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Volumen 2 / Número 1 // Septiembre 2005
Espacios del Cuerpo
ISSN 1553-5053


[pp 48/56]

Dos Tratamientos Hipermodernos del Cuerpo

Romina Gabriela Galiussi

En esta época operan nuevas modalidades de intervención sobre el sujeto y el cuerpo, antes inexistentes.
Este trabajo ubica la incidencia de estas modalidades sobre las demandas que el sujeto efectúa para que se
intervenga sobre el mismo. A partir de la primacía del saber científico y el capitalismo globalizado, surge
la falta de respuestas por parte del Otro o, más aún, la verificación de su inconsistencia. Así, debido a la
ausencia de una autoridad prescriptiva, se conserva el debate, la controversia y la paradoja hipermoderna
respecto del qué hacer. Cada vez se es más libre de tomar decisiones, pero ante la ausencia de una
instancia que regule––como lo era fuertemente la religión y la tradición en la moral civilizada de la
modernidad––se producen la fragilidad, la inestabilidad y la angustia que caracterizan nuestro tiempo. El
transexualismo y la plastinación, si bien extremas, son prácticas que dan cuenta de las modificaciones y
nuevas coordenadas que toma el cuerpo en la actualidad.

Si tu ojo te escandaliza arráncalo…Si tu ojo se vende bien, dónalo. (Lacan, 1985, p. 99)
El hombre ha nacido en una situación limitada; puede ver determinados fines sencillos,
cercanos, y se acostumbra a utilizar los medios que tiene a mano en su entorno; pero tan
pronto como se encuentra ante un horizonte más amplio, no sabe ya lo que quiere, ni lo
que debe hacer. (Goethe, citado en Safranski, 2005, p. 79)

Actualmente operan sobre el cuerpo diversas modalidades de intervención, como
consecuencia de la coyuntura por la que atraviesa nuestra época, a partir del avance del
capitalismo y la tecnociencia. En este trabajo intentaré ubicar la incidencia de aquella
sobre el sujeto y, particularmente, sobre lo que éste demanda para que se intervenga sobre
su cuerpo.

Comenzaré tomando lo propuesto por Jacques Alain Miller (2005), quien sostiene
que vivimos una época en la que el Otro no existe–continuando de alguna manera lo que
comenzó Jacques Lacan en 1938 interpretando el malestar contemporáneo desde la
perspectiva del declive de la función paterna en la institución familiar. En otras palabras,
han sido puestas radicalmente en cuestión las instancias que ordenaban y prescribían el
accionar del sujeto. El goce ya no se halla regulado por la lógica edípica y las
identificaciones, en las que el padre funcionaba como ordenador. Así, ante esta falta, los
modos de irrupción de dicho goce son solidarios a la vez, de formas inéditas de intentar
regularlo.

Debido a la ausencia de una autoridad prescriptiva (trabajada por Lacan de
diversas maneras a lo largo de su enseñanza y retomada recientemente por Miller, entre
otros autores que introduciré en breve), se conserva el debate, la controversia y el
“escepticismo sobre lo verdadero, lo bueno, lo bello, sobre el valor exacto de lo dicho,
sobre las palabras y las cosas, sobre lo real” (Miller, 2005, p. 10), acaeciendo una
constante incertidumbre sobre el hacer. Consecuentemente, hacen su aparición y
proliferan los comités de ética, como forma de ocupar ese agujero que instaura la
ausencia de una instancia de mesura. No obstante, las reglamentaciones que postulan se muestran altamente inestables, subvirtiéndose constantemente, generando una
multiplicidad de normas cuyo consenso es inestable y efímero.

A partir de la primacía del saber científico y el capitalismo globalizado, surge la
falta de respuestas por parte del Otro o, más aún, la verificación de su inconsistencia.
Esto es lo que caracteriza a nuestra época y que ha arrastrado al sujeto a un proceso de
constante aceleración, ilimitado e inconsistente–que el sociólogo Zygmunt Bauman (2005)
denominó bajo el término modernidad líquida–dejándolo en un impasse, en un vacío
desestabilizador que constituye las coyunturas actuales de la angustia.

