Volumen 21 | Número 1
Abril 2025 | Abril 2025 - Agosto 2025
Publicado: Abril 2025 Archives
Narrativas y testimonios de la violencia
Resumen
¿Cómo narramos nuestras memorias singulares y sociohistóricas? ¿Cómo nuestros cuerpos, nuestras actividades creativas y nuestras diversas narrativas forjan y renuevan la memoria de lo sucedido? Este breve artículo refleja un ejercicio que no busca responder estas preguntas, sino abordarlas dentro y a través del tiempo. Para ello, reúne tres perspectivas extraídas de diferentes experiencias en Guatemala: la de una psicóloga cultural comunitaria estadounidense que ha trabajado con sobrevivientes de la violencia política desde la década de 1980 hasta la actualidad; la de activistas de derechos humanos argentinos que gestaron talleres creativos e intervenciones clínicas con familiares de detenidos y desaparecidos durante y después de la dictadura, y que posteriormente acompañaron a poblaciones en zonas rurales de Guatemala; y, finalmente, la de una joven estudiante estadounidense que vivió en Antigua, Guatemala, como voluntaria durante su colegio secundario y que ahora, próxima a graduarse en la universidad, ha renovado su compromiso con Guatemala desde un tiempo y lugar diferentes .
Viajé por primera vez a Guatemala a los 15 años, con el apoyo de mi escuela preparatoria en colaboración con ImagininGuatemala [1], una organización sin fines de lucro con sede en Antigua. Un grupo de compañeros y yo decidimos participar en un viaje de servicio de diez días durante nuestras vacaciones de primavera; nos informaron que dividiremos nuestro tiempo equitativamente entre construir una casa modesta para una familia guatemalteca y visitar los sitios históricos del país. Estos sitios, que suelen presentarse como “atracciones turísticas”, conmemoran en realidad 500 años de tradiciones mayas, así como la colonización europea.
Nunca hubiera podido imaginar ni menos anticipar cómo esta breve experiencia alteraría mi comprensión del mundo, cómo transformaría por completo la narrativa que había internalizado sobre mi lugar en él: un espacio que aún no podía nombrar, pero que desde entonces he llegado a describir como mi americanidad, comprendida ahora desde el lugar de privilegio que me otorga el hemisferio norte. Regresé dos veces más a Antigua y sus comunidades circundantes a través de este programa, y con cada visita me vi más y más conmovida por la fuerza de la humanidad dentro de las comunidades que conocí. Sin embargo, no fue hasta muchos años después, cuando comencé mi trabajo con la Dra. Brinton Lykes, que adquirí una comprensión más profunda de la violencia política que marcó el territorio del país.
No soy la primera en afirmar que vivimos un momento histórico inédito, en el que los sistemas globales de comunicación nos han dado acceso a más información de la que nunca hubiéramos imaginado. En suma, estamos inundados de información; y esta condición de la vida moderna, a la vez que nos obnubila, nos ofrece la capacidad de mantener una renovada comprensión de la memoria global de los atropellos históricos y nos permite observar la violencia genocida y las violaciones de derechos humanos que se despliegan ante nosotros en tiempo real. Como tantas personas de todo el mundo, sigo observando con silencioso horror cómo se desata la violencia en Gaza, Sudán y Ucrania, sin saber cómo expresar mi inexperta, pero siempre presente, inclinación activista. Lo que más me preocupa es cómo esta incertidumbre puede convertirse tan fácilmente en resignación, permitiendo que el interés desaparezca poco a poco y la indignación se desvanezca en el ruido de fondo de la vida cotidiana.
Aunque se trata sin embargo de un proceso contradictorio. Porque si bien nuestro acceso a las plataformas de redes sociales y a los medios de comunicación que cubren estos eventos ha generado la posibilidad de una auténtica conexión global con el potencial de inspirar un activismo social transformador, esto no es así para todo el mundo. No puedo afirmar que esta sea la reacción mayoritaria entre las personas de mi generación, sobre todo en medio del torrente de información en el que nos encontramos. Al menos esta es mi experiencia y la de mis compañeras y compañeros de la universidad. Para las nuevas generaciones, la respuesta más habitual a este entorno informativo se encuentra a medio camino entre la parálisis y la apatía: parálisis por la incertidumbre sobre cómo actuar ante esta información, y apatía por el entumecimiento y la insensibilización que resultan de la exposición constante a las tragedias y desastres contemporáneos.
