Actualizado en  noviembre de 2016   

Volumen 3 / Número 1
Marzo 2007
Totalidades
ISSN 1553-5053


[pp 32/36]

La insoportable levedad del nous

Acerca de El custodio, de Rodrigo Moreno
Gabriel Belucci

Sumergidas en dulce luz,
suavemente apagadas,
las dos amantes se creyeron dos lunas
que habían de morir contra los muros,
cuando la realidad era que en el aljibe
la verdadera luna se estaba fija contemplando


.
Rafael Alberti

Kubrick con Moreno

Hay una distancia entre ver y leer, distancia que nosotros, que hacemos honor a una tradición fundada en Freud, soportamos en la introducción de un intervalo que hace, del uno, dos. Si ésta es la lógica que rige todo acto de lectura, nos desdoblamos —en tanto espectadores de una película— entre la captura que ofrece la pantalla y esas otras escenas que hacen su anatomía.

El custodio, austera expresión de los nuevos rumbos del cine nacional, hace eje en la vida de Rubén, un guardaespaldas cuya misión es proteger al Ministro de Planeamiento. Desde las primeras imágenes, hay en el personaje una perfecta mímesis con ese cometido, que religiosamente cumple en los circuitos por los que, una y otra vez, día tras día, su protegido se mueve. Nada ni nadie parece alterar la calculada sincronía de esa fidelidad. Tanto es así que es esa misma sincronía la que nos lleva silenciosamente a una pregunta: ¿y qué si algo fallara? La película se encarga, desde ya, de responderla en los hechos, pero es desde otro punto que quiero retomarla.

Propondré un artificio: pensar que esa pregunta encuentra en la historia del cine una referencia privilegiada que —en anterioridad— ilumina lo que aparece, de otro modo, como oscuro capricho, la acción de un hombre que tiene como meta to protect and to serve [1] y que, puesta ésta en cuestión, invierte violentamente su sentido y acaba con la vida del Ministro. Esa acción, así como la lógica que la contextúa, tienen su más exacto correlato en la obra maestra de Stanley Kubrick. Me refiero, por supuesto, a 2001, a Space Odyssey, una de las más agudas reflexiones que el cine ha hecho sobre la subjetividad contemporánea.

En aquel caso como en éste, anima la película una tensión silenciosa, cuya encarnadura es un ojo: allí, la esfera roja con que HAL 9000 controla el curso de la misión a Júpiter; aquí, la atenta vigilancia de Rubén, que velará por el Ministro incluso —sobre todo— cuando duerme. Se tiene la impresión, en ambos casos, de que algo que oscuramente se anuncia vendrá en algún momento a poner fin a ese tenso equilibrio, sin que —por otra parte— se siga de allí de modo mecánico. Pero no es sólo una ruptura del fin propuesto lo que al final sucede, sino —nótese bien— su más completa inversión. ¿Qué lógica habremos de suponerle? ¿Cuál es la matriz que hace devenir la protección en su opuesto absoluto? ¿O debemos pensar que, bajo determinadas circunstancias, la amenaza cambia de sitio?
En Kubrick, parece claro por dónde debemos responder. HAL 9000, en tanto sistema de vigilancia y control, está programado para garantizar que las instrucciones recibidas se cumplan, las que hacen referencia a cierta misión a Júpiter. Y Kubrick deja claro que no es ese programa lo que en esencia se modifica, sino que a las instrucciones originales se sobreimprime la polifonía de un mensaje oculto, se agrega a ellas el dato incongruente, que HAL sólo puede leer como un error. Por supuesto, es inaceptable, y el signo de la amenaza se invierte: el mantenimiento del orden tendrá entonces por condición la eliminación de quienes podrían alterarlo.