De esta manera, nos encontramos en un tiempo en donde los significantes amo
han perdido su valor orientador, al prevalecer su enjambre o su pulverización. Si bien las
identificaciones que ordenaban han caído, ahora los individuos obedecen a un imperativo
de goce. Se trata de un mandato a gozar que los deja en una paradoja sin mesura que
Gilles Lipovetsky (2003) explica bajo la introducción del término hipermodernidad. La
misma se define como una exacerbación de la modernidad que identifica a la era actual,
en la que prevalece un consumo globalizado que absorbe a partes cada vez más amplias
de la vida social. Así, la hipermodernidad constituye una segunda versión de la
modernidad, en donde los axiomas de esta última–la técnica y la lógica del mercado–son
conducidos a una expansión sin límite.

Lipovetsky establece así diferencias entre la modernidad, la postmodernidad y la
hipermodernidad, debido a que, si bien las tres componen fases del capitalismo, han
producido diversos efectos en la cultura. La modernidad se ha caracterizado por la
existencia de una sociedad que, aunque regida por la lógica global, es disciplinaria. En
ella, la moral tradicional y el avance tecno-mercantil conllevarían respectivamente orden
y progreso. Ante el avance capitalista, en la postmodernidad surge una sociedad
postdisciplinaria, en la cual se produce una liberación de las tradiciones y una autonomía
frente a las estructuras ideales, dominantes en la fase anterior. Cae así la sociedad
disciplinaria, surgiendo una fase caracterizada por el hedonismo y la libertad
individualista. La hipermodernidad, por su parte, toma rasgos de las dos fases anteriores,
el hedonismo y la obediencia, produciendo un efecto subjetivo en dos lógicas extremas y
paradojales entre el autocontrol o el descontrol, el orden o el desorden, la prudencia o el
caos. Así, desde la perspectiva de Lipovetsky, el sujeto contemporáneo es impulsado a la
búsqueda de un goce cada vez más inmediato, pero que no puede disfrutar debido a la
incertidumbre que le genera el futuro. Es decir, cada vez más se es libre para tomar
decisiones, pero eso mismo, ante la ausencia de una instancia que regule –como lo era
fuertemente la religión y la tradición en la moral civilizada de la modernidad [1] –es lo que
produce la fragilidad, la inestabilidad y la angustia de nuestro tiempo, más próxima a lo
que Sigmund Freud denominó neurosis actuales que a la angustia señal de las
psiconeurosis. Así, el sujeto contemporáneo se halla exigido por un imperativo de goce de consumo ilimitado y, al mismo tiempo, impulsado a una búsqueda constante de
aquello que garantice o limite dicha exigencia. Eric Laurent (Laurent & Miller, 2005)
sostiene que “como la subjetividad de nuestra época palpó que el Otro no existe, remite
su búsqueda a la subjetividad del cuerpo” (p. 229). Y ello es justamente lo que interesa
para este desarrollo, es decir, como las particularidades de la época hipermoderna inciden
en el cuerpo, generando en el sujeto una pérdida de la distancia, como si la referencia pasara a ser buscada en el cuerpo mismo, reduciéndose a su ser corporal a partir de
demandas dignas de ser interrogadas.

En este espacio desarrollaré dos prácticas: el transexualismo y la plastinación; si
bien son extremas, dan cuenta y nos brindan una perspectiva de las modificaciones y
nuevas coordenadas que toma el cuerpo–en sus dimensiones de imagen, de goce y de
coordenadas simbólicas [2]– en la actualidad.

Rectificación Médica del Sexo

Cada vez sorprende menos el avance del saber científico; sus instrumentos recaen sobre
lo real del cuerpo, produciendo modificaciones no sólo en la imagen–que puede ser bella,
grotesca o bizarra, producto por ejemplo de la realización de policirujías [3] –sino
fundamentalmente a nivel de los efectos que produce en quien lo solicita. Interesa
abordar aquí la marca de la ciencia que opera en el transexualismo, la cual prueba no sólo
la posibilidad de elección individual–la cual es ilusoria, si se piensa en la determinación
inconsciente–sino también la libertad tecno-científica, en donde frente a la demanda se
interviene operando una mutilación o injerto irreversible, sin interrogar las causas,
dejando a un lado la responsabilidad e implicación del sujeto en ella y sin tener en cuenta
las consecuencias que acarrea. Si bien se realizan entrevistas, evaluaciones médicas y
psicológicas previas, es de mencionar la incertidumbre que recae sobre las mismas, en la
medida en que en muchos casos predomina la respuesta a la demanda por sobre su
interrogación. Catherine Millot (1984) afirma que en estos casos se trabaja con la
sugestión, la cual no actúa sobre la causa, ya que aquella