Tampoco soy la primera en observar que el abrumador volumen de información que enfrentamos a diario dificulta cada vez más distinguir entre la realidad y la ficción. Nuestro ecosistema informativo está contaminado. Tanto individuos comunes como poderosos líderes mundiales inventan sus "verdades" con falsedades y mentiras. No intento especular sobre las motivaciones detrás de estas invenciones; solo observo que están presentes y que amenazan alejar nuestra memoria de las verdades contenidas en nuestra historia. Verdades que se desprenden de registros históricos y documentados, pero que se ocultan o que se presentan tergiversados, dañando nuestra capacidad de alcanzar un consenso sobre nuestro pasado común, impidiendo así nuestra capacidad de avanzar hacia un futuro compartido.
A la luz de estas observaciones, agradezco haberme unido a un equipo de académicos activistas que sostienen esa memoria compartida, respondiendo a las graves violaciones de derechos humanos y la violencia genocida en Guatemala hace más de 30 años. Juntos, hemos comenzado a explorar lo que mis colegas y yo –la próxima generación de líderes activistas– podríamos aprender de los dibujos, fotos y narrativas recopiladas de los sobrevivientes de Chajul y tantas otras comunidades guatemaltecas. ¿Qué nos puede enseñar hoy el relato de sus historias, a medida que desarrollamos y quizás reconstruimos nuestra propia memoria histórica? Este proyecto podría resumirse en un esfuerzo por retratar una "verdad" diferente: no una que simplemente pueda verificarse, sino una que abra la puerta a la humanidad de quienes sobreviven y dan testimonio de la violencia genocida. Porque creo que esta experiencia de nuestra humanidad compartida es precisamente lo que inspira el activismo. Ese mismo activismo que transformó mi comprensión de mí mismo y me llevó al desafío de cuestionar mi lugar en el mundo después de mi primera visita a Guatemala hace ya tantos años.
La realidad de nuestra humanidad compartida es la verdad que debemos enaltecer frente a la proliferación de versiones fabricadas con mentiras. Y es por la vía de la narrativa, bajo la forma de la música, la fotografía, las animaciones, y tantas otras artes, que llegaremos a descubrir la dignidad de las comunidades mayas, en lugar de simplemente contemplar sus historias.
Esteban Costa
A comienzos de la década de 1980 me integré al Movimiento Solidario de Salud Mental. Era una organización sin fines de lucro que se dedicaba a la asistencia terapéutica a los familiares de los detenidos desaparecidos de la dictadura militar que asoló a la Argentina entre 1976 y 1983.
Abrimos un departamento clínico que se ocupaba del trabajo con adultos, niños y adolescentes, y simultáneamente un área comunitaria, para el trabajo en sectores sociales carenciados y un área de investigación.
En esta última desarrollamos un espacio de indagación y pensamiento, para ir reflexionando respecto de nuestra práctica y enriqueciendo nuestra formación teórica y nuestra intervención psicosocial.
Cumplí allí la tarea de la Coordinación Institucional y también me integré a una nueva práctica, que fue la de los Talleres Creativos Integrales. Mi formación teatral y en fotografía me aproximaron a la actividad de los talleres con niños y adolescentes. Estos tenían como modalidad central la práctica grupal a partir de dispositivos como el juego, la música, el dibujo y la dramatización.
Fue de esta manera y por esta vía que nos fuimos aproximando a las historias del terror que cruzaba la experiencia de vida en las infancias. Diseñamos entonces un camino que se fue enriqueciendo en cada encuentro.
Disponíamos de las conceptualizaciones sobre el valor del juego para dar expresión a la subjetividad en la infancia. Y por cierto, nos nutrimos de los aportes del Psicodrama a través de Eduardo Pavlovsky y de la Psicomotricidad Relacional de André Lapierre.
Durante varios años tomamos contacto con distintos grupos en diferentes países latinoamericanos que trabajaban con víctimas del terrorismo de estado y tratamos de compartir con ellos las experiencias de nuestra práctica psicosocial.
Hacia fines de la década de los 80 conocimos a dos personas en este camino compartido de repensar las prácticas y el compromiso en salud mental y derechos humanos, Ignacio Martín Baró y Brinton Lykes. Por iniciativa de ambos, pero especialmente de Brinton luego de la trágica muerte de Ignacio, iniciamos una investigación conjunta para reflexionar sobre la tarea con niños y adolescentes en cuatro países latinoamericanos, Chile, Guatemala, El Salvador y Argentina.
