Actualizado en  junio de 2017   

Volumen 5 / Número 1
Septiembre 2009
Bioética y Biopolítica
ISSN 1553-5053


[pp 40-43] / Azar y responsabilidad

Incertidumbre

Juan Jorge Michel Fariña


Una niña de diez años se encuentra hospitalizada en estado crítico a la espera de un transplante de pulmón. Los plazos se extreman y los pocos donantes cadavéricos que aparecen no son autorizados por sus familias, que resultan ser profundamente religiosas y no acuerdan con el trans-plante de órganos. El padre de la niña se encuentra en un estado de desesperación y pasa días y noches en el hospital hablando con los médicos y con la enfermera a cargo del cuidado de su hija. Está dispuesto a sacrificarse él mismo donando su único pulmón sano, pero la ley de su país prohíbe el transplante cuando el órgano proviene de un familiar del enfermo. A los pocos días, una noticia conmueve a la ciudad: un autobús escolar que transportaba niños discapacitados mentales se desbarranca en un puente. Hay muchos muertos, entre ellos el chofer que conducía el vehículo. La ambulancia que llega al lugar del accidente recoge los cuerpos de los niños, varios de los cuales son compatibles para el transplante esperado. Algunas familias autorizan la donación. En el hospital todo se apronta para intervenir a la niña. El personal médico es convocado de urgencia, incluida la enfermera a cargo, quien está siguiendo las noticias por la televisión. Cuando muestran imágenes del chofer que conducía el autobús, ella reconoce al padre de la niña que espera el transplante. Imagina entonces que fue él mismo quien provocó el accidente.
¿Debería la enfermera informar esto a las autoridades y/o personal del hospital? ¿Si se demostrara que el hombre produjo deliberadamente el accidente para disponer de donantes para su hija, el transplante se debería realizar de todos modos? ¿Cómo actuar ante la emergencia, sin tiempo pa-ra una investigación detallada de los hechos?
(basado en un pasaje de la novela Crímenes Imperceptibles, Guillermo Martínez, Editorial Planeta, 2004)

Una anciana es asesinada. El cuerpo es descubierto por un conocido matemático de Oxford amigo de la familia y por un joven becario extranjero que se hospeda circunstancialmente en casa de la mujer. Se nos informa que alguien ha dejado como toda pista una nota enigmática conteniendo un símbolo matemático. Interviene la policía y se inicia una investigación. Como ocurre habitualmente, la primera sospechosa es Beth, la nieta de la víctima, a cuyo cuidado se encontraba la anciana, y quien heredará su modesta fortuna.

Pero rápidamente sucede otra muerte. Esta vez es un enfermo que se encuentra postrado en un hospital. Podría ser una mera coincidencia, pero alguien ha dejado indicios en el cuerpo y ha arrojado la clave de un nuevo símbolo matemático. La policía cambia entonces el rumbo investigativo. Ya no busca a una heredera advenediza sino a un asesino serial. Dado que las pistas aparecen en el Departamento de Matemáticas de Oxford, los miembros de esa comunidad académica pasan a ser el foco de interés. Particularmente Seldom, el conocido matemático y el joven becario, quienes ahora han devenido improvisados investigadores en la causa.

Nos vemos conmovidos entonces por una tercera muerte, esta vez espectacular y a la vista de todos, durante un concierto al aire libre. Nuevamente, viene acompañada de un símbolo matemático, depositado al descuido ante las narices de la policía. El inspector ya no duda: hace declaraciones a la prensa y ordena a sus colaboradores confeccionar un perfil psicológico del asesino. La serie se presenta clara: tres asesinatos, tres símbolos matemáticos. El círculo, el pez, el triángulo. El círculo, que generaba la mayor de las incertidumbres, cobra sentido ahora frente a los nuevos indicios. Nos enteramos entonces que se trata de los primeros números pitagóricos:

Muerte de la anciana Muerte del paciente Muerte del músico
Círculo Pez Triángulo

Pero como sabemos, en la lógica de necesidad está su ruina, porque si alguien adivina la serie puede anticipar las tiradas siguientes. Así lo enseñó Jacques Lacan en su lectura de Edgar Allan Poe y así lo hemos transmitido ya en otro lugar a propósito del film “Pecados Capitales”. Se trata por lo tanto de adelantarse a la serie para descubrir al responsable antes de que consume un nuevo asesinato.

Se intercala entonces en la trama la primera escena que nos interesa desde el punto de vista de la subjetividad. La primera de una serie de cuatro. Una niña de diez años se encuentra hospitalizada en estado crítico a la espera de un transplante de pulmón. Los plazos se extreman y los pocos donantes cadavéricos que aparecen no son autorizados por sus familias, las cuales resultan ser profundamente religiosas y se oponen al transplante de órganos. El padre de la niña, también aficionado a las matemáticas, se encuentra en un estado de desesperación y pasa días y noches en el hospital hablando con los médicos y con la enfermera a cargo del cuidado de su hija. Está dispuesto a sacrificarse él mismo donando sus pulmones, pero la ley prohíbe el transplante cuando el órgano proviene de un familiar del enfermo.

Mientras tanto, Seldom y la policía han establecido ya el siguiente símbolo matemático. Se trata del Tetraktys, pero ¿dónde y cuándo? Reciben entonces el anuncio de que una nueva muerte se producirá. Ahora es el propio asesino quien anuncia el escenario del crimen. Las coordenadas coinciden con el cuarto signo pitagórico.