se ejerce en nombre de la norma, y supone la exclusión de la dimensión del deseo
y su interrogación. Eso es lo que tiene en común con la cirugía. El transexual
que…se constituye por la asignación de otro (médico, psicólogo), por haber
encontrado a su Otro en la ciencia, halla una respuesta obturadora, incluso falaz,
al interrogante de su deseo. El deseo del Otro ya no está velado; el veredicto cae:
que se haga operar. (p. 129)

Henry Frignet–un psiquiatra y psicoanalista francés que ha volcado en una publicación
reciente una interesante casuística y abordaje del tema que nos ocupa–cita casos en donde
los argumentos que otorgan los pacientes para que se les realice la intervención se
relacionan con un error de la naturaleza o por el carácter de extranjería que tiene el sexo
que poseen respecto de su cuerpo. Existen otros casos de pacientes, llamados
dismorfofóbicos, en donde a los mismos y luego de que en evaluaciones psiquiátricas los
consideraran normales, se les ha amputado un miembro superior o inferior, pues había
“dejado de reconocer como perteneciente a su propio cuerpo el miembro cuya
amputación solicitaba” (Frignet, 2003, p. 128). En relación con la perspectiva y posición
científica, Lacan (1985) sostiene que

[e]l poder de la ciencia brinda a todos la posibilidad de ir a ponerle al médico su
cuota de beneficios con un objetivo inmediato, vemos dibujarse la originalidad de
una dimensión que llamo la demanda. Es en el registro del modo de respuesta a la
demanda del enfermo donde está la posibilidad de supervivencia de la posición
propiamente médica. (p. 90)

Se puede pensar que esta respuesta inmediata a la demanda no implica que se considere
al sujeto que la hace, pues se lo toma como un consumidor y no como alguien pasible de
interrogarse respecto de lo que dice en aquello que pide.

La intervención médica opera una mutilación en lo real del cuerpo, generando a la
vez una modificación en la imagen del mismo. Al mismo tiempo, provoca un llamado al
Derecho, al que se le pide que mediante el sello de la ley reconozca esa transmutación,
accediendo a cambiar en documentos tanto su nombre como su sexo, es decir, que ese
cambio se escriba y se diga, como intervención simbólica. Asimismo, esta mutación
convoca a muchas disciplinas, tornándose lo aparentemente privado en público y
suscitando por lo tanto el interrogante sobre quién es el propietario del cuerpo: el sujeto,
la ciencia o el derecho, como así también plantea un cuestionamiento sobre las
posibilidades y los límites del accionar. Al respecto Frignet (2003) sostiene que “al no
ser ya necesaria ninguna exigencia terapéutica para obtener un cambio de sexo, de estado
civil, la medicina y la cirugía ya no necesitan contar con la justificación terapéutica, con
las implicaciones de orden público que ello acarrea” (p. 99). Cabe agregar que las normas
existentes se revelan inconsistentes frente al caso individual. Allí donde el Otro no existe
no necesariamente se multiplica la anomia, debido a que el orden se sostiene en el saber
burocrático y sus normativas, es decir, en nuevos modos de reglamentaciones burócratas.

Por otro lado, este tema no sería objeto de cuestionamientos por parte de los
defensores de los derechos individualistas, pues cada quien dispone de su cuerpo para
hacer lo que quiera–salvo quitarse la vida, el cual es un acto que aún hoy la sociedad
condena. No obstante, el punto central es que muchas veces estas intervenciones sobre el
cuerpo tienen efectos que, lejos de ser satisfactorios, producen depresión y síntomas que
dan cuenta, como sostiene Collette Soler (2003), “que la fijación a la imagen no tiene
nada que ver con las virtudes, con las cualidades estéticas de la imagen” (p. 18). Se
demuestra que la intervención que cambia el sexo no culmina al modificarlo. Asimismo,
el transexualismo puede tener consecuencias inesperadas pues imposibilita desvanecer la
discordancia existente entre la elección sexuada que permite efectuar la ciencia y la
identidad sexual constituida. [4] Frignet toma como ejemplo el caso de un hombre casado
con una mujer y padre de un niño, que demandó la intervención médica pues, además de
sentirse mujer, quería ser lesbiana. Vemos así como el sentido común queda interrogado,
no sólo por la demanda sino por los fines de los que sería medio. Finalmente esta
operación fue seguida por el divorcio y reiterados intentos de suicidio, a la vez que por el
consumo de una cantidad considerable de medicación como forma de tramitarla.