En el film de Moreno, el desenlace está antecedido por lo que se despliega ante el espectador como una doble vertiente en la vida del custodio, que roza lo tedioso, pero cuya monotonía podemos suponer buscada. En un recurso que el cine de Fassbinder hizo clásico, la repetición de escenas que llamaríamos banales —siguiendo a Hannah Arendt— logra no obstante mantener una atención dividida entre el tedio y su anunciado final. Rubén está, como señalamos, perfectamente adaptado al orden que debe custodiar, se confunde con él como punto cúlmine de su eficacia. Es parte de ese entorno; su humanidad sólo aparece cuando dibuja —a pedido del Ministro— al amigo francés de éste. Cosa curiosa, se elogia en ese dibujo su fidelidad a la realidad copiada, suerte de speculum mundi que viene a replicar el vínculo de Rubén con su Umwelt. En otra escena, le cuenta a un colega que espera con él en el hall de un hotel marplatense que él nunca se metió al mar, pero la invitación a hacerlo es rechazada en función de su adscripción a la tarea. Como diligente guardián, Rubén vigila.

En paralelo, su vida transcurre dentro de un principio de sucesión en el que nada hace mella: día tras día de acciones cotidianas cuyo punto de fuga parece ser lo familiar; aquí y allá, alguna escena parecerá devolverlo al lazo social, precariamente y no sin tropiezos. Su relación con la hermana, internada en un hospicio, interroga desde las primeras escenas el límite entre locura y normalidad. ¿Quién quedará, allí, de un lado y del otro?

El desenlace —hay que subrayarlo— debe ponerse en relación con lo que inmediatamente lo precede. Si hasta entonces Rubén había sido no sólo consumado protector sino celoso guardador de secretos, encubriendo las faltas y dobleces del Ministro, la escena previa al fin lo sorprende por fuera del lugar en el que su protegido ha estado en riesgo. Algo, el accidente, la tyché, viene a hacer tambalear la concordancia aristotélica de los lugares. Y ese accidente, a Rubén, alguien se lo atribuye, apuntando a una falta insoportable. Por cierto, no será la estructura especular del tête-à-tête en el que Rubén deberá permanecer con el Ministro la encargada de apaciguar lo insoportable. Antes bien, y desnudando la tensión dicotómica de esa relación paranoica, ese “o él o yo” que constituye su núcleo, encontrará en la destrucción del alter ego su única vía de escape.

El éxodo final —en el sentido griego de “camino de salida” deja planteada la cuestión de por dónde habremos de encontrar el exit de esa encerrona trágica, si no es siguiendo un itinerario cuyo horizonte y su causa se hacen presentes en ese mar —espacio inexplorado de preguntas— que se dibuja por delante.

Para una arqueología de la Verrücktheit

El término “relación paranoica” puede haber sorprendido a alguien. Si ahora nos dirigimos a la historia del concepto de paranoia, por entenderlo aquí oportuno, eludiremos la tentación de hacer una exposición exhaustiva de las diversas formulaciones, polémicas y reformulaciones que lo constituyeron, para apuntar más bien al aislamiento de los rasgos que en su composición sugieren a nuestra reflexión sus vías más fecundas.

Como nos recuerda Lacan en una nota al pie de su tesis doctoral [2], fue Heinroth (en 1818) quien introdujo el término en la psiquiatría alemana, en estrecha relación con las doctrinas kantianas. Pero, si llega allí, es porque ha recorrido previamente un accidentado camino cuyo punto de partida encontramos en Grecia, donde παράνοια denominaba la locura como desvío del νόος. Resulta esclarecedor enumerar los sentidos de este término, que son los de inteligencia, espíritu, mente, pensamiento, razón, entendimiento, intelecto, principio de unidad racional, memoria, sagacidad, buen sentido, prudencia, significado [3]. No es de asombrar que, en Aristóteles y en toda la tradición que lo continúa, el νοῦς pueda nombrar el alma racional, diferencia específica del hombre con los otros vivientes [4]. Es de esta compleja función que la locura representaba el extravío.

Sabemos que el uso del término en la escuela psiquiátrica alemana no estuvo exento de vaivenes. Su tardía adopción vino a reemplazar a esa Verrücktheit que en los desarrollos de esta escuela nombraba la locura también como desvío de algo, a la que se reconocía en un comienzo una base afectiva, para centrarla (desde Kahlbaum y Kraepelin) en el terreno del juicio y el pensamiento: la Verrücktheit primaria. En todo caso ese desvío se volverá diferenciable de la profunda desestructuración que será la marca de origen de todo proceso esquizofrénico, pues se reconocerán en la personalidad paranoica, aunque deformadas, las líneas de fuerza de la personalidad llamada normal. Ésta es, por supuesto, la dirección retomada por Lacan en su tesis, no sin alguna objeción y antes de comenzar su largo rodeo hacia Freud.