Círculo Pez Triángulo Tetraktys

Cuando la policía, las ambulancias y los medios llegan al lugar, la tragedia acaba de consumarse. Un autobús escolar que trasladaba niños discapacitados mentales se desbarrancó causando la muerte de diez de ellos y del chofer que conducía el vehículo. Recogen los cuerpos, varios de los cuales resultan ser compatibles para el transplante de pulmón que esperaba la niña internada en el hospital. Las familias autorizan la donación y todo se apronta para realizar la intervención. El personal médico es convocado de urgencia, incluida la enfermera a cargo, quien está siguiendo las noticias por la televisión. Cuando muestran imágenes del chofer que conducía el autobús, ella reconoce en ese rostro al padre de la niña que va a ser intervenida.

Se revela entonces el enigma: el hombre, en su desesperación, provocó él mismo el accidente para asegurar donantes y salvar así la vida de su hija. La secuencia de crímenes, se nos informa, había sido sólo una pantalla para concitar la atención y garantizar la presencia de ambulancias que asegurasen el transplante a tiempo. Su afición a las matemáticas lo llevó a valerse de los símbolos pitagóricos como eficiente señuelo. La policía no sale de su asombro, pero se da por satisfecha y declara cerrado el caso. La explicación resultaba convincente y finalmente el responsable de los crímenes estaba muerto.

Pero esta solución no conforma al joven becario, quien resignifica lo que va a ser la segunda escena para nuestra lectura de la dimensión subjetiva de la novela. Se trata de una imagen pavorosa presenciada pocos días atrás. Un extraño animal había caído sobre la carretera y fue brutalmente aplastado por un auto-móvil. De su cuerpo sin vida asomaba la cría. Alguien le ofrece una explicación: se trata de un angstum, mamífero típico de la región, aparentemente una hembra con el embarazo avanzado que seguramente cayó de un árbol al intentar salvar a su cría cuando acababa de romper la bolsa. La frase el angustum haría cualquier cosa por salvar a su cría queda flotando y retorna, con un efecto siniestro, a medida que se desarrollan los acontecimientos.

Una sensación inquietante se apodera de él y lo convence de que tiene que haber algo más. Va entonces en busca de Seldom, a quien encuentra a en la soledad del museo, contemplando un friso de grandes dimensiones. Escucha entonces un relato fascinante, que va a organizar la tercera escena de una nueva serie. No se trata ya de la serie lógica de los símbolos pitagóricos, sino de otra bien diferente.

El hijo de Hassiri, joven y enamorado, monta en cólera cuando ve que el rey ha asesinado a su prometida. Graba entonces en la piedra el crimen, labrándose así su propia condena a muerte. Su padre, el gran escultor asirio, toma la decisión de ocultar, sin borrarlo, semejante testimonio. ¿Cuál es el mejor lugar para esconder un grano de arena? Una playa. ¿Cuál es el mejor lugar para esconder un soldado muerto? Un campo de batalla. Nissam, guerrero infinito, el friso que Seldom y el becario tienen ante sus ojos encierra ese secreto, guarda esa denuncia para que trascienda los tiempos.

La nueva serie se va dibujando como sigue:

Transplante Angstum Hassiri

Se trata evidentemente del tema del padre. La frase el angustun haría cualquier cosa por salvar a su cría, nos reenvía a un hombre desesperado por salvar a su hija, a un escultor dispuesto a todo para salvar al propio. Y una vez más, en la lógica de necesidad está su ruina, y los lectores –todos nosotros en esta sala– ya intuimos el desenlace.

Efectivamente, en la escena inicial de la novela Seldom acudió a la casa de la anciana pero no requerido por la nota de un maniático desconocido, sino por el pedido de ayuda de Beth: hice algo terrible. Se encuentra con el cadáver y pone en marcha la estrategia de encubrimiento. Idea así la secuencia de los “crímenes imperceptibles” para despistar a la policía, valiéndose de la involuntaria asistencia del joven becario. Disfraza de asesinatos en serie lo que habían sido meras muertes naturales: la del enfermo en el hospital, la del percusionista durante el concierto al aire libre. Lo hace esperando que todo termine disolviéndose en la nebulosa de un oscuro caso sin resolver, con Beth a salvo y fuera de toda sospecha. Es entonces cuando se ve confrontado con un crimen real.

Diez niños son asesinados para obtener un transplante compatible. Un padre que mata para salvar. Esto no puede menos que interpelar a Seldom, quien, abatido, arroja la verdadera clave del enigma. No la de la serie matemática sino esta otra con la que se anuda en la confesión final:

“Buscó en el bolsillo interior de su saco y me extendió un papel doblado en cuatro. Hice algo terrible, decía la primera línea, en una caligrafía curiosamente infantil. La segunda, que parecía haber sido agregada en un rapto de desespera-ción, decía en caracteres grandes y desolados: Por favor, por favor, necesito que me ayudes, papá.”

La madre de Beth y Seldom habían compartido una amistad, que ahora se revela como una relación íntima que pone en cuestión la paternidad de la joven. La incertidumbre del primer símbolo, el círculo, elegido aparentemente al azar por Seldom, se revela premonitorio de otra incertidumbre: la de su condición de padre de Beth.

Transplante Angstum Hassiri “papá”

El secreto retorna ahora desde su costado siniestro. Un padre que mata para salvar a una hija. La culpa largamente acunada, alcanza a Seldom, cuando el azar interpela su lugar en el pretendido emprendimiento altruista. Esta interrogación no es ya moral sino ética en tanto alcanza un punto ciego de la responsabilidad del sujeto.



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