Entre otra de sus consecuencias, dicha operación–como es expuesto por Frignet,
Stoller y Millot en algunos casos–puede desencadenar una psicosis [5] que se mantenía
compensada antes de la intervención, o como mencionamos, un pasaje al acto suicida. En
otros casos, la intervención quirúrgica permitiría regular algo de ese goce que antes de la
misma se encontraba sin anudamiento, generando un efecto de pacificación. Se ve así
cómo este cambio opera sobre la regulación o desregulación del goce, encadenando o
desencadenándolo. El interés de este desarrollo recae no en un enjuiciamiento moral o
valorativo respecto de la temática, sino en plantear la coyuntura problemática que rodea
al mismo. En la elección está el riesgo.

La Transformación Tecno-Estética del Cuerpo Muerto

El progreso científico ha favorecido, no sin costos, la existencia de un rechazo extremo
hacia el envejecimiento, recurriendo para ello a la realización de cirugías estéticas que
pretenden velar el avance del tiempo. Se podría pensar que lo que se presenta no es sólo
el temor a envejecer sino la proximidad que la vejez tiene con la muerte, siendo estas
intervenciones un modo de tratamiento evasivo y anticipatorio del encuentro con la
misma.

En íntima relación con este tema, podemos sostener que el cuerpo se eterniza por
la sepultura, por medio de la lapidaria marca significante que rechaza que el cuerpo se
consume. La tragedia de Antígona de Sófocles sería paradigmática en este sentido. En la
misma, luego del enfrentamiento en el que los hermanos Eteocles y Polinice se dieron
mutua muerte, el nuevo rey, Creonte, ordena que se le otorgue sepultura a Eteocles pues
ha muerto por su tierra. En cambio, Polinice murió peleando contra los suyos y por lo
tanto su cuerpo no será sepultado ni se brindarán los ritos funerarios de costumbre. Luego
de este edicto, Creonte amenaza con quitar la vida de quien lo desobedezca. No obstante,
Antigona lo desobedece, dándole sepultura a su hermano como forma de subjetivar
aquello que se intentaba abolir. Lacan (1988) realiza un exhaustivo comentario sobre esta
tragedia. En relación la misma afirma que “[n]o se trata de terminar con quien es un
hombre como con un perro. No se puede terminar con sus restos olvidando que el registro
del ser de aquel que pudo ser ubicado mediante un nombre debe ser preservado por el
acto de los funerales” (p. 335). Tal es el acto que Antígona realiza al sepultar los restos
de su hermano Polinice. Esta sería una forma de eternización efectuada por la vía
simbólica, que permite conservar un nombre más allá del cuerpo.

Actualmente, sin embargo, existe otra forma de tratamiento de la muerte que se
despliega ya no de manera simbólica, sino entre lo imaginario y real. Es la plastinación.
Charles Melman (2005) sostiene que nuestra época se halla regulada por una “nueva
economía psíquica” (p. 15) a partir de una crisis de los puntos de referencia existentes; se
genera así un movimiento que tiene un impulso propio y que implica la mutación
constante de lo que él llama hombres sin gravedad. Melman (2005) afirma que de una
economía basada en la represión se ha pasado “a una economía organizada por la
exhibición del goce” (p. 16). En este sentido, el autor sostiene que se están franqueando
límites, y ubica a la plastinación como emblemática de este franqueamiento. La
plastinación es una técnica creada por el Dr. Gunther von Hagens que permite la
conservación de órganos reales, sustituyendo el agua corporal por acetona y ésta por un
polímero, es decir, una solución de sustancia plástica endurecible que evita la
putrefacción y viabiliza la manipulación del material, cuidando la forma. Esto facilita que
el cuerpo adquiera posturas que se asemejan a las vitales, en una vitalidad inmortal,
mediante la cadaverización del movimiento.