Brinton se interesó en nuestro trabajo sobre los Talleres Creativos Integrales y aportando su extensa experiencia en la psicología comunitaria cultural y su capacidad de trabajo, nos propuso acercarnos a grupos que trabajaban con las víctimas de la represión política en Guatemala.
Fue así que distintos integrantes del Movimiento Solidario de Salud Mental acompañamos a Brinton a Guatemala en varias oportunidades para colaborar con ella en la tarea de formar promotores de Salud Mental. El objetivo a través de ASECSA fue capacitar a estos líderes de las comunidades en las técnicas de los talleres para que ellos trabajaran con los niños afectados en las comunidades rurales de aquél castigado país centroamericano.
Esta tarea bajo la dirección y participación directa de Brinton nos abrió a un terreno inexplorado y enriquecedor en todo sentido. Nuevamente hubo que aprender sobre la marcha qué implicaba desarrollar estas prácticas de salud mental en un medio con el peso de la cultura Maya, sus tradiciones, sus valores ancestrales, su humildad y su inagotable espíritu de lucha y superación.
Realizar esta actividad en la Argentina de aquellos años atrás implicó un ejercicio de creatividad para pensar prácticas de salud frente a fenómenos de represión política con características que no se vivían desde la segunda guerra mundial. Encontramos en Guatemala semejanzas en el daño al tejido social que habíamos vivido en Argentina y en tantos otros países de nuestra castigada América Latina. Se fueron generando así nuevos desafíos para construir una alternativa que nos abriera al camino de una reparación.
Mirado a la distancia entiendo que intentamos sembrar donde todo parecía tierra arrasada y encontramos que esa infancia castigada y las poblaciones rurales en las que crecieron, respondieron con redoblado compromiso su perspectiva de futuro, abriendo también para nosotros una nueva enseñanza y una esperanza renovada.
¿Qué me llevó a participar en esa actividad de talleres creativos integrales en Guatemala? El objetivo inicial fue hacer un registro fotográfico de la experiencia. Desde nuestra llegada, nos trasladamos a las zonas rurales. Era la época de lluvias y hubo dos cosas que me impactaron desde el primer momento. Ante todo, la naturaleza exuberante, que se multiplicaba en paisajes con variadísimos colores, y una geografía irregular donde predominan los valles, las montañas bajo un sol pleno. Fue lo primero que fotografié con entusiasmo.
El otro hecho que me impactó fue la extrema pobreza y el desamparo en que vivía la población, especialmente en el campo, donde cada asentamiento parecía encontrarse en medio de la nada, desprovisto de los mínimos elementos de la subsistencia. Fotografié esto entre el respeto y la angustia de registrar una forma de vida que lamentablemente ya conocía en otros lugares de América Latina. Pero no por ello me angustiaba menos.
A ello habría que sumar las condiciones de estos niños, que carecían de un proceso evolutivo deseable. A los 5 o 6 años ya están ocupándose de la crianza de sus hermanos menores y a los 10 u 11 se han incorporado al proceso del trabajo formal. ¿Podía yo decir entonces que estaba fotografiando la infancia en Guatemala? Hoy creo que en realidad yo retrataba una franja de la sociedad de niños-adultos. Y ello justamente en el contexto de una población que ha sido masacrada y desplazada por durante décadas por el terrorismo de estado.
Recuerdo un hogar en el campo con tres grandes casas habitadas por no menos de 30 niños cada una. Solo dos mujeres por cada casa, que estaban a cargo de alimentar y educar a esta infancia desvalida. Eran madre y padre de quienes vivían allí hasta la mayoría de edad. Es claro que estos niños eran huérfanos; habían perdido sus padres a manos de la violencia en todas sus formas. Viví en una de estas casas por una semana. Toda el agua en el campo estaba contaminada y el alimento que había se reducía a una ración diaria de tortillas de maíz y frijoles.
Llegaron al taller 20 niñas y niños, abrazados por la timidez y con una vergüenza anticipada en la mirada, pero con gran expectación. Casi sin palabras, sus cuerpos se agrupaban tensos aquí y allá tratando de saber, tal vez, cuál era su lugar. No sólo en el salón, sino probablemente en el mundo.
Me reservé de fotografiar este momento que hubiera sido interesante registrar, pero que arriesgaba violentar ese instante de intimidad.