Pero es precisamente Freud quien articula, con diversos grados de formalización, algunos de los puntos que forzarán la redefinición del concepto. En primer término, su dependencia de un yo entendido aquí como imagen libidinizada, pero también la presencia, entre ese yo y los otros, de relaciones que traducen una tensión dicotómica, y en las que esos otros se erigen en depositarios de aquello que el yo, por serle insoportable, les atribuye. Freud da a entender, sin sacar de ello todas sus consecuencias, que es en relación a cierta ley que eso insoportable se establece, y es desde allí que proseguirá sus huellas Lacan, al reconocer en la Ley del padre, en su fracaso instituyente, el fundamento último de las psicosis.

Hemos dicho “psicosis” y parecemos con ello descentrarnos de nuestro tema específico, pero es para volver a él con nuevas bases. ¿Qué rasgos extraeremos, de la enseñanza de Lacan, como los propios de la posición paranoica? Al igual que Freud, es en la estructura del yo que Lacan pondrá el énfasis, pero entendido como campo de conocimiento de pretensión totalizante, sólo porque esa pretensión sirve a los fines de un desconocimiento más amplio: el de la falta con la que la institución de la Ley nos marca. Es, pues, en proporción inversa al desconocimiento de esa falta que el conocimiento paranoico no dejará nada librado a un azar que pueda cuestionar su imperio absoluto. (Lo que no excluye que, de hecho, un azar así lo interpele).

En tanto instancia especular, por último, el yo del paranoico replica la estructura universal del yo, y es de allí que deducimos las tensiones libidinales y agresivas que recortan su relación con los objetos, pero Lacan tempranamente nos advierte que es su coordinación a una Ley lo que introduce en ese filo mortal la terceridad de un pacto posible [5].

Paranoia y lazo social

Que haya sido precisamente en Alemania donde el concepto de paranoia fue retomado y desarrollado en el siglo XIX es digno de apuntarse. Es cosa notoria la predilección del pensamiento alemán por el sistema, rasgo éste que encontramos en su escuela psiquiátrica y en su mejor filosofía, teñida en ese siglo por la herencia de Hegel. Los franceses, por el contrario, edificaron toda una clínica llamando a la cautela teórica, en lo cual se hermanaban a una tradición anglosajona que, a su manera, afectó todo saber de una carencia irreductible.

Y si, ya en otro terreno, examinamos las ideas políticas, es también algo a señalar que —unificada tardíamente en 1871— Alemania haya advenido a su condición de Estado bajo el doble signo de una búsqueda de sus orígenes como nación y de un recorte particularmente claro de sus oponentes (internos y externos). Recordaremos al pasar que varios de sus más preclaros intelectuales habían situado esos orígenes, ya en el siglo XVIII, en la gran familia etnolingüística de la que los pueblos indoarios se consideraban la expresión más pura.

No es sin serios resquemores que hemos pasado del terreno de la clínica al de un lazo social más amplio. Baste el ejemplo de lo que los analistas de la generación heroica dieron a luz en su tentativa de interrogar ese lazo social con las nacientes categorías freudianas para indicarnos la imposibilidad de toda Völkerpsychologie. Esa tentativa malograda nos recuerda, además, que la pertinencia del psicoanálisis y sus conceptos más allá de la clínica debe partir de la más precisa distinción entre el orden de la familia y el de la polis, distinción que ha madurado lo suficiente desde Lacan para que, hoy, podamos preguntarnos por la estructura de lo que llamaré la subjetividad paranoica. Estructura —afirmo— cuyas coordenadas habría que establecer, pero que se perfila insoslayable en cualquier intento de elucidación de nuestra época. No hago aquí más que sugerir algunas direcciones, en la convicción de que la acción fatídica que aquí consideramos se proyecta desde los “hechos clínicos” a su trasfondo “político”, en el sentido que acabamos de enunciar.