Esta técnica no sólo conlleva fines educativos–al abastecer el estudio anatómico
del cuerpo en condiciones inodoras y conservables–sino estéticos, mediante muestras de
imágenes que pueden ser tanto bellas como horrorosas, las que sin embargo se exponen
en distintas partes del mundo sin selección a fin de que el impaciente y masivo público
las contemple desnudas, sin velos.

Así, el cuerpo hipermoderno ya no se representa sino que se presenta en crudo,
con una presencia estéticamente fascinante y a la vez angustiosa, al condensar un cuerpo
muerto y una imagen viva, es decir, al pretender aunar un imposible con la vida en la
muerte, eligiendo un lugar distinto al de la sepultura, si consideramos la demanda que
existe en los sujetos de querer someterse a esta técnica cuando mueran, realizando una
donación cadavérica en vida, prefiriendo la plastinación a la putrefacción o la cremación.
Se origina así la mutación desde un lugar sepulcral que protegía al cuerpo y
permitía su recuerdo, a una gira mundial en la que se muestran los cuerpos. Se trata de un
mercado de imágenes y de exhibición, allí donde lo que era privado ahora es transparente.
La muerte se encuentra así en una estética que se orienta en la lógica del espectáculo.

Consideraciones Finales

La hipermodernidad devela aquello que protegía tanto al sexo como al cuerpo muerto. Se
han tomado como ejes paradigmáticos al transexualismo y la plastinación en tanto
actualmente ambos son objetos de una manipulación que no deja de ser inquietante.
Asimismo, buscan franquear lo imposible e irrepresentable de la muerte y la sexualidad
que Freud ya había anticipado, como formas de tratarlo.

Se puede sostener que el cuerpo es pasible de transformarse por el discurso en
tanto el lenguaje incide sobre él. La apuesta es que se puede intervenir sobre lo real desde
lo simbólico, en tanto el lenguaje en su materialidad es cuerpo. La forclusión del sujeto
por parte de la ciencia genera la neutralización de la dimensión de la palabra, apareciendo
fenómenos en el cuerpo que no son del orden del retorno de lo reprimido, sino de una
lógica de empuje al goce. Es aquí donde cabe la oposición entre la lógica del exceso, que
instrumentaliza al cuerpo en un goce solitario, a la dimensión del deseo, el amor y el lazo
social.

En los dos ejemplos abordados, la intervención comienza por la operación de la
ciencia–que reduce al sujeto a uno o a un conjunto de órganos, ignorando la dimensión de
goce del cuerpo–y, en el caso del transexualismo, puede culminar en un mayor malestar o
en la solicitud de que ese cambio se nombre mediante una vía legal.
La tecno-ciencia opera poniendo en suspensión lo simbólico y forcluyendo la
dimensión del sujeto, produciendo efectos inéditos en lo imaginario y real del cuerpo. Por
ello, desde otra perspectiva se tornaría interesante revertir el orden y comenzar por el
decir, a fin de interrogar y analizar en cada caso que es lo que precipita la demanda, en
tanto “la ciencia no es incapaz de saber qué puede; pero ella, al igual que el sujeto que
engendra, no puede saber que quiere” (Lacan, 1985, p. 92).

Es sabido que el psicoanálisis no puede en si mismo revertir el impulso
hipermoderno, ni tampoco se trata de restaurar el nombre del padre en una época donde
todo signo o indicio de autoridad es visto como autoritarismo. De esta manera, se puede
pensar que no tiene ni más ni menos que intervenir de un modo indirecto, incidiendo en
un sujeto que pueda decir no a eso que lo arrastra, haciendo uso de su responsabilidad.
Para concluir, la propuesta se halla en la posibilidad de responder al sin límite impuesto
por la estética científica [6]y la mutación potencial que plantea, forclusiva del sujeto–
desde la ética del psicoanálisis donde no todo es posible, a partir de un bien-decir y del deseo del analista que, contrariamente a lo que impone la época, no pretende ningún
objeto de consumo.