Los promotores junto con Brinton, comenzaron a proponerles distintos ejercicios de integración, tales como reconocer el espacio y a sí mismos como parte de un colectivo más amplio.
Luego se les indicó dividirse en grupos más pequeños para cumplir con la primera consigna: hacer dibujos que tuvieran como tema una escena en el campo. Todo fue un paso a paso, estar en un grupo, luego elegirse entre ellos y cambiar de compañía. Reconocer los materiales, las pinturas y los primeros susurros en sus lenguas para acordar plasmar algo en la gran plancha de cartulina.
Pasado un tiempo el dibujo empezó a tomar forma y entonces el tono de sus voces aumentaba, había quejas y hasta empujones, pero también carcajadas.
Recién entonces me aproximé a tomar alguna foto: se reían, se escondían, aprovechaban alguna sorpresa y le quitaban un color a su compañero.
Cuando terminaron y se les pidió presentar la tarea, la sala ya era un pequeño caos y decidimos respetar sus tiempos, esperándolos, ya que ese momento les pertenecía.
Integrarnos a ese desorden momentáneo les dio confianza, y las risas, el bullicio fue ocupando el espacio, y ahora ellos animaban a hablar con los promotores y varios festejaban haberse pintado las caras unos a otros y reían. Ya no se escondían de la cámara y tres niñas me señalaron su dibujo, en un gesto de empatía. Algunos comenzaron a moverse, en lo que creí percibir como una danza, pero que en realidad era un giro para ir saltando a mostrar su dibujo a otro grupo, en una suerte de desfile carnavalesco.
Posteriormente hubo un momento más calmo donde se les propuso que vayan presentando grupalmente lo realizado en conjunto. No hay muchas palabras, han vuelto a un cierto mutismo y el atropello, la risa y algunos gritos destemplados se han disipado. Aguardan con una mirada expectante. Algo en sus ojos redondos y negros también me interpela. A veces un promotor pregunta, ¿estos son frijoles?, ¿quién es este?, “Mi perro Chucho, responde una nena y varios ríen a coro. Todas las imágenes reflejan el campo, el único mundo conocido para ellos.
Alguna casa, matorrales, sembradíos, la milpa, animales, mujeres con su telar hincadas frente a un árbol, alguna montaña y el sol que lejos o cerca parece que todo lo ilumina, que todo lo ve. Pero también en algunos casos los dibujos muestran helicópteros arrojando bombas, militares con ametralladoras y montículos con cruces, mujeres que lloran, una fogata que arde... otra que se apaga.
Todo está allí, tan natural como integrado. Mi recuerdo a la distancia agiganta lo valioso y mágico de esa experiencia, que, como la de otros talleres grupales, permite ver el modo en que el juego atraviesa la infancia.
En estos talleres aparecieron niños que juegan a ser niños que juegan.
Nosotros los reunimos, les proporcionamos algunos medios y un espacio continente, pero fueron ellos quienes se adueñaron de las consignas para inventar el jugar como niños.
Aun cuando representaban algo del terror en sus vidas, había un espacio para jugar. Sin saberlo, traían en imágenes con ternura y una inocente naturalidad, aquello todavía innombrable de sus castigadas vidas. Ese fue el gran emergente grupal: que ellos se dieran un lugar dentro del juego.
Si esto se pudo lograr, entonces la experiencia fue un acontecimiento. Se abre una pregunta: ¿estamos aquí ante lo inédito de un camino terapéutico realizado por ellos mismos a través de sus cuerpos, sus narrativas individuales y colectivas?