Contardo Caligaris, en un breve artículo titulado La seducción totalitaria [6], examina la adhesión de miles de personas a la maquinaria hitleriana bajo la luz de considerar que la promesa tácita con la que se los comprometía implicaba una salida de la miseria neurótica, basada en la experiencia de una falta, hacia la dimensión de un saber sabido sobre su ser —sin fisuras— cuyo costo habría sido el hacerse instrumentos de la Causa. Es esa lógica la que lo autoriza a arrojar sobre el final de su texto una advertencia: que el horizonte de nuestro tiempo es totalitario, si no en sus formas externas sí en su modo de organizar, en la exclusión de una carencia, el lazo social. Este diagnóstico coincide en lo esencial con el recorte lacaniano del discurso capitalista, “mutación” del discurso del Amo entre cuyos rasgos principales resalta la pretensión de reabsorber toda falta con los productos de la tecnociencia (pretensión ésta, hay que recordarlo, que constituye el fundamento de la empresa publicitaria).

Esta aspiración, sin embargo, está sujeta a un imperativo de vigilancia y control, ya que todo aquello que, excluido, retorne, socava de un modo u otro la estructura discursiva en cuestión. En la arena económica, son las propias leyes del mercado global las encargadas de disolver cualquier falta concerniente a la circulación de los objetos en los circuitos de una siempre renovada producción. Es en la medida en que una subjetividad queda afectada que es preciso tramitar por otros medios sus modos de retorno.

No hay que decir que fue Michel Foucault, con su brillante análisis del panóptico Cf. Foucault, M. (2002), Vigilar y castigar, Siglo XXI, Buenos Aires., quien más claramente articuló las vías por las que esa amenaza se abordó históricamente, que son las de una creciente dispersión e irradiación del control que, en su culminación ideal, busca abarcarlo todo. No es, pues, casual que los peores horrores conjurados por la ficción orwelliana se corporicen en el omnipresente ojo del Big Brother, que nombra hoy un conocido reality. ¿A qué delirio de omnisciencia nos conducirá la no sustracción de una mirada que apaciguaría la visión con su falta? En todo caso, no es otra cosa que esta estructura la que Moreno —y antes que él Kubrick— transparenta para nosotros.

No olvidaremos, finalmente, la dimensión de la amenaza que habita el campo de esa visión desafectada de su falta constitutiva, y que es preciso interrogar a su vez. Digamos solamente que es en la filosofía política italiana donde se acuñan hoy los conceptos que marcan aquí el rumbo. Pues son análisis como los de Roberto Esposito [7] los que han probado con todo rigor que, si el lazo social se funda en una deuda (un munus) común, esa communitas resulta erosionada en sus cimientos por el proyecto inmunitario de la Modernidad, que apunta a la supresión del lazo así fundado. Como bien sabemos desde Hobbes, el miedo es la consecuencia primordial de esa operación, el que sostiene el hecho político como basado en un recelo a priori que ningún pacto aplacará ya.

De ahí en más, tendrá lugar una auténtica topografía de ese miedo fundante y fundamental, todo un discurso y una praxis que encuentran en la idea de amenaza su centro gravitatorio. La ficción —cinematográfica y literaria— se demuestra aquí como un artificio que busca escribir los productos indialectizables de la juntura entre capitalismo y tecnociencia, reales que en todo caso devienen verdad por su operación, y que nos llaman a elucidar, leyendo esa verdad, sus coordenadas de producción.


[1Frase emblemática que puede leerse en los patrulleros que recorren las producciones de la industria holliwoodense.

[2Cf. Lacan, J. (2000), De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo XXI, México, p. 21, n. 2.

[3Cf. Pabón De Urbina, J. M. (2001), Diccionario-manual griego-español, Vox, Barcelona.

[4Cf. Ferrater Mora, J. (1958), Diccionario de filosofía, Sudamericana, Buenos Aires. Véanse en especial los artículos Nous y Alma.

[5No por tempranas dejan de interesar las referencias que hace al respecto en el seminario I. Cf. Lacan, J. (2001), El Seminario, Libro 1. Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires.

[6Caligaris, C. (1987), La seducción totalitaria. En: Revista Psyché.

[7Cf. Esposito, R. (2003), Communitas. Origen y destino de la comunidad, Amorrortu, Buenos Aires.


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