Referencias
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Sáez, J. Teoría Queer y psicoanálisis. Madrid, España: Ed. Síntesis.
Soler, C. (2003). L´en–corps del sujeto. Barcelona, España: Ed. Collège clinique de Paris.


[1En relación con este tema, es necesario destacar que el declive de la instancia paterna no
coincide necesariamente con su eliminación absoluta. Existen movimientos precarios,
erráticos o nostálgicos que intentan restaurar los valores puestos en cuestión. Se pueden
reconocer en la actualidad diversos llamados “religiosos” al padre o fundamentalismos
extraviados. Más que la permanencia de las tradiciones del pasado, estos movimientos
dan muestra de una respuesta, muchas veces desesperada, a las coordenadas del presente
que describimos en este trabajo.

[2A partir de la enseñanza de Lacan, podemos tomar el cuerpo a partir de los tres registros
que él mismo introduce, pudiéndose situar una dimensión imaginaria, instaurada a partir
del estadio del espejo. Podemos también hablar del cuerpo como significante, desde la
marca que lo simbólico ha operado sobre él y, finalmente, existe el cuerpo en su estatuto
real, como sustancia gozante.

[3Dentro de las distintas manifestaciones o “tratamientos” que operan sobre el cuerpo
como nuevas figuras culturales, podemos mencionar además–y entre tantas otras–la
realización exacerbada de tatuajes o piercing. Estas marcas escogidas en el cuerpo
devienen un rasgo identificatorio y asimismo, es una forma de tramitar aquello que no se
ha podido por la vía simbólica, un “símbolo impreso en la carne” (Soler, 2003, p. 31).

[4En relación con esta diferencia, C. Soler sostiene que para Freud la anatomía definía el
destino. Para Lacan en cambio, el mismo se orienta en la declaración del sexo que remite
al discurso y a la relación al falo. Asimismo, la ciencia pone en disyunción la anatomía
con el destino, pero a partir de una intervención quirúrgica en lo real del cuerpo.
Otra diferencia se ubica en relación al sexo y al género. Para algunos autores –entre ellos
Stoller y Judith Butler– “la distinción entre sexo y género no existe como tal” (Butler,
2001, p. 39–40) pues serían un producto de las representaciones culturales,
identificaciones y normas, que se define por la cantidad de feminidad y masculinidad
existente en cada uno. Para Lacan, la sexuación no se basa ni en cantidades ni en
identificaciones imaginarias, pues en la sexuación hay allí un real, irreductible y
resistente a la adaptación.

[5Respecto de este tema, Catherine Millot (1984, p. 34.) sostiene que “el síntoma
transexual stricto sensu (convicción y demanda de transformación), corresponde al
intento de paliar la carencia del Nombre del Padre, es decir poner un límite, un alto,
constituir un suspenso a la función fálica.” Asimismo, agrega que el transexual masculino
pretende ser “totalmente” una mujer, la misma que Lacan plantea como inexistente, y allí
–sostiene este último autor–se ubica el error del transexual, al confundir el órgano con el
significante, intentando liberarse de este último cambiando aquel. Esto lleva a un
atolladero, en la medida en que se intenta paliar la carencia del nombre del padre con un
imposible que se pretende alcanzar con la intervención quirúrgica.

[6Para von Hagens, la plastinación es tanto una técnica en la que intervienen procesos
químicos y biológicos, como un “arte anatómico”, una disciplina en la que se mezclarían
arte y anatomía, y que pretende, a partir de una disposición estética, que el cuerpo
humano deje de ser un objeto de repulsión y alcance un fin educativo: “Hacernos –
sostiene von Hagens– conscientes de la fragilidad y belleza de nuestro cuerpo”. Podemos
situar el comentario de una mujer que ha solicitado que su cuerpo sea plastinado luego de su muerte, aduciendo que esta técnica permite permanecer eternamente con la imagen
más agradable de sí, en su caso cuando era delgada y bailarina. Sin duda, esta técnica
que en la rigidez en movimiento no deja de ironizar a la muerte, convoca no sólo al arte
y la ciencia, sino también a la ética, en una coyuntura en la que interviene no sólo el
creador de la misma, sino también el que la solicita…y el que la mira.



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