M. Brinton Lykes
En 1983 tuve la oportunidad de unirme a un grupo en Nicaragua para aprender sobre cómo las poblaciones locales, en colaboración con activistas de la revolución sandinista, estaban transformando los sistemas educativos, de salud y carcelarios de su país para ponerlos al servicio de toda la población. Durante mi estancia allí, conocí a un grupo de guatemaltecos de la Iglesia Guatemalteca en el Exilio, así como a mujeres del movimiento revolucionario guatemalteco, quienes me informaron acerca de las horribles masacres que se desarrollaban en el Altiplano de su país, financiadas por Estados Unidos y perpetradas por el gobierno local. Avergonzada por mi ignorancia y consternada al reconocer cómo se había silenciado con tanta eficacia esa violencia contra las poblaciones indígenas rurales, acepté su pedido de organizar un viaje a Estados Unidos para mujeres guatemaltecas y mayas con el fin de dar a conocer la situación de guerra e instar al gobierno estadounidense a dejar de apoyar esos horrores. Aunque desconocía casi por completo sus luchas, había coordinado los Programas de Mujeres en la Escuela de Teología de Harvard durante cuatro años y conocía muchas organizaciones y redes de mujeres en Estados Unidos. Nueve meses después, recibimos en Boston a una líder maya k’iche’ y a una estudiante guatemalteca de psicología, con quienes comenzamos la gira "De Mujer a Mujer: Hablan las Mujeres Guatemaltecas" de 1983. Poco después, Marcie, coordinadora de NISGUA con quien organicé esta gira, se mudó a la Ciudad de México y posteriormente me invitó a trabajar con guatemaltecas exiliadas allí y en las afueras de la ciudad. Tenía previsto realizar entrevistas a fondo con un grupo de mujeres mayas, de quienes procuraba una mejor comprensión de la "individualidad social" que había abordado teóricamente en mi tesis doctoral que acababa de finalizar. Durante esos meses aprendí mucho más sobre la vida de estas mujeres como mayas en el exilio, sobre las circulaciones de poder dentro y fuera de las fronteras nacionales, sobre la ética de la investigación y lo que pronto podría identificar como "investigación-acción participativa". Muchas de las 20 mujeres mayas que entrevisté eran madres y manifestaron una profunda preocupación por los niños de sus comunidades, una segunda y ahora tercera generación nacida y criada en medio de la violencia genocida, el desplazamiento forzado y las desapariciones. Me instaron a viajar a Guatemala para aprender más sobre el impacto de tales experiencias y los posibles legados para ellas y las futuras generaciones del país.
Gracias a los contactos desarrollados durante la gira de 1983 y al trabajo en solidaridad con profesionales de la salud y la salud mental en Centroamérica, planifiqué mi primer viaje a Guatemala para el verano siguiente. Una vez allí, me presenté al reducido número de psicólogos y psiquiatras de la capital y conocí varias organizaciones de mujeres con las que ya había tomado contacto en Estados Unidos. En la capital, apoyaron mi interés por conocer más sobre el impacto de la guerra en la infancia y mi deseo de reunirme con personas del campo con ese fin, a la vez que me explicaron que probablemente correría menos riesgo que ellos al viajar por zonas de guerra. Durante mi estancia en el campo, un amigo y colega estadounidense me presentó a Marco Tulio Gutiérrez, director ejecutivo de la Asociación de Servicios Comunitarios de Salud (ASECSA). Cuando regresé a Boston recibí una llamada de Marco Tulio invitándome a regresar a Guatemala para impartir talleres de capacitación para los promotores de salud rurales de ASECSA, con el fin de desarrollar recursos psicosociales para el trabajo con niñas y niños mayas sobrevivientes. Mi primera década en Guatemala transcurrió a través del trabajo con promotores de salud de ASECSA y colegas del MSSM, a partir de lo descrito en el apartado anterior por Esteban, y como lo expresa Carlos en la cita que se transcribe a continuación:
“Basado en mi observación, creo que es necesario que los niños sepan lo que les ha pasado a sus padres, además de cómo y por qué, especialmente porque ellos mismos lo están preguntando. Me doy cuenta de que puede no ser algo que queramos que sepan. Sin embargo, nosotros, como personas maduras, debemos hablar con la verdad. Sería injusto inventar una historia falsa para dar las explicaciones. Debemos decir la verdad, porque es la verdad lo que los niños buscan.”
(Testimonio de Carlos)
“Carlos, es el seudónimo de un promotor de salud rural maya que busca "decir la verdad" a los niños de su comunidad: niños desplazados, niños que presenciaron las masacres de sus padres y hermanos, niños que fueron violados. Estos son niños que fueron forzados a servir en el ejército, la patrulla civil o en las fuerzas guerrilleras; sobrevivientes infantiles de más de 30 años de guerra en Guatemala. Este proyecto fue desarrollado con Carlos y un equipo internacional e interdisciplinario de trabajadores de salud mental de Argentina, Guatemala y los Estados Unidos.
