del Cifrado, 2000

Brodsky, G. (2003). Entrevistada por Baudini, S. En LaCarta. Nº125. Buenos Aires, Argentina: EOL.

Calo, O. (2002). Psicoanálisis, Ética y Moral. En Manual de la Cátedra de Deontología y Legislación Profesional. Córdoba, Argentina: Facultad de Psicología, UNC

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Foucault, M. (1964/2000 begin_of_the_skype_highlighting 1964/2000 end_of_the_skype_highlighting). Historia de la Locura en la Época Clásica. Bogotá, Colombia: Fondo de Cultura Económica.

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Foucault, M. (1979/1988). El Sujeto y el Poder. En Dreyfus y Rabinow (Eds.) Michel Foucault: Más Allá del Estructuralismo y la Hermenéutica. Méjico: UNAM.

Foucault, M. (1978/1984). Hermenéutica del Sujeto. Buenos Aires, Argentina: La Piqueta, 1996

Freud, S. (1978). Obras Completas. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu Editores.

Lacan, J. (1958/1987). La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder. En Escritos II. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.

Lacan, J. (1959/1988). El Seminario, Libro VII. La Ética del Psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Paidós.

Macintyre, A. (1991). Historia de la Ética. Barcelona, España: Ediciones Paidós Ibérica.

Viereck, G. S. (1930/1988). Las Grandes Entrevistas de la Historia. Buenos Aires, Argentina: El País - Aguilar.

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