Actualizado en  junio de 2017   

Volumen 7 / Número 2
Abril 2012
Ética y Música
ISSN 1553-5053


The Piano
Nueva Zelanda, Australia, Francia - 1993

Jane Campion
Holly Hunter
Harvey Keitel
Sam Neill

[pp. 94-95] Tres miniaturas para piano

La elección del piano

Carlos Gutiérrez

La elección del piano [1]

Las distribuidoras cinematográficas persisten en su perversa costumbre de alterar los nombres de las películas; incluso en las mejores. En el caso que nos ocupa, el film fue estrenado como The piano; en Alemania se llamó Das piano, en Francia Le piano, en Italia Il piano... En nuestro país, la estrategia del marketing ha elegido el escolar título de “La lección de piano” para un film que sólo admite llamarse El piano.

La obra presenta algunas curiosidades que expresan la sensibilidad artística de la realizadora Jane Campion, escritora y directora del film. Que el personaje central sea una mujer muda no es algo especialmente llamativo. Pero todo se torna extraño y bello si los acontecimientos son relatados por una voz en off que pertenece a quién no puede hablar.

En el comienzo esa voz -la tibia voz de una niña- nos dice, serena y pausadamente, que la suya no es una voz que pueda modularse. Esa voz, que está fuera de la escena, emerge de un lugar imposible.

Si en Crímenes y pecados, el film de Woody Allen, se trata de las miradas, aquí la voz será el instrumento de todas las metáforas.

Holly Hunter encarna a Ada, ese personaje que enmudeció a los seis años y habla con el cuerpo. Su silencio, nos dice la voz imposible, ha sido una elección de su testarudez. Ella misma ha olvidado por qué. La historia que traza la voz nos cuenta que, desde entonces, el piano es su voz. Que él habla por ella, y ambos son uno y el mismo.

El film presenta, casi como telón de fondo, las particularidades y contrastes de dos culturas. Por una parte la anglosajona, más avanzada y rica; por otra la de la tribu neocelandesa de los maoríes, envueltos en supersticiones primitivas. Una cultiva el arte y se expresa en modos elegantes; la otra, costumbres de gente rudimentaria que a duras penas se acerca a la civilización.

Si uno se apresura a ubicar en algún género al film -todo encasillamiento es apresurado- concluirá en que se trata de una historia de amor. Pero a decir verdad, sólo en determinado momento ésta comienza a serlo, cuando el personaje del maorí George Baines (Harvey Kitel) le dé un vuelco a la historia. Ese personaje rústico, descortés y casi iletrado, será quién lleve a cabo una operación de sutileza extrema. Una operación que la moral de las buenas costumbres sólo podrá ver como una maniobra lasciva y reprochable.

A George Baines le bastará una mirada a esa mujer, pálida en su traje negro, caminando vacilante por la arena, para tomar una decisión. La mira y la ve entreabrir la larga tapa de una gran caja negra. La ve luego deslizar su mano al interior de la gran caja para que la voz del piano envuelva las pisadas en la playa gris. Al hombre le bastará con esa mirada para tomar una decisión silenciosa: se apropiará del piano para atraerla. Usará del piano como medio para respirar sobre su piel.

Y una vez perdido el piano -por la severidad de un marido que ve en él sólo el obstáculo de un pesado mueble para trasladar-, cuando Ada pretenda recuperarlo aceptará condiciones que, muy lejos de permitirle el reencuentro, le hará perderlo para siempre: cada tecla del piano será subastada. Cada tecla del piano tiene el precio de una entrega. Cada tecla una prenda que cae, un estremecimiento, el aliento que suena como un gemido.

Sin embargo, entre los amantes hay un puente que los separa. Algo que los aleja en el abrazo. Baines le pondrá palabras al desencuentro cuando, sangrando de amor por ella, le diga: “el arreglo te convierte en una prostituta, y a mí en un desdichado”.

Luego todo se agolpa y resume en unas pocas escenas: ella arrancará una tecla del piano “recuperado” para enviarla secretamente a su amante. La tecla lleva grabada una frase: “George, tienes mi corazón”. La mujer habrá comenzado a perder eso que era algo de su propio cuerpo.

Pero, cuando la tecla caiga en manos del marido, éste -confundiendo el cuerpo con la carne-, tomará una decisión sangrienta. Junto a él, los maoríes observan la tecla. Los primitivos que no entienden lo escrito, dicen todo lo que allí es necesario entender. Golpeando con los dedos sobre la tecla solitaria, uno de ellos dirá: “no canta más, perdió la voz”. Todo está allí, en esas escenas y en esas palabras.

Más tarde la escena de la canoa mostrará el dramatismo de una elección (en la elección del piano ¿quién elige?).

Ese objeto que cae -“un ataúd”, dicen los maoríes- arrastra hacia el abismo profundo donde sólo hay silencio. Será preciso que se pierda en la profundidad azul del silencio. En una rara paradoja será preciso que ella pierda la voz para poder hablar.


[1Una versión preliminar de este texto fue publicada en Ética y cine (J.J. Michel Fariña y Carlos Gutiérrez, comp.), Eudeba / J.V.E Ediciones, 2001.


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