“En 1986, después de conocer a Carlos y a la organización a la que él pertenecía, invité a psicólogos, antropólogos, educadores y actores a sumarse en un esfuerzo colaborativo con promotores de salud rurales guatemaltecos. Buscamos desarrollar una estrategia para romper el silencio que envuelve a los niños guatemaltecos víctimas de la violencia y represión patrocinadas por el Estado. Buscamos proporcionar un contexto en el que estos niños pudieran validar sus experiencias de terror y pérdida mientras luchan por reconstruir sus vidas en situaciones de horror y destrucción continuos. Nuestro trabajo se aparta de las conceptualizaciones psicológicas tradicionales del trauma porque está construido en términos sociales, políticos y culturales locales. Combina los medios naturales de comunicación de los niños –el dibujo, el movimiento y el juego– con un modelo de trauma psicosocial en la construcción de talleres creativos para niños sobrevivientes del terror de Estado”. [2]
Siento que los recuerdos de estos años emergen y me transportan en el tiempo mientras regreso una y otra vez a esta imagen de 1990 o 1991. La foto fue tomada en un pequeño taller que Carlos, el promotor de salud, facilitó en el Altiplano de Guatemala poco después de la experiencia de capacitación que realizó con los compañeros del MSSM a través de ASECSA. Yo estaba agachada al lado de la hija más pequeña de esta familia, integrada por niñas y niños sobrevivientes a quienes Carlos acompañaba mensualmente.
Era un taller creativo que esperábamos ofreciera un tiempo y un espacio compartidos, basado en los conocimientos de los Pueblos Originarios, y los recursos de desarrollo de la infancia, contribuyendo así al deseo de Carlos de "decir la verdad" a estas niñas y niños sobre el destino de sus padres. Él nos había contado que esos hombres y mujeres habían sido masacrados por el gobierno guatemalteco, que los tenía en la mira debido a su activismo, a través del cual buscaban recuperar tierras y justicia para los mayas. Sin embargo, quienes cuidaban a estos niños silenciaron las experiencias vividas y el destino de sus padres, al menos en parte, debido al conflicto armado continuo y al intenso miedo que reinaba en el Altiplano rural de Guatemala en ese momento.
Recuerdo que Jessica, la niña que está a mi lado en la foto, hablaba poco mientras sus hermanos participaban en las actividades físicas, imitando a Luciano, otro integrante de nuestro equipo. Lo hacían a través del juego dramático, pateando un balón de fútbol que Carlos había traído, o hablando después de haber realizado dibujos colectivos del lago de Atitlán y de los barcos de pesca que conocían bien a partir de las actividades de su padre.
Jennifer, una de las niñas mayores, había construido un caballo con las hojas de periódico despedazadas durante la primera fase de la actividad. Era una técnica diseñada para fomentar conexiones entre experiencias de destrucción, muerte, pérdida y reconstrucción, renacimiento, vida... un esfuerzo por aprovechar la creatividad de los niños y las niñas en formas que facilitaran o encarnaran imaginarios de vida más allá del dolor y la pérdida.
Jennifer describió las diferentes partes de su caballo, comenzando con la cola y avanzando lentamente hasta la cabeza. Fue allí donde notó con profunda desazón que el caballo no tenía ojos, explicando que eso se debía a que no podía ni quería ver lo que había detrás o delante de él. Mientras escribo recuerdo que viví el momento como una ruptura del silenciamiento en el que la niña estaba inmersa. Y recuerdo algunas de las palabras de una maestra de escuela entrevistada en el video de Pat Goudvis, cuando decía que ella, como adulta y como maestra, a menudo silenciaba a sus hijos y también aquellos a quienes enseñaba, debido a su propio miedo y al temor por lo que podría ocurrirle a todos esos niños.
Mi tiempo con Jessica estuvo profundamente coreografiado a través del juego, rompiendo el silenciamiento a través del movimiento corporal. Ella se colocó el pulgar en la boca, incluyendo a veces trozos de periódicos que había triturado, una imagen que experimenté en ese momento como una escena a través de la cual ella buscaba consuelo o se nutría a sí misma. A medida que transcurría el tiempo, ella fue construyendo algo de su ser: quién era o lo que sentía, a través de la muñeca maya de papel maché que se ve en la foto, generada a partir de los periódicos que ella y sus hermanos habían triturado. Seguí su ejemplo… ¿o ella siguió el mío? – elaborando otra muñeca maya. Me acerqué y traté de interactuar con ella de alguna manera, sin esperar que me hablara sino más bien con la esperanza de que juntas pudiéramos conectarnos a través de nuestras muñecas, tal vez realizando un proceso lento pero encarnado de acercamiento o distanciamiento.
Al ver la imagen hoy, me veo sonriendo. ¿Esperaba conectarme con ella, esperar que sintiera el amor empático que yo experimenté hacia ella y sus hermanos? Al mirar nuevamente la foto, recordando ese día, me encuentro con el reflejo sonriente de mi contexto cultural y mis muchas horas cuidando o jugando con mis hermanos menores, reconociendo ahora la evidencia de mis experiencias vividas como hermana mayor y euroamericana o estadounidense, en lugar de lo que más tarde aprendí a ver y vivir entre las múltiples formas diferentes en que los niños y jóvenes mayas se relacionan con los adultos.
Al reencontrarme con esta imagen tanto tiempo después recuerdo que las narrativas y contra-narrativas generadas en estos y otros talleres creativos no estaban dominadas por la palabra hablada sino más bien por movimientos corporales. Los niños y las niñas participantes a menudo se reían cuando se les invitaba a formar parejas e imitar los movimientos del otro, ya sea peinándose el cabello, rebotando una pelota o participando en actividades laborales propias del género que se esperaban de ellos en la familia y la comunidad.
Comencé mis experiencias con niños sobrevivientes durante el conflicto armado en Guatemala entrevistando a veinte de ellos que habían sobrevivido a graves violaciones de los derechos humanos: niños que habían visto a sus padres masacrados y sus casas, cultivos y vestidos tradicionales quemados hasta las cenizas. Algunos escaparon del ataque porque los militares pensaron que estaban muertos; otros habían huido a espaldas de sus hermanos mayores, escondiéndose en los bosques que rodeaban sus casas; migrando a la CPR o a México o desembarcando en los orfanatos emergentes en el altiplano. La mayoría de quienes decidieron narrar estas experiencias lo hicieron sin afectación, describiendo literalmente lo que habían visto y haciendo sólo conexiones limitadas con lo que pudieron haber sentido en ese momento o lo que estaban sintiendo en el momento en que hablamos.
Esta fotografía me sumerge en algunas de las formas en las que experimenté los talleres creativos como facilitadores de encuentros socioemocionales en los que algunos se conectaban de manera lúdica o amorosa con un hermano, o sentían el abrazo de un adulto que se sentaba junto a ellos. Otros, incluida Jennifer, se atrevieron a encarnar y representar su negativa a ver a través del caballo que ella misma creó con periódicos triturados. Mientras circulaba entre ellos, me conmovían sus movimientos corporales y recuerdo que me desafiaba a mí misma a escuchar, a observar y a no imponer mis impulsos estadounidenses –de hermana mayor–, de imponer yo la palabra.
Muchas décadas después de este encuentro, me pregunto qué habrá significado para Jessica la sonrisa en la foto. En ese momento –y ahora– sentí y siento una conexión a través de las muñecas de papel maché que habíamos creado, a través del riesgo que ella tomó para representarse a través de aquello que ella y sus hermanos habían destrozado, un ejercicio a través del cual se sumergieron a través del juego en algo de lo que imaginamos como un reflejo, de alguna manera pequeña pero concreta, de su sobrevivencia a la destrucción que se llevó las vidas de sus padres. Sé que en ese momento no logré entender el caballo de Jennifer como otro sistema vivo, o sentirlo como un reflejo de sus experiencias vividas dentro del pluriverso, una forma de entender los múltiples sistemas vivos en los que los humanos somos solo una pequeña dimensión. Comprendí su negativa a poner los ojos en su caballo, como un esquema representativo consonante con una psicosocialidad norteamericana. Pero al situar mis recuerdos de aquellos días dentro de lo que he llegado a experimentar como un pluriverso, me imagino a mí misma “standing under” estas experiencias vividas hace décadas, y me pregunto si estoy o no imponiendo la creación de significados extraños, extranjeros, en lugar de capturar lo que Jennifer puede haber estado representando en ese momento, o podría resignificar como adulta entre los mayas del siglo XXI.
[2] Lykes, M. B. (1994). Terror, silencing, and children: International multidisciplinary collaboration with Guatemalan Maya communities. Social Science and Medicine, 38(4), 543-552. doi: 10.1016/02779536(94)90250-X. Una versión en español se incluye en este número de Aesthethika, con traducción asistida por DeepL y revisión técnica de Esteban Costa. Ver Lykes, M.B. (2025) Terror, silenciamiento e infancia. Colaboración internacional multidisciplinaria con las comunidades Mayas guatemaltecas.